6/7/14

El Brasil más castigado

Entre abusos policiales y la ley de los narcos, el Brasil más castigado
Los habitantes de las favelas denuncian una “limpieza social” para esconder su realidad. Clarín recorrió las calles donde viven más de 11 millones de personas. Sus vidas mientras se juega la Copa.


Las bombas de estruendo retumban como si fuesen los primeros minutos de un nuevo año. También se escuchan cornetas y las voces de los relatores de las radios y televisores de cada casilla. En los pasillos, que nacen en la avenida y desembocan en el arroyo, apenas queda algún perro buscando comida de la basura. En las calles internas de la favela Sucupira, como en las de la mayoría de Brasil, hay miles de cintas verdes y amarillas, cortitas, de plástico, atadas a un hilo que va de un palo de luz a otro. En las asfaltadas, aparecen pintadas en aerosol con banderas brasileñas y estrellas de los años de los mundiales obtenidos. Es la misma decoración hecha por el Gobierno Nacional la que se repite. Son las cinco de la tarde en esta urbanización de siete mil habitantes al sur de San Pablo y la mayoría de los ojos del mundo están puestos en un partido de fútbol a cientos de kilómetros de aquí, lejos de estas calles mínimas, las más castigadas y donde sus habitantes hablan de una “limpieza étnica y social” hecha a medida del Mundial.

“¿Copa para qué?”, se lee en una de las paredes que señala Paulo Lopa. Es grafitero y docente en un instituto de menores de la ciudad. Está en Sucupira para pintar grafitis mientras se juegan los partidos. Los grafiteros y los “oficinistas”, como se conoce a las personas que hacen trabajo social en las favelas, son los únicos que denuncian los atropellos de la policía. Lopa dice que lo que ha ocurrido y ocurre en las favelas de San Pablo es digno de una dictadura; denuncia que muchos policías andan por los barrios con dos pistolas: la reglamentaria, y la que utilizan para disparar y amenazar, con numeración limada. Y detalla: “En los últimos dos años han secuestrado, torturado y desaparecido negros, adictos al crack, ex presidiarios y recicladores de basura. Todos eran jóvenes. Esas fueron las principales causas por las que nos manifestamos antes de la Copa”.

Durante los partidos y en los entretiempos del Mundial hay poca gente en la calle. La mayoría de los que andan son niños. Lo hacen en hawaianas y juegan al “Pipa”, un barrilete atado a una tanza bañada en un líquido formado por pegamento y vidrio molido. Juegan a cortar el barrilete del rival y quedárselo como trofeo. Casi pegados al arroyo en el que termina la favela hay dos jóvenes. Están en cueros, sentados en sillas de plástico, rodeados de plantas que alcanzan los dos metros. Una sombrilla los cubre del sol y cuando hay partido lo escuchan en una radio. El negocio del narcotráfico no se detiene con el Mundial. Una fuente acompaña a Clarín hasta ellos para mostrar lo fácil que es comprar drogas. Por dos reales (siete pesos) es posible conseguir marihuana. Los vigilan los “campanitas”, la versión local de los “soldaditos” rosarinos, quienes palpan de armas o cámaras ocultas a los clientes que no conocen.

El narcotráfico en las favelas de San Pablo es controlado por el PCC. El Primer Comando de Capital nació en agosto de 1993 (Ver recuadro) y tiene sus propias leyes. Por cada integrante del PCC asesinado, morirán dos policías; si un bandido quiere pelearse con otro, debe pedirles autorización o morirá; si la mujer de un integrante del PCC comete una infidelidad, será asesinada. El amante, también. Las “bocas de fumo”, como se conoce a los expendios de droga, pueden ser “tercerizadas”: pero deben pagarle al PCC. El hombre que golpea a una mujer es golpeado, y el que abusa de ellas, asesinado. Si un preso del PCC recibe el beneficio de una salida transitoria, no puede regresar a la cárcel. Debe fugarse.

Las leyes no escritas son las que valen en el día a día y las que los habitantes de las favelas deben tratar de no quebrar para vivir en paz. Según el último censo, en los barrios populares de Brasil viven 11.4 millones de los 190 millones de habitantes que tiene el país.

“El PCC reparte despensas, financia fiestas, ofrece servicios de reparto de gas doméstico o reparación de inmuebles y de la red de agua, y, lo más importante, tiene éxito en lo que el Estado ha fracasado: la pacificación de la inmensa periferia de la mayor ciudad de Sudamérica”, comentó la periodista Fátima Souza, autora del libro PCC en la revista Reforma.

Los vecinos de Sucupira lo saben. Las madres temen que sus hijos entren a ese ejército informal. El ritual consiste en beber cachaça mezclada con sangre y, en definitiva, es lo de menos. Los que pertenecen al PCC son una familia de lazos severos. Sus miembros son llamados “hermanos” y sus mujeres, “cuñadas”. Ellas, cuando sus maridos están detenidos, reciben una mensualidad. Bajo el imperio de esta ley no escrita pasan los días del otro Mundial. Paulo habla, al igual que el resto de las fuentes consultadas por Clarín en otras favelas, contra ineficiencia de las Unidades de Policía Pacificadora, instaladas en Río de Janeiro y San Pablo, como un plan de pacificación de los barrios dominados por los narcos. Pero según el diario Folha, tan sólo en la ciudad paulista los vecinos denunciaron a policías de 25 de las 33 Unidades que hay y en 2012, según organismos de derechos humanos y el Comité Popular contra la Copa, en San Pablo murieron 547 jóvenes en supuestos enfrentamientos. Los habitantes de las favelas hablan de “limpieza étnica y social”.

Es por eso que dicen sentirse más seguros sin policía. Y también por eso Sandra Quintela, de Articulación Nacional de Comités Populares de la Copa, explica que la represión policial frenó la ola de manifestaciones: “El gran legado de la Copa es la militarización”.

Gabriele Dias acaba de recibirse en Ciencias Políticas y está de acuerdo. “Si en las favelas hay policía, es guerra, y sin ellos, hay paz”, afirma. En estos días de Mundial, en San Pablo se habla de una tregua entre el PCC y la policía. Lo aseguran los taxistas, los vecinos. Todos. “Es una pantalla para tapar lo que pasa. Se trata de no robar a los gringos, no causar desmanes en zonas turísticas a cambio de no ingresar a las favelas”, confía Laissa Sobral de una cooperativa de ex presidiarios. “No están entrando, pero continúan asesinado afuera”, confía a Clarín Mut, que trabaja enseñando ajedrez en otra favela y agrega: “Solamente en Capao Redondo murieron 16 jóvenes entre abril y junio de este año”.

http://www.clarin.com/edicion-impresa/abusos-policiales-narcos-Brasil-castigado_0_1169883072.html


El jefe del poderoso cartel PCC da órdenes desde la cárcel


Marcos Willians Herbas Camacho, alias Marcola, nació en San Pablo, en 1968. Comenzó su “carrera” a los 9 años como carterista. A los 35, llevaba la mitad de su vida en prisión. Allí adentro finalizó la escuela. Leyó, dice, más de 3 mil libros. En 1993, Marcola fue el fundador del Primer Comando de Capital. El PCC estuvo compuesto, en un principio, por asaltantes. En febrero de 2001 organizó la mayor rebelión de prisiones en Brasil. Duró 27 horas. Según explica, a él responden 130 mil presos y 10 mil “soldados” que se encuentran en libertad.

Los especialistas afirman que el PCC se formó para presionar por mejores condiciones carcelarias. Pero al tiempo ingresó al negocio de las drogas y la extorsión. Mediante un celular, Marcola controla el mundo del crimen. Desde el lugar donde todo delincuente sabe que un día conocerá. Y ningún hombre del rubro quiere estar en deuda cuando pise una cárcel. Su condena es de 44 años de prisión. Está acusado de asaltar bancos y de mandar a asesinar a un juez.

En mayo de 2006, se inició la mayor ola de violencia de la historia de San Pablo. Fue decisión de Marcola. Murieron 23 policías militares, 7 policías civiles, 12 penitenciarios y 3 guardias municipales. La policía mató a 120 hombres acusados de cumplir las órdenes del líder. Dicen que se había inspirado en el “El arte de la guerra”, tratado de casi 3.000 años del filósofo chino Sun Tzú. Más adelante los ataques iban a ser contra ómnibus y bancos.

Luego de negociaciones con la Policía, la rebelión terminó. Por decisión de Marcola. Sus íntimos le dicen “playboy” por su gusto por la ropa de marca y los perfumes.

http://www.clarin.com/edicion-impresa/poderoso-cartel-PCC-ordenes-carcel_0_1169883074.html

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