19/8/14

La religión de América Latina

El protestantismo evangélico es más conservador y con una férrea disciplina de voto

MIGUEL ÁNGEL BASTENIER

En Europa, la religión se encuentra empaquetada en algún lugar relativamente apartado de la personalidad, y la capacidad de la Iglesia —católica, por supuesto— de incidir en la conducta de los ciudadanos depende de su destreza para actuar en el mercado de las creencias. Lo demás es inercia. Pero América Latina es otra cosa.

En el inconsciente —o muy consciente— colectivo latinoamericano, la religión es un factor político. Eso lo sabe muy bien la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, católica declarada que tiene en su despacho de Planalto (Brasilia) una imagen de la Virgen de la Aparecida, que ante las elecciones del próximo 5 de octubre corteja a los 42 millones de compatriotas que veneran al Jesús de los evangélicos, protestantismo en velocísima expansión en toda América Latina. De 2000 a 2013 el catolicismo ha perdido, según el Latinobarómetro, un 13% de fieles y en Brasil, que, con unos 130 millones de bautizados, sigue siendo el país con más católicos del mundo, las iglesias evangélicas han crecido un vertiginoso 60%. En Centroamérica ya talonean al catolicismo, que no congrega al 50% de la población.

Rousseff asistió el pasado fin de semana, rodeada de prohombres y mujeres de pro, a la inauguración del templo de Salomón de la Iglesia Universal del Reino de Dios, con capacidad para más miles de fieles que San Pedro de Roma. La presidenta que, tras el fallecimiento del candidato socialista Eduardo Campos, tendrá que enfrentarse muy probablemente a Marina Silva, ecologista, negra, y evangélica, ha repetido que creía firmemente en el poder de la oración, quizá pensando en no tener que exponerse con su ayuda a una siempre azarosa segunda vuelta; pero, con oración o sin ella, atraerse una parte del voto evangélico sería, literalmente, mano de santo. ¿Se imagina alguien a Rodríguez Zapatero haciendo una novena por el triunfo del PSOE o a François Hollande blandiendo un hisopo? Ni siquiera Rajoy.

Los catecúmenos de las redes sociales, Twitter especialmente, han podido darse cuenta de cómo los españoles no hacen prácticamente mención de las potencias celestiales, mientras que en el universo electromagnético latinoamericano, católicos y protestantes invocan al Señor hasta en su identificación en la red. ¿Y qué es ese acceso de fervor, especialmente grato al alma evangélica? Jorge Castañeda en La utopía desarmada califica el populismo político de “reflejo del sueño incumplido latinoamericano de una modernidad sin dolor”. Eso me parece también la milagrería, de nuevo más evangélica que católica, un populismo curalotodo, a la vez que una especie de spanglish de las religiones.

El catolicismo latinoamericano, aún en retroceso pese al advenimiento del papa Francisco, cubre, sin embargo, un espectro político mucho más vasto, de derecha a izquierda, que el protestantismo evangélico, instalado en coordenadas sólidamente conservadoras, y de una disciplina de voto también mayor; con ello contaría Marina Silva, claramente a la izquierda de su congregación. Rousseff, en medio de una caída de la actividad económica, del fiasco deportivo del Mundial tan reciente, y de una visible carencia del afecto contagioso que exudaba su antecesor y guía, el presidente Lula, necesita votos donde se encuentren; aunque haya que orar por ellos.


Intransigencia política y fe religiosa



Marina Silva podría dar más miedo por su intransigencia política y ambientalista que por sus creencias religiosas
JUAN ARIAS


Es posible que fuera de Brasil pueda chocar que la más que probable candidata a la presidencia de la república, Marina Silva, pertenezca a una iglesia evangélica. Aquí no, porque este es un país con una fuerte carga de misticismo y religiosidad en el que, si acaso, existe poco espacio para el agnosticismo militante.

La ecologista Silva, que recoge más votos hoy entre la clase media e intelectual que entre las capas más pobres, podría dar más miedo por su intransigencia política y ambientalista que por sus creencias religiosas. Se unió, a falta de partido propio que no le dio tiempo a formar (La Red), con el líder socialista, Eduardo Campos (Partido Socialista Brasileño, PSB) muerto trágicamente el pasado miércoles en un accidente de avión aún sin explicación técnica, para defender juntos una tercera vía que acabara con 20 años de polarización política en este país entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB).

La idea, que ahora con la tragedia ha quedado huérfana de uno de sus impulsores, se basaba en la búsqueda de un modo distinto de hacer política, menos presionado por la corrupción, con un proyecto de desarrollo económico sostenible que hiciera crecer al país, pero con un fuerte acento en la defensa del medio ambiente y que recogiera las demandas de las multitudinarias protestas populares de junio de 2013.

Se trataba de un proyecto progresista acuñado por dos políticos con fuertes convicciones religiosas: Campos, un católico practicante -como toda su familia- y Silva, una evangélica sin fanatismos que ya había militado en el catolicismo y sus movimientos de la Teología de la Liberación. Ambos, por cierto, sin manchas de corrupción en sus respectivas biografías políticas.

En Brasil, un país democrático en el que existe la separación entre la Iglesia y el Estado, las creencias religiosas de los políticos no sólo no asustan sino que rinden votos. Lo revela el hecho de que todos ellos no sólo no desprecian sino que buscan con cariño los votos tanto de la Iglesia Católica como de los templos evangélicos. El expresidente de la República, Lula da Silva, en una entrevista con este diario declaró que nunca habría sido elegido sin un fuerte apoyo de la Iglesia Católica.

Días antes de la trágica desaparición de Campos, que ha colocado en primer plano de la disputa electoral a la evangélica Marina Silva, la también candidata a la reelección, la presidenta Dilma Rousseff, que se declara “católica no practicante”, y que ha afirmado que en momentos difíciles “acude a Nuestra Señora la Virgen María”, asistió a un encuentro con 5.000 pastores evangélicos.

A ellos les pidió que “la bendijeran” y llegó a decir en su discurso citando a la Biblia: “Feliz la nación cuyo Dios es el Señor”.

A la inauguración, hace unas semanas, en São Paulo, del faraónico Templo de Salomón de los evangélicos, junto con decenas de políticos y candidatos a las elecciones, estuvo presente, la presidenta Rousseff. La candidata evangélica, Silva, en cambio, no apareció.

En las elecciones del 2010, que llevaron a Dilma a la presidencia, ésta hizo reunir antes a todas las confesiones religiosas del país y en un documento se comprometió públicamente a no legislar sobre el aborto si llegaba al Gobierno. Ganó las elecciones y fue fiel a su promesa.

Pero la candidata Silva podría incluso ser más abierta en ciertos temas de costumbres que muchos otros políticos conservadores que no son religiosos, como me confirmó un día el teólogo Leonardo Boff.

Más que una evangélica militante, lo que aseguran quienes la conocen de cerca es que la ecologista es una mujer de fe empeñada con los temas no sólo medioambientales sino también de justicia social. A los políticos suele reprocharles el carecer de la generosidad del patriarca Abraham, de quien se cuenta en el Géneses (21,33) que ya muy anciano plantó un árbol, un tamarisco, que no vería crecer. Como me dijo Marina Silva en una entrevista cuando era ministra de Medio Ambiente en el primer Gobierno de Lula, a muchos políticos no les interesan los proyectos a largo plazo, que no suelen dar votos, sino los inmediatos que les rinden más beneficio para la reelección.

Tanto o más fuerte que su fe religiosa es, dicen, su habilidad para abrirse caminos en la política, en lo que dice parecerse a Lula, con quién militó durante 30 años antes de dejar el PT.

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