19/5/13

Por qué no puede resolverse militarmente el conflicto sirio


Hoy, cuando la violencia se intensifica en Siria, las potencias externas, incluyendo los Estados Unidos, están debatiendo abiertamente si intervienen directamente.


Esta intervención se justifica con distintos objetivos a la vez: controlar depósitos de armas químicas, proteger a la población civil, y garantizar que quienes sustituyan al régimen de Assad dependan de los Estados Unidos y sus aliados regionales. Sin embargo, sean las intenciones humanitarias o estratégicas, la política de armar a los grupos de oposición, junto con las discusiones sobre el establecimiento de "zonas seguras", usando baterías de misiles Patriot para imponer una "zona de exclusión aérea", y las peticiones más directas de intervención militar son contraproducentes en el mejor de los casos y en el peor implican objetivos que socavan aún más los intereses de la población local. En todo caso, es la intervención, no su ausencia, lo que alienta el derramamiento de sangre en Siria.
De hecho, es posible que no haya ningún tipo de intervención militar directa o indirecta en el conflicto que preserve a los civiles o permita a las partes avanzar hacia una victoria decisiva. En resumen, hay demasiados agentes y demasiados intereses estratégicos en juego en cada parte como para permitir que el actual equilibrio comience a romperse. Algunos podrían argumentar que la desestabilización permanente de Siria sirve a sus propios intereses estratégicos. Aparte de la profunda inmoralidad de esa posición, su lógica de perpetuo conflicto amenaza con hundir a la región, con efectos secundarios de radiación fuera del control de las fuerzas que puedan intervenir potencialmente.
Para entender por qué, basta observar los acontecimientos en Siria.  Un régimen autoritario reprime brutalmente y comete atrocidades a gran escala contra los derechos humanos. En efecto, no hay duda de que el régimen del presidente Bashar al-Assad tiene una responsabilidad abrumadora en esta tragedia. Pero desde que la ayuda internacional comenzó a fluir a los grupos armados de la oposición a finales de 2011, la muerte y el desplazamiento de civiles se han disparado. Al final del primer año del conflicto sirio, en abril de 2012, las Naciones Unidas estimaron que nueve mil civiles habían sido asesinados. Según las Naciones Unidas, el número de muertos al año siguiente excedió de setenta mil, con decenas de miles de heridos. El número de refugiados está a punto de sobrepasar los tres millones a finales de 2013.
El estancamiento actual, si bien como reflejo de la dinámica sobre el terreno, es también producto ante todo de una disputa internacional entre los partidarios externos y regionales del régimen y sus oponentes. Hasta la fecha, los partidarios externos se han centrado en armar a sus aliados locales en lugar de negociar. Rusia e Irán han reiterado su compromiso con el gobierno de Assad, tanto diplomáticamente como a través del apoyo directo. Los Estados Unidos se han multiplicado apoyando a los rebeldes con la ayuda militar “no letal” (sistemas avanzados de comunicaciones chalecos antibalas, gafas de visión nocturna, vehículos blindados), el entrenamiento de insurgentes sirios en Jordania por especialistas de EE UU, e incluso lacoordinación del flujo de armas de Arabia Saudita, Qatar y Turquía para el Ejército Sirio Libre (FSA). Informes recientes sugieren que Reino Unido y Francia también están contemplando el envío de armas.
Los problemas de la intervención
El actual enfoque de confrontación no es sorprendente, porque el derrocamiento del régimen sirio alteraría el equilibrio de poder regional a favor de los gobiernos pro-occidentales y en contra de Irán. Hasta hace muy poco, los Estados Unidos estaban dispuestos a colaborar con el régimen de Assad a pesar de la represión: Siria jugó un papel bien documentado en el programa de entregas extraordinarias de sospechosos de terrorismo de los Estados Unidos. Pero hoy, Siria representa la oportunidad de cambiar sin grandes costes el marco de alianzas regionales con la excusa de intervenir en apoyo de las exigencias populares de cambio de régimen. De hecho, aprovechar la “oportunidad” Siria es lo contrario de responder a las reivindicaciones locales, es en realidad un intento de controlar los resultados de ese cambio desde fuera y tendrá un coste más alto finalmente que lo que la mayoría de los analistas suponen. En cuanto al corto plazo, este tipo de políticas centradas en la ayuda militar han contribuido a una guerra civil interminable y cada vez más sangrienta.
Como demuestra el balance del segundo año del conflicto sirio, la oposición ha comenzado a alcanzar la paridad con el ejercito a través de ataques armados indiscriminados, que a menudo provocan tantas víctimas civiles como entre los objetivos declarados. Incluso con más armamento, los grupos de oposición que resisten la represión de Assad pueden luchar contra el régimen sólo hasta llegar a un equilibrio de fuerzas. Además, los argumentos para una mayor ayuda militar a la oposición armada no tiene en cuenta las complejidades políticas en Siria. Por un lado, una gran parte del país se opone al presidente Assad y un sector significativo de ella apoya a los grupos alzados en armas para derrocar al gobierno. En ciudades como Homs y Deraa, la brutalidad del régimen ha consolidado el apoyo a los rebeldes desde el principio. Por otra parte, en las principales ciudades como Damasco y Alepo, y en las ciudades costeras de Latakia y Tartus, la situación no es tan clara. Algunos barrios apoyan la red de organizadores anti- régimen conocida como los Comités de Coordinación Local; otros a las milicias armadas.
Sin embargo, muchos sectores de la sociedad -incluyendo la mayoría de los grupos minoritarios, como los cristianos, drusos y alauitas, junto con gran parte de la clase media y la burguesía-  no han apoyado a los rebeldes. La explicación más probable es que temen más inestabilidad y violencia, así como las consecuencias posteriores, como un gobierno islamista. La incursión de los rebeldes en Alepo en Julio de 2012 ha ayudado muy poco a calmar estos temores, porque la lucha brutal de todas las facciones vacío los barrios y los dejó llenos de cicatrices de la batalla.  Atrapados entre el ataque militar del régimen y los rebeldes, casi la totalidad del la gran comunidad cristiana de Alepo ha huido de la ciudad y del país.
La distribución demográfica de Aleppo y de muchas otras comunidades mixtas de todo el país está siendo rápidamente transformada por la sectarización del conflicto, impulsada tanto por los aliados regionales que apoyan tanto el gobierno como a las fuerzas rebeldes armadas como por las dinámicas internas. La intensificación de la lucha por Damasco probable produzca un resultado similar a medida que se acerca el verano de 2013. De hecho, con las zonas urbanas, las ciudades de provincia, e incluso las aldeas rurales vaciadas de sus poblaciones, los enfrentamientos se han multiplicado y la fragmentación social se ha agravado. Es más, incluso cuando ha cambiado la dinámica sobre el terreno y se han producido avances rebeldes no se ha frenado dicha fragmentación: un hecho que desmiente el argumento de que casi todos los segmentos de la población civil darían la bienvenida a una intervención externa directa en apoyo de los grupos armados de la oposición.
Dadas estas realidades, las continuas discusiones sobre nuevas opciones militares más coercitivas, especialmente en el contexto de la preocupación por el uso de armas químicas por parte del régimen, solo pueden empeorar la situación. Las acusaciones de utilización de armas químicas, si bien son horribles, se refieren a una proporción muy pequeña del total de víctimas civiles en el conflicto. La intervención directa para controlar o destruir depósitos de armas químicas de poco servirá para hacer frente a las principales amenazas armadas que sufren los civiles. Para derrotar al régimen militar, los Estados Unidos y sus aliados tendrían que aumentar drásticamente la magnitud de la destrucción causada en el país, lo que resultaría en un mayor número de víctimas civiles. Puede provocar una escalada de conflictos internos no sólo enfrentando a los grupos sunís apoyados por Turquía, Arabia Saudí, y Qatar contra oponentes que se identifican cada vez más en términos sectarios o étnicos, sino también sumiendo a barrios enteros en las guerras entre milicias de uno u otro signo. El resultado sería una Siria profundamente desestabilizada con fronteras con Israel, Turquía, Jordania, Irak y Líbano, que crearía la posibilidad de una guerra interpuesta a largo plazo entre fuerzas políticas regionales sunitas y chiítas. El resultado final no tendría ningún ganador claro, pero si una multitud de perdedores: sobre todo civiles sirios inocentes.
Los elementos de un enfoque diplomático
Sin embargo, todavía existe la posibilidad de que la comunidad internacional contribuya a un proceso de transición que garantice la seguridad de todas las comunidades, incluyendo la de los partidarios del régimen, y que acabe con la violencia a cambio de la salida de Assad. Pero el objetivo de destruir el régimen aumentando el conflicto militar no ayuda a ese proceso. En última instancia, la mejor manera de ayudar a reducir la violencia que tienen los actores externos es apoyar las negociaciones para una transición política que incluya en vez de amenazar a los elementos del régimen. Dados los temores sobre su seguridad de las comunidades a ambos lados del conflicto, el primer objetivo debe ser dejar claro que todos los grupos tienen un futuro en la nueva Siria.
Naciones Unidas todavía podría ser un intermediario útil. Los esfuerzos de mediación encabezados por Kofi Annan fracasaron en gran parte debido a que las grandes potencias perseguían una estrategia de militarización en lugar de una solución negociada. Lakhdar Brahimi, el sucesor de Annan, ha tratado de mantener abierta la solución diplomática, aunque a menudo expresa su frustración porque su mandato se ve socavado en la medida en que las  partes siguen apoyando un enfoque militar. El reciente llamamiento de Brahimi a un embargo de armas a todas las partes es una oportunidad para poner fin a el doble discurso, según el cual los actores mantienen su deseo de participar en las negociaciones, pero al mismo tiempo hay un aumento gradual de la violencia sobre el terreno.
Sin embargo, para que sea viable una solución política es necesario pero no suficiente un embargo de armas. Unas auténticas negociaciones tendrían que abarcar no sólo a todas las partes internas, sino también a todos los actores externos involucrados, incluyendo a Irán y a Rusia. Ambos tienen fuertes intereses en el régimen de Assad y su participación en un proceso de mediación inclusivo podría sentar las bases para que el gobierno sirio haga concesiones.
A pesar de todos los problemas de la "transición controlada" en Yemen, la salida del poder de Ali Abdallah Saleh en 2012 puso de relieve la clase de presión que puede ser ejercida sobre el régimen por sus principales aliados. Ello sugiere que las acciones de Irán y Rusia también pueden tener éxito a la hora de forzar una salida de Assad y lograr lo que no han coseguido fuerzas hostiles hasta ahora. En Yemen, los partidarios del régimen (incluyendo los Estados Unidos) en última instancia hicieron importantes concesiones a algunas de las demandas de los manifestantes, lo que permitió que Saleh dimitiera después de obtener garantías sobre sus intereses.
No hay motivos para esperar que los principales patrocinadores del régimen de Assad participarían en una estrategia internacional que se tradujese en la caída de su aliado a menos que también estén convencidos de que sus intereses e influencia regionales no se ven mermados sustancialmente (o, en cualquier caso, que los costes que tendrían que pagar por un plan aprobado internacionalmente no son superiores a los de la mejor alternativa desde su perspectiva). El principal obstáculo para el comprometer a Irán y Rusia ha sido durante mucho tiempo la oposición de los estados Unidos. En el caso de Rusia, los Estados Unidos pueden finalmente estar más dispuestos a explorar opciones para sentar a Moscú en la mesa de negociaciones mediante concesiones colaterales y garantías, incluido el acceso permanente a los puertos de aguas cálidas en la costa mediterránea de Siria. En el caso de Irán, sin embargo, Estados Unidos ha insistido en tratar el conflicto de Siria como una oportunidad para reforzar el aislamiento de Teherán. El intento de dividir a los principales aliados de Siria mediante la participación de Rusia, mientras continua aislando a Irán, no es el tipo de diplomacia creativa que tenga posibilidades de éxito. Ese enfoque sólo se traducirá en un redoblado compromiso de Irán con el régimen de Assad, lo que socava cualquier posibilidad de una solución política. Sin embargo, las oportunidades existen para una participación de los aliados principales de Siria, especialmente de Irán. Por ejemplo, los incentivos para conseguir el apoyo iraní a las negociaciones pueden adoptar la forma de concesiones en relación a las sanciones y las actuales conversaciones P5 +1 sobre la cuestión nuclear.
Algunos argumentarán que los Estados Unidos o la comunidad internacional no deberían negociar en serio con el régimen sirio y sus aliados. Otros abogarán por conversaciones con Rusia, mientras se aísla a Irán. Pero el efecto práctico de depender de la coacción que puedan ejercer los grupos de oposición armados y la exclusión de aliados del régimen como Irán ha sido reducir el margen de maniobra para una solución política y llevar a cabo una guerra de poder interpuesta (con actores locales e internacionales de ambas partes). Estas estrategias han alentado más guerra, la muerte de más civil y más refugiados, pero en más de dos años no han cambiado suficientemente la correlación de fuerzas en el terreno como para establecer una ventaja militar decisiva.
La tarea pendiente
Apreciamos las dificultades de una solución pacífica. En última instancia, puede ser que las diversas fuerzas sobre el terreno no están dispuestas a negociar un compromiso que evite un mayor derramamiento de sangre. En particular, para algunos grupos de la oposición puede resultar inaceptable alcanzar pactos con elementos del régimen de Assad. Pero esa decisión no debe ser pre-determinada de antemano por los actores externos, en especial a través de incentivos externos para perseguir la victoria militar a toda costa. Debido al coste de victimas civiles hasta la fecha y las posibles consecuencias de un aumento de la violencia, creemos que es responsabilidad de la comunidad internacional aprovechar todas las opciones diplomáticas disponibles, incluyendo una negociación real con Irán.
Pero el hecho de no considerar seriamente una solución diplomática subraya un profundo riesgo moral generado por la actual situación de la comunidad internacional. Aunque los compromisos internacionales a la hora de proporcionar asistencia humanitaria a los refugiados y los desplazados internos sirios se han cumplido por los pelos, los actores externos sobre cumplen sus compromisos de apoyo militar. No es creíble mantener que la comunidad internacional está animado por preocupaciones humanitarias y apoya el fin del conflicto al mismo tiempo que las grandes potencias ayudan a mantener el actual equilibrio militar armando y financiando las múltiples facciones militares de ambas partes.
En este sentido, los enfoques internacionales actuales son tautológicos. A través de formas encubiertas y abiertas de ayuda militar, todas las partes están utilizando estrategias que enfatizan que la guerra es la única opción potencialmente ganadora. Y precisamente a causa de los efectos de estas estrategias, los actores internacionales y locales o bien rechazan de entrada una solución diplomática o, en el mejor de los casos, persiguen formas tácticas de negociación que no están a la altura de un proceso inclusivo. Lo que es más preocupante, las políticas externas empujan a las facciones internas a imaginar que la victoria es posible a pesar de que la realidad sea otra.
Mientras la violencia continúa en aumento, existe la posibilidad real de combates urbanos cada vez más sangrientos. La cohesión del régimen puede que se agriete, pero los elementos del régimen no desaparecerán sin más. Por el contrario, el aparato militar y de seguridad puede fragmentarse en grandes milicias, agrupándose territorialmente. Con Damasco al borde de la destrucción, el escenario más previsible a medio plazo es un prolongado estancamiento militar en lugar de una caída limpia del régimen. Pero a pesar de la ausencia de medios evidentes para poner fin al conflicto militar, las promesas de apoyo armado refuerzan la ilusión de que es posible una victoria total – si se consigue un "punto de inflexión" interno- sin compromisos o concesiones.
Al dimitir como enviado especial para Siria, Kofi Annan llamó la atención sobre la urgente necesidad de una vía diplomática y no de intervención clandestina. Debido a que esa advertencia no ha sido escuchada, el sustituto de Annan, Lakhdar Brahimi, todavía tiene que encontrar alguna salida a una larga guerra civil de proporciones devastadoras tanto para el pueblo sirio como para Oriente Medio en su conjunto. Si la comunidad internacional está interesada en proteger a la población civil, las ventajas de una transición negociada son evidentes. La vía diplomática puede que no tenga el atractivo de una intervención humanitaria o que sirva al objetivo estratégico de cambiar de golpe las alianzas regionales. Pero es mucho más probable que tenga éxito que cualquiera de las opciones que están sobre la mesa a la hora de proteger de verdad a los sirios y crear el espacio político que pueda facilitar una salida en la que predominen los intereses internos.

Asli Ü Bali es profesora de derecho internacional público en la UCLA y Aziz Rana es profesor adjunto de derecho en el Cornell Law School y autor de The Two Faces of American Freedom (Harvard University Press, 2010)
Traducción para www.sinpermiso.info: Gustavo Buster

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