3/2/14

El papel de las petromonarquías contrarrevolucionarias

Adam Hanieh-Solidarites



Cuando se preguntan sobre cómo comenzaron estos acontecimientos, los grandes medios y también una parte de la izquierda política y académica evocan una serie de levantamientos contra los regímenes dictatoriales, o señalan causas particulares como la pobreza, el paro, la subida de los precios alimenticios, la exclusión de la juventud, etc. Hay que rechazar esas explicaciones monocausales y examinar cómo se ha desarrollado el capitalismo en cada uno de esos países y en la región en su conjunto; y, particularmente, los cambios producidos en sus estructuras de clase.

Durante estos últimos decenios el desarrollo del capitalismo en todos los países árabes ha desembocado en una polarización creciente de la sociedad: de un lado, una fracción muy reducida de la población, estrechamente ligada a inversiones internacionales, ha gozado del control del poder político y de los sectores económicos clave; del otro, una masa creciente de la población ha sido empobrecida y desposeída, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales, debido a las políticas neoliberales de privatizaciones crecientes.

Partir de la dinámica del capitalismo en la región árabe

En el mundo árabe, la esfera económica y política están profundamente interconectadas, quizá más que en cualquier otra parte del mundo. Por tanto, las dictaduras presentes en toda la región no se pueden separar de las formas que ha adquirido el propio capitalismo y de las políticas neoliberales puestas en marcha. Fenómenos tan importantes como la pobreza, la subida de los precios alimenticios, el paro o la desposesión de las masas, no pueden separarse de los regímenes autoritarios y de las formas específicas tomadas por el desarrollo del capitalismo en toda la región.

Igualmente, la evolución política y económica de esos países, sin duda más que en cualquier otra parte del mundo, no se pueden comprender sin analizar su lazo con la dominación imperialista; en particular, pero no solo, los Estados Unidos. Así, cuando observamos cómo comenzaron las luchas populares a finales de 2010, las principales consignas giraban alrededor de la lucha contra el autoritarismo, por la libertad, pero la sustancia de esos movimientos estaba muy íntimamente conectada a la esfera económica y a la lucha contra el imperialismo. Es por ello que las respuestas políticas aportadas a esos levantamientos hasta ahora no se corresponde con sus causas fundamentales.

La forma en que las contrarreformas neoliberales han sido realizadas no solo ha modificado las relaciones de clase en cada uno de los países concernidos, también ha modificado la estructura social y la economía de toda la región. El neoliberalismo, aún cuando apareciera un poco antes en determinados países, se impuso en los años 1980 y 1990. Una de las palancas para la imposición de esas políticas fue la crisis de la deuda, que no era específica de la región árabe. El endeudamiento masivo de varios estados (en particular Egipto, Túnez, Irak, etc.), forzó a los gobiernos a aceptar programas de ajuste estructural bajo presión del FMI y del Banco Mundial.

La derrota militar de 1967 frente a Israel, sobre todo en el caso de Egipto, fue una causa importante del aumento del endeudamiento del Estado. Igualmente, la ayuda alimentaria de los Estados Unidos fue deliberadamente instrumentalizada para reducir el grado de soberanía alimentaria de los países árabes, en particular en el caso de Egipto. En todos los casos, los regímenes autoritarios reforzaron esas políticas igual que ellos fueron reforzados por ellas. La concentración de la propiedad de la tierra y las modificaciones del derecho sobre la propiedad de la tierra que la acompañaron han jugado un papel significativo en la aceleración del éxodo rural. Los acuerdos comerciales firmados con los países del Norte, en particular con la UE y los Estados Unidos han jugado el mismo papel.

El Golfo e Israel como puntos de apoyo regionales del imperialismo

Si se contempla el dominio del imperialismo sobre esta región, se pueden distinguir dos polos mayores. En primer lugar, el Estado de Israel, que juega un papel esencial desde hace varios decenios, teniendo en cuenta sus relaciones especiales con los EEUU. El Estado de Israel depende en gran medida de su carácter de colonia de poblamiento, en la medida en que su creación se basa en la desposesión del pueblo palestino. Para él, la alianza con los Estados Unidos, así como con las potencias europeas es una cuestión existencial; debido a ello, está relativamente protegido de las presiones que podrían provenir de su propio pueblo. En razón mismo de esta función particular de Israel como gendarme imperialista regional, la lucha del pueblo palestino también juega un papel estratégico en el corazón de las luchas populares del Medio Oriente y del África del Norte. Es por eso que toda confrontación con la dominación occidental de la región pasa por la cuestión de Palestina.

Sin embargo, desde hace una decena de años se asiste a la fragmentación del pueblo palestino. Por supuesto, este proceso que comenzó en 1948, prosiguió en 1967 con la ocupación de los territorios y conoció una nueva etapa con los Acuerdos de Oslo, que acentuaron la dispersión del pueblo palestino, favoreciendo el desarrollo de formaciones sociales y de fuerzas políticas distintas, entre las cuales la comunicación se había vuelto más difícil. En Cisjordania, donde la Autoridad Palestina dispone de un cierto grado de autoridad, ésta ha sido en gran medida cómplice de este proceso de fragmentación del que, a su vez, se ha beneficiado. En la banda de Gaza, el balance del gobierno de Hamás también ha sido muy malo desde hace varios años, incluso si su acción es evidentemente difícil en el marco del bloqueo actual. Dicho esto, es interesante señalar que los Hermanos Musulmanes egipcios, cuando estuvieron en el poder, no hicieron nada para suavizar el bloqueo de la banda de Gaza. La cuestión de Palestina no es solo una cuestión de derechos humanos, sino que juega un papel clave en la evolución económica, social y política de toda la región.

Las petromonarquías del Golfo, que juegan un papel esencial como motor de la contrarrevolución actualmente, también actúan como socio esencial de la economía de toda la región. Para comprender mejor esto, hay que cómo se han adoptado las políticas neoliberales considerar cómo -liberalizaciones, privatizaciones, aperturas a las inversiones directas extranjeras- en todos esos estados durante estos 20 últimos años y su relación con los flujos de capitales del Golfo. Concretamente, en los años 2000, la acumulación de la renta petrolera permitió a los inversores del Golfo penetrar masivamente en los mercados vecinos. Cuando los países del Medio Oriente y de África del Norte se abrieron a las inversiones extranjeras vendiendo tierras, puertos, bancos, redes de telecomunicaciones etc., fueron los capitales del Golfo los primeros que se aprovecharon de ello.

Me gustaría dar algunas cifras a propósito de lo dicho. De 2003 a 2009, el valor de las inversiones directas extranjeras de los inversores del Golfo en los países mediterráneos superó la de cualquier otro país de la región o del mundo. Más del 60% de esas inversiones del Golfo fueron a Egipto, Jordania, Palestina, Siria y Líbano; y en esos cinco países, el monto de esas inversiones es más de tres veces superior al de la Unión Europea, y doce veces superior al de América del Norte. Incluso si el nivel de esas inversiones se ha ralentizado un poco desde 2008, con la irrupción de la crisis global, el Golfo sigue siendo el primer inversor en Egipto, Líbano, Jordania y Palestina, al igual que en Libia y Túnez entre 2008 y 2010. Y esas cifras subestiman el control de las petromonarquías sobre la economía regional, porque no integran las inversiones de bursátiles, los fondos soberanos, los créditos a los estados, etc.

A fin de medir el impacto de las políticas neoliberales sobre la estructura de clase de toda la región, no solo hay que considerar el enriquecimiento de las clases dominantes de cada país, sostenido por una forma u otra de Estado autoritario, sino también esa influencia general creciente de las burguesías del Golfo, que ha aprovechado ampliamente el giro neoliberal en el curso de los dos últimos decenios para dominar los principales sectores económicos del mundo árabe. Podemos tomar varios países y varios sectores para ilustrar esto. El agrobusiness o el sector agrícola en Egipto, está totalmente controlado por los inversores del Golfo, igual que el mercado inmobiliario en Egipto y en Jordania, el sector financiero en Jordania, las telecomunicaciones en varios países y los puertos del Mediterráneo.

Una polarización extrema de la riqueza

La otra característica destacable de este sistema, es la profundización continua de las desigualdades; es decir, la creciente brecha entre el Golfo y los demás estados del mundo árabe. Esta desigualdad resulta parcialmente de la crisis económica global, que ha afectado de forma diferente al Golfo y a los demás países, pero también de crisis locales que afectan a la región. Para dar algunas estadísticas sobre esto, citaré un informe reciente del Instituto Internacional de Finanzas (IFF): el stock de capitales propiedad del Golfo en el mundo, deduciendo las deudas, ha pasado de 879 millardos de dólares en 2006 a 1790 millardos de dólares a finales de 2012. A finales de 2013, esa cifra debía superar los 2000 millardos de dólares, lo que equivale al 120% del PIB total de los países del Golfo. En cambio, si consideramos el montante neto de los capitales en el extranjero propiedad de Egipto, Siria, Jordania, Líbano, Túnez y Marruecos, para esos seis países, ha pasado de un superávit de 20,4 millardos de dólares en 2006 a un déficit de 23,3 millardos de dólares a finales de 2012, lo que muestra bien la distancia creciente entre el Golfo y el resto de la región.

Se observan las mismas tendencias en lo que respecta a la balanza de pagos: en 2012, el Consejo de Cooperación del Golfo, es decir los seis estados concernidos, debía tener un superávit de la balanza de pagos de 400 millardos de dólares, es decir más del doble de la media anual de los años 2006-2010, y más del doble del superávit de la balanza de pagos de China en 2012. Pero al mismo tiempo, los saldos acumulados de las balanzas de pagos de Egipto, Siria, Jordania, Líbano, Túnez y Marruecos alcanzaron un déficit de 35 millardos de dólares en 2012, es decir más del triple de su déficit anual medio para 2006-2010. Un signo más de la profundización de las diferenciaciones en el seno de la región. Y no se trata solo de inversiones públicas o de fondos soberanos: la riqueza privada de los países del Golfo ha crecido el 7% en el curso del año pasado y es un 10% más elevada que lo que era en 2007, es decir el mejor año antes de la crisis de 2008. Esa es la razón por la que la proporción de hogares millonarios en el seno de la población del Golfo alcanza récords. Según un reciente informe del Boston Consulting Group, entre los 11 países que cuentan con la mayor proporción de millonarios, hay 5 países del golfo. Qatar es el primero del mundo, con el 14,3% de millonarios.

Evidentemente, incluso en el Golfo, la riqueza no está repartida por igual. En particular, esas cifras ignoran totalmente los millones de trabajadores y trabajadoras inmigrantes temporales mal pagados que constituyen la mayoría de la fuerza de trabajo de cada uno de esos estados. Una de las expresiones de esas desigualdades crecientes tiene que ver con que la fuerza de trabajo de esos países está estructuralmente dominada por trabajadores y trabajadoras inmigrantes. Por ejemplo, en 2008-2009, cuando se declaró la crisis global, y cuando algunos estados del Golfo, como Dubai, fueron afectados por el estallido de la burbuja inmobiliaria, respondieron con el despido de una parte de los trabajadores emigrantes, exportando así sus dificultades al resto del mundo árabe, cuando al mismo tiempo estados como Egipto, Túnez, etc., eran golpeados de lleno por la crisis mundial. En otros términos, la estructura de clase específica de los países del Golfo les ha permitido responder a la crisis de forma particular.

El conjunto de estas evoluciones muestra que la clase capitalista de los países del Golfo ha jugado un papel motor en el crecimiento de las desigualdades a escala regional, sacando todo el partido a las políticas neoliberales de los dos últimos decenios. Así, contrariamente a lo que se cree a menudo, la solidaridad entre los estados del Golfo no tiene que ver tanto con su apego a un islam fundamentalista o a regímenes monárquicos, sino a su particular estructura de clase y a sus lazos estrechos con el imperialismo, en particular con los Estados Unidos. Si se considera que un cuarto de las importaciones de petróleo de China (contra el 20% en 2007) y el 44% de las de India, vienen del Golfo, esto da a los Estados Unidos un medio de presión importante sobre esas economías emergentes.

Un foco de reacción

Los lazos privilegiados entre los Estados Unidos y las petromonarquías del Golfo no deben ser interpretados esencialmente como una voluntad de dominio de los Estados Unidos sobre los yacimientos de la región para garantizar su propio aprovisionamiento, incluso aunque haya compañías petroleras que actúan claramente en ese sentido. Responden ante todo a otras dos preocupaciones. En primer lugar, mantener la ventaja que les da el control de este importante grifo petrolero en el marco de la creciente rivalidad que les oponen a los países emergentes, en particular a China (esta rivalidad debe ciertamente ser vista también como interdependencia); luego, garantizar que las riquezas petroleras del Golfo permanezcan en manos de las oligarquías reinantes, que las invierten en los mercados financieros y no sean utilizadas para financiar proyectos de desarrollo en favor de las masas populares de los principales países de la región árabe. Es sin duda la razón por la que las entregas masivas de equipamientos militares estadounidenses a los países del Golfo intentan transformar sus yacimientos de petróleo en fortalezas inexpugnables, en particular gracias a un sistema avanzado de defensa aéreo, en asociación con el ejército de los Estados Unidos.

El Golfo representa también un mercado vital para la exportación occidental de mercancías, de armas, de contratos de ingeniería o de construcción. Tomemos el ejemplo de las exportaciones de armas: en 2011, las ventas globales de armas de los Estados Unidos se triplicó, hasta alcanzar el récord de 66,3 millardos de dólares, lo que representa más de las tres cuartas partes del mercado mundial de armas. Y las razones de esta triplicación se explican exclusivamente por el boom de las ventas de armas a los países del Golfo, principalmente a Arabia Saudita, que compró 33,4 millardos de dólares de armamentos a los Estados Unidos. Es de lejos el mayor cliente de los EEUU que le venden el 99% de sus equipamientos militares. De 2008 a 2011, ha sido el primer importador de armas de todos los países del Sur, absorbiendo más de la tercera parte de las ventas de armas del mundo durante esos cuatro años.

Lo que acabo de decir se puede resumir en tres puntos:

1. El Golfo juega un papel esencial como aliado de los Estados Unidos y del imperialismo;

2. Representa un mercado creciente para los exportadores de los países del Norte;

3. Ha cambiado radicalmente las correlaciones de fuerzas regionales en su favor durante estos últimos veinte años de políticas neoliberales.

Mantiene por tanto una relación existencial con el statu quo regional que no quiere cambiar. Es por eso que las petromonarquías se han implicado a fondo en los acontecimientos políticos que han sacudido la región árabe durante estos tres últimos años, como se ve particularmente bien en Egipto y Siria.

En Egipto, desde el comienzo de 2011, varios estados del Golfo han hecho todo lo posible para defender el statu quo y hacer retroceder las movilizaciones populares: en primer lugar, Qatar ha apoyado a los Hermanos Musulmanes; luego, tras la caída de Morsi, Arabia Saudita y los Emiratos Arabes Unidos han dado su apoyo al Ejército. En todos los casos, han jugado un papel contrarrevolucionario. En Siria, Arabia Saudita y Qatar también han intentado establecer lazos con sectores contrarrevolucionarios opuestos al régimen, hasta el punto de que el movimiento popular debe hacer frente tanto al Ejército de Bachar al Assad como a las divisiones que estimulan los estados del Golfo sobre bases confesionales.

Tanto en Bahrein como en Siria, la herramienta del comunitarismo ha sido utilizada para intentar debilitar la revolución popular. Concretamente, Bachar al-Assad ha liberado a islamistas que se pudrían en sus prisiones con el objetivo de reforzar el sector yihadista de la oposición, que sirve de espantapájros para amplios sectores de la población. En Bahrein, la monarquía de la familia el-Khalifa ha denunciado a quienes protestaban como criaturas de Irán. Igualmente, los trabajadores y trabajadoras inmigrantes han sido utilizadas para intentar dividir al movimiento, organizando el régimen de arriba a abajo manifestaciones de emigrantes a su favor. La capacidad de resistir contra estas maniobras depende en definitiva de la influencia de la izquierda en el seno de los movimientos de oposición. Desde este punto de vista, es edificante comparar el movimiento bahreiní de los años 1960 y 1970, sustentado en un poderoso movimiento sindical y apoyado por dos grupos de izquierda con ramificaciones en otros estados del Golfo, con el de hoy. La división no había sido tan fuerte.

Es cierto que hay divergencias tácticas en el seno de los estados del Golfo, en particular entre Arabia Saudita y Qatar, que tienen ciertas consecuencias para la región. Igualmente, la apertura de negociaciones entre los Estados Unidos e Irán, suscita una oposición importante en Arabia Saudita y en Israel. Sin embargo, a pesar de esas diferencias de apreciación -por ejemplo, apoyar a los Hermanos Musulmanes o al Ejército en Egipto- todas las petromonarquías comparten una misma visión estratégica en relación al conjunto de la región: proseguir las políticas neoliberales y mantener el statu quo.

Un desafío estratégico para los revolucionarios

Quería concluir con tres conclusiones políticas, que, en mi opinión, derivan del papel cada vez más importante que juegan los estados del Golfo en toda la región:

En primer lugar, el movimiento popular de todos esos países debe esforzarse por comprender que sus luchas a nivel nacional están cada vez más entremezcladas con la problemática regional. Así, los combates sociales y políticos que se expresan en la arena nacional, por ejemplo las luchas obreras y las movilizaciones para recuperar las tierras enajenadas por el régimen de Mubarak en Egipto, deben enfrentarse, de una forma u otra, con intereses del Golfo, por otra parte fuertemente representados en el propio Egipto. Para los movimientos sindicales que han emergido en ese país durante esos tres últimos años, la confrontación con los intereses del Golfo ha sido una cuestión central. Es también una de las razones por la que las petromonarquías se han visto tan rápidamente alertadas por estos levantamientos y han reaccionado tan rápidamente no ahorrando medios. Tras Ben Ali y Mubarak, si las fichas de dominó hubieran continuado cayendo, ciertos estados del Golfo habrían estado directamente amenazados.

En segundo lugar, tenemos que prestar una mayor atención a las luchas que se desarrollan en el seno de los estados del Golfo, particularmente en Bahrein, que debe estar en el corazón de nuestros esfuerzos de solidaridad, pero también en Omán, en Arabia Saudita, etc. No vale olvidar, en efecto, que si hay diferencias sociales abismales entre los ciudadanos y ciudadanas de esos Estados y los trabajadores emigrantes, también hay enormes diferencias sociales entre los residentes de los países del Golfo. En particular, Arabia Saudita está dividida hoy entre la necesidad de responder a las crecientes protestas de sus ciudadanos más pobres, y su necesidad de mantener una importante cantidad fluctuante de mano de obra sin derechos y extremadamente débil, formado de inmigrantes temporales.

En tercer lugar, y esta cuestión es demasiado descuidada a menudo, la solidaridad con los trabajadores emigrantes temporales del Golfo debe convertirse en una prioridad importante del movimiento obrero de toda la región, en primer lugar porque representan más del 50% -y en algunos casos entre el 80% y el 90%- de la fuerza de trabajo de las petromonarquías, en una situación de explotación y carencia de derechos sin límites. En noviembre de 2013, por ejemplo, un millón de ellos fue obligado a abandonar Arabia Saudita, que es el segundo país del mundo, tras los Estados Unidos, en lo referido a las transferencias financieras de los trabajadores inmigrantes a sus familias. Es importante por tanto considerarles no como “invitados”, “criados”, etc., ya sean de origen árabe o surasiático, sino como una componente a todos los efectos de la clase obrera de la región, igual que los trabajadores egipcios o tunecinos. Sin embargo, no hay que esconder que esta conciencia común de pertenecer al mismo movimiento obrero regional está aún poco desarrollada. Además, deben desarrollarse alianzas con las organizaciones obreras de Asia del Sur. Hay que aprender, por ejemplo, de los trabajadores y trabajadoras de Filipinas, que han desarrollado modos de organización trasnacionales, en la medida en que sus emigrantes vuelven al país después de dos o tres años.

A largo plazo, no habrá solución nacional a los problemas a los que se enfrenta la región árabe mientras que una parte tan importante de sus recursos quede en manos de una capa tan restringida de su población. Esto no quiere decir que los movimientos revolucionarios puedan nacer y desarrollarse a escala regional, evitando confrontarse a las clases dominantes nacionales, sino considerar más bien las diferentes escalas nacional, regional e internacional como inseparables y entremezcladas en relación a cada foco de lucha. Sin una orientación estratégica que apunte a derrocar el poder de las monarquías del golfo, no puede haber victoria revolucionaria duradera en la región.

En conclusión, hay que señalar que el espíritu de los movimientos revolucionarios de la región árabe ha tenido una influencia significativa sobre los movimientos sociales a escala global, en particular en Europa y en América. Incluso en China, los motores de búsqueda han sido programados para no permitir ya búsquedas sobre temas como “revolución árabe”, “movimientos populares en Medio Oriente”, etc. También está la cuestión de la repercusión que podría tener en los países árabes una profundización de la crisis europea y de las luchas sociales del Viejo Continente. Pero no hay que olvidar tampoco que esta interrelación va en los dos sentidos: en efecto, la crisis griega ha permitido a los capitales del Golfo reforzarse aún más apoderándose de importantes activos en Grecia durante el período reciente.

Nota:

Esta transcripción/traducción de la conferencia dada por Adam Hanieh, en Ginebra, el 29 de noviembre de 2013, no ha podido ser corregida por su autor. Éste es profesor de estudios del desarrollo en la School of Oriental and African Studies (SOAS), de la Universidad de Londres. Es autor de dos libros, Lineages of Revolt: Issues of Contemporary Capitalism in the Middle East, 2013 y Capitalism and Class in the Gulf Arab States, 2011. También es miembro del comité de redacción de la revista Historical Materialism et membre de Socialist Resistance en Inglaterra.

Fuente original: http://www.solidarites.ch/journal/d/cahier/6273

Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR

No hay comentarios:

Publicar un comentario