5/5/13

Yihad & shahadat: Una reflexión sobre el shahid

Cuando hablamos de Huseyn, no hablamos de Huseyn como persona. Huseyn es aquel individuo que se negó a sí mismo con sinceridad absoluta, con la más extrema magnificencia de la que es capaz el ser humano, por un valor sagrado y absoluto. De él no queda nada salvo un nombre. Su contenido no es más un individuo, sino un pensamiento. Él quedó transformado en la misma escuela por la cual se sacrificó.

Por Alí Shariati

El término «mártir» deriva de la raíz latina «mort», que implica «muerte y agonía». «Mártir» es un sustantivo que significa «aquel que muere por Dios y por la fe». De modo que un mártir es, en cualquier caso, alguien que muere. La única diferencia entre su muerte y la de otros reside en la causa. Muere por la causa de Dios, mientras que la causa de la muerte de cualquier otro podría ser el cáncer. Pero la esencia del fenómeno en ambos casos —es decir, la muerte— es una y la misma.
En aquello que concierne a la muerte no existe diferencia entre si una persona muere por Dios, a causa de un crimen pasional, o en un accidente. Es en este sentido que Cristo y aquellos que fueron asesinados por la causa del cristianismo son considerados «mártires». Dicho de otro modo, ellos son «mortales», pues en la Cristiandad el término mártir alude a una persona que está muerta.
Pero un shahid está siempre vivo y presente. No está ausente. Por ello los dos términos, shahid y mártir, son antónimos. Se ha dicho que el significado de shahid (plural, shuhada), sea nacional o religioso, en las religiones orientales, incluye la connotación de sacralidad. Esto es cierto. No hay duda de que en cualquier religión o escuela de pensamiento, o en cualquier ideología nacional o religiosa, un shahid es alguien sagrado. Esto se da incluso en escuelas de pensamiento no religiosas, sino materialistas. La actitud y los sentimientos hacia uns hahid adquieren una sacralidad metafísica. En mi opinión, la cuestión del origen de la sacralidad del shahid merece un minucioso análisis. Tanto en las religiones como en aquellas escuelas de pensamiento en las cuales no existe una creencia explícita en lo sagrado, se genera una creencia en la santidad del shahid. Este estatus se origina en la particular relación que el shahid establece con la escuela. El shahid desarrolla una semilla de valor y de santidad latente. Esto sucede porque, en cualquier caso, la relación que establece un individuo con sus creencias es una relación sagrada. La misma relación se da entre un shahid y su fe. En el mismo sentido, aunque indirectamente, la misma relación se da entre un seguidor de una creencia cualquiera y sus shuhada. Pues el origen de la santidad de un shahid está en el sentimiento de sacralidad que la gente mantiene con su escuela de pensamiento, su nacionalidad o su religión.
En el existencialismo, nos encontramos con discusiones similares. El hombre tiene un carácter esencial primario y un carácter secundario, modelado por su entorno. Con respecto al primero, todo el mundo es igual. ¡Cualquiera que lleva ropas existe! Pero en el verdadero sentido de la palabra, aquello que construye el propio carácter (y por tanto hace a cada uno distinto de los otros individuos) son las dimensiones y cualidades espirituales, los sentimientos, instintos y valores, todo aquello que una vez reconocido hace que una persona se sienta en posesión de un «yo» particular. El individuo se realiza a si mismo diciendo «Sum», yo soy.
¿De dónde provienen las características particulares de un «yo»? El «yo», como ser humano, después de nacer desarrolla una serie de características y de atributos, de valores positivos y negativos. Gradualmente desarrollo un conocimiento de mi mismo. ¿Dé dónde proviene? Heidegger dice: «la suma de los conocimientos de un hombre sobre las condiciones de su vida forman su carácter, siendo dicho conocimiento la relación consciente de la existencia del ‘yo’ con un objeto, persona o pensamiento externo». Cuando establezco una relación mental o existencial con individuos, tendencias, fenómenos, objetos, pensamientos, etc., ésta relación se ve reflejada en mí. Este reflejo se convierte en parte de mi esencia y configura mi carácter. Así que el carácter del hombre es la suma de sus relaciones con otros caracteres. Por tanto, mis virtudes y mis vicios son relativos a las virtudes y a los vicios de la suma de los individuos, caracteres, ideas… que me rodean y con los cuales me relaciono.
Esta relación puede darse con una entidad histórica (en el caso de que uno lea o se interese por la historia). Nosotros no tenemos una relación directa con el Imam Huseyn. Pero cuando nos encontramos con él intelectualmente a través de un libro o de un discurso, él pasa a formar parte de nuestro conocimiento, y por tanto pasa a ser parte de nuestra personalidad. Pues todo lo existente es relativo a su conocimiento e ideales.
Del mismo modo, cuando damos parte de nuestra existencia a una causa, esta parte pasa a ser parte de esa causa. Por ejemplo, en nuestro pensamiento la justicia es sagrada. Se trata de uno de esos valores que han pasado a ser parte de nosotros gracias a nuestra relación y contacto con él. Si yo diese cien dólares para el establecimiento de la justicia, estos cien dólares absorberían la sacralidad de la justicia. Mientras permanecieron en mi bolsillo, no eran más que cien dólares. Cuando renuncio a ellos en pos de la justicia, los afirmo en otro plano, pues quedan transformados en la esencia de la justicia. Lo mismo sucede cuando empleamos nuestros bienes en alimentar a los hambrientos. Si alimentar al pobre es revestido con el atributo de la sacralidad, la cantidad de dinero que haya salido de mi bolsillo para ello desarrolla un determinado valor. Supera el valor meramente monetario y adquiere un valor espiritual. Si hubiésemos gastado la misma cantidad para generar alimentos espirituales, como pueden ser la escritura, la traducción o la edición de un libro, el dinero adquiere un nuevo valor según el grado de sacralidad del acto realizado. En otras palabras, el dinero niega su existencia en un sentido, pero obtiene una nueva forma de valor y de existencia. De hecho, el dinero es una medida exterior de poder y de energía. Si es gastado en fiestas, la energía desarrolla un valor profano… ¡aunque algunos pueden considerar dicha actividad como sagrada! El dinero es como la gasolina, que puede ser utilizado para mover un coche o para encender una lámpara. Una vez quemado, se transforma en energía espiritual, según el acto a causa del cual se ha consumido. Lo que ha sido gastado no posee un valor independiente de aquel que lo ha gastado. Esa cantidad de dinero es parte de mí. Por tanto la santidad de la causa en la que gaste el dinero tendrá un reflejo en mí. Su valor retorna a mí. Yo lo habré ganado, pues esa cantidad de dinero es parte de mi existencia. Los cien dólares que he gastado por la causa de la justicia se transforman en «la santidad de la justicia». La santidad de la justicia es transformada en «el dinero», es decir, algo puramente material. Del mismo modo, si es gastado en alimentar a los pobres, el valor de dicho acto transfiere su valor al dinero gastado. Pero la misma cantidad de dinero, si es gastada en una fiesta inmunda, no adquiere valor alguno. Incluso decrece con respecto a su valor materialista. En este punto, establecemos un principio: «todo adquiere un valor similar a aquello en lo que ha sido gastado». Al ser negado, es afirmado. Cuando su existencia es negada, su valor es afirmado. En la autoaniquilación, alcanza la permanencia en el objetivo, en tanto que el objetivo sea algo permanente, como puede ser un ideal, un valor, la libertad, la justicia, la caridad, el pensamiento o el conocimiento. El dinero, una vez gastado en busca del conocimiento, sale del propio bolsillo y se convierte en cero; pero al mismo tiempo se transforma en el valor del conocimiento por el cual ha sido gastado.
Así como el dinero es parte de mi existencia, también mi vida animal, mi instinto y mi tiempo son parte de mí. Supongamos que dedico una hora de mi tiempo a ganar dinero. Dado que el ganar dinero no tiene un valor en sí, esa hora empleada no tiene valor alguno, pues he sacrificado dicha hora en una causa que no posee valor de santidad. Pero si paso esa misma hora enseñando algo a alguien que lo necesita, o guiándolo sin pedirle nada a cambio, entonces habré sacrificado dicha hora por algo valioso. Esa hora adquiere el valor de la causa a la que ha sido dedicada.
Un shahid es alguien que niega su existencia entera por el ideal sagrado en el cual todos creemos. Es natural que toda la sacralidad de dicho ideal y de esa meta sea trasladada a su existencia. Es cierto que su existencia ha devenido de golpe no-existencia, pero él ha adquirido todo el valor de la idea por la cual se negó a si mismo. No sorprende saber que, a los ojos de las gentes, él mismo haya devenido sagrado. En esta vía, el hombre deviene hombre absoluto, pues ya no es más una persona, un individuo. Él es «pensamiento». Ha sido un individuo que se ha sacrificado por un «pensamiento», y ahora él mismo es «pensamiento». Por esta razón, nosotros no reconocemos a Huseyn como a una persona particular, que fue hijo de Ali. Huseyn es un nombre para islam, justicia, imamato y unidad divina. No lo alabamos como individuo, con el propósito de evaluarlo y situarlo entre los shuhada. No se trata de esto. Cuando hablamos de Huseyn, no hablamos de Huseyn como persona. Huseyn es aquel individuo que se negó a sí mismo con sinceridad absoluta, con la más extrema magnificencia de la que es capaz el ser humano, por un valor sagrado y absoluto. De él no queda nada salvo un nombre. Su contenido no es más un individuo, sino un pensamiento. Él quedó transformado en la misma escuela por la cual se sacrificó.
Un individuo que deviene shahid por la causa de una nación, y así obtiene su sacralidad, gana su estatus. En la opinión de aquellos que no reconocen la nación como la suma de sus individuos, sino como un espíritu colectivo que se sitúa por encima de los individuos, un shahides la cristalización espiritual de un espíritu colectivo llamado «nación». Del mismo modo, cuando un individuo se sacrifica a si mismo por la causa del conocimiento, ya no es más un individuo. Se convierte en un shahid del conocimiento. Elogiamos la libertad mediante un individuo que se ha entregado a la libertad; no le elogiamos «a él» porque fuese una buena persona. Esto no está en contradicción con el hecho de que, desde la perspectiva de Allah, él continúa siendo un individuo y como tal tendrá un destino propio en la otra vida. Pero en la sociedad, y según el criterio de nuestra escuela, no lo alabamos en tanto que individuo; alabamos el pensamiento, lo sagrado. En este punto, el significado de la palabra shahid se hace más claro todavía. Cuando la creencia en una escuela sagrada de pensamiento es gradualmente erosionada, está a punto de desvanecerse o de ser olvidada en una nueva generación, a causa de la conspiración, de repente un individuo, mediante la negación de sí mismo, la reestablece. En otras palabras, la devuelve a la escena del mundo. Al sacrificar su existencia, realiza la superación del desvanecerse de ese ideal. Por esa razón, él es shahid (testigo, presente) y marshud (visible). Esta siempre enfrente de nosotros. El pensamiento también obtiene su presencia y permanencia a través suyo. Entonces revive y logra nuevamente un alma.
Tenemos dos tipos de shahid, uno simbolizado en Hamzah, el maestro de los mártires, y el otro simbolizado en Huseyn. Hay muchas diferencias entre Hamzah y Huseyn. Hamzah es un muyahid y un héroe que se dirige a la batalla para obtener una victoria y derrotar al enemigo. En cambio, es derrotado, resulta muerto, y por ello se convierte en un shahid. Pero esto representa la shahadat individual. Su nombre aparece registrado en lo más alto de la lista de aquellos que mueren por sus creencias.
Huseyn, por otro lado, es un tipo diferente de shahid. No va a combatir con la intención de vencer matando al enemigo y así lograr una victoria. Tampoco resulta muerto de forma accidental por un acto terrible, como el realizado por alguien como Wahshi 1. Este no es el caso. Huseyn, pudiendo quedarse en su casa y continuar viviendo, se rebela y se entrega conscientemente a la muerte. Justo en este momento, él escoge la auto-negación. Toma esa ruta peligrosa, situándose en medio del campo de batalla, enfrente de los adoradores de este mundo y enfrente del tiempo, de modo que las consecuencias de sus actos sean ampliamente divulgadas y la causa por la que da su vida sea realizada pronto. Huseyn escoge la shahadat como un fin o como un medio para la afirmación de aquello que había sido negado y mutilado por el aparato político.
A la inversa, la shahadat escoge a Hamzah y al resto de los muyahidin que van por la victoria. En la shahadat de Huseyn, la meta es la auto-negación por la santidad del ideal que está siendo negado y progresivamente abandonado. En este punto, yihad y shahadat se separan por completo. Ali habla de los dos conceptos en dos momentos diferentes, con dos filosofías diferentes. Al-yihad ‘izzum li-l islam (el yihad por la gloria del islam) es un acto cuya base filosófica es diferente que la de la shahadat. Por supuesto en e lyihad hay shahadat, pero solo del tipo que Hamzah simboliza, no del tipo simbolizado por Huseyn.
Al-shahadat istizharan ‘alal-muyahadat (shahadat es mostrar lo que ha sido velado). Sí, este es el objetivo de la shahadat, y por eso es diferente del yihad. El yihad es gloria para el islam. Pero shahadat es mostrar lo que está siendo ocultado. Así es como lo entiendo. Cada cierto tiempo la verdad aparece como un mandato que nos apela. Todos la siguen y es considerada sagrada. Todos los poderes lo acatan. Pero con el tiempo, de forma gradual, y a causa de que ésta verdad no sirve a los intereses de la minoría y de que es peligrosa para los poderosos, éstos conspiran contra ella con el objetivo de erradicarla de las mentes y de las vidas de la gente. Para ocupar su lugar, es suplantada por otras cosas. Gradualmente el mensaje original se va perdiendo y otras prioridades ocupan su lugar. En esta situación, el shahid, con el objetivo de revivir la idea original, sacrifica su propia vida, y así logra atraer la atención sobre el mandato suplantado, generando la repulsión hacia su vergonzoso sustituto. Esta es la verdadera meta. En tiempos de Huseyn, el tema mayor después de la muerte del Profeta fue el del liderazgo. El resto era marginal. La principal pregunta era: «¿Quién debe gobernar y supervisar el destino de la nación musulmana?». Como sabemos, durante todo el reino de los omeyas, ésta siguió siendo la cuestión. Sucesivos levantamientos, y en general la crisis final de los omeyas, todo giraba en torno a esta cuestión. La gente podía abalanzarse a la mezquita y agarrar al califa por el cuello y preguntarle: «¿En base a que aleya o por que razón ocupas esta posición? ¿Tienes o no tienes derecho a ello?» En semejante contexto nadie puede gobernar. No sorprende que el periodo omeya no durase más de un siglo.
Durante su reinado, los abbasidas, que tenían más experiencia que sus predecesores, despolitizaron a la gente. Es decir, hicieron a la gente menos sensible a la cuestión del imamato (liderazgo) y del destino de la sociedad. ¿Por qué medios? Apegándose a las cuestiones más sagradas: la adoración, la exegesis coránica, el kalam, la filosofía, la traducción de obras extranjeras, la difusión del conocimiento, la educación, la expansión de la civilización, de modo que Bagdad fuese la heredera de las grandes ciudades y civilizaciones del mundo, y para que los musulmanes llegasen a ser las gentes más avanzadas de su tiempo. De este modo, el tema del imamato fue negado y ya nadie hablaba de ello.
Con el propósito de revivir el verdadero tema, el shahid aparece. No teniendo nada más que dar, sacrifica su propia vida. A través de su sacrificio, transfiere la sacralidad de la causa a sí mismo.
Di: «Allah pertenecen el Este y el Oeste; Él guía a quien Él quiere hacia un camino recto«. Y hemos hecho así de vosotros una ummatan wasatan comunidad intermedia, para que seáis shuhada deis testimonio ante toda la humanidad, y para que el Enviado sea un shahid dé testimonio ante vosotros. (Corán 2: 142-143)
En este versículo, shahadat no implica «morir» ni «ser matado». Significa que algo ha sido cubierto y que está siendo gradualmente olvidado por la gente. El shahid testimonia por esta víctima inocente, silenciosa y oprimida. Sabemos que shahid es un término de una naturaleza particular. El Mensajero de Al-lâh es un shahid sin necesidad de ser matado. Sin ser matado, la comunidad islámica establecida por el Corán tiene el estatuto y la responsabilidad del shahidAllah dice: 
«…de modo que seáis shuhada para la humanidad…»,
 del mismo modo que el Mensajero es un shahid para cada uno de nosotros. Así que el papel de la shahadat es más amplio y más importante que el de ser matado. De todos modos, aquel que da su vida ha realizado la más completa y sublime shahadat. Todo musulmán debe ser un shahid para los demás, tal y como el Mensajero es un ‘uswah (modelo) sobre el cual nos hacemos a nosotros. Él es nuestro shahid y nosotros somos los shuhada de la humanidad.
Hemos mostrado que shahid connota un «modelo, prototipo o ejemplo» sobre cuya base uno puede reconstruirse a uno mismo. Esto significa que debemos situar al Profeta en el centro real de la cultura, del Din, del conocimiento, del pensamiento y de la sociedad, y hacer que todos éstos concuerden con su ejemplo. Una vez hecho esto, y por tanto habiéndose situado a uno mismo en el centro de la época y en el centro de la tierra, todas las naciones y las gentes deberían reconstruirse a si mismas de acuerdo contigo. En este sentido, tu mismo te conviertes en su shahid. Dicho de otro modo: el mismo papel que el Mensajero ocupa para ti, tú lo ocupas para otros. Debes ocupar para ellos el papel del Profeta, como ser humano y como miembro de una nación. Es en este sentido que el enunciado ummatan wasatan (una comunidad equilibrada) ocupa un lugar relevante en relación a la palabra shahid. Suele pensarse que el enunciado ummatan wasatan hace referencia a una sociedad moderada, es decir, a una sociedad en la cual no haya extravagancias ni mezquindades, que no haya sido ahogada por el materialismo hasta el punto de sacrificar su espiritualidad.
Es una sociedad en la cual convergen espíritu y materia. Es «moderada». Sin embargo, enfocando el asunto desde el punto de vista de la misión de dicha ummat, este no es el sentido de wasatan en esta frase. Su sentido es con mucho superior. Significa que nosotros, como una ummat, debemos ser el eje de la época actual; es decir, no debemos ser un grupo acurrucado en un rincón de Oriente Medio, ni cerrado en si mismo, sino permanecer involucrados en las cuestiones cruciales y vitales, las que configuran todo y marcan el presente de la humanidad y la historia de mañana. No debemos negligir esta responsabilidad escudándonos en un discurso auto-indulgente. Debemos estar en el centro del campo de batalla. No debemos ser una sociedad ghaib (ausente, lo contrario de shahid), aislada, y pseudo-mutazilita, sino que debemos ser una ummat que se constituye en punto de unión entre Oriente y Occidente, entre la Izquierda y la Derecha, entre los dos polos en tensión. Así es el shahid. Está presente en todos los combates. Una ummatan wasatan es una comunidad que está en el centro de todas las batallas; pues tiene una misión universal. No es una comunidad aislada, cerrada y distante. Es una comunidad shahid.

Fragmento del capítulo de Ali Shariati (1910-1978) incluido en el libro Mútiple Yihad múltiple

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