7/10/13

Carlos Trotta recordando Gaza

Cuando atendía consultorio externo, de pronto llegó un chiquito que tendría doce años, con las dos piernas amputadas. Yo realmente dije: ‘Si le voy a sacar una foto acá soy un cretino’, pero al mismo tiempo tengo que llevar este tipo de documento para que se vea qué es lo que pasó. Le pedí permiso al chico para la foto y me dijo que sí. Estaba acostado en la camilla. Cuando preparé la cámara se sentó y con las manos hizo así (Nota de redacción: los dedos en V, símbolo de la resistencia palestina)y a mí se me caían las lágrimas como un idiota. Te emocionás por el afecto y porque a la vez siguen viviendo, no están maldiciendo”.


El cirujano charló con El Atlántico acerca de sus particulares experiencias en el organismo médico-humanitario en los últimos años. Un trabajo envuelto de conflictos armados con anécdotas imborrables de Haití, Yemen, Sudan, Siria, Sri Lanka, Kenia y la Franja de Gaza
Carlos Trotta es médico cirujano, nació en Neuquén pero vivió casi toda su vida en Mar del Plata. Estudió Medicina en la UBA y trabajó 35 años en el Hospital Interzonal General de Agudos de General Pueyrredon. En el año 2006 decidió pedir el ingreso a Médicos Sin Fronteras -organismo internacional que asiste a víctimas de guerras y desastres naturales- y desde entonces se desempeña como médico cirujano en conflictos armados.
Carlos anduvo por Haití, dos veces en Yemen, Sudán, Sri Lanka, Siria, Kenia y la Franja de Gaza. “Los médicos me preguntan “¿por qué vas a lugares así?” y les respondo: ¿por qué no?”.
En su estadía en Mar del Plata, Trotta destinó un rato de su tiempo para acercarse a la redacción deEl Atlántico. Mientras toma asiento y se enciende el grabador, comenta serenamente: “Tendría que estar preparando las valijas para volver a Siria en octubre, lo que sucede es que en el hospital en que estaba había un médico ortopedista de 27 años y lo mataron. Se evacuó el hospital y mi viaje quedó por ahora suspendido”.
-¿Cómo surgió la idea de ingresar a Médicos Sin Fronteras?
- Nuestra profesión está muy mercantilizada hoy en día, desafortunadamente. Me molestaba que el acceso a la atención médica dependiera un poco de la obra social que tuvieras, de todos modos trabajaba en el hospital público y como hace la mayor parte de los profesionales, también en el sector privado. Si lo pienso es volver a los orígenes: empecé en el Ingenio Ledesma, en Jujuy, que tiene una historia bastante cargada. De modo que ahí me enfrenté con una realidad muy fuerte. Con los cañeros que venían de Bolivia, con mucha tuberculosis, sífilis. Tal vez no lo procesé en toda su intensidad en ese momento. Eso te sigue trabajando incluso mucho tiempo después. Está muy relacionado con el hecho de trabajar más de 30 años en el sector público, donde también ves una cierta realidad, que termina por hacerte pensar algunas cosas. 
Lo de Médicos Sin Fronteras lo conocí en el año 1999, cuando le dieron el Premio Nobel de la Paz. Lo primero que me gustó fue el nombre, esa cuestión “sin fronteras”. La organización te dice que es sin fronteras de tipo religiosa, política, sexual; ellos no lo agregan pero yo sumaría económicas, porque a los lugares donde va MSF todos los servicios que ofrece: la internación y los medicamentos son absolutamente gratis. No se mantiene con donaciones de empresas o gobiernos. A mí como médico cirujano me han mandado siempre a lugares de conflictos armados.
-¿Cuál fue tu primer destino?
-La solicitud fue en 2006, me aceptaron en 2007 y me asignaron a Sri Lanka. Allí había un grupo que quería independizarse del resto de la isla y eso produjo un conflicto armado. MSF estaba en la parte rebelde porque era el sector más vulnerable. El problema que se plantea con estas organizaciones médico-humanitarias es que en este momento no hay ningún tipo de respeto. Por ejemplo, en Somalia, con mucho dolor, hubo que retirarse porque en el curso de dos años mataron a 16 personas de MSF. Y lo último que colmó la paciencia fue que dos españolas fueron raptadas durante 18 meses hasta que hace un mes y medio las liberaron. Lo que está pasando en Nairobi, también. Tampoco es cuestión de ir al sacrificio.
-¿Qué sensaciones experimentás en esas situaciones límite?
-Lo que yo siento cuando voy a estos lugares, es que uno más que estar asistiendo o ayudando, a mí me gusta más la sensación que tengo de que uno está acompañando porque me parece que es lo que la población necesita. Estás pasando por un momento difícil, bueno acá estamos sobre todo para acompañarte. 
Es una situación muy difícil. Estás allí en una tarea médica y se trata de ser neutral e imparcial, se trata de no tomar partido. Acá hay alguien con una herida, con una enfermedad y a esa persona hay que asistirla. Pero la neutralidad es en el accionar, vos en ese momento ante el herido no preguntás de qué bando es, lo que interesa es el herido. El accionar es neutral, pero nadie pide que vos seas “de plástico” y que no saques tus propias conclusiones, por supuesto que las sacás. Lo agradable de trabajar en una organización como MSF es que los equipos son internacionales. Más allá de lo anecdótico, la comunicación se da muy rápidamente, no existe ningún tipo de barrera. Hay una frase de Pichón Rivière: “Lo importante es la tarea” y eso a mí siempre me llamó mucho la atención. Cuando estás trabajando en situaciones así no hay jefe, lo importante es la tarea y todo el mundo se pone en función de la tarea; los médicos vivimos en un ambiente tan competitivo. Los colegas me preguntan “¿te peleaste con tu mujer?” o “¿te pagan muchísima guita?” Te pagan 890 euros, la última vez que estuve en Siria me pagaron 1.200. Te dan casa, te dan comida y te pagan el viaje. “¿Por qué vas a un lugar así?” te preguntan, y ¿por qué no?.
CONFLICTOS EN MEDIO ORIENTE
- ¿Qué recordás de tu paso por la Franja de Gaza en 2008-2009?
-El escenario que me encontré cuando llegué es el que había visto en películas de la Segunda Guerra Mundial. No te sentís héroe ni nada por el estilo, estás lleno de adrenalina. Empezamos a trabajar en el hospital principal, que tiene alrededor de 600 camas, en la ciudad de Gaza. El hospital trabajaba con seis quirófanos, en cada uno con dos camillas y la llegada de heridos era constante. Las heridas eran terribles, las que viví en el momento más caliente, eran realmente terribles. Yo creo que la mayor parte de ellas no tenía solución. La solución venía por parte del anestesista que los dormía y podían morir sin dolor. Te encontrabas con amputaciones en las dos piernas y parte de la pelvis… Cuando terminó la parte más agresiva del embate de los israelíes se vieron las consecuencias. Entonces más que cirujanos, lo que se necesitaba eran ortopedistas, cirujanos plásticos por las quemaduras y gente que trabajara en la rehabilitación.
-¿Con qué infraestructura contaban allí?
-Durante el primer tiempo trabajamos en el hospital, pero después MSF permitió ingresar una carpa quirúrgica que realmente a mí me llamó la atención por el grado de sofisticación. Con dos quirófanos puestos con todo, diez camas de terapia intensiva y además un ingeniero japonés manejaba el tema de la circulación de aire. Yo no encontré tal grado de sofisticación en ninguna de las otras misiones.
-Estuviste en Siria, en el conflicto que aún perdura entre el Gobierno de Al Assad y los opositores.
-Sí, volví en diciembre de 2012. Tendría que estar preparando las valijas para volver a Siria en octubre, lo que sucede es que en el hospital en que estaba había un médico ortopedista de 27 años y lo mataron. Se evacuó el hospital y mi viaje quedó por ahora suspendido. MSF pidió entrar en los dos lugares, en Damasco donde está el Gobierno y en la otra zona. Donde está el Gobierno no le autorizaron, seguramente porque se considera que tienen la capacidad como para manejar la situación, de hecho está la Cruz Roja. Yo estaba a muy pocos kilómetros de la frontera con Turquía, en la parte rebelde. Allí había una escuela que se hizo hospital, que estaba muy bien puesta. Estábamos en la provincia de Alepo, la idea ahora era avanzar hasta la ciudad de Alepo. Recibíamos a los heridos de allí, a unos 30 o 40 kilómetros. En el primer mes, que iba con la idea de atender heridos, como fuimos los primeros en llegar, al ser cirujanos lo primero que hicimos fue cesáreas, porque claro están los heridos de guerra, pero además están los diabéticos, los hipertensos, los que tienen anguina de pecho, los que hacen infarto y las mujeres embarazadas.




Recuerdos imborrables
Carlos cuenta situaciones extremas con pausa, tranquilidad. Pero algunas anécdotas las siente aún hoy, cinco años después. Su trabajo en Palestina lo marcó, por la terrible situación humanitaria y por el cariño que supo atesorar hacia ese pueblo. Desde su regreso de Gaza mantiene contacto cotidiano con un joven palestino para quien está tramitando un viaje con la idea de que pueda estudiar Terapia Ocupacional en Mar del Plata y así poder acompañar a sus compatriotas en la recuperación. Trabas de tipo burocráticas mantienen las gestiones en pausa.
Dos historias en particular lo hacen emocionar, al punto de tener que acomodar sus lentes y secarse las lágrimas que afloran. A pesar de que no se recomienda fotografiar situaciones críticas, eligió hacerlo con un niño a quien asistió.
Cuando atendía consultorio externo, de pronto llegó un chiquito que tendría doce años, con las dos piernas amputadas. Yo realmente dije: ‘Si le voy a sacar una foto acá soy un cretino’, pero al mismo tiempo tengo que llevar este tipo de documento para que se vea qué es lo que pasó. Le pedí permiso al chico para la foto y me dijo que sí. Estaba acostado en la camilla. Cuando preparé la cámara se sentó y con las manos hizo así (Nota de redacción: los dedos en V, símbolo de la resistencia palestina)y a mí se me caían las lágrimas como un idiota. Te emocionás por el afecto y porque a la vez siguen viviendo, no están maldiciendo”.
Atendíamos a otro chico que bramaba, pobrecito, cada vez que le hacíamos las curaciones y las primeras fueron sin anestesia. En un momento dado el chico lloraba muchísimo y hablaba en árabe. Había un médico sueco, hijo de sirios, y le pregunté qué decía y me tradujo: ‘¿Qué están haciendo, no se dan cuenta que soy un chico?’ Era un mensaje para el mundo”.
MÉDICOS SIN FRONTERAS EN NÚMEROS (datos de 2010)
943,3 millones de euros de presupuesto anual
4,5 millones de colaboradores financian a la organización
2.465 voluntarios internacionales
25.185 empleados nacionales
6.561 misiones
61 países recibieron ayuda de MSF
Por Mariano Taborda
Redacción El Atlántico

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