12/9/13

Callejón sin salida en Bahréin

Egipto y Siria han copado este verano los titulares de la información sobre Oriente Próximo.
Ni siquiera los atentados que siguen sucediéndose en Irak logran ya la atención que solían ante las nuevas atrocidades que llegan desde sus vecinos. Menos aún, las protestas y la represión en Bahréin, una isla poco mayor que la ciudad de Madrid y con un tercio de su población. Sin embargo, la situación se ha enquistado y el pequeño reino se encuentra cada vez más en un atolladero. El Parlamento europeo lo ha reconocido al aprobar hoy jueves una propuesta de resolución común en la que pide a las autoridades que “respeten los derechos humanos y las libertades fundamentales” y “pongan fin de inmediato a todos los actos de represión, incluido el hostigamiento judicial, y piden la puesta en libertad inmediata e incondicional de todos los presos de conciencia”.
La radicalización del conflicto se ha evidenciado durante el verano con varios coches bomba caseros (en los que se hace estallar una bombona de gas dentro de un vehículo). Aunque los atentados no han causado víctimas, las autoridades de Bahréin han respondido con contundencia, alentando a su vez nuevas protestas. Dos años y medio después de las manifestaciones por la democracia que sacaron a miles de bahreiníes a la calle, la familia real mantiene el poder con un enorme coste. El país está más dividido que nunca. Opositores y partidarios del Gobierno sólo coinciden en que se ha llegado a un callejón sin salida.
Los coches bomba se han convertido en un punto de inflexión. “El pueblo de Bahréin ha empezado a perder la paciencia frente a estos actos”, advirtió el rey Hamad, poco antes de endurecer las penas por actos terroristas a finales de julio. Entre las medidas, se incluye la posibilidad de retirar la nacionalidad a los condenados por terrorismo, uno de los puntos más criticados en la moción del Parlamento europeo. La oposición, que ha condenado ese tipo de atentados, sospecha que se trata de una trampa para incitar la violencia sectaria y justificar un aumento de la represión.
“Estamos en un callejón sin salida. El Gobierno se ofreció a sentarse con la oposición y discutir sus exigencias, pero no han logrado alcanzar un consenso y una de las partes se ha retirado. Desde entonces se ha disparado la violencia”, explicaba en julio Nancy Jamal, una analista del Centro de Estudios Estratégicos de Bahréin. Jamal se refería al abandono del llamado diálogo nacional por parte de Wefaq, la principal asociación política de oposición (los partidos no están autorizados), que ha denunciado la falta de contenido de las conversaciones.
En realidad, la violencia lleva goteando desde que en marzo de 2011, cuando el rey Hamad decidió aplastar las manifestaciones iniciadas al hilo de la primavera árabe. Su recurso a la ley marcial y a tropas saudíes fue un golpe para este pequeño archipiélago del golfo Pérsico que apenas tiene 1,3 millones de habitantes (la mitad de ellos extranjeros), pero que había adquirido peso como centro financiero y sede de la V Flota estadounidense. La medida evidenció la fractura entre la minoría suní a la que pertenece la dinastía gobernante y los chiíes, que suman dos tercios de la población autóctona. Los enfrentamientos han dejado 80 muertos, según la Federación Internacional de Derechos Humanos.
“La familia real ha logrado mantenerse en el poder, pero a costa de un gran precio para su legitimidad”, opina por su parte Christopher Davidson, experto en las monarquías árabes del golfo Pérsico de la Universidad de Durham y autor del libroAfter the Sheikhs (Después de los jeques). “Ha invitado a tropas extranjeras, contratado un número de mercenarios sin precedentes y recurrido al sectarismo para intentar dividir a la población”, recuerda Davidson. En su opinión, “esas política y el aumento de la represión significan que los Al Khalifa difícilmente van a poder gobernar Bahréin de forma pacífica”.
“La sociedad está dividida de tal forma que va a ser difícil volver unirla”, alerta por su parte Mansoor al Jamri, director del diario Al Wasat, el único que ha ofrecido una cobertura independiente y no sectaria de las protestas. Al Jamri también subraya la parálisis económica que atraviesa el país, el más pobre de los seis que forman el Consejo de Cooperación del Golfo. “La valoración de la deuda soberana ha caído, se ha hecho muy caro conseguir financiación, y apenas logramos dinero para pagar los gastos corrientes. A menos que se alcance una solución lógica y moderada, la situación se está haciendo incontrolable”, asegura.
La radicalización es evidente. Frente a las primeras manifestaciones en las que se reclamaba democracia y una monarquía constitucional, cada vez más bahreiníes, sobre todo entre la comunidad chií, piden un cambio de régimen. Ni el Wefaq ni los otros cuatro grupos de la llamada Oposición Nacional Democrática (que incluye al liberal y laico Waad) apoyan ese extremo. Pero muchos jóvenes están perdiendo la paciencia y a menudo desafían la prohibición de manifestarse impuesta por las autoridades y secundan a las convocatorias del más radical Movimiento 14 de Febrero (la fecha de la primera gran concentración en 2011).
“La gente de a pie tiene miedo. Los suníes no somos bien recibidos en los pueblos chiíes y los chiíes no son bien recibidos en los barrios suníes. El discurso está dominado por los fundamentalistas de uno y otro lado que propagan el odio hacia el otro”, admite Jamal.
Según Al Jamri, "hay 60 pueblos y barrios con problemas, en los que no se puede entrar porque cada noche hay [enfrentamientos en los que las fuerzas de seguridad disparan] gases lacrimógenos contra los jóvenes que lanzan cócteles Molotov”. En su opinión esto produce “un continuo desgaste psicológico” y ha degradado significativamente el nivel de vida en esas zonas.
Aún así, ninguno de los consultados teme que la situación vaya a desembocar en una guerra civil como ha sucedido en Siria. “No, no creo que sea el caso porque ni los opositores están armados, ni nadie está matando a los miembros de la otra comunidad. La oposición está teniendo mucho cuidado en evitar ese tipo de ataques, aunque la política oficial ha creado divisiones”, explica el director de Al Wasat. Jamal, por su parte, confía en las fuerzas de seguridad y en que los ejemplos de lo sucedido en Siria y Egipto sirvan como elemento de disuasión

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