10/11/13

La sociedad y el tiempo. El mecanismo global de la alienación

Por Geidar Dzhemal


Texto publicado en el libro “Recopilación escatológica”, editado por Biblioteca “INTELROS – Rusia intelectual”, Moscú, 2007

Se trata de la transcripción de una conferencia grabada, de ahí el estilo del texto (N. del T.)
Traducido del ruso por Arturo Marián Llanos


La sociedad y el tiempo. El mecanismo global de la alienación


Sociedad actual: ausencia de los beneficiarios visibles en el espacio social abierto

La absoluta mayoría de los hombres se encuentran hoy bajo una muy dura presión por parte de la sociedad actual, que ellos perciben como la presión del medio social, con sus desafíos diarios. Hoy, esta presión se extiende ampliamente, tomando diversas formas. Antes, en los tiempos burgueses anteriores a la llegada del lumpen global y la lumpenización y burocratización de las así llamadas “reglas de juego”, el dinero en gran medida ayudaba a protegerse de las desgracias externas: la gente rica estaba más o menos protegida ante esta presión, tenía algunas posibilidades añadidas. Pero hoy la situación ha cambiado radicalmente: el dinero deja de poseer su fuerza política independiente, su propia autoridad (si es que tal autoridad no fue un mito desde el principio, relacionado con el significado oculto del oro). Más aún, está cambiando la relación entre las personas y su propiedad, particularmente, entre las personas y su dinero. Hoy el Estado ha enredado hasta tal punto todos los aspectos de las relaciones humanas, que incluso en la sociedad liberal capitalista, que proclama los valores liberales capitalistas, nadie puede afirmar con toda seguridad que posee sus bienes, su dinero  de una manera confortable, legal. Llegan los inspectores financieros, los inspectores de hacienda, la policía fiscal; el dinero que pasa de una cuenta a otra, se sigue, se registra. Debido a que el campo del derecho se ha vuelto inestable y virtual, en cualquier momento y, no importa contra quien, se puede inventar una acusación y con el mismo éxito demostrar que la acusación no se sostiene, o, al contrario, demostrar que se trata de un grave delito, - todo depende de la coyuntura política. Así se puede quitarle el dinero a una persona y meterla en la cárcel…

 Jodorkovski (oligarca ruso encarcelado – N. del T.) fue un ejemplo periférico de lo que realmente está ocurriendo en el mundo entero. En los Estados Unidos, sobre los que muchos creen, por ignorancia o ingenuidad, que ahí existen otro tipo de relaciones entre el hombre y su dinero, el hombre y el Estado, a los hombres de mucho mayor peso que Jodorkovski les encerraban en los manicomios, en cuanto éstos se desviaban “un paso a la izquierda, un paso a la derecha”. Es por lo que pensar que actualmente el dinero constituye una capa defensora frente al mundo exterior es un error. Más bien representa una carga añadida y una preocupación para aquel a quien este dinero se adjudica.

Pongamos que a alguien le “cuelgan” una propiedad por un valor de mil millones de dólares. Esta persona en cierto sentido en seguida se convierte en perseguida: tiene la enorme responsabilidad de pagos al Estado, a todo tipo de fondos benéficos, tiene que pagar continuamente al sistema, que le chantajea utilizando incluso a los paparazzi, que se meten en su vida privada. Como resultado tiene que vivir enclaustrado, rodeado de empleados contratados, protegido por guardaespaldas etc. Su vida se convierte en una existencia bastante problemática.

Además, la vida del hombre rico actual está llena de todo tipo de deberes: debe vestirse de una manera determinada, comer determinada comida, pasar el tiempo libre de una determinada manera, encontrarse con determinada gente. Para comparar, el hombre rico del siglo XVIII o XIX era un auténtico déspota, amo todopoderoso, al que los familiares obedecían sin rechistar, los sirvientes bajaban la voz en su presencia, ante quien el alcalde de la ciudad se inclinaba en la calle. Mientras que el hombre rico de ahora no es más que un payaso, un actor, que cumple un papel estrictamente definido por la sociedad.

Pudiera parecer que la gente que no posee semejante propiedad, sobre la que no pesa tamaña responsabilidad es más libre, seguramente esas personas piensan que son libres. Funcionarios, jubilados: ¿quién puede ser más libre? Pero, en realidad, también ellos están atados por multitud de vínculos invisibles, visten el invisible “mono” social que dificulta sus movimientos, también ellos tienen un programa, relacionado con su autoidentificación. El jubilado, si es un jubilado rico que pertenece a los “mil millones de oro” (así han bautizado en Rusia a los mil millones de seres humanos que, según Fukuyama, tienen suficiente nivel de desarrollo como para seguir adelante en el “barco del progreso”, el resto de la humanidad queda excluida – N. del T.) está obligado a viajar a Chipre dos veces al año, a pasearse por la costa con sus bermudas y cámara de fotos, tiene determinadas relaciones con sus nietos, con otros jubilados, con los fondos de pensiones etc., etc.

Está claro que su tiempo es de alguna manera algo más libre: tiene menos contactos, menos responsabilidades, menos retos inmediatos, pero, por otro lado, lo paga porque su tiempo está vacío. El jubilado actual es un cadáver andante, está marginado y expulsado de la vida. Sí, la sociedad del bienestar social no le deja morir, más aún, le paga un enorme impuesto, debido a lo cual el jubilado de clase media es considerado hoy casi como el principal parásito – la clase dirigente reorienta la indignación de la clase media hacia los jubilados que, presuntamente, viven a costa de los que trabajan. Podría parecer que ese jubilado vive para disfrutar. Pero si mirásemos en el interior de su existencia, veríamos que el jubilado es un cadáver social, cada segundo de su vida está desprovisto de sentido. No tiene objetivo, no tiene misión, no tiene tarea, no influye en nada, es un hombre virtual. Se pasea por las soleadas playas haciendo tiempo hasta el crematorio.

Si echamos un vistazo a los jóvenes desempleados, a lo mejor alguien podría envidiar a estos capitanes de los descampados, que se entretienen golpeando una lata vacía en vez de la pelota, pensando en cómo forzar el cierre de un kiosko, o en conseguir alguna droga para pasar el rato. Pero su existencia es todavía más terrible, es la más terrible de todas, porque las personas jóvenes activas poseen un gigantesco potencial temporal y energético, potencial del tiempo, carga de voluntad, de energía biológica, a la que le han robado el sentido.
Se les ha colocado en la misma situación que a los jubilados, son cadáveres andantes, pero jóvenes. Si al jubilado le quedan pocos años para la tumba, para ellos, desde la perspectiva de la juventud, es como si se abriera la eternidad entera. ¿Cuántos años tendrán que seguir golpeando esa lata en esos terribles descampados entre los dientes de hormigón de los rascacielos en construcción? O las grandes casas, protegidas por alambre de espino y muros de vegetación, de modo que no solo no te puedes acercar, sino que ni siquiera puedes echar un vistazo detrás de estos altos muros.

¿Cuántos años? Desde la óptica de un chaval de diecisiete años es como si toda la eternidad en su sinsentido vacío se echara sobre él. El horror es tal, que lo único que puede hacer para corregir la situación, es coger un cuchillo o robar una pistola y salir para lanzar un reto, crear un brutal happening contra el sistema, llevar a cabo una acción brusca, que de alguna manera, aunque sea aparente, detenga esa eternidad e, incluso a través de su muerte, de su sacrificio, devuelva algún sentido a este vegetar vacío, sin sentido.
Así es el contorno de la sociedad actual. Es el contorno de una sociedad en la que permanecen presas de una extraña esclavitud tanto el oligarca, como el jubilado, o el chaval desempleado de los suburbios, lo mismo que el policía que está persiguiendo a este chaval desempleado. En esta sociedad parece que no están los que reciben los dividendos. ¿Todos pagan, pero a qué bolsillo va a parar todo?


Tres modelos sociales: tribal, tradicional en forma de pirámide y actual

La sociedad actual representa el cuadro en el que el esquema de la sociedad tradicional se volvió a barajar y fue reestructurado de una determinada manera. Existen dos tipos principales de sociedad: sociedad tradicional y sociedad moderna. Si bien existen diferentes variantes, hay diferentes sociedades tradicionales. La sociedad tradicional de China medieval, a primera vista, no se parece a la sociedad tradicional de la Europa medieval; y ambas no se parecen al Califato Abasida, o a la India de los Grandes Mogoles.
Sin embargo, si miramos desde el punto de vista de la estructura, descubriremos que toda la variedad de las sociedades tradicionales se reduce al mismo esquema.

En la sociedad moderna, que es como llamamos el espacio social ocupado por los mil millones de habitantes que viven en los así llamados países civilizados, casi todos los elementos del esquema tradicional han sido recolocados. Es como si cogiéramos el esqueleto humano y cambiáramos de posición sus huesos – por ejemplo, la caja torácica sustituye la pelvis, la pelvis sube arriba, los brazos intercambian de posición con las piernas, - ese es el modelo de la sociedad contemporánea. Solo la cabeza permanece en su lugar, la cabeza sigue arriba como estaba. El resto está ligeramente cambiado.
Existe un modelo más de existencia social, es el modelo de la tribu primitiva, de la que se dice que es la vida tribal, pero que no es una sociedad, ni en el sentido tradicional, ni en el actual.
¿Qué es el modelo tribal? Es fácil de imaginar recordando un montón de películas sobre las junglas del Amazonas o similares. Imagínense un cuadrado esquematizado: jóvenes guerreros, el jefe de la tribu, los ancianos, arriba está el chamán. Todo está a la vista, todo está aquí: chamán está a mano, se le puede llamar, los ancianos están sentados, hablando, el jefe trabaja con los jóvenes guerreros. Los jóvenes guerreros siempre están dispuestos, le miran con confianza, con brillo en los ojos, así que los puede guiar, dirigirlos, ellos le seguirán, dispararán con sus arcos, tirarán las lanzas. El jefe recibe instrucciones de los sabios ancianos. Mejor dicho, se sienta con ellos, están discutiendo, pero la opinión colectiva del consejo de ancianos es la que manda. Pero los ancianos son el cuerpo, su espíritu es el chamán, a quien se le puede invitar en algunos casos extraordinarios, él entra en trance y ve lo que hay que hacer. Todo el esquema está aquí.

Ocultación del sacerdote a diferencia del chamán tribal

Tanto la sociedad tradicional como la actual tienen la misma cúspide: institución sacerdotal desarrollada, que se encuentra fuera de la auténtica intercomunicación con el espacio social. La diferencia principal consiste en que el “chamán” – o más exactamente la institución sacerdotal corporativa en su función propia cerrada – no es visible. De cara al público solo enseña su parte social, más representativa, separada de los asuntos verdaderamente “chamánicos”. Claro que podemos contemplar como el Papa de Roma una vez al año vestido de blanco saluda con la mano a un millón de peregrinos que se arrodillan; en treinta idiomas pronuncia alguna fórmula de la paz y, sin duda, es el “chamán”. Pero no le vemos aquí en su función realmente “chamánica”: observar la verdad del más allá y llevarla hasta los ancianos, quienes formularán el objetivo político y se lo presentarán al jefe. Vemos las funciones de su autoridad estrictamente representativa. El anciano vestido de blanco forma el contorno de una sacralidad nebulosa-lunar, que despierta en millones de corazones el difuso deseo de la verdad y de la belleza, del bien y del significado, gracias a los cuales la vida a sus ojos cobra algún sentido y, tal vez, vale la pena arrastrar su peso… No todo está tan mal, existe la verdad, el resplandor del bien en este mundo, concentrado en este bello anciano, portador del bien y de la bondad, al que contemplamos de lejos vestido de blanco, quien nos saluda desde las esferas superiores, nos hace una seña con la mano. “Así que la vida tiene sentido”, piensan millones de personas, de los cuales, a lo mejor, si no tuvieran a este anciano delante, el diez por ciento se suicidaría en el acto y el resto, por ejemplo, se pondría a romper escaparates y a destrozarlo todo. Únicamente les detiene una cosa: cómo voy a romper escaparates y a darle la rienda suelta a mi destructivo “Id” (“Ello” freudista) y a convertirme en malo, si aquí en la persona de este anciano tengo el “Superego” encarnado.

Así que todos nosotros, cogidos de la mano, debemos comportarnos como ciudadanos ejemplares de la gran familia humana.
De modo que el chamán aparece muy rara vez ante la sociedad civilizada, el chamán es colectivo, muy complejo, al que es imposible ver y testimoniar en su plenitud ontológica.
Detrás de este anciano-sumo sacerdote están las jerarquías de personas invisibles (quienes, a lo mejor, ya no son del todo personas) directamente conectadas con la verdad, desconocida para los seres humanos sencillos. Los “chamanes”-sacerdotes la ven, la conocen, ellos no hablan con gente sencilla, ellos tratan exclusivamente con los amos de la vida.
Los sacerdotes hablan con aquellos, - todavía no les hemos nombrado, -  que son los principales beneficiarios de los dividendos de esta sociedad.

Los tres tipos de sociedad: la tribu arcaica, la pirámide social tradicional, y por último, la sociedad actual de compleja jerarquía con su parlamento y su democracia – son todo instrumentalizaciones del poder de “Gran Ser”. Bajo este término entendemos el modelo arquetípico de la humanidad colectiva, cuyo mantenimiento y realización corre a cargo de la superélite, que se encuentra en comunicación directa con el estamento sacerdotal que representa al “Gran Ser” en nuestro mundo real.

La realidad del “Gran Ser” y el poder de las superélites

¿Qué es el poder? Del poder se dicen cosas muy distintas. Por lo general se dice que el poder es cuando yo te ordeno y tú obedeces. Es decir que el poder viene del señor con respecto a su siervo o su esclavo. Alguien debe obedecer y alguien da la orden. Pero tengo una pregunta: esta descripción del poder me parece demasiado superficial, porque el poder constituye un estado interior fundamental, existencial. Pondré un ejemplo. Pongamos que un hombre en la calle ha sido rodeado por un par de delincuentes armados con navajas, ellos le ordenan algo y bajo la amenaza para su vida está obligado a hacer algo. En este caso se dice: está en poder de los delincuentes. Ciertamente, muchos filósofos, incluido Hegel, decían que las relaciones entre el amo y el esclavo son de tal índole, que el esclavo se ve obligado a trabajar para el señor con la amenaza de su vida. Estoy convencido de que se trata de una seria simplificación de la situación. Cuando me apuntan con una pistola o me ponen la navaja en el cuello, y me dicen: dame la cartera, - sí, claro, entregaré mi cartera, tal vez, pero no considero que me encuentro en poder de este chaval y que él tiene el poder. Porque me ha colocado en una situación puramente externa que ahora es así, y mañana él a lo mejor se despista y le quito la navaja, o él oye unos pasos, suelta la navaja y echa a correr.

Si consideramos el poder por este lado, no me convence la situación en la que alguien me puede obligar externamente a hacer algo. Por ejemplo ¿acaso se puede decir que el cliente en el restaurante tiene poder sobre el camarero? Él ordena: tráeme esto, tráeme aquello. La función del camarero es tomar nota, traer el pedido y cobrar. ¿Pero acaso se puede decir que el cliente ejerce su poder sobre el camarero? Si el poder se reduce a esto, es simplemente ridículo. Pero el camarero trae los pedidos. Algunos van al restaurante para experimentar la sensación del poder. Entienden el poder de tal manera que les basta con la capacidad de ordenar al camarero para sentirse en la cumbre de la vida, como señores. ¡Pero es ridículo!

¿Qué es el poder? El poder, en su sentido superior, y desde el punto de vista arquetípico de la nobleza tradicional, es un estado de independencia, autosuficiencia, plenipotencia y libertad, en el que todos los posibles estados están unidos. Es decir que se trata del ser íntegro, autosuficiente y libre, que encuentra en sí mismo su fundamento, su sentido y su idea. Así era el poder para Platón, para Sócrates, y también para Nietzsche, quien, seguramente, fue el filósofo moderno más serio al expresar el problema de la voluntad y el problema del proyecto de la élite actual. Proyecto que esta élite piensa realizar a cualquier precio.

Nietzsche es el filósofo más agudo de los que se ocuparon del aspecto existencial del poder. Él creía que Goethe, figura clave de la cultura germana, fue quien más se acercó al ideal del superhombre, cuyo estado interior encarna ese estado de poder. Además, César Borgia se parecía en parte al superhombre, como un poco Napoleón y, probablemente, César. Sin embargo, todos ellos eran superhombres aproximados, sin terminar, y el auténtico superhombre fue precisamente Goethe. Goethe unió en sí la razón y los sentimientos, se elevó sobre ellos, fundió en su personalidad única todos los aspectos, convirtiéndose en su dueño. 
Venció a su ego, a su “yo” inferior elemental, se elevó por encima de las pasiones, controló el transcurrir de su pensamiento, unió todos los elementos de su ser y permaneció sumido en una luminosa bienaventurada autosuficiencia, como si estuviera situado fuera del tiempo. Y, según Nietzsche así es el superhombre.

Si nos fijamos de a quién representa Goethe en la filosofía nietzscheana, si nos paramos a pensar en el mensaje de Goethe, en lo que expresa su doctrina, su cultura, si nos fijamos también en “Fausto”, la obra más poderosa y profunda escrita por Goethe, comprenderemos que se trata del estado del “Gran Ser” (como decían los iluminados) o del “Ser Supremo” (en expresión de los jacobinos), quien en la tradición monoteísta islámica se denomina Iblís. Iblís, también conocido como Lucifer, Ahura Mazda, Apolo, según el monoteísmo es el ser creado primero, de la protoenergía primaria (“fuego”). Se encuentra en la oposición absoluta con respecto al “Dios de los profetas” – centro de subjetividad inaprehensible situado fuera de lo ontológico, cuyo agente exterior y representante, según la teología monoteísta, es el hombre físico. El estado de Iblís era el estado ideal en el que Iblís permanecía, hasta que fue arrojado por desobedecer al Altísimo, cuando se negó a inclinarse ante Adán. Como el primer ser, que unía en sí la luz y el calor – dos atributos principales del fuego primordial, Iblís se sentía en total plenitud, uniendo todos los posibles estados en perfecto equilibrio, que para la metafísica tradicional representa la “libertad”.

El superhombre como imagen del ser supremo, como un ideal, que Nietzsche definió como el objetivo de la nueva humanidad o, más exactamente, de los auténticos hombres, es la proyección de Iblís sobre la tierra. Y es en lo que en perspectiva óptima quieren convertirse los amos de la vida, aquellos seres que están arriba en la sociedad. Pero entre ellos e Iblís existe un intermediario, ya que Iblís es un ser sobrenatural. Iblís es el ser que, siguiendo la indicación del Altísimo, se encuentra “por delante, por detrás, a la derecha y a la izquierda” y con mucho supera al hombre por sus posibilidades “físicas” y “sutiles”. El contacto directo con él o la orientación hacia él son extremadamente difíciles, por eso y con este fin existen los intermediarios – chamanes o sacerdotes. Todos los sacerdotes y chamanes, independientemente de las confesiones, independientemente del método empleado para la intermediación, independientemente de sus declaraciones, se orientan precisamente hacia Iblís, quien representa el punto universal de intermediación en el que se unen todas las estructuras y manifestaciones que se puedan realizar. El hombre no tiene forma, porque puede adoptar cualquier forma. Puede identificarse como quiera. Su cuerpo claro que tiene forma, pero es la forma inferior, física, que en este caso no tiene importancia. Hablamos de la verdadera forma cuando el hombre cree pertenecer a una determinada raza, estamento, casta, estatus jerárquico dentro de la pirámide etc. Todos los modelos que elige para sí son formas que, en realidad, ya están contenidas en su naturaleza, y bajo la influencia de tales o cuales condiciones ya puede posicionarse como tal o cual. Llamamos forma a aquello que el hombre se da como ser espiritual, es decir los estados que puede vivir y adquirir.

De modo que los sacerdotes ven a Iblís como el ser global total, que posee las posibilidades y el control sobre todas las formas y todos los estados. Este conocimiento y esta postura de los sacerdotes hunde sus raíces en la lejanía de los tiempos, arranca de la Edad de Oro y, tras sufrir diferentes modificaciones, llega hasta nuestros días. Incluso subsiste instalada profundamente a nivel del inconsciente colectivo de la casta sacerdotal. Además, la casta sacerdotal posee aptitudes y capacidades que superan con creces las posibilidades del hombre corriente. Esta gente es la dueña de su tiempo y tiene el talento o la aptitud para la contemplación, una capacidad única, de la que está desprovista la mayoría de los humanos. O, siendo sinceros, no sienten la inclinación o el interés hacia ella. La mayoría de los seres humanos pasa el tiempo ganándose la vida, ocupándose de su familia o resolviendo determinados problemas. No tienen ocasión para abstraerse en simple contemplación abstracta. Y mientras tanto, en la simple contemplación abstracta hay contenida una fuerza colosal. Las personas capaces de entregarse a semejante contemplación y que la practican, reúnen tal energía, tal autoridad y peso de personalidad, que prácticamente ejercen una influencia mágica sobre aquellos que se les acercan. Las personas capaces simplemente de meditar sin entrar en trance, es decir de contemplar de manera activa, convirtiéndose en el espejo de todo el ser, los que poseen esta capacidad de manera innata, son muy pocas, pero han existido siempre entre todos los pueblos y en todas las épocas de la humanidad. Y precisamente son ellos los elegidos como los intermediarios entre el oscuro principio sobrenatural que tienta al hombre, y los hombres como tejido social. La sociedad no es más que un simple mecanismo, en el que se encarna el poder que se esconde detrás de la contemplación, el poder de la tentación, expandido por este espacio gris entre el cielo y la tierra.

Anatomía comparativa de las sociedades

Hablamos brevemente sobre lo que representa la tribu, en la que todo se encuentra a la vista: guerreros, jefe, ancianos, quienes en esta estructura arcaica no se sienten como los marginados-“jubilados”, sino como los verdaderos dueños del tiempo – gerontócratas. Los ancianos poseen un estatus especial porque están a punto de reunirse con el conjunto de los antepasados, la iglesia invisible de la tribu, porque la primera y natural religión de todas las tribus paganas es el culto de los antepasados. El antepasado, una vez muerto, se independiza del transcurso del tiempo, se convierte en eterno, pasa a la categoría de las causas, con respecto a las cuales los vivos son tan solo la consecuencia, se trata de la victoria más evidente sobre el tiempo. Además, cada uno de estos hombres sabe que si deja descendencia, será eterno en su memoria y se unirá a esa iglesia invisible. Es por lo que los ancianos poseen el poder como los intermediarios entre los antepasados y los vivos.
Pasemos a la sociedad tradicional. Su estructura es similar a los sustratos de barro más burdo y más claro, más sutil, que se superponen uno sobre el otro en tres capas, en las que lo refinado, la sutilidad aumenta de abajo a arriba. Abajo, como se sabe, está el escalón más primitivo. Es la parte de abajo del triángulo: los obreros más simples, campesinos, la servidumbre inferior; sobre ellos están los pequeños comerciantes; por encima de ellos se sitúan los pequeños artesanos. Es el triángulo más sencillo de la sociedad tradicional medieval. El segundo triángulo situado en medio comienza abajo por los libres habitantes de la ciudad - propietarios; encima de ellos están los mercaderes, que ya tienen la posibilidad de viajar, los cambistas, financieros, que tienen contactos fuera de esta localidad o de la región; sobre ellos se sitúan los caballeros, guerreros. Y a continuación el triángulo superior: abajo está el aparato del monarca, aparato del Estado; sobre él están los gobernadores o representantes; sobre ellos el propio monarca, faraón, césar etc. Así son los tres triángulos – tres componentes jerárquicos fundamentales que constituyen la base de la jerarquía social tradicional.

Para comprender el secreto interior que caracteriza a estos componentes de la anatomía social, hay que imaginarse a cada uno de estos triángulos puestos delante de un espejo: la imagen en el espejo cierra el triángulo real hasta convertirlo en un cuadrado virtual. En este hipotético “espejo” se manifiesta el cuarto punto, contenido en cada uno de los triángulos, pero invisible en el espacio real: ese cuarto punto es la presencia oculta sacerdotal dentro de cada capa jerárquica de la pirámide social que analizamos como triángulo. El factor sacerdotal invisible convierte cada triángulo – siempre relativamente inestable – en la figura geométrica inerte más estable: el cuadrado.

La presencia sacerdotal invisible acompaña a cada nivel de la pirámide social. Abajo también están presentes los iniciados y ocultos ustaz, los sheij que actúan a nivel de los pequeños comerciantes, pequeños artesanos; ellos se encargan de atar a los de abajo en las específicas redes de las estructuras de patronaje, manteniendo la estabilidad y explicándoles los problemas y las injusticias de este mundo. Los caballeros tienen sus propias órdenes de caballería. Y el estrato más alto de los sacerdotes trabaja con el faraón, quien representa la personificación del “Ser Supremo” aquí, entre los hombres. En última instancia el faraón se identifica directamente con el “Ser Supremo” y dice al pueblo: “Soy vuestro señor supremo” (Corán 79:24).

Cesar también se creía dios y obligaba a todos los pueblos a realizarle sacrificios en sus templos, incluso intentó obligar a los judíos. Con “cesar” trabaja el nivel sacerdotal más alto, el que realiza la intermediación directa con el Ser Supremo.

Así es la sociedad tradicional, que tiene una sola finalidad, un solo objetivo – extraer a la gente de abajo a arriba su tiempo, su sentido, su energía y transmitirlos hacia arriba al faraón y a los sacerdotes, que alimentan con este esencial recurso de la humanidad al “Ser Supremo”, en el cual se realiza el balance de todas las fuerzas que forman el gran cosmos. El “Cosmos” es un lugar en el que cada instante siguiente contiene menos que el anterior, y está sometido a los principios de la termodinámica – el enfriamiento, la entropía. A pesar de ello, el objetivo se la sociedad consiste en continuar su existencia. Es decir que a cada momento siguiente hay que compensarle la disminución y el enfriamiento del medio alrededor de la sociedad humana. Ello se compensa con la energía y el jugo vital que se exprime a las personas desde abajo. El flujo directo hacia arriba, hacia el faraón: ese es el canal por el que se lleva a cabo la compensación de la entropía del medio natural para que la sociedad pueda seguir existiendo a pesar de la agresión del cero absoluto.

Pero cuánto se puede recibir de simples esclavos, sirvientes, artesanos, cuánto se pude cobrar de los que poseen su tiempo físico, 24 horas y un círculo próximo elemental: 2-3 vecinos, unos cuantos parientes próximos, el amo-contratista y el vigilante – un mundillo muy estrecho y un espacio humano muy pobre. Su trabajo físico no vale casi nada. Metafóricamente hablando, semejante sociedad puede mandar arriba cien rublos. Cuando cada momento siguiente de la existencia de la sociedad cuesta más caro: mañana habrá que pagar ciento y diez, pasado mañana doscientos, al día siguiente – trescientos. La exigencia del cosmos al espacio humano crece en progresión geométrica. La entropía actúa como una aspiradora que absorbe la energía, absorbe el jugo de las personas y estas no pueden dar más de sí, más de lo que permite su estado social de hecho, su infraestructura social, sus fuerzas productivas. Resulta que hace falta el “progreso” para poder “pagar” al cosmos. Los dueños y organizadores del espacio humano, los sacerdotes, deciden realizar la reestructuración sistémica de la sociedad tradicional, que inician desde arriba, pero lo hacen de tal manera que parezca que se produce desde debajo de un modo orgánico. Ellos realizan revoluciones preventivas para renovar radicalmente la composición humana, modificar las posiciones que ocupan diferentes clases de seres humanos, y permitir que el barro más tosco, que en el orden tradicional debe permanecer abajo, por debajo del más fino, suba arriba, para que se coloque en medio de esa pirámide. De esta manera se produce la intensificación de los procesos humanos, sutilización o perfeccionamiento de las capas que suben desde abajo, movilización del recurso humano global. No obstante, aquellos que gobernaban a la humanidad en su formato tradicional, quedan donde estaban y siguen gobernando a la nueva sociedad, después de modificar ligeramente y encubrir su presencia. En otras palabras, en todos los tiempos, independientemente de los niveles del desarrollo de las fuerzas productivas, en la civilización tradicional lo mismo que en la época postindustrial del postmodernismo siempre manda la misma élite, el mismo sujeto del dominio, que organiza la alienación que de época en época está creciendo. Es importante comprender además, que esta élite no solo posee la continuidad espiritual y metafórica, sino también física que atraviesa las cambiantes apariencias de las épocas que se suceden.

Ahora hablemos sobre cómo surge la sociedad contemporánea. El triángulo situado en medio de la jerarquía tradicional se vuelca con la cúspide para abajo y desciende hasta el fondo del nuevo sistema formado que llamamos la sociedad actual. ¿Quién estaba en aquel triángulo tradicional? Arriba, en la cúspide del triángulo estaban los caballeros, en medio del triángulo – los mercaderes, y en la base del triángulo los ciudadanos libres, habitantes de la ciudad. ¿Qué ocurre cuando este triángulo está volcado y lanzado hacia abajo, mirando con su cúspide hacia el subterráneo prehumano? Ahí donde estaban los caballeros, surge el proletariado de las diásporas, los habitantes de las favelas y de los Harlem. Una cosa une a este proletariado con sus medievales predecesores de armaduras de hierro, y que antaño habían pertenecido a la cúspide social: la vivencia religiosa de la violencia, en cuyo nombre viven y sufren la infamia y la inutilidad de su existencia. Esta gente al igual que los caballeros medievales está dispuesta a matar y a morir e instintivamente sienten tal predisposición como el núcleo mismo de su religión. Este proletariado de la violencia – lumpen caballería de la Época Contemporánea – es el combustible para el fuego de la permanente resistencia por la fuerza de la humanidad frente al Sistema, ahora y en el futuro.

Por encima de ellos en este triángulo invertido está situado el nivel que en la sociedad tradicional correspondía a los mercaderes. En la época contemporánea, dentro de este triángulo invertido que fue para abajo, los mercaderes se convierten en elementos del crimen organizado. Los mercaderes de la sociedad tradicional eran los aventureros, los exploradores, intermediarios entre distintas tierras. En la sociedad tradicional pagaban el tributo a los caballeros, quienes con la mano de hierro les quitaban el dinero por el derecho de atravesar sus feudos. En el sistema actual, estos aventureros se convierten en la mafia organizada, que “corta la tela” de las favelas: recluta a sicarios y vende droga en sus calles. Por último, aquellos que en el espacio tradicional eran los ciudadanos libres, subordinados a los mercaderes y situados muy por debajo de la casta de los guerreros, se han convertido hoy en la clase de empleados públicos, financiados con los presupuestos del Estado: policía, distintos servicios especiales, trabajadores sociales, todo aquello que organiza la compleja fusión de la parte de masas de la sociedad civil con la baja burocracia. Los empleados públicos encarnan hoy el sistema nervioso de la megápolis moderna, como regla, están próximos al crimen organizado, o fusionados con él y juntos oprimen al proletariado sin derechos de las favelas – los “caballeros caídos”.

Es la situación del triángulo del medio dentro de la escalera de tres escalones de la jerarquía tradicional que ahora se convierte en la capa de debajo de la sociedad. ¿Qué ocurre con el peldaño que antes estaba abajo? Sube arriba para ocupar el lugar del triángulo del medio, pero también volcado, es decir, la base para arriba y la cúspide para abajo. En el triángulo inferior de antes arriba se encontraban los artesanos independientes, sobre los que se apoyaba la capa siguiente constituida por los ciudadanos libres de los burgos. Hoy se han convertido en la bohemia desclasada, que como clase está por encima de los que viven del presupuesto estatal: policías, maestros, enfermeras, de las que ya hemos hablado. Heredan de los artesanos el espíritu y la estilística de la creatividad marginal, pero dentro de la sociedad contemporánea comienzan a ejercer las funciones de alta cultura (pintores, actores, escritores, periodistas). Aquellos que antes estaban situados en la mitad del triángulo de abajo, los pequeños comerciantes, hoy están colocados en la mitad del triángulo del medio - ¡se podría decir que en el centro matemático de toda la jerarquía postindustrial! – hoy forman el sector de servicios, que entre otros incluye el show-business, que controla estrictamente a la bohemia creativa.

La conversión más interesante ocurre con los habitantes del fondo tradicional – sirvientes, obreros sin cualificar, campesinos de toda índole. Hoy ocupan la parte de arriba del triángulo del medio (recordemos que al estar al revés, es su base). De ser sirvientes se han convertido en los empleados de las corporaciones – los yuppy. Una gigantesca cantidad de absurdos habitantes de oficinas absurdas – managers, ejecutivos y asesores de todo tipo, - todos aquellos cuyos antepasados espirituales pertenecían a la servidumbre inferior. Subrayemos que no se trata de los tradicionales clerks (empleados) que tanto entonces como ahora forman parte de la burocracia, sino de la fauna humana que representa una capa parasitaria precisamente dentro de la parte trabajadora de la población. Esos parásitos son las células orgánicas de las que se componen los cuerpos de las corporaciones y, como es sabido, las corporaciones, no producen nada por sí mismas, sino que se apropian y capitalizan el producto producido por alguien en alguna parte.

Por último, el triángulo superior de la sociedad tradicional sigue siendo el triángulo superior de la sociedad contemporánea, pero también se da la vuelta. En la sociedad tradicional, como recordamos, arriba estaba el rey, en medio la aristocracia, representantes del rey, gobernadores etc., abajo el aparato, los dichosos clerks. En su forma invertida hoy la cosa está del siguiente modo. Arriba en vez del rey los clerks, el aparato estatal, la omnipresente burocracia. En medio en lugar de los representantes del rey, los gobernadores ahora están los partidos políticos-diferentes marcas, y abajo del todo, ahí donde la cúspide mira hacia las corporaciones que se encuentran más abajo, están los políticos individuales, representantes personales de la nomenclatura, que hoy representan el principio personal que en el pasado únicamente se realizaba en la figura del monarca.

¿Y qué ha ocurrido con la aristocracia y los sacerdotes, sobre todo con estos últimos, quienes en la sociedad tradicional representaban dentro de cada triángulo el cuarto punto invisible, convirtiéndolo en el cuadrado virtual? Los verdaderos reyes que siguen siendo reyes (y no sus imitadores para las masas humanas en forma de políticos) ahora junto con su círculo aristocrático próximo están por encima de la sociedad. Al igual que la iglesia separada del Estado aunque en muchos casos siguen siendo nombrados en las constituciones y simbolizan la soberanía, pero ya están sacados fuera de la zona de responsabilidad. La nobleza mundial tomó nota del asesinato de los reyes y después de lo ocurrido con Carlos I de Inglaterra comenzó a construir el club universal de los señores, cuya supervivencia estuviera asegurada frente a cualquier sobresalto histórico. En cuanto a los sacerdotes hoy forman una casta ecuménica completamente cerrada, cuya actuación ya no acompaña la vida inmediata de los triángulos descritos: esta casta ahora sirve como puente directamente entre la superélite y el “Gran Ser”. Y aunque la sociedad sigue siendo el instrumento de alienación del recurso interior humano, ahora ya no lleva el sello de sacralidad general, propia del “mundo tradicional”. Si la sociedad tradicional incluía el elemento espiritual, que acompañaba a cada capa que lo componía, la sociedad actual simplemente se ha convertido en un gólem de barro.

 La crisis de la alienación y los problemas del movimiento global hacia delante

¿Qué ocurre en realidad? Una ingente cantidad de los campesinos, granjeros, sirvientes, gente de las capas sociales bajas del ayer, hoy se han transformado en empleados corporativos, en yuppy, que se desplazan con sus trajes y sus ordenadores portátiles a las oficinas, pasan allí las horas convenidas, realizan acciones totalmente virtuales sin producir nada, y entran en una cantidad colosal de relaciones humanas que les determinan. Ellos entregan enorme cantidad de energía. No se trata de la energía que se gasta arrastrando las piedras y que es fácil medir en joule. Se trata de la energía sutil del tiempo interior que en las gentes de abajo, se puede decir, que se concentra en un porcentaje especialmente alto. Cuando son promovidas a la clase media se convierten en funcionarios, que desempeñan interminables papeles sociales: deben educar a sus hijos, mantener relaciones sociales, pagar cantidad de seguros de todo tipo y otros pagos, participar en multitud de iniciativas políticas, locales, municipales y demás. Su vida consiste en dar más vueltas que una ardilla colocada dentro de una rueda. Su tiempo se gasta en decenas y centenares de direcciones distintas.

De esta manera a costa de la sobreexplotación de la clase media la sociedad actual sigue “pagando” al segundo principio de la termodinámica, al cosmos, al principio del enfriamiento, al principio del destino, al tiempo. Sin embargo, estos recursos llegan a su fin: aunque los “mil millones de oro” (el número de seres humanos, habitantes del núcleo del sistema capitalista que, según Fukuyama, podrán seguir en el “barco del progreso” – N. del T.) se han convertido en ardillas que corren colocadas dentro de las ruedas del tiempo sin sentido, aún quedan aproximadamente cinco mil millones de seres humanos, cuyo tiempo transcurre a un ritmo parecido al de la sociedad tradicional. Son pobres y están desnudos, ganan un mísero jornal con el esfuerzo personal bastante primitivo para mantener una existencia más bien minimalista. Para poder aumentar el flujo de la alienación que proviene de esta enorme masa de abajo, hay que elevarla al nivel del desarrollo de la clase media occidental. Pero para convertir a los chinos, brasileños, mexicanos, indios, habitantes del Oriente Próximo en los yuppy de París o de Washington con sus corbatitas y carteras hay que invertir una gigantesca cantidad de medios  de los que no disponen los maestros del orden mundial. Las clases dirigentes se las han comido a través de la economía especulativa, a través de las futures transactions, a través de las transacciones en base a las tecnologías que aun no se han estrenado y que con cada vez mayor frecuencia resultan ser ficticias. Las clases superiores gracias a la pura especulación se han comido los recursos que hubieran podido transformar a esas liebres que corren libres por el campo en servidores de la sociedad a los que se puede esquilmar.

¿Qué significa recursos reales? En el año 1917 en la Rusia zarista vivían aproximadamente tres millones de representantes de la nobleza e intelligentsia y ciento cincuenta millones de arcaicos mujik – campesinos. En veinte años en su mayoría estos campesinos fueron convertidos en obreros, funcionarios, miembros del partido etc. Se reunían en distintos comités, gastaban su tiempo, entraban en contactos sociales, aprendieron a leer y a escribir, derramaban un torrente de energía que la Unión Soviética extraía y convertía en distintos proyectos. En el proyecto de GOELRO (electrificación del país), el proyecto atómico, el proyecto espacial. ¿De dónde ha surgido todo aquello? Se trata de la conversión directa de la energía humana. Para poder convertir en veinte años a los campesinos analfabetos en funcionarios, personajes públicos, ciudadanos con educación media, ingenieros etc., de los que se podía sacar mil veces más que de la Rusia zarista, había que invertir todos los activos reales que hubiera en el territorio del Imperio zarista. Arrancar los brillantes de los corsets de las princesas, requisar los cuadros del Ermitage, vender a Rafael, quitar el grano a los campesinos, - todo lo que había de real, todo fue invertido en este proyecto. Y ciertamente, 20 años después, por el territorio de Rusia andaba otro hombre completamente distinto, que desfilaba con el chándal deportivo en los eventos oficiales, agitaba la banderita, participaba en la espartaquiada, era miembro de DOSAAF (Sociedad Voluntaria de Ayuda al Ejército, Fuerza Aérea y Marina) etc. Y todavía su abuelo o su padre con sus enormes barbas escarbaron la tierra con el arado de madera. Pero hoy no hay ese dinero. Así que nadie piensa elevar a los cinco mil millones al estatus “áureo”. En vez de eso los amos de la vida han decidido tirarnos por la borda del barco del progreso y pasar a la sociedad de la información, que promete convertirse en la más férrea dictadura policial en toda la historia de la humanidad. Ante nosotros se abre la perspectiva de la tercera sociedad, - ya hemos hablado de otras dos, la tradicional y la moderna, - la sociedad informacional-virtual, en la que la antigua clase media será convertida en robots computerizados, en los terminales de los flujos de información. Y los otros cinco mil millones de seres humanos serán arrojados abajo al puro desierto, y si intentan sublevarse como ha ocurrido en Francia, la policía espacial desde sus naves les masacrará desde el espacio con los rayos láser. Semejante perspectiva no es una novela fantástica, es el reto al que nos tendremos que enfrentar el día de mañana. Y es por lo que hoy nosotros – el proletariado, las diásporas – los que fuimos caballeros del ayer, convertidos en el nuevo proletariado, debemos ocuparnos de nuestros derechos, de nuestra supervivencia política e histórica.


Fuente: http://www.intelros.ru/subject/eshatalog/195-gejjdar_dzhemal_obshhestvo_i_vremja_globalnyjj_mekhanizm_otchuzhdenija.html
                                            

          


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