6/10/13

El acuerdo EE.UU.-Irán, un cambio estructural

En las últimas tres semanas se ha modificado la estructura del poder mundial, en lo que constituye la transformación más decisiva desde 1991, cuando se derrumbó la Unión Soviética y se unificó el sistema.


Ahora ha surgido una sociedad global creada por la revolución de la técnica, cuyo punto de inflexión ha sido la crisis financiera desatada en EE.UU. con la caída de Lehman Brothers (15-09-2008).
En esta nueva sociedad, el dato estratégico central es que EE.UU. no ejerce más la unipolaridad hegemónica que asumió en 1991 y ha perdido el recurso unilateral a la fuerza, que fue su característica en la década pasada (Afganistán/Irak). Ahora, para enfrentar las crisis de gobernabilidad del sistema (utilización de armas químicas contra la población civil en Siria (21-08-13), debe actuar mancomunadamente con un grupo de países emergentes, o con uno de ellos en particular, en este caso Rusia.
Más importante que la crisis siria es la posibilidad que se ha abierto de un acuerdo entre EE.UU. e Irán sobre su programa nuclear. La disputa sobre el significado y características del programa nuclear iraní es el mayor conflicto del sistema de seguridad internacional de los últimos 15 años.
Irán es un país extremadamente relevante por tres razones: demográfica (80 millones de habitantes), económica (tercera potencia petrolera del mundo) y política (heredera de una civilización estatal de 4.000 años de historia, fuente del islamismo político en el mundo árabe, debido a la revolución liderada por Ruhollah Khomeini, y esencial para el equilibrio de la región más estratégica del planeta, que es Medio Oriente).
De ahí que la conversación de la semana pasada entre el mandatario iraní, Hassan Rouhani y Barack Obama, sea un acontecimiento decisivo en la política mundial de la segunda década del siglo XXI, equiparable por su relevancia histórica al viaje de Nixon a China en 1972.
En términos sistémicos, un acuerdo EE.UU./Irán implicaría una drástica reducción de la tasa riesgo-país mundial (“riesgo-mundo”), con su contrapartida necesaria, un boom de inversión sin precedentes por su magnitud en la historia del capitalismo, sobre todo dirigido a los países emergentes. Los capitales líquidos, incluyendo inversión directa, que se orientan al mundo emergente este año ascienden a US$ 1,145 billones; y un pacto nuclear podría triplicar ese flujo en los próximos 10 años. EE.UU. ha lanzado ahora dos procesos de integración que abarcan dos tercios del planeta, con plazo de duración de las negociaciones de dos años. El Tratado del Transpacífico (TPP) abarca a 13 países, incluyendo a Japón, la tercera economía del mundo; y el Acuerdo Transatlántico (TAA) integra a EE.UU. con Europa, encabezada por Alemania, la mayor potencia exportadora de los países avanzados. En el capitalismo del siglo XXI lo importante ya no es el comercio de bienes espacialmente desplegados, sino las transacciones financieras, centradas en las inversiones y fundadas en el principio de instantaneidad.
En este cuadro global, adquiere toda su relevancia el lanzamiento realizado por China esta semana de una zona de libre comercio en Shanghai (FTZS), en la que lo de menos es el comercio, y lo fundamental son las inversiones, la libre convertibilidad del yuan y la plena liberalización del sistema financiero. Todo ello sobre la premisa de que “hay que dejar que las fuerzas del mercado reemplacen a la voluntad del poder político”.
La alianza estratégica sellada entre EE.UU. y China actúa como escudo protector del pleno despliegue del proceso de convergencia estructural (auge de la productividad + alza del ingreso per cápita por encima de los niveles norteamericanos) entre el mundo emergente y el avanzado, que es el núcleo de la época. Por esta vía culmina la globalización, surgida como fase de la acumulación capitalista en los últimos 30 años.

POR JORGE CASTRO

Clarín.com

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