22/10/13

Pataleta saudí contra Washington

Que Riad haya argumentado que su rechazo a ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU se basa, principalmente, en la aplicación de una doble vara de medida en las relaciones internacionales solo puede entenderse como el resultado de la amnesia de sus provectos gobernantes.


Una amnesia que les lleva a no recordar que precisamente es esa doble vara de medida la que permite la continuidad de un régimen que viola sistemática y diariamente los derechos de su propia población (habrá que ver qué ocurre el próximo día 26, si las mujeres saudíes se animan a conducir sus propios vehículos contraviniendo la ley), que invade por la fuerza otro país (Bahrein, en marzo de 2011, para hacer frente a una revuelta popular que puso en peligro la también anquilosada monarquía local) y que, como en el caso de Siria, se salta el embargo de armas alimentando a los rebeldes contra el régimen de Bachar el Asad. En realidad, lo que Riad ha querido es mostrar públicamente su disgusto con Washington, confiando en que el gesto sirva para reconducir un proceso que afecta de manera muy directa a sus intereses.

En el fondo Riad es consciente de que Washington ha ido modificando su visión sobre el régimen wahabí al menos desde el trágico 11-S. No tanto por un prurito democrático o como supuesto defensor de los derechos humanos, sino, sobre todo, por su inquietud ante la inocultable implicación saudí en la promoción de grupos yihadistas (baste recordar que no por casualidad 15 de los 19 terroristas del 11-S eran de nacionalidad saudí). En consecuencia, ya en tiempos de Bush jr. EE UU comenzó a exigir a Arabia Saudí un comportamiento menos permisivo con una red que, como reacción a la puntual presión recibida, terminaría por crear Al Qaeda para la Península Arábiga, convirtiendo al reino en un nuevo campo de batalla.
En todo caso, y a pesar de sus múltiples defectos, la casa de los Saud ha logrado mantenerse a salvo hasta hoy tanto del posible contagio de la oleada de revueltas que cuestionan abiertamente a buen número de los regímenes árabes, como a cubierto de amenazas externas cobijados bajo el paraguas protector estadounidense. Y todo ello gracias a su indiscutible condición de primer país del planeta en reservas de petróleo. Así, por un lado, su riqueza petrolífera le ha permitido "comprar" la paz social en el interior. Y, por otro, en su condición de suministrador petrolífero principal y de moderador en el seno de la OPEP, ha podido contar con la generalizada permisividad occidental en un palmario ejercicio de incoherencia que choca frontalmente con los valores y principios que decimos defender y promover.
Es ahora, cuando los estrategas saudíes calculan que Washington está dispuesto a entenderse con Teherán, cuando se escenifica el inaudito plante  saudí a la ONU. No cabe pensar que haya sido un rechazo sobrevenido ante un nombramiento indeseado. De hecho, siguiendo la mecánica habitual en la renovación parcial de los diez miembros rotatorios del Consejo, era la primera vez que Riad se postulaba para el puesto. Su designación fue, por tanto, el resultado de una iniciativa saudí que tuvo que convencer a un buen número de países (no solo árabes) para que apostaran por darle cabida en ese selecto club encargado formalmente de los temas de paz y seguridad mundial. Su gesto, por tanto, está cuidadosamente calculado, no tanto para desairar a la ONU como para intentar provocar una reacción estadounidense favorable a sus intereses.
No en vano, Riad ha destacado la inacción y los errores en la gestión y resolución de la cuestión palestina y de la crisis siria- asuntos ambos en los que EE UU aparece como destacada referencia. Con su decisión, Riad hace ver su descontento con la marcha del proceso de acercamiento estadounidense hacia Teherán, al entender que la normalización de relaciones entre ambos supondría consolidar el liderazgo iraní en la región. A la espera de que el tiempo nos saque de dudas, lo que en primera instancia podría verse como una señal de poder, más bien parece la quema de uno de los escasos cartuchos que Riad tenía en su mano para forzar una reconsideración estadounidense de su acercamiento a Irán. El régimen saudí sabe mejor que nadie que no tiene alternativas viables a corto plazo para garantizar su propia seguridad- depende militarmente de EE UU en todos los sentidos-, por lo que su intento de crear un sistema de seguridad árabe en la región carece de todo fundamento. En definitiva, una pataleta que desprestigia aún más al régimen y que no le augura un mejor futuro.

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