8/7/14

Irak entre el califato yihadista y la parálisis política

Irak asiste a la emergencia de un califato yihadista liderado por el Estado Islámico en mitad de una parálisis política que impide conformar un nuevo gobierno.


Aún así, y mientras Nuri al Maliki agota sus últimas opciones para revalidar un improbable tercer mandato como primer ministro, conviene no caer en el error de considerar que Irak ya ha colapsado como Estado.

Es cierto que actualmente Bagdad transmite una imagen de debilidad muy acusada, en medio de una lucha por el poder en la que Al Maliki parece una opción perdedora. También lo es que las fuerzas armadas iraquíes están demostrando una inquietante incapacidad para garantizar la seguridad de las fronteras exteriores y para hacer frente a la ofensiva yihadista. Pero, a pesar de ello, son muchos los actores interesados en evitar dicho colapso y, por tanto, cabe esperar que se produzca una reacción regional para abortar lo que ya fracasó anteriormente en Malí y en Afganistán, por citar únicamente dos ejemplos.

Por una parte, encontramos a Jordania, que une a sus propios problemas los derivados de una creciente oleada de refugiados iraquíes que ponen en peligro su propia estabilidad interna. La toma el pasado día 22 de Turabil, único paso fronterizo entre Irak y el reino hachemí, por parte de los yihadistas encabezados por Abubaker al Bagdadi se une a la violencia que ha estallado ya en la ciudad de Maan, promovida por simpatizantes del Estado Islámico. Cabe recordar que el líder de Al Qaeda en Irak, Abu Musad al Zarqawi, era jordano y que hoy se estima que al menos unos 1.000 jordanos están combatiendo en las filas rebeldes en Siria y otros 1.000 se encuadran en el Estado Islámico. Amman no cuenta con medios suficientes para su propia defensa y mucho menos para atender a amenazas exteriores, por lo que no parece que la reciente liberación del jeque radical Abu Mohamed al Maqdisi (a cambio de emitir una fetua contra el Estado Islámico) sea garantía de tranquilidad suficiente para el régimen.

En cuanto a Líbano, es bien evidente el intento de elementos yihadistas de adscripción suní de crear problemas a Hezbolá en sus feudos chiíes. Pretenden con ello obligarles a reducir su esfuerzo bélico en Siria, en apoyo al régimen de Bashar el Asad, para reforzar la seguridad en su territorio originario. En esa línea, y más allá del considerable problema que plantea un sostenido flujo de refugiados iraquíes que saturan la capacidad del débil aparato estatal tanto en términos asistenciales como de seguridad, se hacen cada vez más frecuentes los estallidos de violencia promovidos por grupos yihadistas como el Batallón Ziad al Jarrah (componente libanés de la Brigada Abdula Azzam, vinculada a Al Qaeda desde 2009). En mitad de una parálisis institucional que impide nombrar a un nuevo jefe de Estado, como resultado de las crecientes fricciones sectarias entre los principales grupos políticos, no parece previsible que Líbano pueda aportar nada sustancial para hacer frente a la amenaza regional que representa hoy el Estado Islámico.

En Siria, desde la perspectiva de un régimen que sigue cobrando ventaja sobre sus enemigos, se percibe una notable inquietud al constatar el movimiento de combatientes chiíes que regresan a Irak para defenderse del Estado Islámico. Al mismo tiempo, ya se han confirmado ataques aéreos de las fuerzas leales a Al Asad contra objetivos del Estado Islámico en territorio iraquí- lo que, por otro lado, choca con el extendido rumor de que entre ambos había algún tipo de colaboración- saludados favorablemente por el gobierno iraquí. Actualmente todos los pasos fronterizos entre ambos países están en manos del Estado Islámico- excepto el de Rabia, controlado por los kurdos iraquíes-, pero tampoco parece probable que el régimen sirio pueda detraer más medios militares para intervenir directamente en el escenario iraquí.

En definitiva, dada la dimensión que ha adquirido la amenaza representada por el Estado Islámico, parece irse configurando un heterogéneo grupo de circunstanciales aliados, interesados por diferentes razones en evitar el colapso del actual régimen iraquí. Sobre la base de las capacidades que finalmente pueda movilizar el propio régimen- que ya ha iniciado la contraofensiva en torno a Tikrit, con idea de recuperar el pleno control de la importante refinería de Baiji y posteriormente la ciudad de Mosul- comienzan a hacerse visibles significativos apoyos externos. Así, Rusia ha acelerado la entrega de cazas (quizás también con sus tripulaciones) que incrementan el dominio aéreo de las fuerzas iraquíes para poder castigar desde el aire a un enemigo que no dispone de medios antiaéreos sofisticados. Por su parte, Estados Unidos ha aumentado el contingente de operaciones especiales ya desplegados en el terreno, al tiempo que ofrece armamento y material para reforzar las capacidades de combate de las divisiones desplegadas por Bagdad. Sin olvidar, por último, que Irán en ningún caso abandonará a un aliado chií que resulta esencial para avanzar en su intento por consolidarse como líder regional.

En el horizonte, mientras tanto, se va dibujando un intento por mantener la unidad de Irak, echando mano del modelo libanés, con un reparto del poder que responda al peso demográfico de cada comunidad étnica o religiosa presente en el país.


Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.

http://blogs.elpais.com/extramundi/2014/07/irak-entre-el-califato-yihadista-y-la-paralisis-politica.html

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