13/2/14

Ucrania deshoja la margarita entre Moscú y Bruselas

Ucrania necesita ayuda para salir de la crisis en la que lleva metida desde noviembre pasado, cuando Victor Yanukovich renunció a firmar el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea.


Como fiel reflejo de la división estructural del país, ninguno de los actores internos enfrentados está en condiciones de imponer su voluntad y, menos aún, de convencer a quienes piensan de manera distinta. Por una parte, Yanukovih se ha ido quedando sin margen de maniobra y hasta su propia cabeza está ahora mismo en juego. Por otra, la oposición no puede tampoco cantar victoria, a la espera de que se logre configurar un nuevo gobierno más sensible a sus demandas y mientras los grupos radicales con marcado perfil violento parecen cobrar un excesivo protagonismo en las plazas y edificios ocupados.

Si algo podemos dar por descontado es que Moscú no cejará en su empeño histórico de mantenerla bajo su influencia directa. En términos de seguridad, sus amplias llanuras constituyen la puerta de entrada al corazón de Rusia y, por tanto, la mera posibilidad de que algún actor externo (sea EE UU, la Unión Europea o, más concretamente, la OTAN)pueda poner sus pies en este territorio es simplemente inaceptable. Para lograr ese objetivo cuenta con bazas a su favor, empezando por una realidad demográfica que identifica a la mitad de su población como rusófila, con profundos surcos histórico-culturales que llevan a algunos a identificarla como el núcleo conformador de Rusia. Es, asimismo, una vía de paso fundamental para las infraestructuras energéticas que permiten a Moscú vender su gas a países de la Europa central y occidental. También en términos comerciales Rusia es el primer socio de Ucrania y, por último, volviendo al terreno de la seguridad, basta con citar Odesa y Sebastopol para evidenciar la importancia que tiene Ucrania para asegurar la presencia naval rusa en el mar Negro y en el Mediterráneo.
Estos elementos pesan sobremanera en la toma de decisiones políticas por parte de los gobernantes ucranios (sea Yanukovich o cualquier otro en el futuro inmediato), conscientes de su escaso margen de maniobra para sacudirse la presión rusa; especialmente cuando la oferta que puede plantear Bruselas (o Washington en la misma línea) no resulta ni siquiera equivalente. Recordemos que, por un lado, Vladimir Putin se ha apresurado a ofrecer no solo una rebaja notable del precio del gas ruso que Kiev importa sino a aportar una ayuda inmediata de 11.000 millones de euros para facilitar la sostenibilidad de una economía en horas muy bajas. Como ha hecho con Georgia y otros países situados durante décadas bajo su órbita, Moscú ha vuelto a recordar que puede ser el mejor socio de Kiev, pero también el peor enemigo si por cualquier causa decidiera navegar por libre (todavía está fresca en la memoria de los 47 millones de ucranios el chantaje ruso en 2006 y 2009, cerrando el suministro de gas en pleno invierno).
Frente a esa ofensiva rusa, Bruselas no ha logrado articular una apuesta lo suficientemente atractiva para modificar el rumbo previsible de una Ucrania que se sabe atada a Rusia. Y eso no es tanto por falta de medios a su alcance- comerciales, financieros o diplomáticos- como por simple falta de voluntad para asumir el desafío que supone la posible integración en el club comunitario de un país tan salpicado de problemas internos, sabiendo, además, que eso sería percibido por Rusia- con quien no hay intención de enemistarse (y Alemania aún menos)- como una bofetada política. Es ahora, forzada en buena medida por su propio discurso de apoyo a la sociedad civil y por una mínima coherencia con su apoyo a los valores democráticos que impulsan la contestación social en las calle ucranias, cuando de modo impreciso tanto Bruselas como Washington apuntan a un posible paquete de ayuda condicionado a la realización de reformas económicas. Nada, en definitiva, que ofrezca una alternativa clara a quienes se oponen a Yanukovich y que compense o mejore la oferta rusa (en el periodo 1991-2010 el total de fondos aportados por la UE se elevó a los 2.500 millones de euros y desde entonces apenas se han sumado otros 319).
Cabe recordar que Ucrania no ha registrado crecimiento alguno el pasado año, mientras tiene que hacer frente a un alto endeudamiento- en este año debe hacer frente a la devolución de deuda soberana por un valor de 4.000 millones de euros, a los que se suman otros 2.700 que debe al FMI y 2.400 a Gazprom por facturas de gas pendientes de pago. Sus reservas de divisas han ido cayendo rápidamente hasta los actuales 14.000 millones de euros, que no le permiten cubrir más de dos meses de importaciones. En esas condiciones, sea quien sea el que gobierne el país, y procurando no verse obligado a optar entre Moscú o Bruselas, cabe imaginar que Ucrania tratará de sacar lo mejor de cada pretendiente…, pero sabiendo que la realidad inclina la balanza a favor de la apuesta rusa.

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