3/12/13

Irán y EE UU comienzan a entenderse

Por: 

Hoy el ministro de exteriores iraní, Mohamed Yavaz Zarif, es un héroe para la gran mayoría de iraníes que ansían el cambio. Son ellos las principales víctimas de una situación que los ha convertido en parias internacionales y que los condena a sufrir un grave deterioro de sus niveles de bienestar, como consecuencia de las sanciones internacionales impuestas en estos últimos años para intentar paralizar el controvertido programa nuclear. El pacto sellado en la madrugada del pasado 24 de noviembre entre Irán y el P5+1 es, sin duda, una buena noticia que debe permitir sentar las bases, durante los próximos seis meses, para un acuerdo definitivo, que debe ser alcanzado en un año a partir de entonces.

De momento, lo que se ha logrado es, básicamente, darse tiempo para que se vaya generando un clima de confianza mutua que permita simultáneamente despejar todas las dudas existentes sobre el carácter estrictamente civil del programa y reincorporar a Irán al escenario internacional, liberado de todas las sanciones que hoy pesan sobre sus espaldas. Nada está garantizado de antemano- baste señalar la inmediata protesta iraní por su desacuerdo con la versión del texto que ha difundido Washington-, pero todo indica que existe una decidida voluntad de aprovechar esta oportunidad.
Si se ha llegado hasta aquí es, por un lado, porque Irán está siendo dañado seriamente por las sanciones y necesita cambiar los parámetros de su comportamiento ambiguo para lograr un alivio que, de no producirse, podría elevar la tensión social hasta niveles que dañarían irremediablemente al régimen. Por otro, porque Estados Unidos sigue mostrando sus reticencias a implicarse militarmente en la región y ve la oportunidad (y la conveniencia) de entenderse con Teherán para que, con su colaboración, sea posible calmar las turbulentas aguas que afectan tanto a Irak como a Siria. Evidentemente tambiénhay otros actores mucho menos entusiasmados con lo que ocurre, como Arabia Saudí e Israel; pero ninguno de ellos tiene capacidad para reconducir hoy la agenda de Washington- y esa pérdida de influencia es lo que más les preocupa-, por la sencilla razón de que ambos siguen necesitando a su tradicional aliado para garantizar su propia seguridad.
El pacto pone en marcha un proceso por el que Irán puede retener todo su uranio enriquecido al 5% (unos 6.600kg) y unos 100kg de uranio enriquecido al 20%, (otros 100 deben ser rebajados hasta el 5%). Además, se compromete a no mejorar su capacidad de enriquecimiento en Natanz y Fordo, pero puede conservar la que ya posee (especialmente sus 19.000 centrifugadoras, aunque se prevé que deba reducir sustancialmente el número de las que tenga operativas). A cambio cuenta con que (como firmante del TNP) le sea reconocido su derecho a enriquecer uranio en el futuro, siempre que satisfaga todas las demandas de información de la AIEA (reactor de agua pesada de Arak incluido), permitiendo el acceso de sus inspectores a todas las instalaciones. Del mismo modo, verá aliviadas parcialmente las sanciones que mantenían bloqueados en bancos internacionales fondos provenientes de la venta de hidrocarburos (se estiman en unos 7.000 millones de dólares, aunque el texto acordado no concreta ninguna cifra), con la garantía de que no sufrirá ninguna nueva sanción relacionada con el programa nuclear durante, al menos, los próximos seis meses. Por último, podrá volver a vender gas y petróleo a sus habituales clientes (incluyendo los países occidentales que se habían sumado a la suspensión de todas las compras, decidida por Washington a mediados del pasado año) y se beneficiará de la inmediata suspensión de sanciones estadounidenses y comunitarias en los sectores petroquímico, automovilístico y de aviación civil.
Lo logrado en Ginebra fortalece de inmediato al régimen iraní, al tiempo que aleja aún más la tentación belicista; pero en ningún caso resuelve el problema que plantea un Irán que puede, si lo que ahora arranca no llega a buen puerto, regresar a la senda proliferadora que lleva explorando en esta última década. Por su parte, Obama seguirá sometido a una enorme presión interna- son varios los congresistas movilizados actualmente a favor de nuevas sanciones- y externa- con Riad y Tel Aviv en cabeza-; de tal modo que difícilmente podrá rentabilizar el posible éxito de un acuerdo en lo que le queda de mandato. La normalización de las relaciones Washington-Teherán tienen todavía muchos escollos que superar para ambos actores, con derivadas que conectan con Irak, Siria, Afganistán, Líbano y Palestina, entre otros frentes.
En todo caso, y cuando todavía nada se ha materializado de lo firmado en Ginebra, ya se registran reacciones de diferentes actores que, sea en clave geopolítica o directamente económica, muestran el interés por obtener ciertas ventajas. Así, Moscú ha renovado de inmediato su rechazo al escudo antimisiles estadounidense que, en su European Phased Adaptative Approach, plantea desplegar parte de sus componentes en territorio de Rumania(2015) y Polonia (2018). Su nuevo argumento se basa en que un Irán sin programa nuclear militar deja de ser una amenaza para Occidente y, por tanto, deja sin sentido el planteamiento estadounidense de que sus sistemas en Europa estarían orientados a la neutralización de dicha amenaza. Por último, en clave económica, son ya bien visibles los movimientos de las empresas estadounidenses, francesas, alemanas y del resto de los países implicados en las negociaciones con Irán para encontrar vías de negocio en un Irán necesitado de modernización urgente de su sector petrolífero y gasístico, así como automovilístico y de aviación civil.
En definitiva, cabe esperar que haya todavía recelos y obstáculos en el camino, pero la búsqueda de un acuerdo definitivo parece la mejor opción para los actores directamente implicados en el contencioso, sin que los spoilers tengan capacidad para abortar el proceso.

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