16/2/14

Sudamérica, relegada en la gran convergencia

El FMI estableció en 2013 que China creció un promedio de 7,7% ese año y los dos previos, y que este nivel representa su tasa de expansión probable en los próximos 5/10 años, con una tendencia declinante en la segunda parte de la siguiente década (6%/6,5% anual).


Lo más importante no es esta desaceleración, sino que implica una caída de 10 puntos porcentuales en su tasa de inversión, que pasa de 47% del PBI a 37%/35% en ese periodo.
Esta reducción del nivel de inversión en la República Popular es decisiva para los países emergentes, y en especial los de América del Sur. Cada punto porcentual en que disminuye la tasa de inversión (y por ende el nivel de expansión de China) sustrae entre 0,5 y 0,9 puntos porcentuales del crecimiento de las cadenas de valor de sus proveedores regionales, que en el caso de América del Sur – encabezada por Brasil – están esencialmente constituidas por materias primas.
El dato central respecto a América del Sur es que después de haber experimentado la década de mayor crecimiento de los últimos 100 años entre 2000 y 2010 (como consecuencia directa de la demanda china),no ha habido convergencia estructural (ingreso real per cápita + incremento de la productividad) en relación a los países avanzados, sobre todo EE.UU.
El nivel de ingreso per cápita de los países de América del Sur en relación al norteamericano era 20% en 1962, y sigue siendo 20% cinco décadas después. El PBI por habitante sudamericano ha permanecido estructuralmente estancado respecto al estadounidense en los últimos 50 años y no ha habido convergencia estructural con los niveles de productividad de EE.UU.
En América del Sur, ha habido crecimiento pero no desarrollo en los últimos 10 años.
Brasil es el caso más notable de este crecimiento sin desarrollo. El PBI nominal creció 348% entre 2003 y 2011, y en este período los términos de intercambio aumentaron 40% y los precios en dólares de sus exportaciones (materias primas) treparon 222%. Significa que 89% de la expansión brasileña en la década pasada ha sido resultado directo de sus términos de intercambio, y sólo 11% ha representado el auge de la producción real, arrastrada por el incremento de la productividad.
El capitalismo es un “modo de producción”, no una economía de mercado. Lo que interesa no es cuánto crece, sino cómo lo hace; y ni siquiera importa la alta tasa de inversión. El país más productivo del mundo (EE.UU.) tiene un nivel de inversión de 14% del PBI y la clave en él no es el monto de lo que se invierte, sino cuánto capital hay que utilizar para lograr un incremento del producto por hora trabajada. Mientras menos capital se invierta, mayor será la productividad del sistema.
Por eso carece de relevancia el logro de un nivel récord de ganancia.
Lo que importa es utilizar el menor capital posible en la consecución de este objetivo.
El crecimiento de América del Sur en la última década no ha sido el resultado de un “viento de cola” favorable, sino la consecuencia del cambio irreversible de las condiciones mundiales. El dato central de la época es que los países emergentes han crecido 600% entre 1960 y 2010, mientras que el mundo avanzado aumentó el producto 300%. Los emergentes, en este período, duplicaron su participación en el PBI mundial, el consumo global, y en el comercio y la inversión internacionales.
De ahí que el eje del proceso de acumulación global haya pasado en forma irreversible de los países avanzados a los emergentes, y estos abarcan a 85% de la población mundial. El capitalismo es un sistema hondamente desequilibrado, que experimenta crisis periódicas cada 5, 10 o 50 años. Pero lo fundamental es advertir que esta etapa de su trayectoria –que comenzó en 1991– es la de mayor ascenso histórico desde la Revolución Industrial (1780-1840). Aquí no hay “viento de cola” de ningún tipo.
clarin

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