29/7/13

LA REVOLUCIÓN ISLÁMICA NO TERMINA EN IRÁN (I). Despotismo persa y relaciones coloniales.

Marcela Ester Martínez – Carlos Gabriel Alessi

La conspiración fraguada por el gobierno colonialista de Gran Bretaña, en los inicios del movimiento constitucional, tenía dos propósitos, el primero, que es ya conocido, era eliminar la influencia de Rusia en Irán; el segundo era debilitar las leyes Islámicas, y una operación para introducir las leyes occidentales.” [3]
Para analizar el período que comprende este periplo político, debemos introducirnos en el origen y naturaleza de la monarquía Phalavi, teniendo que remontarnos a la revolución rusa y al influjo que produjo sobre el área del oriente medio.
Luego de la revolución de octubre, Persia fue transformada en un “puesto de avanzada”, dentro del cordón sanitario contrarrevolucionario conformado por las potencias capitalistas. El campeón y representante de esta vía histórica fue Reza Khan, un militar de ascendente carrera que fortalecido con el apoyo inglés, conjuró la amenaza roja, dando un golpe de estado para mas adelante hacerse nombrar Sha. De alguna forma Persia tenía un sistema social bastante comparable con las estructuras medievales europeas, el progresismo del nuevo régimen consistía en un autoritarismo autóctono controlado por Inglaterra, hegemónico exponente del imperialismo europeo.
El golpe de Reza Khan, salvaba a “feudales” y ulemas de la revuelta social, a cambio de esto, no se contentó con obligarlos a abandonar sus títulos de nobleza y sus prerrogativas con el poder central, para mantener sus privilegios sociales; les confiscó más de medio millón de hectáreas, o sea, 5% de las tierras arables, que cayeron así en el dominio personal del Sha, como precio por los servicios prestados a la sociedad conservadora.
El nuevo estado le dio a la burguesía naciente el embrión de una legislación moderna y una nueva red de comunicaciones, instauró la república de Irán. Imponiendo un modelo de gobierno modernista y militarista, Reza Khan dejó de lado la constitución de 1906 y reforzó mas aún, el autoritarismo del poder central.
Así, sobre el viejo tronco del despotismo burocrático, que había nacido a favor de la dispersión geográfica de las aldeas autosuficientes, se injertó el centralismo totalitario de la acumulación primitiva del capital bajo la presión del imperialismo.” [4]
Siendo necesario y pecando de arbitrarios, nos fue necesario tomar una referencia para realizar un recorrido histórico, para esto, nos pareció apropiado tener en cuenta como punto de inflexión, la segunda guerra mundial, donde se puede determinar la particular situación geopolítica en la que se encontraba este estado, el grado de las intervenciones de las potencias extranjeras y a partir de allí, el continuo sometimiento de Irán a las políticas colonialistas del bloque soviético y las potencias occidentales, orientadas por los intereses generados sobre una de las reservas petrolíferas mas importantes del mundo.
En 1941, dos meses después de la invasión alemana a Rusia, fuerzas británicas y rusas ocuparon Irán. En Septiembre, Reza Khan, que empezaba a simpatizar con las potencias del eje, fue obligado a abdicar a favor de su hijo Mohammad Reza Pahlavi. Las tropas americanas, más tarde, entraron en Irán para manejar la entrega y distribución de suministros de guerra a los rusos. La ocupación física del territorio para su utilización como “puente” de suministros al ejército rojo, derivó hacia el final de la segunda guerra mundial en disputas por el control político y militar por parte de las potencias vencedoras.
La Declaración de Teherán, firmada por los Estados Unidos, Gran Bretaña y URSS en 1943, garantizaba la independencia e integridad territorial del país. No obstante, los rusos, insatisfechos con el rechazo del gobierno iraní a garantizar concesiones petrolíferas, organizaron una revuelta en el norte que desembocó en el establecimiento de gobiernos títere, dando lugar a la República Popular de Azerbaiyán y a la República Popular de Kurdistán, de efímera existencia, encabezadas por líderes rusos responsables de maniobras de control político-ideológico.
Cuando las tropas rusas permanecieron en Irán, negándose a la expiración del tratado firmado en tiempos de guerra, que también permitía la presencia de tropas anglo-americanas, Irán protestó ante las Naciones Unidas. Los rusos finalmente se marcharon, después de recibir la promesa de concesiones petrolíferas en Irán, mediante aprobación del Parlamento. Los gobiernos pro soviéticos establecidos en el norte, al carecer de apoyo popular, fueron depuestos en 1946 y el parlamento rechazó, en consecuencia, las concesiones petrolíferas prometidas.
Levantamiento nacionalista: un antecedente fundamental
En 1951, el Movimiento del Frente Nacional, liderado por el Primer Ministro Mosaddegh, forzó al parlamento a nacionalizar la industria petrolera y formar la Compañía Nacional Iraní del Petróleo (NIOC). Aunque un bloqueo británico condujo a un virtual colapso de la industria del petróleo, generando serios problemas económicos internos, esto no impidió que Mosaddegh continuara con su política de nacionalización. Documentos secretos de la CIA revelados recientemente, reconocen la implicación de los EE.UU. en el golpe de estado que derrocó a Mohammad Mosaddegh en el año 1953. El diario New York Times, del 16 de abril del año 2000, admite en uno de sus artículos que los servicios de inteligencia estadounidense y británicos jugaron un importante papel, culminando en un acontecimiento que produjo grandes cambios en las relaciones de fuerza en el Próximo Oriente.
Mossadegh, era un político con formación militar de corte musulmán, adscrito a las ideas socialistas, que se expandían desde la U.R.S.S en los albores de la Guerra Fría. Había captado en la revolución egipcia de los Oficiales Libres y en Nasser, el reflejo de las inquietudes de una sociedad dividida, entre su pertenencia histórica al mundo islámico conservador y la llegada de concepciones sociales y los estilos de vida occidentales. La nacionalización de los recursos e instituciones de Irán, tenía como objetivo convertirlo en un estado independiente enraizado en un estilo tradicional islámico.
La CIA intentó derrocar a Mosaddegh de forma encubierta, su intervención en la operación iraní del año 53´, tuvo un éxito sin precedentes, provocando una crisis de índole política, generando protestas llevadas a cabo por dirigentes religiosos y persuadiendo al mismo Sha para que abandone el país. Esta situación forzó a dimitir a Mossadegh, durante el curso de la cual el parlamento designaría su sustitución.
EE.UU. se mantuvo en un principio en una posición central, intercediendo ante los británicos para que abandonasen la idea de invadir a Irán. Sostuvo su postura hasta la finalización de la presidencia de Henry Truman en 1953.
Para el mes de Julio de dicho año, la CIA, realizó acciones de “ presión” y “manipulación”, para que el golpe de estado sea apoyado por el Sha y aceptase el nombramiento de Fazlolá Zahedí como primer ministro.
Finalmente , el Sha, a pesar de sus reticencias, aceptó y firmó los decretos reales que destituían a Mossadegh y nombraban su sucesor. Pero, al tardarse en las negociaciones con el Sha, uno de los oficiales implicados reveló el complot. Con el golpe fracasado, la CIA, informó a Washington la situación y se continuó con otra tentativa. El objetivo fue enfrentar a creyentes iraníes contra Mosaddegh, amenazando a jefes religiosos y realizando ataques simulados a sus casas. Organizaron marchas, cuyos manifestantes provocaron grandes disturbios, haciéndose pasar por miembros del Partido Comunista “Tudeh”, sembrando el caos en Teherán. Al darse cuenta del uso de su nombre para llevar a cabo estas maniobras, se recomendó a sus miembros permanecer en sus casas, sin embargo, manifestantes anti-Mosaddegh poblaron las calles.
El conocimiento de los decretos firmados por el Sha, las “orquestadas” manifestaciones del Tudeh y demás acciones realizadas en forma encubierta, en los días anteriores, dieron pie a muchos iraníes a adherirse a la protesta.
El informe que la CIA dio a conocer en el año 2000, calificaba a estas manifestaciones como “parcialmente espontáneas” pero reconoce que la situación creada por la misma CIA ayudó a desencadenarlas. Sin embargo, también eran la expresión de los conflictos internos que operaban entre los sectores que le disputaban el poder a la seudo realeza iraní. Por un lado, el partido nacionalista encabezado por Mosaddegh, por otro, los sectores islamistas tradicionales representados por los ulemas, que poseían una fuerte autoridad y organización sobre la sociedad, sumándose los sectores mas humildes.
También el partido Tudeh, representando una de las izquierdas que progresivamente se consolidaba como competidor político-ideológico. El principal objetivo de los agentes extranjeros, era atacar la actitud conciliadora de la política conducida por Mosaddegh y su partido.
Aunque la tentativa de Mosaddegh fracasó, sirvió de ejemplo a otros líderes de su tiempo que, desde entonces, se cuidaron mucho de no cometer sus mismos errores. Estos dos factores: la injerencia extranjera en los asuntos de política interior iraní y la apropiación, distribución y control de sus recursos petrolíferos, han sostenido la conflictiva historia política de Irán a lo largo del siglo XX, proyectándose en la actualidad.
Posteriormente a la expulsión de Mosaddegh, se disolvió el monopolio británico sobre el petróleo iraní, y las siete empresas de petróleo mas importantes del mundo consolidaron su situación en Irán, estableciendo un sistema de control más preciso y la armonización de los suministros de petróleo del Oriente Medio, reprimiendo o supervisando los proyectos nacionalistas mediante la manipulación de los mercados mundiales.
El papel de Mosaddegh en la historia puede ser objeto de debate. Para algunos analistas fue un "fenómeno incómodo", que hizo quebrar a su nación y parecía absurdo a los ojos del mundo; el Sha supo valerse de su apoyo internacional, sobre todo el de EEUU, que comenzó a ocupar el primer lugar dentro de las naciones occidentales con injerencia en Irán. En cambio, para la mayoría de los iraníes jóvenes, fue algo así como un héroe nacional, por haber sido el primero en afirmar el nacionalismo iraní frente a la Compañía y los ingleses.
Si tenemos en cuenta algunos análisis marxistas, Mosaddegh, encabezaría una típica revolución “desde arriba”, debido a que, en los años 50’ las condiciones económicas y sociales estaban bien maduras para una revolución burguesa dirigida contra el imperialismo y las viejas relaciones feudales. Una revolución que podía además, apoyarse sobre una verdadera base campesina.
Desde esta perspectiva, el golpe de Estado de agosto de 1953, terminó con el tenue reformismo de Mosaddegh y trajo de nuevo al Sha, marcando desde entonces, una nueva aceleración de la incorporación del país en el espiral del mercado mundial, abriendo un proceso de militarización, cuyo punto de partida está dado por el tratado con los Estados Unidos en 1956.
Reinado del Sha (1941-1979)
En el pasado no hemos actuado coordinada y unánimemente para conseguir el establecimiento de un gobierno honrado y derrocar a los gobernantes traidores y corruptos. Algunos no sólo se muestran apáticos e incluso rechazan discutir y difundir la teoría y las reglamentaciones islámicas, sino que llegan a rogar por los gobernantes opresores. Por eso nos vemos en el presente estado. La influencia y soberanía del Islam en la sociedad ha decaído, la nación del Islam ha caído víctima de la división y la debilidad; las leyes del Islam han permanecido en suspenso y han sufrido cambios y modificaciones y los colonialistas han propagado leyes extranjeras y una cultura alienante entre los musulmanes, por medio de sus agentes y en beneficio de sus malvados propósitos, occidentalizando a las personas. Esto ha sido posible por nuestra carencia de un líder, un guardián, y por nuestra carencia de instituciones de liderazgo. Necesitamos órganos de gobierno justos y honestos, es evidentísimo.” [5]
Irán estableció relaciones más estrechas con Occidente, uniéndose al Pacto de Baghdad, más tarde llamado Organización del Tratado Central, recibiendo gran cantidad de ayuda militar y económica de los Estados Unidos hasta fines de los años 60. En 1954, con el objetivo de compartir beneficios económicos, el gobierno del Sha permitió a un consorcio Británico, Americano, Francés y Holandés de empresas petrolíferas que explotaran con facilidades los recursos nacionales.
Durante la década del 60’ y el 70’, el gobierno de Irán abordó un extenso programa llamado “La revolución blanca”, con el objetivo oficial de mejorar la economía y condiciones sociales. La reforma de la propiedad de la tierra fue el principal punto, destinada a transformar el sistema agrícola feudal basado en el régimen campesino-señor en otro, que incorporara las leyes del mercado y del capitalismo. Para esto, en un principio, una larga extensión de tierras pertenecientes a la corona fueron distribuidas para la explotación parcelaria. Entre otros cambios introducidos, se destacaba: la concesión de libertades a las mujeres, la preeminencia de la educación obligatoria laica por sobre la religiosa y un sistema de beneficios para la industria. El financiamiento del programa se produjo mediante la venta de industrias estatales e inversiones privadas.
El Sha, también creó un partido que daba apoyo al gobierno, simulando la instauración de un régimen de más pretendido corte democrático. Pero, los variados programas reformadores y las continuas condiciones económicas de empobrecimiento, comenzaron a movilizar a los grupos religiosos y políticos principales.
Este tipo de reformas, cuestionaba la figura preponderante de los dirigentes religiosos, la mayoría de los cuales temía perder su poder y autoridad moral. La actitud del Sha, continuó provocando el descontento de los shiíes tradicionalistas. Ante estos cambios, el descontento también comenzó a extenderse a otros sectores de la población. Tanto intelectuales como estudiantes rechazaban el sistema de gobierno autocrático y la corrupción de la familia real, enriquecida durante las cinco décadas en el poder. Muchos de estos disidentes abogaban por un régimen de corte democrático y distribución más equitativa de la riqueza del país. Este malestar también se vio reflejado entre los miembros de las clases medias (BAZAARIS) quienes se vieron muy pocos beneficiados por los programas de desarrollo de la Revolución Blanca o del crecimiento que experimentó el país rápidamente en la década del 70’, gracias al petróleo.
La mayor parte de los ingresos iban a manos de grandes compañías, especialmente aquellas que mantenían vínculos internacionales o alguna conexión con la familia del Sha, quien le dio a EE.UU. carta blanca en todos los aspectos y recursos nacionales de la tierra.
El 5 de junio de 1963, tuvo lugar la más importante manifestación religiosa nacional encabezado por el ayatolá Jomeini, para protestar por la llamada Revolución Blanca. El primer ministro Hassan Alí Mansur fue asesinado, sumándose un atentado contra la vida del Sha en 1965, lo cual reflejaba la inestabilidad política general que atravesaba Irán.
Todos estos factores contribuyeron al levantamiento del Ruhollah Jomeini, que en los comienzos de los 70’ era un Ayatolá, relativamente desconocido. Había sido el único religioso, que en forma abierta, se atrevió a criticar la revolución Blanca del Sha. Se presentaba como un hombre del pueblo, condenando las injusticias del régimen del Sha, en nombre de las masas oprimidas. Y más importante aún, es que Jomeini fue capaz de producir una transformación del Islam shií, en una ideología atractiva para muchos grupos. Diseminó su original mezcla de ideología revolucionaria y revitalización mesiánica movilizando y generando una amplia red de discípulos fieles, logrando el apoyo de las clases medias .
El mercado transforma la sociedad
Para tener un panorama de la estructura de la sociedad iraní, aún en los años 50’, en el campo 60.000 señores feudales poseían la casi totalidad de las 50.000 aldeas del país, con una población media de 250 habitantes: 10.000 de estas aldeas estaban en manos de propietarios que poseían más de cinco aldeas, 10% de éstas eran bienes religiosos y 5% tierras de la corona.
El pago que efectuaba la gran masa de familias campesinas al propietario era en especie, en sus manos estaba el control sobre el agua (el sistema de irrigación es esencial en este país semiárido) y sobre la redistribución de las tierras, sometidas a la rotación anual entre familias (salvo en ciertos casos donde estaban cultivadas en unidades indivisibles). Sin embargo, el campo, fue arrastrado igualmente en el torbellino general, generado por su intempestiva introducción al mercado capitalista. Por necesidad de dinero, parte de los propietarios que vivían tradicionalmente en las ciudades se dispusieron a cultivar sus tierras, la otra parte, alquiló sus tierras a funcionarios o comerciantes.
La economía campesina fue reducida a una porción prácticamente de subsistencia, y sobre la cual el propietario ejercía una presión acrecentada para vender la parte que le correspondía. Esto obligó al campesino a especializarse, y a las parcelas reducirse al punto que 40% de las familias pasaron a tener menos de 2 hectáreas, lo que no permitía la subsistencia y empujaba a un sector a emplearse en las haciendas, o a emigrar a otras ciudades.
En la aldea, el único amo era el propietario que no solo utilizaba de forma arbitraria la tierra, sino que también ejercía la justicia[6], estas viejas relaciones patriarcales se volvieron insoportables para el campesino.
La carga económica sobre las espaldas de los campesinos permanece intacta, sin embargo, el peso de la propiedad terrateniente en la vida del país no ha hecho más que declinar con el desarrollo de las ciudades, de la industria y del comercio, bajo el grifo del petróleo. Su peso político, por el contrario, siguió siendo considerable. Esto solo era viable por la fusión de la propiedad terrateniente con el ejército y la alta administración.
El panorama descrito anteriormente se perpetúa por el hecho de que los “feudales” poseían una fuerte tradición militar, siendo el estado iraní ante todo una especie de organización militar, y tanto la administración como los funcionarios, que habían salido de las clases urbanas, residían en la ciudad, por lo tanto, el campo permanecía bajo el dominio exclusivo de los feudales, esto hasta el comienzo de los años 60’.
Durante los años 56’y 59’, se produjeron movimientos sociales que provocaron grandes huelgas obreras. La crisis económica de 1960-61’ despertó a los estudiantes y a la pequeña burguesía, afectando también al campo donde, según el diario Le Monde (27 –1-73) se percibía desde comienzos del 63’, ”una atmósfera de revuelta”. En junio del año 63’, el movimiento culminó en una gran rebelión espontánea que se enfrentó al ejército.
Tanto la formación de un ejército moderno y el uso de la renta que proporcionaba el petróleo, ( el estado había dejado de apoyarse sobre la renta agrícola para depender exclusivamente de la renta del petróleo), obligaba a realizar concesiones sociales al desarrollo burgués y a disminuir el peso político de la vieja propiedad terrateniente en el Estado.
Entre los años 62’ y 63’, las primeras reformas limitaron a la propiedad terrateniente a la posesión de una sola aldea. Las tierras que habían sido “liberadas”, se volvieron propiedad de los campesinos por medio de una deuda de éstos con el Estado, amortizable en quince años, los otros campesinos se convirtieron en arrendatarios, mientras que la administración tomaba de a poco el lugar de los feudales en la aldea.
Esta reforma obtuvo como resultado innegable terminar con la vieja economía campesina, quebrar lo esencial de los vínculos económicos que ligaban al campesino con el señor “feudal”, incorporar al campesino al mercado y acentuar la proletarización masiva del campesinado. Pero el campesino todavía debía soportar resabios del viejo sistema, debido a que, el señor feudal se transformó en el verdadero amo de la cooperativa y representante del estado, garantizando la explotación capitalista, pero siempre con el viejo estilo despótico.
La Revolución Blanca, mientras aseguraba el paso del campesino a la sociedad moderna manteniendo la máxima opresión, tomaba al mismo tiempo la vía más larga para pasar a la agricultura capitalista. El viejo dominio señorial quedó, desde entonces, teóricamente librado a los arbitrios del capitalismo, pero la evolución de la productividad fue de las más lentas y débiles.
Con la formación de cooperativas de producción, el campesino se volvió asalariado, no sin golpes, la gran propiedad concentró la tierra y los créditos en su beneficio; a pesar de la introducción de tractores, fertilizantes y de créditos en una agricultura comercial de medianos campesinos ricos, que ocupando la cuarta parte los brazos, proporcionaba un 70% del mercado. En los años 70’la agricultura iraní dejó de estar en condiciones de asegurar la alimentación de la ciudades. A partir de esto, fue necesario importar masivamente.
Pero, por medio de la coacción y del petróleo, todo fue posible, Irán se transformó en un país industrial: la agricultura para el 73’ no representó más que el 18% de la renta nacional, superada por fábricas e industrias en un 22,3%, el petróleo que contaba con un 19,5%, sin hablar de otros servicios que vivían de todo el resto y que representaban el 40,2%. Hasta aquí, el capitalismo, que penetra en la sociedad, no aparece más que como un simple subproducto del desarrollo de la riqueza monetaria, producida por la mina del petróleo.
El Estado burocrático lanzó el nuevo modo de producción, pero usando las viejas formas sociales: no invirtió en la industria para hacer capital, sino que gastó sus ingresos en proyectos industriales.
Si tenemos en cuenta que el capitalismo arrastra consigo leyes que imponen el máximo rendimiento, el gran aumento del precio del petróleo en 1973 no se acompañó solamente de un verdadero salto hacia delante en el sector industrial, sobre todo condenó a la sociedad iraní, ya resquebrajada por la revolución desde arriba, a un nuevo salto hacia el capitalismo. El capital es la concentración: la pequeña industria debe ceder su sitio a la grande, la pequeña agricultura a la grande, el pequeño comercio al grande, el crecimiento se transforma en ley.
El panorama de las ciudades tampoco era muy alentador, el gran aumento del costo de vida recrudeció la ola de huelgas obreras que arrastraban desde 1970 a todas las empresas y a todos los sectores, empujando a los proletariados al desafío de encarcelamientos, torturas y hasta asesinatos. El gobierno del Sha, engrasó los engranajes de la represión, mediante su policía secreta, la Savak. Esta tenía como fin la eliminación de cualquier tipo de postura o voz opositora.
La crisis impulsó a la revuelta a la plebe urbana víctima de la miseria, a la clase media en vía de proletarización rápida, y a los estudiantes. Esto se combinaba con una crisis agrícola enorme. Lo más grave, era sobre todo, que a causa de la competencia extranjera, la agricultura comercial no lograba vender en el mercado y hacer frente a sus vencimientos. Mientras que los desocupados de las ciudades y la mano de obra fluctuante emigraban hacia el campo, extendiendo la miseria a los campesinos pobres y al proletariado agrícola. Luego de la urbana, la casi totalidad de la población campesina se levanta contra el Sha y el imperialismo.
Sobre todo, la puesta en movimiento de las clases medias de las ciudades y del campo contra el régimen, da una explicación del carácter masivo y popular de la revuelta iraní. Uno de los factores determinantes fueron los vínculos, todavía poderosos, del proletariado con el campesinado y la pequeña burguesía; la revolución proyectó a las amplias masas en un enfrentamiento político de importancia, donde los intereses de las clases adversas se diferenciaban.
Sin embargo, las terribles consecuencias de la contrarrevolución hicieron que el todavía joven proletariado iraní no tenga, a pesar de una gran combatividad, un partido que guíe sus pasos, apure la asimilación de su propia experiencia y lo eduque en su programa propio. Esto explica, que la clase obrera estaba jerárquicamente, a la cola del movimiento político basado en la pequeña burguesía y del pueblo en general. De ahí la unanimidad aparente de un movimiento cuyos componentes sociales, por unidos que estaban por el odio al régimen despótico y a su amo, el imperialismo americano, no dejaban de tener intereses profundamente diferentes.
En esta etapa de la historia iraní puede aplicarse el análisis de Gilles Kepel[7], quien sugiere que los “procesos de islamización”, no son inconexos con el deterioro socioeconómico que experimentan las capas sociales más amplias de los Estados musulmanes. En general, este deterioro puede ubicarse temporalmente a mediados de la década del 70’ con el comienzo de la decadencia del comunismo y la crisis económica que experimentan las sociedades occidentales; esta crisis, que en buena medida estuvo fomentada por el shock petrolero de 1973, tuvo un correlato directo en el alza de los índices de desocupación y el estancamiento de los niveles de producción del grueso de las economías mundiales.
La crisis económica de los 70’, repercutió naturalmente en los países musulmanes, desprestigiando a las élites políticas laicas que habían comenzado a formarse en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Estas tenían como objetivo, superar las divisiones étnicas y religiosas para constituir movimientos de liberación nacional, que accederían al poder tras la Segunda Guerra Mundial.
En el caso iraní se evidencia un fracaso de estas elites políticas que no alcanzan a representar las demandas de la sociedad y que no pueden actuar en forma autónoma, debido al régimen represor que ahoga la conformación de cualquier sistema partidista. Por lo tanto lo que se reafirman son los vínculos entre los referentes religiosos shiítas y el creciente descontento de los sectores que pelean por un gobierno que atienda sus demandas.
Los poderosos vínculos existentes entre el clero y la propiedad comercial e inmobiliaria ( especialmente la urbana), el atraso del campo, el papel tradicional de las mezquitas como centro de socorro caritativo y, sobre todo lugar de vida social y política, en un país donde todo otro medio de expresión y de reunión estaba reprimido; la oposición tradicional del shiísmo al régimen del Sha, son algunos de los elementos que explican la formidable impronta religiosa sobre el conjunto de este movimiento de revuelta.
De esta forma, el shiísmo otorgaba una bandera de lucha contra la apertura a Occidente. Suministraba la cobertura ideológica de la lucha de las clases medias contra la apertura a las mercancías y a capitales occidentales, al mismo tiempo que aseguraba una continuidad de protesta contra exacciones y los crímenes del régimen y una organización para canalizar el movimiento popular. Transformó al Islam shiíta en partido, el partido de la protesta política contra el despotismo del capitalismo, con un programa de liberación nacional .
Contrastando con esto existía una especie de inmovilismo político, en el cual se habían incluido el Frente Nacional del desaparecido Mossadegh, el partido Tudeh (pro moscovita) y otros grupos como los Mao-populistas, siendo un resumen de la impotencia política, tanto de la mediana como pequeña burguesía, y de su visión histórica identitaria. 

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