9/10/13

Giap: el hombre y el arma

Por José Steinsleger


Cuando la sensiblería política pondera el legado de un Mahatma Gandhi, tiende a excluir los de un Ho Chi Minh, un Augusto César Sandino, o el del recientemente fallecido general Vo Nguyen Giap. Y así, frases como “ make love, not war”, intervencionismo humanitario y otros vagos melindres filosóficos, distorsionan o echan un manto de olvido sobre las recurrentes prácticas genocidas del humanismo occidental.

En cambio, con menor ruido y pedantería intelectual, pueblos como el vietnamita, educado y formado desde épocas inmemoriales en el pacifismo real, entienden que la defunción es una simple pérdida corporal y el espíritu de los muertos subsiste con los hijos y los nietos, influyendo notablemente en la vida de los vivos (Costumbres de culto en familias vietnamitas, http://es.vietnam.plus).

Con esa fuerza espiritual, el padre de la nación, Ho Chi Minh, y generales como Nguyen Giap, Le Duan, Van Tien Dung, Tran Van Tra, Nguyen Van Linh, los vietnamitas consiguieron, sucesivamente, la derrota militar y rendición incondicional de los tres grandes ejércitos de la época: Francia, Japón y Estados Unidos (1940-1975). Además, frenar en 1979 las pretensiones expansionistas de China en la antigua Indochina (Tonkin, Anam, Cochinchina, más Laos y Kampuchea).

Nutrido de su milenaria cultura nacional, el legendario general Vo Nguyen Giap, quien acaba de morir a los 102 años, encendía tres inciensos con la llegada del Tet (año lunar): el primero para el cielo, el segundo para la tierra y el tercero para el hombre. Práctica que le permitió descubrir que sin patriotismo y dignidad, la guerra y la paz carecen de sentido.

Guiado por Ho Chi Minh (el que enseña), Giap empezó a militar a los 14 años, y a los 28 fue nombrado general de los ejércitos de la Liga para la Independencia (Viet Minh, 1941). ¿Que si la fe mueve montañas? Los guerrilleros de Giap empezaron con un solo rifle cada tres soldados, y para el ataque congregaba a sus tropas con sonoros gongs artesanales…

Hubo grandes derrotas, y grandes victorias. Y por sobre todo, hubo política. En 1946, cuando el desenlace de la revolución en China aún no estaba claro, Ho Chi Minh negoció la independencia de la República Democrática de Vietnam (hoy socialista), aunque dentro de la Unión Francesa. Duramente criticado, el padre de la nación declaró: Es preferible oler un poco de mierda francesa que comer mierda china durante toda la vida.

El tío Ho reducía todo a un principio irreductible: La nación tiene su raíz en el pueblo. En la guerra de resistencia y en la reconstrucción nacional, la principal fuerza depende del pueblo. Poco después del empate militar en la guerra de Corea (1950-1953), la CIA y el Pentágono pensaron que debían ir en ayuda de Francia para terminar de una vez con los bandidos rebeldes de Ho Chi Minh.

No obstante, ningún genio de la inteligencia francesa o yanqui se dio cuenta de que en bicicleta, a pie o cargando miles de piezas de artillería a sus espaldas, los campesinos guerrilleros habían construido en selvas y montañas un enorme aparato logístico de túneles y carreteras camufladas en torno al apacible valle de Dien Bien Phu, fronterizo con Laos.

En Dien Bien Phu, los franceses construyeron la gran base militar que la revista Time calificó de inexpugnable. Pero allí fue donde justamente, tras un asedio de 55 días, Giap asestó el golpe demoledor a Francia. La base cayó el 7 de mayo de 1954, y como bien apuntó Graham Greene, aquella batalla “… marcó virtualmente el fin de cualquier esperanza que hubieran tenido las potencias occidentales de dominar el Oriente”.

Francia se rindió, y en la Indochina francesa surgieron cinco países independientes: Laos, Kampuchea, Tailandia (que nunca fue colonizada), Vietnam del Norte y Vietnam del Sur (con capitales en Hanoi y Saigón).

Con todo, restaba la batalla más feroz y prolongada de todas, y que en abril de 1975 terminó con la precipitada fuga en helicóptero del embajador de Washington en Saigón, Graham Martin, seguida de la ordenada repatriación de millares de soldados yanquis que habían asesinado a más de 3 millones de vietnamitas, en un país levemente menor al doble de la extensión territorial de Sonora.

Crítico de la teoría de que el arma es lo decisivo en la guerra, Giap escribió en El hombre y el arma: “Tratando de salvarse del peligro de su aniquilamiento, el imperialismo lleva a cabo, con todos sus esfuerzos, la propaganda sobre la ‘omnipotencia de las armas’… En la guerra, el factor decisivo es y será siempre el hombre; las masas populares son y seguirán siendo las forjadoras de la historia” (Editorial La Rosa Blindada, Buenos Aires, 1968, p.108).

Y con respecto a la solidaridad internacional, aquel humilde maestro de geografía del Vietnam heroico, que fue homosexual y nunca había pisado una academia militar, advirtió en una célebre entrevista con el periodista australiano Wilfred Burchett (1911-1983): “Los vietnamitas tenemos un refrán sobre los matrimonios de conveniencia: ‘la pareja comparte la misma cama, pero tiene distintos sueños’”.

La Jornada

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