15/6/13

Tradicionalismo y profanismo

Nota: Un aporte que nos llega. Lo subimos, considerando que es útil para debatir algunas cuestiones.Saludos


Tradicionalismo y profanismo

Geidar Dzhemal

Transcripción del seminario filosófico celebrado en 1998.
Del libro LA REVOLUCIÓN DE LOS PROFETAS, recopilación de trabajos filosóficos y conferencias de Geidar Dzhemal (en lengua rusa, Moscú, 2004)
Traducido del ruso por Arturo Marián Llanos 

1. René Guénon – el apologeta de la teocracia abierta

René Guénon ve en la sociedad cierta dicotomía. Un polo está representado por la sociedad tradicional, que ha existido siempre, en todos los tiempos, en diferentes formas, en diversas manifestaciones. La Europa medieval, el Extremo Oriente, la sociedad hindú etc. Son sociedades “normales”, encabezadas por la autoridad sagrada que legitima todos los estamentos jerárquicos. En el otro polo se sitúa la sociedad profana, la sociedad actual, una especie del negativo de la tradicional (Lo que en la sociedad tradicional es “blanco”, en la profana es “negro” y viceversa). Según Guénon, esta sociedad se ha formado a lo largo de los últimos siglos. Guénon incluso señala la fecha de la formación de esta sociedad antitradicional – el final de la Guerra de los Cien Años. Sus sucesivas etapas son la Reforma, el Renacimiento, que para él representa la penetración del espíritu de la pseudo-Antigüedad (la Antigüedad greco-latina es la cobertura del antitradicionalismo), el jacobinismo, la Revolución Francesa, el liberalismo. Y, por último, el siglo XX – la última fase destructiva, satánica del profanismo.
Desde el punto de vista de Guénon, el profanismo representa el triunfo de la dimensión puramente humana, que es la analogía inversa con respecto a la auténtica plenitud del potencial humano.
La concepción de René Guénon es tan convincente, lógica y evidente que es difícil replicar algo de entrada. Describe cosas bastante evidentes que para cualquiera de nosotros saltan a la vista. Pero si nos adentramos en ella surge toda una serie de preguntas.
Si la tradición como una realidad sobrehumana, que actúa como una especie de rejilla de fuerza “eléctrica”, que estructura los campos “magnéticos” de la substancia humana, es tan global y universal ¿cómo es que degenera en su contrario? ¿Cómo puede suceder que el sistema global, universal del tradicionalismo – una norma fundamental – pierda el control sobre la sociedad, sobre una de sus partes (pongamos, Europa, que como resultado se convierte en la más fuerte, mas “sobredesarrollada”, más agresiva? Y luego sucede lo que Guénon en uno de sus libros define como “invasión”. Sucede la invasión de las civilizaciones tradicionales que, figuradamente, aún sobreviven en la cuneta de este venenoso centro del profanismo. Finalmente, en algún momento determinado, todo el mundo se convierte en profano, lo que se puede considerar como el fin de todo el ciclo y el último eslabón de Kali Yuga.

2. Criptohierocracia – la forma actual del dominio de los sacerdotes
En uno de sus trabajos Guénon menciona que la involución es una ley necesaria de la manifestación, es decir que desde un determinado “más”, desde una determinada plenitud de su potencia, a lo largo de la manifestación el principio universal agota las posibilidades de su manifestación y pasa, por así decirlo, a su “menos”. En otro lugar, Guénon puntualiza que el triunfo del profanismo abierto no constituye una ley, no necesariamente los ciclos históricos de las humanidades precedentes acabaron en una degeneración, similar a la nuestra. Guénon también dice que la revolución contra el espíritu tradicionalista es “el eje del programa” de la degradación final de la historia humana. ¿Pero por qué se produce? Desde el punto de vista global la subversión se encuentra dentro del sistema y de la Tradición universal. ¿Entonces, tal vez, también se debe considerar el profanismo como una versión, modalidad, modificación de la sociedad tradicional? A lo largo del proceso de mis propias búsquedas, del análisis de la doctrina guénoniana del tradicionalismo y comparándola con lo que realmente me rodeaba, llegué a la siguiente conclusión: no existe ningún profanismo. El profanismo no es más que una máscara, un determinado programa mental, destinado a manipular la conciencia de amplias masas de la población. La autoridad sagrada no ha desaparecido y no podía desaparecer. El esquema de Guénon consiste en que primero, los Guerreros se rebelan contra los sacerdotes y establecen el orden en el que los Sacerdotes presuntamente dependen del poder secular. Después, los Mercaderes, la burguesía, se rebelan contra los Guerreros y establecen el orden burgués. Y, por último, la fase extrema. Shudras, el lumpen, se rebelan contra los Mercaderes. Es la última fase. Es el comunismo, socialismo, o sea, la dictadura del proletariado, que el propio Guénon define como la última etapa de la involución. Sin embargo, detrás de este esquema bello, convincente y didáctico, se esconde una realidad completamente distinta.  La hierocracia, que existía en los tiempos más remotos, no se ha ido a ninguna parte, sino que sigue presente bajo una forma más endurecida, aunque oculta. Antiguamente existía como el Estado-templo: el sistema en el que la sociedad se extendía a lo ancho, en forma de círculos concéntricos a partir del templo, de la pirámide, del zigurat. Se trataba de la teocracia, o más exactamente hierocracia – el poder de los sacerdotes, abierto, evidente, directo. Hoy tenemos el esquema de la criptohierocracia: la autoridad sagrada que ha dejado de ser evidente coloca una serie de “tapaderas”, cortinas y combinaciones externas, para desviar la atención de su auténtico poder, su verdadera fuerza, haciendo que la así llamada “conciencia de masas” perciba otra cosa. Concretamente, los parlamentos, instituciones liberales, la sociedad abierta civil, las leyes del mercado y demás – todo eso no es más que un sistema de “tapaderas”, cortinas creadas, detrás de las cuales se esconde la misma realidad del socium metafísico de hace miles de años. Más aún, se puede afirmar que a partir de un determinado momento, en Europa, la propia hierocracia se puso a preparar guerras y revoluciones para, realizando los cambios externos aparentes, conservar en la práctica su poder.

La casta de la hierocracia, por cierto, no constituye un solo organismo homogéneo. Existe una determinada parte conservadora, que está atada a los aspectos externos institucionales. Es la que habitualmente “entregan”, porque sin la “entrega”, sin la manipulación no se logra nada. Para pasar de la hierocracia abierta a la criptohierocracia hace falta sacrificar una parte. Normalmente “se entrega” la parte conservadora, visible, oficial.

Siempre existen determinados escalones cerrados de la autoridad. Son las órdenes esotéricas con respecto a la iglesia oficial. También en el seno de las órdenes existen los círculos internos. Ahí existe la misma división: la parte conservadora, visible, por un lado, y la parte flexible, oculta, orientada a “cambiarlo todo, para que todo quede como estaba”.

Recordemos los procesos que transcurrían en Rusia en los siglos XVIII-XIX. Los popes expulsados, los seminaristas que no terminaban el curso y dejaban el seminario, abrazaban la revolución. De alguna manera interiormente estaban conectados con determinadas estructuras religiosas. Por falta de materiales no podemos determinar exactamente hasta qué nivel la fronda y la oposición rusa estaban “atadas” a las sectas religiosas rusas. Pero sabemos lo suficiente para afirmar que tal relación existía: por ejemplo, los viejos creyentes (ortodoxos rusos que no aceptaron las reformas del patriarca Nikon en el s. XVII – N. del T.) jugaron su papel en la lucha revolucionaria contra la dinastía Románov. Cómo de grande fue este papel es difícil decirlo, pero el que en cierto sentido “alimentaron” el movimiento revolucionario, es imposible negarlo. Y sectas como las de “hlistí”: ¿estaban conectadas con el movimiento revolucionario ruso? Indudablemente tal relación existía.
3. La casta sacerdotal como la organizadora del proceso histórico
Existe la cara, la fachada de la iglesia oficial, que no plantea preguntas, pero también existe la parte interior. ¿Cuál fue el papel de determinados jerarcas en la preparación de la crisis de la monarquía de los Románov en su última etapa? Se conoce. El mismo Rasputin sin el apoyo de la iglesia no hubiera podido aparecer y penetrar en el círculo más íntimo del zar. Los bolcheviques inmediatamente “pagaron” a la iglesia, restableciendo el Patriarcado, suprimido por Pedro Primero. Así nos llegan los ecos de una determinada realidad conceptual.

Estoy en contra de ir de lo particular a lo general, coger un detalle y, como Cuvier, restablecer el cuadro general. Hay que establecer la certeza paradigmática. La realidad posee un determinado paradigma. Intuitivamente comprendes: aquí está, es como debe de ser, y luego encuentras los detalles, piezas sueltas, que cuadran en el esquema. Nunca se logra recopilar suficiente cantidad de detalles para que den la calidad de la coincidencia con el paradigma, por lo que semejantes construcciones siempre tienen puntos débiles. 

Los académicos predispuestos escépticamente pueden decir: “No señor, este detalle se explica de esta otra manera ¿entonces por qué este salto lógico? No hay nada de eso, es lo que parece a primera vista”.
Estoy convencido de que la hierocracia, en amplio sentido, había preparado una serie de grandes transformaciones sociales, cambios, revoluciones, para en la última etapa, crear una sociedad totalmente controlada, llamada sociedad abierta, sociedad civil, sociedad de mercado, dirigida por el instituto del gobierno democrático, que en realidad representa una cortina bastante evidente e incluso no demasiado tupida. ¿Qué es el sistema electoral? Es el sistema del oráculo de Pitia, de adivinación, la realización del principio de vox populi. Es la apelación al inconsciente colectivo. ¿En qué se basa la invocación a la opinión pública? ¿Cómo puede la suma de los tontos dar un resultado sabio? En realidad, aquí no hay ningún esquema mecánico, implícitamente se da por entendido que la gente, llamada a las cabinas para votar, a través de su inconsciente colectivo permiten que se manifieste el destino, y no expresan sus precarias opiniones personales; cuando forman parte de la multitud, se convierten en la manifestación de un determinado movimiento del destino. Claro que este “movimiento del destino” de alguna manera se puede dirigir. Si nos adentramos en la esencia de cualquier institución, vemos que no es autosificiente. A cualquier decisión “se le ayuda”. La cuestión es dónde se esconden las ataduras, las raíces de tal decisión. ¿Quién es el image maker? Detrás del consenso se esconde determinada sabiduría, y la sabiduría pertenece a la clase de personas cuya función es ser sabios. Ellas son las portadoras de la autoridad hierocrática. No se trata de los francmasones. La institución de la masonería, que se ha convertido en objeto de discusión, de miedo, de mistificación a lo largo de los dos últimos siglos, en el mejor de los casos no es más una estructura de servicio. En un extremo es una estructura tradicional, y en el otro es el sistema “Rotari” lo más próxima al profanismo.

El problema de la Historia está en que nunca la dirigen las personas para las que las preguntas dominan sobre las respuestas. El problema de la Historia consiste en que a la humanidad la dirigen aquellos para los que las respuestas preceden a las preguntas. Esas personas componen la casta de los clericales. Los “clericales” es un concepto bastante amplio. En las estructuras oficialmente aprobadas, establecidas de los sistemas eclesiásticos (no me refiero únicamente al cristianismo) hay gente visible, que ocupa altos cargos, y a su lado, personas que por su posición jerárquica parecen mucho menos importantes. Los cardenales grises están no solo detrás  de los reyes, sino de las cabezas oficiales de las estructuras clericales. El auténtico ecumenismo no comienza en las cumbres oficiales, sino a partir de algún eslabón, algo distanciado de la cúspide visible para todos. Aquí de nuevo volvemos a Guénon, quien habla de la unidad de todas las tradiciones: las tradiciones no tienen nada que repartirse, la Verdad es una para todas. Pero si damos un paso más, siguiendo esta afirmación de Guénon, resulta que también el profanismo es una de las modificaciones posibles de la Tradición, porque cualquier institución, cualquier manifestación de la sociedad profana desde el punto de vista de la metafísica tradicional se descifra como un determinado símbolo, un jeroglífico – incluso el mercado. Veamos la definición del mercado de Hayek. Hayek rechazó la sistematización lógica de las leyes del mercado, diciendo que se trata de una cosa incognoscible con sus elementos propios de riesgo, casualidades etc., es decir que se trata de algo amorfo-agresivo (una modificación de la definición aristotélica de la substancia en la esfera social). De modo que el mercado, si seguimos a Hayek, resulta ser la manifestación del polo “femenino” amorfo dentro del “cosmos” social con sus leyes de intercambio de las cantidades. En realidad, no es otra cosa que el intercambio de las cantidades, que están todo el tiempo disolviendo, eliminando la forma y la cualidad, suprimiendo cualquier fijación, transformándola en la pura cantidad.

En última instancia desaparece la nítida separación entre la sociedad tradicional y el profanismo. Sobre los monumentos, levantados por los profanos en el siglo XX, se nos dice: “Miren, aquí está el cubo, aquí la pirámide, aquí tales o cuales símbolos”. Otros responden: “Eso lo han hecho los masones, y los masones tienen en la cabeza el simbolismo geométrico tradicional”. Si la actual civilización está construida sobre los principios masónicos ¿dónde está el profanismo? El profanismo se queda en la primera página de los periódicos, en las editoriales que ofrecen las explicaciones más fáciles, comprensibles para todos. Pero en cuanto nos acercamos a un monumento, un rascacielos, un edificio, el metro con la correspondiente interpretación masónica comprensible para todos, evidente, que incluso provoca la sonrisa – entonces el profanismo “se escapa” y nos quedamos en el mundo de las insinuaciones y enigmas metafísicos, igual que en los tiempos de las catedrales góticas.

4. El proyecto de la hierocracia: “el punto de vista de la eternidad” sobre la tierra
Guénon no estaba conforme con la forma de la hierocracia que ha triunfado en el mundo de hoy. Entonces tenía que haberlo dicho abiertamente: Yo, René Guénon, soy partidario de la hierocracia abierta y no de la criptohierocracia. Pero sería una seria corrección de la dicotomía “tradicionalismo – profanismo”, porque aquí comienza otro tema completamente distinto. Ciertamente, la hierocracia intenta detener algo, lucha por conservar su dominio. Lo cual quiere decir que tiene un enemigo, es vulnerable, se ve obligada a realizar concesiones.

Surge la pregunta: ¿por qué el sistema universal de control global, que desde siempre como norma ha dirigido a la humanidad, se ve obligado a maniobrar?
Ante todo, el proyecto de la hierocracia – el proyecto del “hombre eterno” exige muy alto nivel de gasto.
¿Qué es la hierocracia? Es el sistema de la fiscalización trascendente, es el mecanismo para cobrarle al hombre lo que puede dar de sí, para extraer sus jugos, su energía.

El hombre paga de su potencial íntimo a aquellas instancias que, formadas con este “presupuesto”, a su vez gastan en la tecnología del movimiento histórico, en la historia, en el proyecto. Ellos modelan el movimiento en macroetapas, macroestructuras, planteando lo que ellos definen como el último superobjetivo de la Civilización, sin diferenciar de si se trata de la civilización romana o china.
El movimiento proyectado, la formación de la trama metahistórica, “cuesta dinero”, o más exactamente, exige ciertos gastos en materia sutil, o en materia física. Teniendo en cuenta además que, desde el punto de vista tradicionalista, el dinero es el oro visible; también existe el equivalente invisible, y son mutuamente transformables.

Se conoce la idea de la pirámide como la forma geométrica más estable. No es el cubo, sino la pirámide la más estable, porque posee una base de peso. Se trata de una forma fija, en la que el tiempo parece que “se detiene”. Así es la sociedad tradicional similar a la pirámide, en la que todo es como “debe ser”, es decir que encima está el sumo sacerdote, quien legitima todas las demás estructuras, desde el faraón y hasta el último esclavo que ha construido esta pirámide. Otra cosa es el proyecto del “arca” que flota. A este “arca” se ha llevado todo lo necesario, va flotando, el barco se va desgastando, hay un gasto de energía. Si continuamos con la comparación, la sociedad que al principio existía en forma de pirámide se convierte en la sociedad en forma de arca. Y si en la pirámide el gasto para mantener la estabilidad es mínimo, la navegación sale mucho más cara. Y cuanto más lejos navegas, tanto más hay que gastar, por lo que al final toda la humanidad no simplemente se convierte en la tributaria, sino que los que pagan deben entregar el máximo, es decir mucho más de lo que entregaba el esclavo en los tiempos de los faraones. Del esclavo se puede aprovechar su esfuerzo físico: está envuelto en un trapito, recibe un plato de comida al día para que no se muera y, con esfuerzo, agarra la piedra con sus propias manos. Diez millones de esclavos, cien millones de esclavos, no dan mucho de sí. Su esfuerzo colectivo no nos va a adelantar en el camino de la realización de algo tan serio como un macroproyecto de civilización. Pero si se pudiera convertir a todos estos esclavos en los representantes de la clase media, en burgueses, que tienen necesidades y posibilidades, después de incurrir en determinados gastos, de satisfacerlas, en aquellos que conducen coches de marca, viven en chalets, que mandan a sus hijos a estudiar a colegios privados, etc., y que sean dos-tres mil millones, entonces se podría obtener bastante. Esta gente no solamente paga impuestos… La humanidad actual puede rendir mucho incluso no en el dinero físico, sino simplemente por el mismo hecho de su existencia. Al esclavo no se le puede comprar su futuro, pero a la clase media sí.

5. La moral positiva como la base de la criptohierocracia

¿Por qué se caracteriza la criptohierocracia actual, en qué se diferencia de la hierocracia abierta del tipo babilonio, de la hierocracia de los faraones? Porque en la criptohierocracia la autoridad sagrada recibe una explicación valorativa, es decir que la enseñanza acerca de los valores vitales se convierte en la base para justificar la autoridad espiritual. El sacerdote del siglo XX dice que la iglesia lucha “por todo lo bueno”, aparece como garante de cosas positivas: valores familiares, de paz, de bienestar material y espiritual. En la Edad Media cualquier cura se hubiera desmayado si le hubieran ofrecido semejantes teodiceas sociales, en las que “el bien” figura como la base sobre la que se fundamenta la autoridad de la iglesia. La afirmación espiritual no puede basarse en la categoría del valor. Esos modelos comenzaron a aparecer tras la llegada del protestantismo y después pasaron a la época profana actual; no es que sean profanas por su esencia, pero están más bien relacionadas con lo específico de la criptohierocracia. El poder oculto de los sacerdotes tiene muy distinta lógica de justificación, de presentación, comparado con su poder abierto. La moral positiva es el atributo de la criptohierocracia. Pero el moralismo, basado en la doctrina sobre los valores de la existencia positiva, la axiología, es el reverso del culto del “becerro de oro”. Se puede hablar lo que se quiera sobre los así llamados valores “sutiles” (espirituales), pero no se puede eludir el hecho de que los valores “brutos”, materiales, representan la sombra de los “sutiles”. Quien ha caído en la esfera del dominio de la moral positiva, significa que también se ha situado en el reino religioso del “becerro de oro”.

De modo que no nos hemos alejado en absoluto de la sociedad tradicional, en el sentido amplio. Seguimos dentro del alcance del rayo de los eternos arquetipos, que tan solo se han camuflado, se han parafraseado en una nueva presentación. El “profanismo” como tal no existe.

Otra pregunta interesante: ¿qué es lo que temen los hierócratas, por qué preparan las transformaciones históricas, organizan las revoluciones etc.? Hierocracia en el sentido global es la tiranía. No importa que en el nivel humano refleje la realidad ontológica fundamental: el ser también es tiranía. No importa que los sacerdotes corporativamente sean los portadores de la constatación de algo que existe como resultado de la contemplación de la simple verdad: esta verdad también es tiranía. La humanidad se encuentra bajo el yugo de la tiranía por definición, en primer lugar de la tiranía del destino. Los antiguos lo entendían de manera directa: existe el destino que todo lo absorbe, el héroe lo reta, y el destino es la tiranía, “Es Lo Que Hay” global… Y si es así, también es inevitable el reto a la tiranía. Tiene que aparecer el héroe que reta el destino.
Y todavía más: esa energía con cuya ayuda la hierocracia intenta renovarlo todo, la energía revolucionaria, que los sacerdotes se apropian para utilizarla en sus tecnologías políticas, modificando la vida con el fin de que metafísicamente no cambie ¿de dónde procede? En lo profundo de la humanidad duerme el reto titánico. El reto titánico encarnado en los héroes elegidos en su sentido más profundo se dirige contra el destino que es la eternidad absoluta negativa. ¡Pero únicamente el héroe es capaz de “conversar” con el destino “de tú a tú”, como en un duelo! ¿Y si se trata de los movimientos de masas, del latente recalentamiento de la caldera de vapor de la humanidad? ¿Quién representa para los rebeldes las fuerzas del destino, la propia tiranía ontológica? Pues aquellos quienes la realizan en la práctica, la casta de los sacerdotes, la hierocracia. El odio a la hierocracia constituye el componente fundamental del titanismo humano, es decir la predisposición permanente a la explosión desarticulada, la rebelión, el rechazo del sistema. Esta revuelta contra el sistema también tiene dos polos. El primer polo es la misma rabia de aquellos que están abajo, en las mazmorras. El otro polo es la clarísima misión de los profetas.

Los profetas llegan para derrocar la tiranía de la hierocracia. Llegan desde el otro extremo de la realidad hasta llegar al desposeído. Cuando estos dos componentes, el “más” y el “menos” de la cólera – la cólera divina y la cólera de los oprimidos -  se encuentran, se produce la explosión. Es la revolución religiosa, la única revolución posible, auténtica. Y las revoluciones jacobinas, organizadas por los curas, tan solo parodian las auténticas arquetípicas revoluciones religiosas. La revolución auténtica es la revolución de Moisés, la revolución de Cristo, la revolución de Mohammed. Antes de ellos fue la revolución de Abrahán. La revolución jacobina no es más que una imitación del guión, aunque bien hecha desde el punto de vista de la tecnología política (el principal ideólogo del Tercer Estado fue un abad – Abbe Sieyes – N. del T.). Si los desheredados en la superficie de la tierra y los titanes, que se revuelven en sus profundidades y que sienten el profundo, no articulado odio hacia los dioses olímpicos, son los aliados naturales de los profetas, los mercaderes, el tercer estado, son los aliados naturales de los sacerdotes. La burguesía y la iglesia forman una alianza indivisible.  




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