29/9/13

Narcocultura

La representación del comercio ilegal de drogas y sus capos está en expansión. Corridos, películas, series, telenovelas, ropa, libros: un universo simbólico narra, cuando no glorifica, el tráfico –en particular, entre México y los Estados Unidos, y en general, a toda Latinoamérica– que causa muertes cotidianas y, aun así, para millones, constituye la única salida a la miseria.

Año 6. Edición número 280. Domingo 29 de Septiembre de 2013

El domingo pasado, mientras AMC emitía en los Estados Unidos su penúltimo capítulo, Breaking Bad recibía el premio Emmy a la mejor serie al que ya había estado nominada tres veces antes. Casi 6 millones de personas vieron el comienzo de la última temporada del programa con mejor crítica este año, según el Guinness de los Récords. El prestigioso semanario The New Yorker le dedicó un perfil al protagonista Bryan Cranston, quien encarna a un profesor de química de escuela secundaria que tras un diagnóstico de cáncer inoperable –y varias decisiones libres– se convierte en un poderoso traficante de metanfetamina en la cara de su cuñado de la DEA. Por su gran popularidad en la Argentina, donde AXN la transmite los domingos a las 22, Breaking Bad se compra trucha en cualquier venta de películas en internet y ha inspirado remeras estampadas con sus personajes (62 a 149 pesos en Mercado Libre). Pero aunque trabaja la misma simpatía sin fronteras por el ángel caído que hizo conmovedor a Tony Soprano, el simbolismo de la historia de Walter White es distinto en los Estados Unidos y en México que en la Argentina.
En México, el tráfico de drogas representa 30.000 millones de dólares anuales y desde la declaración de guerra a los cárteles del ex presidente Felipe Calderón en 2006, se ha cobrado 60.000 vidas a julio del año pasado, aunque las cifras extraoficiales hablan de 100.000 a hoy.
En los Estados Unidos se halla su mayor mercado de consumo, cuya ilegalidad permite el volumen del negocio.
Cuando la televisión global toma el tema del narcotráfico y la frontera para hacer una de las mejores series de la última década, se puede considerar que la narcocultura ha pasado de la marginalidad donde nació a la popularidad. Junto con las drogas que viajan de sur a norte, cruzan el castellano los narcocorridos, las narcopelículas, las narcotelenovelas, la narcomoda textil; se hace el arte sobre el tráfico, se venera al santo de los narcos, se graban las baladas sangrientas del Movimiento Alterado, se publican libros de ficción y de investigación periodística.
Así como la caída de la Unión Soviética abrió paso a la globalización capitalista como nunca antes se había experimentado, también permitió el surgimiento y la consolidación de mafias que operan con la exacta lógica del capital pero sin ley. Si se piensa que el desastre de las hipotecas sub-prime que explotó de los Estados Unidos al mundo en 2008 fue legal, no alcanza la imaginación para abarcar el potencial destructivo –hay quien habla de insurgencia– de los carteles mexicanos que trafican cocaína, heroína, marihuana y metaanfetamina.
También la captura y muerte del colombiano Pedro Escobar Gaviria en 1993 ayudó a que el control del tráfico hacia el ávido mercado estadounidense –que además tiene la particularidad de pagar en armas sofisticadas, no sólo en bolsos de dinero negro– pasara de manos y creciera. Las organizaciones narco cuentan hoy con seudoejércitos armados, casas operativas, funcionarios públicos a sueldo, materia prima y tecnología para elaborar sus productos, logística de transporte, contactos al otro lado de la frontera, una relación violenta con el Estado y la sociedad civil ya sea por la corrupción o por la tortura y la muerte. Y esa mutación alumbró una cultura derivada.
Durante la Guerra Fría, el espionaje creó un héroe, no siempre moral, que se ha mantenido vivo en –por ejemplo– los recientes James Bond. Sin embargo, infinidad de baladas que cantan (a veces por encargo) a los traficantes y superan al gangsta rap, películas directas para DVD e internet en las que hay más extras en charcos en sangre que protagonistas, telenovelas taquilleras –como Sin tetas no hay paraíso o La reina del Sur, basadas a vez en los libros de Gustavo Bolívar y Arturo Pérez-Reverte–, ropa que glamoriza caras de famosos capos o armas como el fusil de asalto AK-47, entre otros fenómenos, hacen pensar que en este nuevo orden mundial “el 007” ha sido reemplazado por gente como Joaquín el Chapo Guzmán, líder del Cartel de Sinaloa que se escapó de la prisión de máxima seguridad de Puente Grande y sigue prófugo, al que la revista Forbes atribuye una fortuna de 1.000 millones de dólares y ubica en el puesto 63 de los más poderosos del mundo.
¿Forbes se ocupa de un delincuente?
Sí: http://www.forbes.com/profile/joaquin–guzman–loera/.
Tal vez no haya mejor prueba de que existe una narcocultura, aunque Breaking Bad, que hoy termina en los Estados Unidos, le gane en fascinación por su narrativa sin concesiones.
Por el mal camino. Walter White es un profesor de química de escuela secundaria que no logró doctorarse y continuar en la empresa que cofundó en la universidad con una novia y un amigo (que pasaron a ex en ambas categorías al enamorarse), y mientras ellos acumulan ganancias millonarias, él gana un sueldo tan modesto que debe completar con un trabajo en un lavadero de autos. Tiene un hijo adolescente con parálisis cerebral y una mujer con un embarazo tardío e inesperado. Su depresión se refleja en su mirada perdida mientras atraviesa el suburbio de Albuquerque, Nuevo México. Hasta aquí, Breaking Bad parece indigna de su creador, Vince Gilligan, un ex autor de Los expedientes secretos X.
Entonces a Walt le diagnostican un cáncer de pulmón fulminante. A él, que nunca ha fumado. Advierte que su seguro de salud no le cubre el tratamiento sino mínimamente y que dejará al discapacitado, la embarazada y la niña por nacer con una hipoteca impagable y cuentas médicas que garantizarán su pobreza. Este retrato típico de la clase media estadounidense que vive en el constante borde del precipicio financiero toma un giro extraordinario porque Walt explota (aunque hacia dentro) y extorsiona a un ex alumno suyo, Jesse Pinkman, quien sintetiza y vende mentaanfetamina, para que le abra el negocio y vendan un producto de tan alta calidad que rápidamente le permita pagar por su tratamiento y dejar forrada a su familia.
Tan brusco es el giro que, una vez en el mal camino (mejor traducción de Breaking Bad que el nombre que llevará su adaptación al mercado hispano, Metástasis), el señor White produce una de las transformaciones de personaje más profundas que se han visto en televisión. Si la mayoría de las series apuesta a la estabilidad de sus personajes (Maggie, la hija menor de los Simpsons, lleva 24 años como bebé), el cambio del buen padre y trabajador sacrificado a capo del tráfico y asesino hace única a Breaking Bad, que ha recibido 48 reconocimientos de la industria televisiva estadounidense por su guión y sus actuaciones.
Cranston ganó –entre otros premios– tres Emmys y cree que este papel será la primera línea de su obituario. En su loa a Breaking Bad, el escritor Stephen King arriesgó que sólo la hallaba comparable a Twin Peaks, la obra de David Lynch, y que muchas de sus escenas parecen “una cruza de Sin lugar para los débiles (la película de los hermanos Coen sobre el libro de Cormark McCarthy) con el espíritu malevolente de la versión original de El loco de la motosierra(de Tobe Hooper)”.
La profunda oscuridad de la serie se alivia con el cómico abogado y consigliere Saul Goodman, el más turbio en oferta en todo Nuevo México, personaje que generará su propia serie, Better Call Saul (¡Mejor llame a Saúl!, su slogan publicitario), en la cual se contarán los años anteriores de un profesional con amplia visión del derecho: “De multas de tránsito hasta homicidio múltiple, Saul Goodman y Asociados es el proveedor integral para todas sus necesidades legales”.
Desde la producción de metanfetamina a la comercialización, desde el lavado de dinero en la cadena de comida rápida Los Pollos Hermanos (nombre más que verosímil para un restaurante mexicano en los Estados Unidos), desde las bandas narcos locales hasta el tráfico internacional, nada se ahorra del negocio en la metamorfosis de Walt en el poderoso Heisenberg, como se hace llamar. Werner Heisenberg formuló el principio de incertidumbre en mecánica cuántica: puede el espectador proyectarlo al derrotero de los personajes, y a su propia vida, y enfrentará el planteo moral que tanto ha discutido la crítica que menos se molesta por la bondad o la maldad de los actos de políticos y personajes de Wall Street.
No falta siquiera el narcocorrido, la balada tradicional mexicana que cantaba las hazañas de los héroes de la Revolución como Pancho Villa y Emiliano Zapata, el narco ha cambiado en sus contenidos. Cantan Los Cuates de Sinaloa “Negro y azul” en la segunda temporada de Breaking Bad: “Anda caliente el cartel, / al respeto le faltaron. / Hablan de un tal Heisenberg, / que ahora controla el mercado. / Nadie sabe nada de él, / porque nunca lo han mirado. / El cartel es de respeto / y jamás ha perdonado. / Ese compa ya está muerto / nomás no le han avisado”.
Weeds, que muestra a una madre de familia sola que, para mantener su nivel de vida en California, comienza a vender marihuana, fue otra serie de la narcocultura. Una comedia original para la empresa de streaming Netflix,Orange is the New Black, se basa en las memorias de Piper Kerman –libro que volvió a la lista de más vendidos– sobre su temporada en la cárcel por haber transportado dinero de una operación de drogas de su novia. Aunque la adaptación recayó en la creadora de Weeds, Jenji Kohan se centra menos en el narco que la cárcel de mujeres. The Bridge, en cambio, adapta al narco la serie original sueco-danesa sobre un asesino que deja dos mitades de cuerpos en el puente de doble jurisdicción nacional entre Malmö y Copenhague: aquí se trata de un homicida que trabaja en la frontera entre Texas y Chihuahua y la trama está impregnada de la apatía policial ante la pila de muertos en Ciudad Juárez y el poder de los carteles.
De capos y muñecas. La Reina del Sur fue la producción más cara de la historia de Telemundo: 10 millones de dólares para un culebrón basado en la novela del español Pérez-Reverte, quien dijo: “Teresa Mendoza (el personaje de la traficante) es la típica espectadora analfabeta de culebrones que hay en América Latina. Ella misma es un personaje de culebrón a la que le pasan cosas”. El final de la historia de la mexicana que se enreda en las mafias del narco fue el más visto en todos los Estados Unidos, no sólo en las cadenas hispanohablantes: 4,2 millones de espectadores.
El género no ha tenido tanto éxito en México como en Colombia, donde existe una fuerte tradición de culebrón con todos sus ingredientes: el triángulo amoroso, el ascenso social, el choque entre la tradición y la modernidad. Esos temas se exasperan en la narcotelenovela, donde la traición adquiere mil formas alimentada por la codicia, el ascenso social es meteórico y justifica cualquier cosa, y la tradición vuela por los aires porque el dinero negro es un viaje de ida y, sin esperanza, no hay sistema ético que valga la pena.
Por ser una sociedad conservadora, varias voces se alzaron contra la pionera y Top 1, Sin tetas no hay paraíso. El público iba por otro lado –63 puntos de rating–, desesperado por conocer más sobre Catalina, una joven del pueblo de Pereira que quería ser amante de los narcos pero, como ellos las prefieren pechugonas, debía hacer cualquier cosa para ponerse implantes. La cadena Caracol vendió los derechos a España, donde se hizo una remake (Sin senos no hay paraíso) igualmente taquillera, que también se vio en los Estados Unidos. El autor del libro original, Bolívar, también escribió El Capo, y lo adaptó para RCN.
Otro que adaptó su obra no fue un escritor sino un narco arrepentido, Andrés López López. Tras convertir sus memorias El Cartel de los sapos en la narcotelenovela El Cartel –cuya producción descomunal se recuperó en la venta de la tira a 14 países, entre ellos los Estados Unidos–, López hizo también el guión de Las fantásticas, otro culebrón basado en su libro en coautoría con Camilo Ferrand.
Escobar, el patrón del mal, cuenta la vida del traficante colombiano más famoso sobre la base del libro La parábola de Pablo, de Alonzo Salazar, y La diosa coronada se centra en las desventuras de Angie Sanclemente, la ex reina de belleza detenida en Argentina. Rosario Tijeras, amar es más difícil que matar es el subproducto de la película de Emilio Maillé basada en la novela de Jorge Ramos, Rosario Tijeras, sobre una mujer abusada en la infancia a quien la venganza hace fuerte en el mundo de los sicarios del narco en el Medellín de los años ’80. Muñecas de la mafia, La mariposa y La viuda explotan todos los estereotipos negativos sobre las mujeres con fondo de poder, cocaína y dinero.
El planteo moral también ha creado polémica sobre estas producciones. “La lección aprendida de las narcotelenovelas es sombría”, cree la académica Katherine Fracchia. “Los personajes inocentes también sufren por el narcotráfico. Las opciones son o involucrarse, disfrutar de los lujos de la vida y sufrir las tragedias del negocio, o no involucrarse y sufrir igual.” Su lectura contrasta con la del periodista colombiano Mario Fernando Prado: “Es inútil tapar el sol con las manos: aquí se da el narcotráfico como flor silvestre”, escribió en El Espectador. “Pero estoy en desacuerdo con la tal apología del dinero fácil que dicen fomentar las telenovelas. Capítulo tras capítulo se les enreda y acaba la vida a quienes disfrutan del sórdido mundo del narcotráfico y afines. No queda títere con cabeza.”
Aquí me pongo a cantar. El narcocorrido es quizá la forma más auténtica de la narcocultura, y sin dudas la primera: el investigador Juan Carlos Ramírez-Pimienta ubicó el primero en El Paso, Texas, en 1931. Cantaba a Pablo González, un traficante de Chihuaha de comienzos del siglo XX: “El sábado 11 de octubre / en el Salón Popular, /ay, quién lo habría de decir, /que al Pablote han de matar. // El Pablote era temido / en todita la frontera / Y quién lo habría de decir / que de ese modo muriera”, comienza “El Pablote”. Pero se asume que el primer narcocorrido en el que se hace mención explícita a las drogas y el tráfico es el de la banda líder del género, Los Tigres del Norte, “Contrabando y traición”, de 1974: cuenta la historia de una texana enamorada de un mexicano que cruza una carga de marihuana de sur a norte y cuando él la vende le extiende su dinero y le dice que se va con otra mujer: “Sonaron siete balazos, / Camelia a Emilio mataba / en un callejón oscuro / sin que se supiera nada”.
El corrido es una tradición épico-lírica de mediados del siglo XIX: “Dentro de una población mayoritariamente analfabeta, el corrido fue crónica, diario, constancia e interpretación de los eventos, escenario de las tragedias y marca de los grandes eventos”, según otro académico, José Manuel Valenzuela Arce. Contó así la Revolución de 1910 y las aventuras de los bandidos que el pueblo veneraba. Como entonces, lo que no sale en los diarios hoy lo cantan estas crónicas. Cada vez cosas peores: si el surgimiento del género con su perfil es de la década del ’70, en los ’80 se consolida alrededor de la figura del narco y en los ’90 describe el estilo de vida que genera el negocio en expansión, la primera década del siglo incorpora la violencia y en esta segunda, la hiperviolencia es la norma.
Doce millones de visitas tiene en You Tube la versión más popular del corrido de los Bukanas de Culiacán “Sanguinarios del M1”, clave con que se conocía a uno de los jefes del Cártel de Sinaloa, Manuel Torres Félix, muerto el año pasado: “Con cuerno de chivo (en la jerga, la AK-47) y bazuka en la nuca /volando cabezas al que se atraviesa /somos sanguinarios, locos, bien ondeados/nos gusta matar. //Pa’dar levantones somos los mejores / siempre en caravana, toda mi plebada (gente)/ bien empecherados (con chalecos antibalas), blindados y listos/para ejecutar”. Hay algunos con picardía, como “Mis tres animales”, de Los Tucanes de Tijuana: “Vivo de tres animales / que quiero como a mi vida, / con ellos gano dinero / y ni les compro comida. // Son animales muy finos / mi perico (marihuana), mi gallo (heroína) y mi chiva (cocaína)”. Pero son los menos: en general se inclinan por textos como el de El Komander: “Cien balazos al blindaje en mi carro dispararon / Creían que iban a matarme, /jamás se lo imaginaban / que las ráfagas de cuerno en mis vidrios rebotaban. // Ya estoy curado de espantos no es la primera / vez que lo hacen, cuando escogí este negocio / sabía que podrían matarme, el problema es que estoy / vivo, y ahora van a lamentarse”.
Antes de que se llamaran narcocorridos eran corridos pesados pero ya hablaban del papel del dinero negro en las comunidades sumergidas por la pobreza y la indigencia, ignoradas por el Estado y con la única atención de los narcos que no olvidan su tierra natal. Uno, “Las divisas”, del disco Corridos pesados de Los Huracanes del Norte proponía inclusive el pago de la tremenda deuda externa mexicana en 1996: “En Michoacán la cultivan / en Jalisco la almacenan / los gringos son quien la compran / y Sinaloa se las lleva. / Esto genera divisas / en dólares pa’la deuda. / Por ahí dijo un sinaloense / si me dejaran sembrar / en término de dos años / la deuda podría pagar”.
Según Cynthia Meléndrez, de la Universidad de Nuevo México, “los narcocorridos exhiben los fallos de las instituciones oficiales; señalan el nacimiento de una nueva realidad económica nacional basada en el narcotráfico y representan la lucha del campesino moderno por la subsistencia”. Que no es nueva.
A comienzos del siglo XX, los chinos llevaron la amapola a Sinaloa; cuando el racismo local los expulsó, los cultivos quedaron y permaneció un pequeño negocio de contrabando, que se amplió durante la Segunda Guerra Mundial cuando un acuerdo secreto entre los Estados Unidos y México permitió la provisión de materia prima para morfina en los hospitales militares. Terminada la guerra, los campesinos volverían a sembrar maíz. Nunca sucedió. Se sumó el cultivo de marihuana y en el llamado triángulo dorado –los estados de Sinaloa, Chihuahua y Durango– la comercialización de cocaína y metaanfetamina.
“La contracultura puede ser cualquier manifestación social, cultural e incluso económica que cuestione estructuras de poder verticales”, define Rogelio Villarreal. Los narcocorridos cumplen todas esas condiciones, a punto tal que en distintos estados mexicanos se han intentado leyes que los prohíban –que terminaron en la recomendación a las radios de que no los pasen– y que, cuando no son un eslabón más en el lavado de dinero (los narcos glorificados pagan a los artistas), constituyen una industria derivada. También corren riesgos como sus inspiradores: quince corridistas han sido asesinados, entre ellos el legendario Chalino Sánchez que respondió al fuego desde el escenario en California y pocos meses más tarde fue emboscado, secuestrado y baleado en la nuca en Sinaloa.
Además de celebridades como Los Tigres del Norte, Los Tucanes de Tijuana, Los Canelos de Durango y Jenni Rivera, la lista interminable de bandas y corridistas incluye nombres con la sutileza de Blindaje Especial, Calibre 50, El CartelSinaloense, Comando Elite, Delito Norteño, Emboscada Norteña, Escolta de Guerra, Gatilleros de Culiacan, Exterminador, Ondeado, Sicilia, Sin Miedo, Komando Suicida, Los Alcapones de Culiacan, Los Más Buscados y Los Perikeros. Forman parte de lo que en Los Ángeles se llama Movimiento Alterado, creación de los productores mellizos Adolfo y Omar Valenzuela, hijos de un narcocorridista sinaloense que llegaron a California en la adolescencia.
Narcowood. En la web del Movimiento Alterado hay, además de corridos, películas: la imbricación de esta cultura, con el narcocorrido en el centro de la red, es tan intensa que se hacen películas a partir de las baladas, baladas a partir de las telenovelas, películas a partir de libros… Las referencias pueden llegar tan atrás como al personaje que Al Pacino encarnó en Scarface, de Brian de Palma, un lord inglés en comparación con los decapitadores del presente: “Al estilo Tony Montana” da nombre tanto a un corrido como a una película.
Una búsqueda simple en You Tube ofrece páginas y páginas de este cine instantáneo, directo para DVD o para internet, con títulos como Las dos caras de la muerte, Carteles unidos, Scarface renacido, Movie: Los Zetas, Sanguinarios del M1, Le firmé un contrato al diablo, Alineando cabrones, 500 balazos, Las dos michoacanas, El patroncito, Los niños del narco, La troca del moño negro, El primer bazucazo, Cara a la muerte, Narco sin ley, La muerte de El Ondeado, El regreso de la Suburban dorada, Los Narcojuniors, El comando del Diablo III, La Hummer y el Camaro azul. 
La mayor parte de estas obras hacen quedar a Tiburón, Delfín y Mojarrita como criaturas de Ingmar Bergman. Sirva de caso La Suburban de las monjas, una especie de Los Ángeles de Charlie, con cuatro mujeres que abren la historia practicando tiro y un capo que las usa para traficar y buscar venganza de otro que lo dejó en silla de ruedas. Las actrices, caracterizadas casi como prostitutas, de pronto se ponen un hábito, se suben a una camioneta Suburban roja y pasan los retenes, y hasta sus enemigos, que las saben disfrazadas, insisten en llamarlas “las monjitas” o “las hermanitas”. Termina con balacera y corrido.
Brinde con sangre es una historia de venganza, con el slogan “Sólo la muerte de tus enemigos te traerá la paz”. Cuando un grupo de sicarios elimina a su familia, el pequeño Diego espera crecer para vengarse. Ya grande y narcotraficante, no le basta con cargarse a los asesinos sino que tiene la delirante idea de brindar con su sangre, como anticipa el título. Pero ningún relato puede superar a las propias sinopsis de la web alterada, como la de El 24: “Es un cabrón con muchas agallas, rodeado de lujos y sicarios a sus órdenes. La trama se basa en la búsqueda que lleva a cabo El 24 sobre el paradero de su hermano que fue levantado y ejecutado por el Tumbador, un pistolero despiadado que está pensando en el retiro”.
Hay producciones del cine mexicano de mejor calidad. El infierno, de Luis Estrada, cuenta la historia de Benjamín García (Damián Alcázar), quien dejó a su hermano pequeño y a su madre en el pueblo para buscar un futuro mejor en los Estados Unidos. Veinte años más tarde lo deportan y regresa a San Miguel Narcángel, pero su hermano, importantísimo narco, fue asesinado, y no hay otra fuente de trabajo que el capo del pueblo. A partir del ingreso de Benny a ese mundo, el espectador contará bajas, traiciones y venganzas; verá cómo las armas del grupo se compran a un estadounidense y cómo las autoridades están al servicio del narco y finalmente son reemplazadas por el capo.
Aunque recibió varios premios en 2011, El infierno fue superada por Rescatando al soldado Pérez, de Beto Gómez, una de las películas más taquilleras de México. Tras el homicidio de su padre por una banda de su pueblo paupérrimo, Julián Pérez (Miguel Rodarte) se queda y se convierte en un poderosísimo narco, mientras su madre (Isela Vega) y su hermano menor (Juan Carlos Flores) emigran a los Estados Unidos. En 2003, durante la segunda Guerra del Golfo, el soldado Pérez cae en manos de unos rebeldes iraquíes; la madre de Julián, que lo ha repudiado por su vida delictiva, le dice que sólo lo volverá a recibir si rescata a su hermano.
“Primer punto: ¿dónde chingada está Irak?”, pregunta Julián a su mano derecha, una figura impertérrita que habla con ministros en teleconferencia satelital (y sin pantalones, como para enfatizar su respeto por la autoridad), quien le arma un grupo comando tercermundista: un sicario retirado, un asesino con entrenamiento militar al que sacan de una prisión, un mercenario ruso que canta “Soy rebelde” y un ex amigo y ex socio de Julián. Con humor, la película aborda el narcotráfico, la corrupción política, la locura bélica y la pesadilla del sueño americano. En un flashback, Julián visita a su hermano que vende panchos en un puesto ambulante, adornado con orejas de burro. “¿Y tú crees que en este país te respetan?”, le grita, mientras le arranca el uniforme de un cachetazo. Una vez en Irak, los soldados de George W. Bush los ubican pero no entienden quiénes son: ¿otra facción rebelde? Pero si dejaron una botella de salsa de chile de árbol y un CD con narcocorridos… ¿Aliados? ¿Enemigos? ¿Mexicanos? Gran confusión para la inteligencia militar.
También el cine de Hollywood ha tocado el tema con suerte diversa, en producciones como Get the Gringo (Adrian Grunberg), Savages (Oliver Stone), Traffic (Stephen Soderberg), Sin lugar para los débiles (Joel and Ethan Coen) y documentales como El Sicario, Habitación 164, de Gianfranco Rosi (basado en el libro El Sicario) y Narco Cultura, del fotógrafo israelí Shaul Schwarz, que se estrenará en noviembre.
A la moda. La ropa que usan Julián Pérez, Benjamín García y los narcocorridistas mezcla el estilo Versace de los narco colombianos con el estilo vaquero: sombreros, cinturones con hebillas enormes y labradas, botas de pieles con puntas metálicas y cadenas, camisas de seda con la Virgen de Guadalupe, bordados de animales u hojas de marihuana, cadenas de oro, celulares decorados con piedras. Cuando siete capos fueron detenidos con chombas Polo de Ralph Lauren, México se llenó de imitaciones que costaban el 10% de los 140 dólares de esas remeras con cuello. “La Polo de Edgar Valdez Villarreal”, “La Polo de José Jorge Balderas”, ofrecían los vendedores callejeros asociando el color de la remera a la que usaba cada narco en su exhibición ante la prensa.
Como Armani, Ed Harris o Abercrombie & Ficht (las preferidas por los narcos actuales y sus hijos, los llamados narcojuniors) son caras para el pueblo trabajador que escucha narcocorridos y sueña con salir de pobre por la vía del delito, cuenta Ramírez-Pimienta que se creó un vacío en el mercado, rápidamente ocupado por marcas alternativas. Así nacieron Anvem, Ántrax y El Cartel. Se trata de jeans, gorras y remeras con decoraciones de calaveras, fusiles, tiras de municiones, granada, la Santa Muerte, retratos de narcos como Rafael Caro Quintero o el santo Jesús Malverde, y para las chicas estampados de La Reina del Sur o billetes de 100 dólares.
El patrono de los narcos. Antes de partir hacia Irak, Julián Pérez y su tropa descabellada van a pedir protección a una de las capillas de Jesús Malverde, cuya historia es acaso una suma de mitos, pero que el sincretismo popular ha convertido en santo contra la opinión de la Iglesia Católica. Hoy existen varios santuarios, el central en Culiacán, donde la gente deja exvotos tan diversos como la primera pesca de camarones en formaldehído, fotos de familia o una AK-47; cuando una banda de narcocorridistas da un concierto frente a la capilla, suele ser en gratitud porque un cargamento pasó la frontera sin problemas.
Malverde, un trabajador ferroviario, vio morir a sus padres de hambre y se lanzó a robarles a los terratenientes que los habían explotado toda la vida y a repartir el botín entre otros necesitados. En la bisagra de los siglos XIX y XX se convirtió en una suerte de Robin Hood: le decían “el Ángel de los Pobres” y “el Bandido Generoso”. Durante el Porfiriato, sus acciones pusieron en jaque al gobernador de Sinaloa, general Francisco Cañedo, quien organizó su cacería. Se dice que lo emboscaron, lo balearon en una pierna y huyó con un compadre; la herida le causó gangrena y pidió a un amigo que fingiera traicionarlo y cobrara la recompensa como último botín a distribuir. La entrega se hizo y Malverde fue colgado en 1909 en el sitio donde hoy se levanta su capilla principal a la que han peregrinado capos como Caro Quintero, Ernesto Fonseca y Edgar Tellez.
Por la popularidad del Bandido Generoso, Cañedo publicó un bando prohibiendo que se lo enterrara; el cadáver pendió del árbol hasta que la ley de la gravedad lo echó al suelo. Los vecinos, sin atreverse a cavar una tumba, se la inventaron encima: el que pasaba dejaba una piedra, y así una montaña de cascotes dio cobertura al muerto.
Escribió María Rivera en La Jornada que cada 3 de mayo, día del santo, la capilla de Culiacán explota: “Al mediodía resulta insuficiente para dar cabida a peregrinos, grupos norteños y tamboras. Según la leyenda, a Malverde le gustaba mucho la música, de ahí que cuando se quiere quedar bien con él hay que dedicarle algunas canciones. Los creyentes no paran de pedir música pese a las tarifas que van de 600 a 2.000 pesos la hora”.
Art–narcó. El año pasado una galería de Los Ángeles, Coagula Curatorial, realizó la primera exposición en los Estados Unidos sobre arte vinculado al tráfico, Narcolandia (We give you guns, you give us drugs, Nosotros les damos armas, ustedes nos dan drogas). El título es mucho más fuerte que su antecesora, la primera muestra de lo que se llama art-narcó, que se realizó en el Museo Universitario de Mexicali, México, en 2005: Las fronteras de la narcocultura. La convocatoria de los gringos Harry Ortiz Liflan y Emelda Gutiérrez da a entender una de las conexiones centrales de este problema social.
Dijo Ortiz Liflan: “Los artistas que participan de Narcolandia saben que una muestra no va a parar la violencia o la corrupción o los abusos de poder o la pérdida de libertades. Narcolandia no va a detener el consumo insaciable de drogas en los Estados Unidos ni impedir que los testaferros compren armas automáticas, ni allanar el camino hacia la legalización de las drogas en el nivel federal. Se trata apenas del reconocimiento de que las cosas están fuera de control”.
Entre los treinta artistas de San Francisco y Los Ángeles se destacaron Karen Fiorito, quien imaginó un Cristo defensor del consumo de marihuana, y Pancho Lipschitz que con su “Sopa de Cabeza” mezcla las decapitaciones con las latas de sopa Campbell’s de Andy Warhol. Como ellos, la mayoría los trabajó con una elaboración artística de la tragedia documentada, casi en las huellas de la intención del “Guernica” de Pablo Picasso.
Narcolandia y Las fronteras de la narcocultura no hacen apología del tráfico, pero otros artistas a sueldo de los capos lo eligen. “Si el narco es kitsch”, escribió la crítica Avelina Lesper, “¿qué resulta más kitsch aún? ¿Comprar una llanta decorada o un coche forrado con tortillas o hacerse una pistola incrustada con diamantes? El narco es ridículo pero esa ridiculez es endémica en el arte contemporáneo y en la estética social”, y a continuación le pasa el trapo a la obra de Teresa Margolles y Eduardo Sarabia, que califica de “propaganda del narco”, “increíbles farsas” y “oportunismo”.
Ficción y realidad. Además de los libros adaptados a telenovelas y películas, una enorme cantidad de títulos ha cubierto el narco, desde el famoso Noticia de un secuestro, del Nobel colombiano Gabriel García Márquez, hasta el reciente<> Los malditos, del periodista mexicano J. Jesús Lemus, a quien le fabricaron una causa y mandaron a prisión por sus denuncias sobre los vínculos entre los carteles y las autoridades. Ese arco va desde Colombia a México, y en ambos países se escribe ficción y no ficción. También en los Estados Unidos el tema ingresó a su enorme industria editorial, a tal punto que el primer libro sobre narcocorridos lo escribió el músico de Massachusetts Elijah Wald.
Colombia publicó primero: La Virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo; El cronista y el espejo, de Óskar Alexis; La lectora, de Sergio Álvarez; Delirio, de Laura Restrepo; El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, y 35 muertos, de Sergio Álvarez, entre las novelas más citadas. Y en investigación periodística Los jinetes de la cocaína, de Fabio Castillo; Historias del cartel de Cali, de Camilo Chaparro; El patrón, vida y muerte de Pablo Escobar, de Luis Cañón; En la boca del lobo, de William Rempel; Los Pepes, de Natalia Morales y Santiago La Rotta; La bella y el narco, de Javier León Herrera; El hijo del “Ajedrecista”, de Fernando Rodríguez Mondragón; El confidente de la mafia se confiesa, de Gustavo Salazar Pineda; Colombia, guerrilla y narcotráfico, de Oscar Rey. La lista sigue.
México es un venero de textos. En ficción sobresalen Sueños de frontera, de Paco Ignacio Taibo II; la extensa obra de Élmer Mendoza, con Un asesino solitario, Balas de plata y La prueba del ácido (además de dos crónicas de no-ficción,Cada respiro que tomas y Buenos muchachos); La conspiración de la fortuna, de Héctor Aguilar Camín; 2666, de Roberto Bolaño; El testigo, de Juan Villoro; Tiempo de alacranes, de Bernardo Fernández, y La esquina de los ojos rojos, Rafael Ramírez Heredia, entre otros títulos.
En crónica, Carlos Monsivaís realizó la compilación Viento rojo: diez historias del narco en México y Homero Aridjis escribió La Santa Muerte. Varios periodistas han investigado en abundancia: Julio Scherer (Los rostros del narco, La reina del Pacífico, Máxima seguridad: Almoloya Puente Grande, Historia de muerte y corrupción), Ricardo Ravelo (Los capos, Los Narcoabogados, Crónicas de sangre: cinco historias de los Zetas, Herencia maldita: el reto de Calderón y el nuevo mapa del narcotráfico, Osiel: vida y tragedia de un capo, El narco en México: historia e historias de una guerra), José Reveles (Las historias más negras del narco, El cartel incómodo, Narcoméxico, Levantones, narcofosas y falsos positivos), Diego Enrique Osorno (La guerra de los Zetas El cartel de Sinaloa), Francisco Cruz Jiménez (Tierra narca y El cartel de Juárez), Edmundo Pérez (Que me entierren con narcocorridos), Anabel Hernández (Los señores del narco): otra lista incompleta.
Tal vez merezca una mención aparte, por su punto de vista distante, el ensayo El narco, del inglés Ioan Grillo. El libro abre con una entrevista en la cárcel de Ciudad Juárez a Gonzalo, un ex policía que pasó 17 años como hombre de logística y asesinato al servicio de los grupos narcos. Torturó y mató a más gente de la que se puede acordar. “Este libro es sobre las redes criminales que le pagaron a Gonzalo para cortar cabezas humanas”, explica Grillo. “Cuenta la historia de la trasformación radical de estos grupos desde traficantes de drogas hasta escuadrones de la muerte paramilitares que han matado a decenas de miles y aterrorizado comunidades enteras.”
Y desarrolla su tesis inquietante: sostiene “que estos gángsters se han convertido en una insurgencia criminal que presenta la mayor amenaza armada contra México desde la Revolución de 1910”. Para Grillo, “las fallas de la guerra de los Estados Unidos contra las drogas y los conflictos políticos y económicos de México han desencadenado esta insurgencia”.
Transnacional. La violencia está en todas partes –como en la fiesta de Ciudad Juárez de hace una semana: 10 muertos– y a la vez es invisible: la tasa de homicidios del DF es menor que las de Chicago, Detroit o Nueva Orleáns, los turistas siguen disfrutando de Cancún y la migración hacia México de norteamericanos, europeos y sudamericanos ha aumentado el año pasado.
Sin embargo, la insurgencia de la que habla Grillo acecha. Y dado que el narco es una red transnacional y reticular, esa ubicuidad global es mucho más peligrosa que la ilegalidad de su metier. “Cada vez más sectores de las diferentes naciones se verán implicados en las redes internacionales de esta actividad”, escribió la académica Lilian Paola Ovalle, “y serán testigos de las transformaciones sociales y culturales que se derivan de su acción”.
La legalización del consumo de ciertas drogas eliminaría el potencial infinito de la ganancia, han argumentado hasta el premio Nobel insospechable de izquierdismo Mario Vargas Llosa.
Quizá menos controversial resulte plantear que mientras haya pobreza extrema y un campesino no pueda vivir de sembrar maíz pero sí de sembrar marihuana, difícilmente cambie la situación. La narcocultura es posible también porque los narcos como Caro Quintero o Guzmán hacen política y han invertido en sus pueblos natales y en las regiones donde se han instalado: de infraestructura pública a narcolimosnas, dice el especialista Jorge Sánchez Godoy, “varios son los casos de construcción de viviendas, obras hídricas y eléctricas o generación de empleos: los narcotraficantes cubren la cuota que los políticos no hacen”. Si el comercio ilícito que masacra es también la supervivencia de comunidades enteras,la narcocultura derivada es el menor de los problemas.

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