4/12/13

Acuerdo Occidente-Irán

El yuan en la mira


Raúl Zibechi
Alainet


El acuerdo firmado con el mayor enemigo de Estados Unidos desde la caída de la Unión Soviética, identificado como el “eje del mal”, es un sacudón en la geopolítica mundial de incalculables consecuencias. Lo que está en juego, además de la paz, es la continuidad del petrodólar, o sea la hegemonía de la moneda estadounidense.

Hace unos meses parecía inalcanzable. Antes de la primavera árabe era imposible. Pero después del acuerdo que evitó una invasión a Siria, forzado por Rusia, todo parece posible en Medio Oriente y, tal vez, en otras partes del mundo. El entramado de alianzas que durante medio siglo mantuvo cierta estabilidad en la región se ha desvanecido. Los tres aliados tradicionales de Estados Unidos, Israel, Arabia Saudí y Egipto, van perfilando caminos divergentes respecto a la superpotencia, mientras Rusia ensaya su retorno y China aumenta su protagonismo en una región clave.

Como ya aceptan todos los analistas y buena parte de los medios, Washington ya no juega solo en el tablero global. Algunos asesores que siempre han jugado un papel determinante en las decisiones de la Casa Blanca, como el influyente Zbigniew Brzezinski, Consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter (1977-1981), venían pregonando un acuerdo con Irán desde la llegada a la presidencia de Hassan Rohani, conocido por su pragmatismo. “El Congreso se está finalmente avergonzando de los esfuerzos de Netanyahu por dictar la política estadounidense”, escribió en su cuenta twitter días atrás (Eldiario.es, 15 de noviembre de 2013).

El acuerdo firmado entre los integrantes permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Rusia), más Alemania, con Irán, tiene una duración de seis meses y establece una reducción del alcance del programa nuclear iraní a cambio de suavizar el embargo internacional. Irán se compromete a rebajar a la mitad el uranio enriquecido al 20 por ciento, no enriquecer a más del 5 por ciento en el futuro, y a no aumentar la capacidad de enriquecimiento de la planta de uranio de Natanz ni de los reactores de Fordow y Araki, ni a construir nuevas instalaciones aceptando la supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica.

Washington a su vez se compromete a suspender el boicot al petróleo iraní, desbloquear fondos de Teherán en el exterior, suspender las sanciones sobre la industria automotriz y a los servicios aéreos, además de permitir la compra por Irán de alimentos, medicamentos y equipos médicos.

El acuerdo alcanzado en la madrugada del domingo en Ginebra tiene varias ventajas para las partes: se asegura que Irán no desarrollará armas nucleares y preserva su derecho a desarrollar un programa de energía atómica con fines pacíficos. Podría ser el primer paso en 35 años para llegar a un entendimiento de largo plazo entre la República Islámica y Occidente, aunque persisten focos de tensión y desavenencias tanto en la región como a escala más global. Por diferentes motivos, los principales ganadores son Irán, Estados Unidos, Rusia y China, mientras los más perjudicados son Arabia Saudí e Israel. Francia procuró descarrilar las conversaciones, pero finalmente debió ceder.

El realismo de Obama

Comprender las dificultades de Washington es el tema clave, ya que es el actor que había construido el edificio de la gobernabilidad global que ahora se resquebraja. Intentar restaurar su influencia pasa por un acuerdo con Teherán, pero no por los motivos que se aducen. En efecto, es altamente improbable que Irán pueda construir un arma nuclear en un plazo breve. Todo indica que en el futuro inmediato seguirá habiendo sólo una potencia nuclear en la región, Israel. Por otro lado, Paquistán e India se convirtieron en potencias nucleares sin el consentimiento de Washington, pero el primero es ahora su aliado y coquetea con el segundo.

El problema para Obama está en otro lado: necesita un urgente reposicionamiento geopolítico. La creciente influencia de Rusia en la región y sobre todo de China en el mundo, llevaron al Pentágono a establecer la estrategia del “pivote Asia Pacífico” para contener al país que visualiza como su principal competidor. Todos sabemos que el futuro de la economía mundial pasa por Asia. Además, desde el comienzo de la primavera árabe en 2011 Washington perdió aliados vitales que antes eran incondicionales: Turquía, Israel, Arabia Saudí, Irak. Demasiada inestabilidad que le impide concentrarse en Asia. Por eso el analista Pepe Escobar escribe: “Washington quiere más influencia en el suroeste de Asia, y en toda Eurasia” (Russia Today, 15 de noviembre de 2013).

“Con el acuerdo temporal obtenido con Irán en Ginebra, Barack Obama acaricia el mayor éxito de política exterior de su presidencia y Estados Unidos la mejor oportunidad de un rediseño de la geopolítica mundial desde la caída del Muro de Berlín” (El País, 25 de noviembre de 2013). Si ese acuerdo no se obtuvo antes fue porque el frente interno estadounidense no lo permitía. Si se consigue ahora, es por la necesidad de reposicionarse en una región a la que está atado de pies y manos. Tres años atrás, cuando Brasil y Turquía llegaron a un acuerdo para que Irán enriqueciera uranio fuera del país, “estaba haciendo una concesión que ahora no necesitó hacer”, destacó el ex canciller y actual ministro de Defensa Celso Amorim (Folha de São Paulo, 27 de noviembre de 2013).

Para Irán era urgente una tregua, sobre todo aliviar las sanciones que sacuden su economía. La inflación alcanzó el 30 por ciento, la desocupación el 20 por ciento. Las exportaciones de petróleo, que representan el 80 por ciento de los ingresos del gobierno, cayeron a la mitad. La moneda iraní, el rial, se devaluó el 100 por cien frente al dólar y los precios de los alimentos se duplicaron. Es cierto que Irán siguió exportando crudo a más de 30 países, entre ellos India y China, y que la mitad de su comercio con Beijing se realiza en yuanes, lo que afecta al dólar. Además el levantamiento de las sanciones aportará 8 mil millones de dólares a Teherán por el acceso a activos congelados en el exterior y la reanudación del comercio.

Si el acuerdo se consolida y avanza en los próximos seis meses, la Casa Blanca tendrá las manos más libres para dedicarse a lo que realmente le importa: cercar a China apoyándose en Japón, Corea del Sur y Australia. Y, por supuesto, en su flota de portaaviones y su red de bases militares.

La nueva alianza saudí-israelí

La diplomacia china aseguró que el acuerdo firmado es “sólo el comienzo” y destacó que aún queda un largo camino por recorrer (Xinghua, 25 de noviembre de 2013). “China continuará facilitando las conversaciones y desempeñará un papel constructivo en este sentido”, dijo el portavoz de la cancillería.

China es probablemente el país más interesado en evitar una guerra en la región, que involucraría a varias potencias y llevaría al cierre del Estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, por donde pasa el 20 por ciento del petróleo que se comercializa en el mundo. Si eso sucediera, el precio podría duplicarse y los flujos podrían interrumpirse afectando principalmente a los países asiáticos y a Europa. Por el contrario, Washington camina hacia la autosuficiencia energética y sus fuentes de abastecimiento se encuentran más diversificadas que las de su principal competidor.

Para Moscú es importante poner fin a la guerra en Siria y “cambiar el énfasis de derrocar a Bachar al Assad a combatir el terrorismo” (The Brics Post, 25 de noviembre de 2013). Algo similar sucede con el gobierno iraquí de Nouri al Maliki, que necesita superar la terrible polarización entre sunitas y chiítas que ha sumido al país en el caos, una década después de la invasión estadounidense. En ambos casos el papel de Teherán no es menor. Aliado de los presidentes de Irak y Siria, puede convertirse en pieza clave para bajar los decibeles, apoyándose en la cada vez más influyente diplomacia rusa.

Pero la cuestión clave es la nueva alianza entre Israel y Arabia Saudí. El primer ministro Benjamín Netanyahu regañó en conversación telefónica a Obama ya que considera “un error histórico” la firma del acuerdo con Irán, porque “el mundo se ha convertido en un lugar mucho más peligroso” (Russia Today, 26 de noviembre de 2013). Por su parte, la familia real saudí se mostró indignada con el acuerdo con Irán. Los saudíes sufrieron en poco tiempo la doble derrota de ver cómo se les escapó de las manos el esperado triunfo en Siria y ahora cómo su archienemigo Irán se convierte en interlocutor privilegiado de Washington, desafiando su liderazgo en la región.

Algunas fuentes sostienen que los servicios secretos israelíes y saudíes están trabajando juntos para preparar ataques en suelo iraní, mientras la BBC aseguró hace varias semanas que Arabia Saudí pretende conseguir armas nucleares a través de Pakistán, cuyo programa atómico apoyó en su momento. Más grave aún es que Riad está dispuesto a facilitar drones, aviones cisterna y helicópteros, además de su espacio aéreo, para un ataque israelí a Irán.

Lo más probable, empero, es que los nuevos aliados no ataquen directamente a Irán sino que intensifiquen el enfrentamiento en el frente sirio y, probablemente, en Líbano, donde la milicia chiíta Hezbolá sigue siendo un problema para Tel Aviv. Al parecer el ataque suicida contra la embajada de Irán en Líbano, que costó la vida a 23 personas hace dos semanas, sería parte de la escalada que se prepara en la región para intentar contrarrestar la nueva relación de fuerzas. El otro punto débil es la Franja de Gaza, donde el delegado de la ONU declaró que la crisis humanitaria como consecuencia del bloqueo israelí al gobierno de Hamas ha llegado a “todos los servicios esenciales, como hospitales, clínicas, estaciones de bombeo de aguas residuales” (Asia Times, 27 de noviembre de 2013).

Medio Oriente fue el nudo de la hegemonía estadounidense desde 1945. Ahora ya no lo es y su interés se desplaza gradualmente hacia Asia Pacífico. Pero en esta zona que sigue teniendo una importancia estratégica, la cosas se han complicada demasiado para Washington. Desde la caída de Hosni Mubarak durante la primavera árabe perdió el control de Egipto. Israel se ha convertido en un aliado problemático y Arabia Saudí está mirando hacia China. Las principales piezas del ajedrez estratégico se mueven cada una por su lado sin un mando central que las pueda regular.

Petróleo y dólares

El escenario sobre el que se mueven las principales potencias en Medio Oriente fue diagramado, durante la Primera Guerra Mundial, por Francia e Inglaterra a través del acuerdo secreto Sykes-Picot, el 16 de mayo de 1916, arbitrando sus respectivas áreas de influencia en la región cuando el petróleo adquirió importancia estratégica al sustituir al carbón como combustible de las marinas de guerra. En febrero de 1945, retornando de la Conferencia de Yalta, el presidente Franklin Roosevelt desembarcó en el Canal de Suez para reunirse con la autoridad saudita, Ibn Saud, consolidando una alianza por la cual la potencia victoriosa de la Segunda Guerra Mundial sustituyó el papel que había tenido Inglaterra.

La Casa de Saud se convirtió en el principal abastecedor de petróleo barato a la potencia que era responsable de casi la mitad del PIB global. El reciente informe de la Agencia Internacional de Energía señala que gracias a las nuevas técnicas como la fractura hidráulica, Estados Unidos alcanzará y superará a Arabia Saudí como principal productor de petróleo. Y señala que eso se producirá en 2015. Como quien dice, un viraje que está a la vuelta de la esquina.

Para Estados Unidos es importante asegurar su autosuficiencia energética, toda vez que la dependencia de las importaciones ha sido uno de sus flancos más débiles. Pero el papel de Riad queda en el aire. A comienzos de 2012 China y Arabia Saudí firmaron un acuerdo para la construcción de una enorme refinería para producir 400 mil barriles diarios en 2014, en el puerto de Yanbu, en el mar Rojo. La estatal china Sinopec será propietaria de un 37,5 por ciento de la refinería junto con la saudí Aramco que tendrá el 62,5 por ciento.

El acuerdo representa “una asociación estratégica en la industria de la refinería entre uno de los principales productores energéticos de Arabia Saudí y uno de los principales consumidores del mundo”, afirmó el presidente de Aramco, Khalid Al-Falih (China Daily, 16 de enero de 2012). China importa el 56 por ciento del petróleo que consume; el reino saudita es el principal proveedor de petróleo de China y el mayor exportador de crudo del mundo. China participa en proyectos de construcción de infraestructuras en Arabia Saudí, incluyendo áreas como ferrocarriles, puertos, electricidad y telecomunicaciones. Lo que se está gestando es un viraje de larga duración en el área petrolera mundial y muy en concreto en la presencia china en una región, y en un país, que fue pilar de la hegemonía de Washington.

El año 2012 registró ese viraje: China desplazó a Estados Unidos como principal importador de crudo saudí. Pero el tema es más profundo: en 1972 Estados Unidos y Arabia Saudí acordaron que todo el petróleo vendido por la monarquía sería nominado en dólares estadounidenses. Así nació el petrodólar que fue adoptado por casi todos los países y se convirtió en el sostén de la economía de la superpotencia, otorgándole una ventaja que ningún otro país poseía.

En 1975, todos los países de la OPEP habían acordado fijar el precio de sus propias reservas de petróleo en dólares estadounidenses a cambio de armas y protección militar. Este sistema del petrodólar, más conocido como “petróleo por dólares”, crea una inmediata demanda artificial de dólares en todo el mundo. Al aumentar la demanda mundial de petróleo, también aumenta la demanda de dólares de Estados Unidos. De ese modo el dinero que gasta el mundo fluye a través de la Reserva Federal asegurando la financiación de la deuda estadounidense. Además, tiene el privilegio de hacerse con el petróleo del mundo gratuitamente, al imprimir los billetes con los que paga.

Si el petrodólar se derrumba, el dólar se termina como moneda de reserva lo que marcará el fin de la hegemonía estadounidense. Los países integrantes del BRICS empezaron a comerciar en sus propias monedas, en particular China y Rusia. La llave la tiene Arabia Saudí. El día que deje de vender su petróleo en dólares, el sistema financiero y Wall Street sentirán un impacto demoledor. Recordemos que la verdadera razón para la invasión a Irak fue que Saddam Hussein decidió vender su petróleo en euros.

El declive del dólar se acelera en los últimos años con acuerdos entre China y Emiratos Árabes Unidos, Brasil, Rusia y los BRICS entre ellos, pero también Japón y Australia, para utilizar sus propias monedas (Geab 72, febrero 2013). A comienzos de 2013 el Laboratorio Europeo de Anticipación Política señalaba que “levantar las sanciones a Irán es la primera etapa para el pago en euros del petróleo importado por Europa” y añadía que el viejo continente no debería “hacerse cargo de la inestabilidad y la debilidad de la economía estadounidense”.

Esta tendencia choca de frente con la internacionalización del yuan, la moneda que más se ha apreciado frente al dólar. Síntoma de lo que se viene es el vertiginoso aumento de las compras de oro por los bancos centrales en 2012, las mayores desde 1964 (CNBC, 14 de febrero de 2013). El Banco Popular de China acaba de informar que “el país ya no se beneficia con el aumento en sus tenencias de moneda extranjera”, por lo que puede frenar la compra de dólares (Bloomberg News, 21 de noviembre de 2013). China tiene reservas de 3,6 billones de dólares, el triple que cualquier otro país y más que el PIB de Alemania.

Una característica de los tiempos de transición suele ser la aceleración de los cambios y, sobre todo, la tendencia a resolver los conflictos por la vía militar. El acuerdo con Irán aplaza una guerra en Medio Oriente, pero puede acelerar la tensión en Asia Pacífico.

- Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escribe en Brecha y La Jornada y es colaborador de ALAI.

Fuente original: http://alainet.org/active/69422&lang=es 

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