11/12/13

Paul Aussaresses, general francés y verdugo contumaz

Fue uno de los principales ejecutores de la represión mediante la tortura y el asesinato durante la guerra de Argelia
El general Paul Aussaresses pasó de ser un gran héroe de la II Guerra Mundial a convertirse en el rostro visible de la tortura en la traumática guerra de independencia de Argelia. Con su físico imponente y su ojo izquierdo tapado por un parche, consecuencia de una operación de cataratas, se dio a conocer al inicio del nuevo siglo al admitir, justificar y detallar sin tapujos las técnicas utilizadas por el Ejército y la policía francesa en su lucha contra el Frente de Liberación Nacional argelino. Condenado por apología de la tortura, fue el primer general francés juzgado por hechos relacionados con uno de los episodios más oscuros de la historia reciente del país vecino. El general falleció el pasado martes en Alsacia a los 95 años.


“La tortura se convierte en legítima cuando se impone la urgencia”, escribió el militar, antiguo jefe de los servicios secretos de Argel, en su libroServicios especiales, Argelia 1955-1957, publicado en 2001, unos meses después de una gran entrevista sobre el mismo tema al diario Le Monde. “Había que hacerlo, lo hice”, repetía. En su libro, admitía haber recurrido a esta técnica, “tolerada, si no recomendada” por la jerarquía política. “No era frecuente que los prisioneros interrogados durante la noche siguieran vivos a la mañana siguiente”, relataba en otro momento de su libro. “Hubieran hablado o no, en general se los neutralizaba”.


Nacido el 7 de noviembre de 1918 en Saint-Paul-Cap-de-Joux , en el sur de Francia, entró como voluntario en 1943 en los servicios secretos de las fuerzas aliadas en contra de la Alemania nazi. Durante la contienda, destacó por su valor por el que recibió la Legión de Honor, que el presidente Jacques Chirac le retirará tras su confesión. Tras la guerra participó en la creación del brazo armado de los servicios de contraespionaje SDECE. Durante la guerra de Indochina lideró un batallón de paracaidistas a las órdenes del general Pâris de Bollardière, precisamente uno de los mayores militantes contra la tortura.


En 1955 llegó a Argelia, primero a Philippeville. En junio de ese mismo año torturó por primer vez. El martirizado era un sospechoso detenido tras una serie de sangrientos atentados. “Si de algo me arrepiento, es de que no haya hablado antes de morir”, relató. A finales de agosto, ordenó matar a cientos de personas en respuesta a un ataque del Frente de Liberación Nacional (FLN) a la ciudad y la minería de El Halia. “Me era indiferente: había que matarlos, es todo”. A los dos años, en 1957, el general Massu le encargó restaurar el orden en Argel. Allí puso en pie un verdadero “escuadrón de la muerte”, nombre que él empleaba y que desde entonces cobraría una siniestra carta de naturaleza.


Aussaresses enseñó luego “las técnicas de la batalla de Argel” a las fuerzas especiales estadounidenses en la base de Fort Braggs, en Carolina del Norte. En 1966 tomó las riendas del prestigioso primer regimiento de cazadores paracaidistas y en 1973 fue nombrado agregado militar en Brasil, cuando el país sudamericano se encontraba bajo la dictadura militar.


Sus confesiones arrojaron nueva luz sobre un episodio conocido pero falto de testimonios, con algunas revelaciones, como el asesinato de destacados militantes argelinos oficialmente muertos por suicidio. Dieron también un vuelco a su vida: su primera esposa murió a los pocos meses, sus tres hijas dejaron de hablarle y él fue excluido del Ejército. Salió ileso de tres tentativas de asesinato. En 2002 fue condenado a una multa de 7.500 euros por apología de la tortura, sentencia que fue confirmada en apelación. Pero nunca se desdijo de sus declaraciones. “Existe cierto honor en asumir el deshonor”, relató al finalizar el juicio.





ElPais.com





ENTREVISTA

'Me llaman asesino, sí; pero yo sólo cumplí mi deber con Francia'

Al reconocer que había torturado y asesinado durante la batalla de Argel, siguiendo órdenes superiores, el general Paul Aussaresses, hasta entonces un héroe de la resistencia frente a los nazis, ha reabierto uno de los capítulos más terribles de la reciente historia de Francia.



JOAQUÍN PRIETO París 12 MAY 2001


'Lo que yo pretendo es ayudar a restablecer la reputación de los ejércitos franceses', afirma el militar, que, a sus 82 años, ha publicado un testimonio demoledor sobre el tipo de guerra sucia llevado a cabo por los franceses en Argelia. Desde hace más de un año se acumulan los indicios periodísticos y las investigaciones históricas sobre este tema, pero el libro Servicios especiales. Argelia 1955-1957 ha resultado un mazazo para el país defensor de los derechos humanos, al que el general Paul Aussaresses ha enfrentado a la tremenda dificultad de leer su propia historia. El presidente Jacques Chirac despachó ayer con el ministro de Defensa para decidir una respuesta, en forma de sanciones -probablemente simbólicas-, contra quien reconoce y explica torturas y crímenes cometidos en nombre de la patria.En esta mañana de mayo habla como el abuelo que cuenta viejas batallas a un amigo más joven. Tras la publicación de su libro apenas ha concedido entrevistas, pero acepta hablar largamente con el corresponsal de EL PAÍS. Comprende algo de castellano y España le trae buenos recuerdos, como el país donde vivió parte de su aventura juvenil para evadirse de la Francia ocupada por los alemanes y pasarse a las fuerzas del general De Gaulle. Mucho más recientemente, ha mantenido contactos con la empresa aeronáutica española CASA, para la que dice haber realizado un trabajo de armamento de cohetes fabricados por la empresa francesa Thomson. El general Aussaresses lleva una corbata de aviones, regalo de la empresa española.


Pregunta. En una aglomeración urbana que en 1957 contaba con casi un millón de habitantes, se libró lo que la historia conoce con el nombre de La batalla de Argel. Usted se convirtió en el responsable de losservicios especiales montados por el general Massu, la máxima autoridad en aquella zona. ¿Cómo se vio implicado en esa función?


Respuesta. Massu había venido a visitar Philippeville, un puerto donde yo estuve destinado desde 1955. El Frente de Liberación Nacional (FLN) intentó ocupar la ciudad un día de agosto, pero la red de informaciones que yo había tendido me permitió anticiparme al ataque, que terminó con la muerte de 134 guerrilleros, frente a sólo dos franceses muertos. Massu quedó impresionado. A finales de 1956, necesitaba a alguien capaz de descubrir a los miembros del FLN que vivían mezclados con la población en la capital y que cometían atentados constantes. Nada más llegar a Argel, el general Massu me dijo que acababa de recibir la visita de los pied noirs más influyentes, dispuestos a sustituir a las fuerzas del orden si continuaban mostrándose incapaces de hacer frente a la situación. Querían comenzar con una acción espectacular en la alcazaba, enviando un convoy de camiones de combustible para verterlo allí y prenderlo fuego. En el libro cuento que además estábamos amenazados por una huelga insurreccional prevista para el 28 de enero, día en que el FLN intentaba provocar un debate sobre la cuestión argelina en la ONU. Massu me dijo que la determinación de los pied noirs obligaba a actuar con la mayor firmeza y me encargó romper la huelga. Decretó el toque de queda y los paracaidistas tiraron contra todo lo que se movía. Millares de sospechosos fueron detenidos en una sola noche, la del 15 al 16 de enero de 1957. Dos días antes de la huelga, unas bombas en tres cafés mataron a cuatro mujeres y hubo 37 heridos. El día de la huelga, los paracaídistas fueron a buscar a sus domicilios a todos los que no se habían presentado al trabajo y los condujeron sin contemplaciones, para garantizar que no habría paralización de servicios públicos. Yo supervisaba estas operaciones cuando me dijeron que los muelles estaban en huelga. Corrí al campo de detenidos de Beni-Messus y me llevé a 200 hombres, que descargaron los barcos a toda prisa. La huelga insurreccional fue un fracaso.


P. ¿Cómo se desarrollaron las siguientes operaciones?


R. A la puesta del sol comenzaba la pelea. Mi equipo salía cada noche y volvía con unos cuantos detenidos, y los regimientos me informaban durante la noche de los arrestos que hubieran hecho. En principio era yo el que decía a quiénes había que interrogar inmediatamente y cuáles podían ser conducidos a los campos porque no tenían mayor importancia.


P. Las ejecuciones sumarias eran muy frecuentes. ¿Quién conocía lo que estaba ocurriendo?


R. Cada noche yo relataba los acontecimientos por escrito con tres copias, una para el ministro residente, Robert Lacôste (la más alta autoridad de Francia en Argelia), otra para el general Salan (entonces comandante en jefe de la región militar) y la tercera para mis archivos. Yo reflejaba ahí el número de detenciones de cada unidad, el número de sospechosos muertos en el curso de las detenciones y el número de ejecuciones sumarias practicadas.


P. ¿Tiene usted evidencias de que los Gobiernos franceses de la época, y entre sus ministros François Mitterrand, estaban de acuerdo con estos métodos?


R. . El Gobierno francés, en Consejo de Ministros, decidió detener la ofensiva terrorista en la aglomeración urbana de Argel. Y así se lo hizo saber al comisario de Francia en Argelia, Robert Lacôste. El general Massu recibió órdenes de parar el terrorismo por los-medios-que-fuera. Massu me llamó a su Estado Mayor y, como había quedado impresionado por mi actuación en Philippeville, me encargó la tarea de descubrir a los rebeldes. Ésta fue la misión que yo cumplí.


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P. ¿Por qué cuenta usted todo esto? ¿Qué es lo que le mueve a publicar sus testimonios de torturas y asesinatos?


R. (Abre los brazos, parece afectado por la pregunta, pero contesta). En 1999 vino a Francia el presidente argelino, Abdelaziz Buteflika. Quería discutir con el presidente francés, Jacques Chirac, el perdón de la deuda argelina. Gracias a los acuerdos posteriores a la independencia, el Gobierno argelino envía a Francia a muchos enfermos y éstos no pagan nada, todo corre a cargo del Tesoro francés. Buteflika vino a negociar el perdón de la deuda acumulada. La izquierda francesa apoyaba esa operación, ¿comprende usted?, habían montado una movilización para estudiar la tortura. Yo fui llamado por el Servicio Histórico del Ejército francés. Me pidieron que les ayudara a defender la reputación del Ejército. Los historiadores izquierdistas trataban de reunir elementos para convencer a Chirac de que perdonase la deuda. Descubrieron a una argelina, que declaró al diario Le Monde que había sido torturada y violada por un oficial francés en presencia del general Massu y del general Bigeard [se refiere a Louisette Ighilahriz, detenida y torturada en 1957, cuando tenía 20 años, y a quien salvó de la muerte un médico militar francés]. La acusación no tenía fundamento: Bigeard en esa época estaba en Madagascar, pero los periodistas preguntaron a los dos generales por esos hechos y no dijeron las mismas cosas... Amigos de la Unión Nacional de Paracaidistas me animaron a escribir un libro sobre mi vida y prometieron que me buscarían un buen editor...


P. ¿El resultado es el libro que usted acaba de publicar?


R. No, era mucho más grande. El director de la editorial Plon me explicó que le había parecido apasionante, pero, como la polémica del momento era la revisión histórica de la guerra de Argelia, pensaba que era mejor centrar un primer libro en ese periodo. Yo dicté el libro que acaba de aparecer -es mentira que lo haya escrito otro- y he firmado un contrato para escribir el segundo.


P. En España, por ejemplo, tanto civiles como militares implicados en operaciones secretas contra el terrorismo de ETA niegan siempre su participación. Ni siquiera el general Galindo ha reconocido los hechos por los que se le ha condenado en firme. ¿Por qué ha elegido usted el camino contrario?


R. Es complicado explicárselo. Yo he buscado la dignidad de mis amigos...


P. En definitiva, ¿usted reivindica la imposibilidad de combatir el terrorismo sin usar estos métodos?


R. Sí, es cierto. No se puede vencer al enemigo sin recurrir a la tortura y a las ejecuciones sumarias. Le cuento lo que yo he vivido: hay un atentado en el que mueren mujeres y niños, y nosotros detenemos al que ha puesto la bomba. ¿Le torturamos y le matamos por venganza? ¡No, por Dios! Lo hacemos para obtener información, para remontar la cadena que nos permita descubrir a la organización. La acción terrorista implica a mucha gente: una bomba la pone un hombre, pero otros la han transportado, han señalado los objetivos, la han fabricado... Llegamos a identificar a 19 terroristas que habían participado en un solo atentado. ¿Qué hay que hacer con el detenido? ¿Nada? ¡Entonces, los otros 18 seguirán poniendo bombas y matando a inocentes!


P. ¿Y no cree que un país democrático debe combatir el terrorismo sin recurrir a la tortura?


R. Eso es posible sólo si se dispone de mucho tiempo. Pero la presión es terrible. Recuerde las bombas en el metro de París. Imagine que la organización logra proseguir su ola de atentados: ¿qué diría entonces la gente? Atacarían al presidente, al primer ministro, al ministro del Interior; les preguntarían qué es lo que hacen para evitar que les corten las piernas, que les dejen ciegos o les quiten la vida. Si hubiera en París una oleada de atentados como la que hubo en Argel, la población francesa no estaría nada feliz. Si hubiera mucho tiempo, se podría hacer de otro modo; pero, cuando la organización terrorista está ahí y sigue presionando, hay que explotar inmediatamente la información que se consiga sacar al detenido; no queda otro camino para ahorrar vidas y sufrimientos.


P. ¿Cómo ha afectado a su familia que le llamen asesino?


R. Me llaman asesino, sí, cuando yo sólo cumplí con mi deber para Francia. Mi mujer me ha dicho que no me va a abandonar.


P. ¿Estaba ella informada de la vida que había llevado usted?


R. No muy bien informada, no. No lo sabía todo. Ahora me dice: '¿Pero cómo has podido hacer todo eso?'.

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