25/4/13

Los antecedentes de la Revolución Islámica de Irán

Por M.H.Panahi
La Revolución Islámica de Irán fue una de las más grandes revoluciones del siglo XX. Agitó las dos últimas décadas del siglo y asombró a muchos estudiosos de las ciencias sociales. Por un lado, era islámica; no porque el Islam no pudiera ser revolucionario, sino porque el régimen Pahlavi había estado desislamizando a Irán por alrededor de cincuenta años. Además, muchos pensaron que el fervor revolucionario del Islam había declinado mucho tiempo atrás.
Por el otro lado, el régimen del Sha era asumido como uno de los regímenes más fuertes de la región y, de hecho, del mundo. Pocos imaginaron que un régimen tal podía ser proclive a movimientos revolucionarios. No obstante, este aparentemente poderoso régimen fue derrocado por la Revolución Islámica. Como resultado, la revolución ha atraído la atención de muchos estudiosos, que desde sus inicios han publicado más de 2000 libros y artículos acerca de ella, fuera de Irán.[2]
Para Irán, la Revolución Islámica señaló en fin de cerca de 2.500 años de monarquía y el comienzo de una nueva era bajo una República Islámica. Es verdaderamente un punto de inflexión crucial en la historia de la nación; un evento que ha alterado de manera importante la sociedad iraní.
A pesar de que los estudiosos nativos y extranjeros han analizado la revolución de forma vasta, aún merece incluso más investigación. Un nuevo camino de investigación de esta revolución es el estudio de sus consignas y observar la revolución a través de su prisma. La actualización de este curso no ha sido seriamente perseguida por los estudiantes de la sociología de la revolución. A este respecto, hice un esfuerzo y seleccioné y recopilé las consignas que fueron el motor de la Revolución Islámica. Mi investigación recayó sobre 4153 distintas consignas que merecieron seria atención y dio variedad a la investigación de los científicos sociales.
El propósito de este libro es presentar las consignas de la Revolución Islámica de Irán. Sin embargo, creo que sin una breve introducción al proceso de la Revolución Islámica y a sus antecedentes, muchos lectores hallarán difícil entender sus consignas. Por ello, en este capítulo revisaremos brevemente los antecedentes espirituales, culturales, políticos y socioeconómicos de la Revolución Islámica, con una mirada en las palabras que condujeron ese levantamiento. Este enfoque permitirá a los lectores poner en el contexto adecuado la información circunstancial necesaria para el entendimiento del significado y orientación de estas consignas.
I. ANTECEDENTES ESPIRITUALES DE LA REVOLUCIÓN ISLÁMICA
El ambiente ideológico en el Islam. Muchas consignas de la revolución están arraigadas en los preceptos e historia islámica. Por ende, sin cierta familiaridad con el Islam y su historia, sería difícil para los lectores comprenderla totalmente. Consignas tales como “Allah, Corán, Imamato, es la consigna nacional”, “Moharram, el mes de la sangre, el mes del martirio” y “Hoy es Ashura, Pahlavi está corrupto hoy” son algunos ejemplos.
El “Islam” habitualmente se refiere al Din revelado al Profeta Muhammad desde 610 hasta 632 DH, en La Meca y Medina. Enfrentando una gran resistencia por parte de los mecanos, el Profeta Muhammad, junto con la mayoría de los muminin emigró a Yathreb (actualmente Medina). En Medina estableció el primer estado islámico, como la base de la nueva Ummah (comunidad) y civilización islámica (ver Hodgson, 1974, Cáp. 2).
Islam” literalmente significa sumisión a los mandatos de Allah. Un musulmán, por lo tanto, se supone que ha de actuar de acuerdo a la revelación de Allah según está escrita en el Corán –la sagrada escritura de los musulmanes- y de acuerdo a la Sunna –las enseñanzas y los hechos del Profeta Muhammad. Estas dos fuentes de autoridad en el Islam, i. e., el Corán y la Sunna, contienen un amplio espectro de normas y regulaciones concernientes a todos los aspectos de la vida humana, incluyendo las esferas individuales, sociales, económicas, políticas y culturales.
Allah ordena a los musulmanes a luchar por la implementación del Islam en su totalidad donde sea que vivan (ver el Corán, Cáp. 2: 85, por ejemplo). Debido a estas abarcadoras enseñanzas se debe notar que el Islam no es una religión, en su sentido sociológico habitual, que está confinada a la vida privada del hombre. Provee de guía para todas las posiciones sociales, y en todos los ámbitos de la existencia humana (Jansen, 1979, 17). Jansen, discutiendo las características esenciales de la aquida islámica y sus enseñanzas abarcadoras, no compartidas por ninguna religión, sostiene que:
El Islam no es “meramente una religión”. Es un estilo de vida total y unificado, tanto espiritual como secular; es un conjunto de creencias y un modo de adoración; es un vasto e integrado sistema legal; es una cultura y una civilización; es un sistema económico y un modo de hacer negocios; es una forma de gobierno y un método de gobierno; es una clase especial de sociedad y un modo de administrar una familia… Es una totalidad espiritual y humana, de este mundo y del otro mundo (Ibíd., 17).
El Islam, con sus enseñanzas abarcadoras, estableció su comunidad en Medina y comenzó a esparcirse rápidamente a otras partes de la Península Arábiga. Al momento de morir el Profeta, toda la Península Arábiga se hallaba bajo su influencia. Con la muerte del Profeta, Abu Bakr se transformó en el califa de todos los musulmanes (632- 634). Cuando murió, Umar y luego Uthman se convirtieron en el segundo y tercer califa y gobernaron desde 634 hasta 656. Ambos fueron asesinados. Durante la ocupación de estos dos califas, los musulmanes conquistaron a la mayoría de los imperios iraní, egipcio, sirio y más allá (ver Hodgson, 1974, 187- 211).
Después de que Uthman fue asesinado en una violenta protesta, los musulmanes en general aceptaron el califato de Ali Ibn Abu- Talib, el primer hombre en convertirse en musulmán, y primo y yerno del Profeta. Es digno de notar que algunos musulmanes, luego llamados Shiítas, creían que el Profeta había señalado a Ali como su sucesor en año previo a su muerte, mientras que otros no aceptaban esto. Cuando Ali fue elegido califa, Mu’awiyah, el gobernante de Siria, no se rindió al liderazgo de Ali, haciéndose cargo de la venganza de la sangre de Uthman. Como resultado una guerra civil interna entre los musulmanes irrumpió durante el califato de Ali, en particular entre el califa y Mu’awiyah.
Ali fue finalmente asesinado por un miembro de una facción conocida como Jariyíes; su hijo Hasan fue hecho califa y más tarde hizo las paces con Mu’awiyah. Como resultado, Mu’awiyah fundó el califato omeya. Luego en su reinado, Mu’awiyah nombró como sucesor a su hijo, a pesar de su tratado de paz con Hasan Ibn Ali. Después de la muerte de Mu’awiyah, Yazid, conocido por su búsqueda de los placeres, se convirtió en el califa de los musulmanes y buscó una alianza (Ibíd. 212- 22).
Algunas de las prominentes personalidades de Medina, incluyendo a Husein Ibn Ali, (hermano de ahora fallecido Hasan y nieto del Profeta), rechazaron la alianza con Yazid. Gobernante tiránico, egoísta e inexperto, Yazid, ordenó al gobernador de Medina que asesine a Husein si rechazaba formar la alianza. Husein, el nieto del Profeta Muhammad, el hijo de Ali Ibn Abu- Talib y Fátima, la hija del Profeta, de hecho, la persona más popular en Medina y en muchas tierras musulmanas, mantuvo que jamás se aliaría con una persona corrupta e infame como Yazid.
Husein, junto con su familia y su hermana Zaynab, abandonaron Medina hacia La Meca y de allí a Kufa, una ciudad del actual Irak. Fue rodeado cuando se encaminaba a Kufa por el ejército de Yazid y fue forzado a rendirse o a luchar. Husein y sus pocos parientes masculinos y seguidores, totalizando setenta adultos, lucharon contra el ejército de Yazid, de alrededor de cuatro mil hombres, en un lugar conocido como Karbalá, en 10 de Muharram (llamado Ashura) de 61 DH. Setenta y dos de su bando fueron martirizados y la hermana de Husein, Zaynab, junto a los restantes miembros de la familia de Husein y parientes fueron capturados y enviados a Yazid en Siria. Este acto tiránico en contra de la familia del Profeta Muhammad finalmente creó fuertes oleadas de oposición y rebelión en contra de Yazid.
El antes mencionado evento, especialmente el martirio del Imam Husein por parte de Yazid, ha sido conmemorado anualmente por la Shia musulmana desde siempre y se ha convertido en parte de la cultura islámica de Irán. El evento ha jugado un rol importante en la Revolución Islámica y está fuertemente reflejado en sus consignas. Por ejemplo, en muchas consignas el Sha es simbolizado como Yazid.
Además del anterior resumen general para el entendimiento de los antecedentes islámicos de la revolución, es necesario dar una mirada a la escuela shiíta del Islam en Irán. Como he mencionado antes, la Shia creyó que Ali Ibn Abu- Talib fue señalado por el Profeta Muhammad como su sucesor, y que él debió haber sido el primer califa de los musulmanes seguido por sus descendientes. Aunque en realidad Ali se convirtió en el cuarto califa de los musulmanes, para la Shia el fue el primer Imam (líder). Desde entonces la escuela shiíta del Islam fue formulada gradualmente.
De acuerdo con la Shia, los hijos del Imam Ali, Hasan y Husein, fueron el segundo y tercer Imam respectivamente. Para los shiítas de los doce, la línea del Imamato continúa hasta el doceavo Imam, todos señalados por Allah a través del Profeta para guiar a la ummah musulmana.
Bajo el reinado de los omeyas, especialmente durante el del infame Yazid, la insatisfacción por sus políticas no islámicas y antiislámicas aumentó entre los musulmanes.
La conquista de Irán por los musulmanes comenzó desde 636 durante el califato de Umar. En 651 la dinastía sasánida de Irán fue derrocada. Probablemente el resultado más importante de este evento fue la lenta y gradual conversión de los iraníes del zoroastrismo al Islam. Desde los primeros días, muchos iraníes tenían inclinación hacia el Imam Ali y su familia. Esto se aceleró durante los omeyas, particularmente entre las clases bajas (ver Petroshfeski, 1975, 39-54). Bajo el califato abasí (750-1258), la tendencia iraní hacia el shiismo aumentó, al punto que Ma’moon, un gobernante abasí, señaló al octavo Imam de la Shia como su sucesor (ver Ibíd. Cáp. 10). Luego que la dinastía safávida fue establecida en Irán en 1501, el chiísmo se volvió el Din del estado. Desde entonces Irán ha sido el país shiíta más importante de las tierras musulmanas (Ibíd., Cáp. 13).
Es notable que incluso antes que el chiísmo se vuelva el Din formal de Irán, muchos de los movimientos antigubernamentales fueran movimientos shiítas. En todos ellos la creencia de la rectitud de los Imames shiítas y el martirio, especialmente la sublevación y el martirio del Imam Husein, ha jugado un rol importante. Con suerte, este breve resumen de este aspecto de la historia islámica ayudará a los lectores a entender las raíces islámicas de la Revolución Islámica y las consignas que generó.
II. Antecedentes Culturales de la Revolución Islámica
Al explicar las revoluciones, a la cultura le es otorgado un rol preponderante. El paradigma funcionalista, por ejemplo, presta especial atención a la cultura y los aportes culturales en los avances revolucionarios (ver, por ejemplo, Johnson 1966 y Smelser, 1962). Además, de acuerdo a muchos analistas, la mayoría de los movimientos sociales y políticos en la historia de Irán, incluyendo la Revolución Islámica, han tenido raíces culturales y espirituales (ver, por ejemplo, Motahhari, 1993; y Najafi, 1998, 81- 264). De esta forma estudiar el antecedente cultural de la Revolución Islámica es de primordial importancia. Ya hemos revisado las raíces espirituales de la revolución, la que de hecho apuntala a la cultura iraní contemporánea.
Se puede discutir que, en el presente, la cultura iraní es una fusión de la cultura islámica y de la cultura iraní preislámica, con la primera sobrepasando a la segunda. Por ejemplo, Frye nota que “aunque una gran cantidad de creencias y prácticas políticas sasánidas llegaron a la cultura musulmana, fueron asimiladas y se les otorgó un matiz islámico.” (Frye, 1975; 154). A medida que el tiempo pasó, la cultura preislámica fue totalmente fundida con la poderosa cultura y civilización islámica y formó una sola cultura unificada (Zarrinkub, 1964, 438- 443).
Luego de su formación, esta cultura evolucionó gradualmente desde el siglo VII al XV. Declararon a la escuela shiíta como la oficial de Irán. La propagación de las enseñanzas, creencias y valores shiítas trajeron nuevos cambios a la cultura iraní, pero no tuvieron un impacto fundamental en la cultura iraní previa a los safávidas.
Durante la dinastía kayar (1795- 1925) las relaciones culturales entre Irán y Europa entraron en una nueva fase. A comienzos del siglo XIX, muchos iraníes fueron enviados a Europa a adquirir educación occidental y regresar a Irán para modernizar el país. Luego, a mediados del siglo XIX, Amir Kabir, el premier del Sha Naseraddin, estableció la primera universidad moderna en Irán, llamada Dar- al- Fonoon, para transmitir lo último en educación occidental a la elite iraní.
Además, en el S. XIX fueron firmados muchos protocolos con las compañías occidentales para modernizar ciertos aspectos de la vida iraní y la administración pública. También, bienes de consumo occidentales ingresaron al mercado iraní sin regulación, y gradualmente sustituyeron a los bienes y mercaderías iraníes tradicionales. Comenzando con el Sha Naseraddin, los reyes de la dinastía kayar viajaron a Europa para observar los progresos europeos y para firmar nuevos contratos.
Algunos iraníes que viajaron a Occidente para educarse se occidentalizaron tanto que, luego, al volver al país se comprometieron rápida y totalmente con la occidentalización y abandonaron la cultura iraní e islámica existente, como la única vía hacia el progreso. En conjunto, estos y otros factores tuvieron importante influencia en la infiltración y difusión de la cultura occidental en Irán durante el S. XIX. Este proceso, que se aceleró hacia el fin del período kayar, tuvo un duradero y creciente impacto en el cambio cultural iraní. Nadooshan sostiene que en realidad, los iraníes comenzaron a importar la cultura occidental durante la era Kayar, mientras el país experimentaba un período de declive cultural y había perdido su autoconfianza y buscaba cambios por cualquier medio. Como resultado, la nobleza de la cultura iraní fue perdiéndose gradualmente, sin ser reemplazada por algo serio (Nadooshan, 1992; 116- 117).
El proceso de modernización fue más acelerado durante los Pahlavis (1925- 1978). Luego del advenimiento al trono del Sha Rezah, se formó el primer ejército moderno iraní, se establecieron contratos petroleros con Gran Bretaña y se modernizó el sistema impositivo iraní. El nuevo monarca reprimió levantamientos y sometió a los jefes tribales. Redujo la interferencia extranjera directa y estableció una organización planificada. Este sha también estandarizó el sistema legal, basándose principalmente en la ley francesa, construyó un ferrocarril nacional, reformó el sistema educativo y fundó la Universidad de Teherán. La provisión de las plantas de electricidad en grandes ciudades y la iniciación de la modernización de la economía fueron otras de las medidas de actualización que fueron instituidas.
Para avanzar en sus planes de modernización, centralizó el poder en sus manos y aplastó toda oposición a su programa, incluyendo a los ulemas. En sus esfuerzos por reformar la cultura iraní, tomó medidas antiislámicas, incluyendo la obligación para los hombres de usar ropas occidentales y la renuncia de las mujeres a usar sus vestimentas islámicas y tradicionalmente prescriptas (ver Keddie, 1990, Cáp. 5). Estas medidas, por un lado convocaron a una fuerte oposición de parte de ulemas, imames y de las masas, por el otro lado gradualmente crearon un nuevo segmento occidentalizado en la población urbana. En otras palabras, las ciudades desarrollaron una doble cultura iraní y occidental que se contradecían entre sí.
Varjavand nota que “el régimen Pahlavi asumió una política de recorte a los ulemas e imames como su principal objetivo, que fue la división total del sí y la transformación en occidental hasta la médula.” Agrega que:
La diferencia entre ésta y las épocas previas fue que el régimen apoyado por occidente asumió que esta política era el único camino para salvar a la nación; y puso un fuerte énfasis en ello. Desde el comienzo de este período, la política de rendirse ante lo occidental y transformar a la sociedad basándose en patrones occidentales fue tomada como la base de los acontecimientos. (Varjavand, 1989; 50).
Con la Segunda Guerra Mundial, el derrocamiento Sha Rezah y el advenimiento al trono de su hijo Muhammad Rezah, el nuevo Sha, con gran confianza en los EEUU y el aumento de los ingresos petroleros, siguió las políticas de su padre. El proceso de modernización y occidentalización del país, junto con la desislamización de la cultura iraní fue acelerado. Estas políticas profundizaron la dualidad cultural de la nación a tal punto que sus ecos sacudieron incluso las aldeas iraníes.
Smelser nota que debido a la rápida modernización, las tensiones con el Islam revelan que podrían llevar a movimientos basados en esos valores (Smelser, 1962, 341- 345). También Huntington sostiene que la modernización “tiende a producir alienación, anomia y falta de normativa generadas por el conflicto de los viejos y los nuevos valores. Los nuevos valores minan las antiguas bases de asociación y de autoridad ante nuevas capacidades, motivaciones y fuentes que pueden ser traídas a la existencia para crear nuevos agrupamientos” (Huntington, 1970, 37).
De acuerdo a Keddie, esta dualidad cultural, esto es, las condiciones en las que la cultura de la élite y los privilegiados difirieron de la de las clases bajas y desposeídas, era principalmente un fenómeno durante el período Pahlavi. Antes de eso sólo una diferencia intangible entre la cultura de las clases bajas y desposeídas podía ser notada (Keddie, 1990, 275). Los líderes musulmanes, liderados por el Ayatolá Ruhollah Jomeini, se opusieron firmemente a estas políticas mientras que la mayoría de los intelectuales, excepto aquellos que eran musulmanes, apoyaron el proceso de occidentalización (ver Keddie, 1990; Cáp. 8). En general, los esfuerzos del régimen para occidentalizar la cultura nacional produjeron serias contradicciones culturales y tensiones que promovieron un movimiento islámico.
En parte, es sobre la base anterior, que numerosas consignas acentuando las creencias islámicas y los valores, pueden ser entendidas como: “Mientras la sangre fluya por nuestras venas, nos sujetaremos con fuerza a nuestros velos” y “Excepto la ley del Corán, no aceptaremos otra ley.”
III. Antecedente Político de la Revolución Islámica.
Irán, o Persia, con su extensa historia de más de veinticinco siglos, ha sido una de las más importantes cunas de la civilización mundial. El sistema político gobernante en el país, desde su formación por los aqueménidas en 559 AC., había sido monárquico (para una breve revisión, ver Arasteh, 1964; 7- 12).
Una revisión de la larga historia política de Irán revela que su composición por diversos grupos étnicos y tribales competidores por el poder, más las constantes invasiones extranjeras desde el norte, oeste, este y luego desde el sur, implicaron la ascensión y caída de muchas dinastías, lo que afectó los procesos socioeconómicos y políticos. [3] A pesar de la larga historia de monarquía, el país no desarrolló mecanismos para el traspaso pacífico de poder dentro de una dinastía y entre las dinastías y fracasó al establecer severas normas para el control y aplicación del poder. Sin embargo, la mayoría del tiempo, el país mantuvo un sistema político centralizado, una fuerte presencia política en la arena internacional y un sistema sociocultural persa único.
Desde el S VIII, el Islam le dio a los diversos grupos étnicos del país una cosmovisión y cultura comunes y contribuyó a su unidad política.
El alto nivel de explotación y opresión tanto en el Irán anterior como posterior al Islam contribuyeron a los numerosos levantamientos, muchos de ellos bajo al forma de movimientos religiosos y sectarios como los mazdakitas, zangianos, cármatas, ismaelitas y sarbedaranos (ver Pigoloskaya, et al, 1975, 188- 192; 208- 213; 276- 278 y 413- 431).
Los dos movimientos más recientes que han tenido impacto en el Irán moderno fueron el Movimiento del Tabaco y la Revolución Constitucional. El Movimiento del Tabaco era una respuesta a la concesión tabacalera otorgada por el Sha Naseraddin al premier británico Talbot en 1830. El movimiento, bajo el liderazgo shiíta, obligó al Sha Naseraddin a cancelar la concesión colonialista y a reducir tanto el colonialismo británico como el despotismo interno del Sha (ver Keddie, 1990; 109- 11).
El objetivo de la Revolución Constitucional (1905- 1911) fue contener el despotismo del Sha. Sin embargo, como Rusia mantenía una fuerte influencia en la corte y apoyaba la monarquía, el movimiento tomó una orientación antirrusa también. A pesar de la coalición entre la corte real y Rusia, en 1907, el movimiento logró establecer una monarquía constitucional nominal en lugar del tradicional despotismo. En este movimiento, también, el shiísmo jugó un importante rol de liderazgo. El éxito de esta revolución tuvo un impacto en la región como un todo, aunque fracasó en lograr todas sus metas y la tiranía real sobrevivió bajo el velo del constitucionalismo (ver Keddie, 1981, 63- 78, Katouzian, 1981; 53- 71).
De esta forma, Irán ingresó al SXX con un movimiento de liberación que desafió el despotismo interno y a sus partidarios locales y extranjeros. El Sha Mohammad Ali y sus seguidores colaboraron en resistir a la revolución y subvertir sus logros a través de medidas políticas y militares. Sus esfuerzos para llevar adelante un golpe en contra del gobierno constitucional llevaron a sus partidarios a expulsar al Sha Mohammad Ali del país y reemplazarlo por su hijo Ahmad.
La Primera Guerra Mundial comenzó cuando Irán estaba en el medio de una continua guerra civil y fermento revolucionario. A pesar de la proclamación de neutralidad del país, los británicos y los rusos ocuparon el país en contra del bloque germano que había ingresado a Irán desde el oeste y había vencido al ejército iraní. Irán occidental se convirtió en zona de guerra entre ambos bandos. Luego de la derrota alemana y de la Revolución Rusa de octubre, Irán ingresó a una era post Primera Guerra Mundial con un gobierno central debilitado, una economía dañada, un herido orgullo nacional y recursos humanos y de capital empobrecidos.
Los británicos comenzaron a dominar la organización política y la economía y a mirar con descontento al creciente movimiento democrático nacional. Temiendo una posible expansión de la Revolución Bolchevique en la región e interesados en mantener a Irán como barrera entre la Unión Soviética y la India Británica, Gran Bretaña quería un fuerte gobierno central anticomunista en Irán. Entre 1921 y 1925, el Khan Reza, el entonces comandante de la brigada cosaca, con el apoyo británico llevaron a cabo un golpe que finalizó con la dinastía jayarí y estableció a la dinastía Pahlavi en su lugar (para una descripción más detallada de los hechos, ver Maki, 1984)
En su reinado desde la Primera Guerra Mundial a la Segunda Guerra Mundial, el Sha Reza sometió a los poderosos terratenientes y jefes tribales y aplastó a los movimientos dirigidos en contra de la monarquía. Además de las renovaciones administrativas y militares, el Sha Reza intentó “modernizar” el país de distintas formas, incluyendo la producción industrial, los transportes, las comunicaciones, el sistema bancario y la educación, principalmente a través de inversiones gubernamentales. Su gobierno no sólo monopolizó el comercio exterior sino que también controló los sectores del comercio interior y las manufacturas.
Esta política llevó al crecimiento de la burocracia y al nacimiento de una nueva clase. A pesar de que Gran Bretaña explotaba los recursos del petróleo iraní y el gobierno gastaba grandes sumas en proyectos militares, aún tuvieron lugar considerables cambios socioeconómicos durante esta época.
Los costos de las políticas sociopolíticas del Sha Reza fueron altísimos. En su esfuerzo por centralizar e integrar el país, revocó muchos de los logros de la Revolución Constitucional, aplastó movimientos democráticos, liquidó a miembros de la oposición y eliminó muchas libertades sociales y políticas. Para expandir su soberanía, intentó socavar la independencia de las instituciones shiítas, eliminar o debilitar el poder de los líderes y prohibir las reuniones y actividades islámicas (Ver Keddie, 1981, 79- 112; Katouzian, 1981; 75- 137).
Irán ingresó a la era de la Segunda Guerra Mundial relacionado de manera cercana con la Alemania hitleriana, que intentó usar a Irán en contra de los aliados. Esto culminó con la ocupación de Irán por parte de las fuerzas aliadas y en la abdicación del Sha Reza en favor de su hijo en 1941. Estos eventos devastaron a la economía de Irán, minaron su soberanía y fortalecieron los movimientos nacionalistas, socialistas e islámicos.
Los eventos de la Segunda Guerra Mundial también desplazaron los poderes extranjeros en Irán: la influencia alemana fue eliminada; los EEUU, que desde el establecimiento de relaciones formales con Irán en 1983, habían seguido una política de aparente no intervención, ahora ingresaron de manera activa a los asuntos políticos, militares y económicos de Irán. Comenzó a competir con Gran Bretaña y la Unión Soviética por el dominio de Irán (ver Katouzian, 1981, 141- 163 y Heravi, 1969).
En el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando los movimientos comunistas estaban activos en China, Corea y Vietnam y los movimientos de liberación nacional se gestaban en India y África, Irán experimentaba uno de los primeros movimientos de liberación de Oriente Medio. (Chaliand, 1978, 17- 24).
Bajo el liderazgo del Primer Ministro, Dr. Mohammad Mosaddeq, el país intentó nacionalizar sus recursos petroleros en el sur y liberarse de la hegemonía rusa en el norte. A pesar de que el Dr. Mosaddeq logró nacionalizar la industria petrolera controlada por los británicos, fue vencido en definitiva por la desunión en el Frente Nacional, el apartamiento de los activistas islámmimcos del Frente, las políticas destructivas del Partido Tudeh, los juicios erróneos al liderazgo y una coalición de fuerzas opositoras extranjeras y locales en su contra.
Finalmente, el gobierno popular de Mosaddeq fue derrocado con un golpe denominado “Operación Ayax” el 19 de agosto de 1953, a través de una operación conjunta de la Agencia Central de Inteligencia y la Inteligencia Británica. En su lugar, se instaló en Irán un gobierno prooccidental, con el Sha Mohammed Reza de vuelta en el trono. Este fue el principal escenario del movimiento nacionalista democrático de Irán. Desde entonces, siguiendo una serie de tratados estadounidenses e iraníes, el país fue sometido rápidamente a una hegemonía norteamericana y capitalismo internacional (ver Keddie, 1981, 119- 141; Katouzian, 1981; 164- 185, Roosevelt, 1979, y Zabih, 1982).
Nótese que la intervención de EEUU en Irán en contra del gobierno popular de Mosaddeq marca las raíces del profundo fervor antinorteamericano en Irán que aumentó como resultado de la hegemonía estadounidense en el país durante el régimen de Pahlavi. Este sentimiento antinorteamericano fue demostrado durante la Revolución Islámica con la expresión de 244 consignas antinorteamericanas (ver el Cáp. 5).
Mientras tanto, al consolidar su posición y concentrar el poder en sus manos, el Sha gastó inmensos montos de la renta petrolera del país y ayuda extranjera en la construcción de su ejército y fuerzas de seguridad conocidas por el acrónimo SAVAK (la Organización de Seguridad e Información del País) durante los siguientes años. A través de este órgano, estableció un régimen de terror en Irán y liquidó a muchos miembros de grupos opositores (ver Katouzian, 1981, 188- 209).
Por múltiples razones, la administración Kennedy apoyó al contingente del Sha en su lanzamiento de ciertas reformas sociales. La administración Kennedy siguió la misma política en América Latina con la firma de la Alianza para el Progreso, abogando por reformas para, al menos en partes, adelantarse al impacto de la Revolución Cubana en la región. “En ambos casos la administración Kennedy creyó que por razones políticas, el único modo de preservar a los estados prooccidentales (i. e. capitalistas) en el Tercer Mundo era llevar a la práctica un programa de reformas, dentro del que la reforma agraria tendría un lugar especial.” (Halliday, 1979, 26- 27).
En consecuencia, la presión externa llevó al Sha a introducir un paquete de reformas en 1963, que él llamó la “Revolución Blanca”. El esquema originalmente incluía un abarcador programa de reforma agraria, la nacionalización de bosques y pasturas, la venta de las fábricas propiedad del estado, el sufragio femenino, el reparto de beneficios industriales con los trabajadores y la formación de Grupos de Alfabetización. Aparentemente, el principal objetivo de estas reformas era eliminar el sistema de tenencia feudal de la tierra en Irán, como la base de poder de los terratenientes y la transformación del país a un modo capitalista de producción. Esto requirió una considerable represión de aquellos que se oponían a dichas reformas y una importante iniciativa estatal para promover el rápido desarrollo capitalista a través de estos abarcadores planes de desarrollo (ver Saikal, 1980, 71- 96 y Keddie, 1981, 142- 160).
El lanzamiento de la “Revolución Blanca” fue seguido por el levantamiento masivo de junio de 1963 bajo el liderazgo del Ayatolá Jomeini. Debe ser recordado que luego del golpe de 1953, especialmente luego de la formación de la SAVAK en 1957, el Sha reprimió sistemáticamente a la oposición. Todos los partidos fueron prohibidos y los que eran sospechosos de opositores eran encarcelados. La única oposición que aún era efectiva era la oposición islámica, cuya figura más saliente era el Ayatolá Jomeini. Se opuso al gobierno dictatorial del Sha, a su oposición al Islam y al liderazgo espiritual, a sus reformas patrocinadas por los norteamericanos, a su fuerte dependencia de los EEUU y a sus cercanas relaciones con Israel.
En junio de 1963, el Ayatolá Jomeini fue arrestado, provocando un levantamiento masivo en las principales ciudades del país durante tres días. En respuesta, el Sha convocó al ejército, aplastó sin piedad al levantamiento y luego exilió al Ayatolá. A pesar de que fue liberado a través de la intervención de otro ayatolá, no dejó de ser opositor. En octubre de 1964, abiertamente condenó el otorgamiento de la inmunidad para el enjuiciamiento del personal militar norteamericano, luego de lo cual fue exiliado. (Para el texto de los principales discursos dados por el Ayatolá Jomeini en 1963, ver Jomeini, 1981, 174- 188; también ver Rizvi, 1980, 255- 264).
A continuación del derramamiento de sangre de 1963, el Sha pensó que toda la oposición, incluyendo los elementos islámicos, había sido eliminada. Sin embargo, en realidad sus oponentes sólo se ocultaron para reaparecer en mayor escala en la Revolución Islámica de 1978.
Luego de esos eventos, todos los grupos opositores fueron aplastados, llevados a ocultarse y forzados a mantener un perfil bajo en el extranjero, principalmente los estudiantes iraníes que se hallaban en el exterior. Entre estos grupos, el Partido Tudeh, el Frente Nacional, el Movimiento por la Libertad fueron los más importantes (Stample, 1998, 68- 83). Con la creciente opresión del régimen, algunos grupos de oposición islámicos y no islámicos fueron radicalizados y recurrieron a una lucha armada contra el régimen. Los más importantes entre ellos fueron el Mujahidin Khalq (una rama de los grupos islámicos) y Fada’iyan Khalq (una rama de los grupos no islámicos).
A los pocos años de comenzar sus actividades, estos grupos fueron identificados por la SAVAK y la mayoría de sus miembros fueron capturados, encarcelados o ejecutados; por lo que en vísperas de la revolución hasta la lucha armada estaba paralizada. El régimen no pudo tolerar siquiera su propio sistema bipartidista. En 1975, el Sha disolvió el Partido del Pueblo y el Partido de Irán Moderno y los amalgamó en nuevo partido denominado Partido de la Resurrección, convirtiendo a Irán en una dictadura de un partido único (ver Baqi, 1991, 174- 181).
De hecho, el Sha no veía necesidad alguna siquiera para el establecimiento gradual de un desarrollo político significativo y la participación del pueblo iraní, mucho menos de una variedad de grupos opositores. Incluso la democracia occidental era ridiculizada por el Sha. Sostenía que los iraníes no estaban preparados para la participación política ni tampoco lo necesitaban. En este período la bruta represión política regía la nación. En partes fue debido a la represión política que tantas consignas estaban dirigidas en contra de la condición política del régimen del Sha.
IV. Antecedente Socioeconómico de la Revolución Islámica.
Desde la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países del Tercer Mundo han experimentado veloces cambios sociales y económicos. Éste es un resultado parcial de su incorporación al sistema del mundo capitalista y al proceso de descolonización y neocolonización. El Irán prerrevolucionario, con todas las calificaciones necesarias, fue un ejemplo sobresaliente a este respecto. Tuvo una de las mayores tasas de crecimiento sostenido entre los países del Tercer Mundo (Halliday, 1979, 138).
Sin embargo, no pueden tomarse solamente las altas tasas de crecimiento como un signo de un desarrollo socioeconómico saludable. El “desarrollo”, a pesar de su definición, es un fenómeno más complejo que el desarrollo económico, medido por GNP: El concepto de “desarrollo” va más allá de las meras medidas cuantitativas del producto nacional e incluye los cambios cualitativos en las instituciones sociales, económicas y políticas y los recursos humanos. Por ejemplo, Seers, discutiendo el concepto de “desarrollo”, sugiere que el desarrollo sea conceptualizado como la eliminación de la pobreza, el desempleo y el descenso de la inequidad (Seers, 1969, 2- 3).
Con esta distinción en mente, se puede discutir que durante el SXX, particularmente durante las décadas del 60 y el 70, Irán experimentó un rápido y desequilibrado cambio socioeconómico que puede ser considerado como una de las causas de la revolución (ver Tilly, 1978, 18- 24).
Con respecto al antiguo sistema económico iraní, muchos discuten que un cierto tipo de feudalismo, llamado arbab-ra’iyyati, que comenzó en Irán desde el período ascándida o sasánida, disminuyó durante el gobierno de los árabes y alcanzó su pico luego del final de la dominación árabe. Gradualmente declinó luego del período safávida (a comienzos del SXVIII) y declinó aún más rápidamente durante el período Jáyar (S XVIII y XIX), aunque sobrevivió hasta mediados del S XX.[4] Como resultado, se convirtió en un mercado para las mercaderías británicas, rusas y alemanas y una fuente de materia prima para ellos. Luego se convirtió en un mercado de capitales para sus inversiones. Este proceso paralizó la débil burguesía de fabricantes nacionales, evitó la formación de capital en Irán y pospuso la posible transformación a la era moderna (para información detallada, ver Vardasbi, 1977, Ivanof, 1977, 11- 28).
Luego de esta amplia revisión del sistema económico iraní, ahora analizaremos los distintos aspectos de las condiciones socioeconómicas iraníes bajo el último Sha.
1. Relaciones de Posesión:
En general, aunque las relaciones de posesión capitalista o privada fueron introducidas en Irán durante el S. XIX, hasta 1963 su impacto estuvo limitado a las áreas urbanas. La mayoría de la población iraní que vivía en las áreas rurales no fue afectada porque estas áreas estaban dominadas por relaciones feudales o arbab-ra ‘iyyati. Bajo este sistema, la propiedad privada o la posesión privada, en el sentido de tener derechos legales permanentes acerca de las propias posesiones eran débiles o inexistentes. De hecho, los derechos de posesión dependían mucho de la buena voluntad de las autoridades superiores. El Sha y los terratenientes podían confiscar arbitrariamente las posesiones de sus súbditos (ver Katouzian, 1981, 15- 20).
La debilidad de la institución de la posesión privada y de las obligaciones contractuales entre las diferentes clases y posiciones, evitaron la formación de límites de clases rígidos y perpetuos, y disminuyeron la acumulación de la propiedad, algo necesario para la formación del capital.
La así denominada revolución del Sha de 1963, en particular la reforma agraria, apuntó a introducir la posesión privada en el Irán rural para eliminar las relaciones de posesión ambiguas en los pueblos y el campo y para construir una economía capitalista integrada a nivel nacional. La reforma efectivamente institucionalizó la posesión privada sobre la tierra en las áreas rurales, integrando las economías rurales y urbanas y completó la integración de Irán al sistema capitalista mundial. (Ver Halliday, 1979, 62- 63, y Saikal, 1980, 80-83).
En lo que concierne a la posesión de las tierras, luego de la reforma agraria, la mitad de los campesinos obtuvo alguna tierra, pero más del 80% de ellos recibió menos de 10 hectáreas lo que era insuficiente para convertirlos en granjeros independientes y autosuficientes. En consecuencia, muchos campesinos tuvieron que encontrar un segundo trabajo para mantenerse a sí mismos. Algunos emigraron a las ciudades y otros trabajaron en el desarrollo de nuevos negocios agropecuarios, siendo explotados más que antes, esta vez dentro de un marco económico capitalista. De esta forma, el resultado de la reforma agraria del Sha fue la desorganización del Irán rural, la migración masiva a las ciudades, la insatisfacción de la población rural y su desilusión con el régimen, todo ello contribuyó al desarrollo de una situación revolucionaria en Irán (ver Hoogland, 1982).
Con respecto a la posesión industrial, a causa de la carencia de una genuina burguesía en Irán para iniciar el desarrollo industrial, desde el comienzo el estado tuvo que tomar el liderazgo en la industrialización. Esto creó un abultado sector público y un sector privado débil y dependiente. Hasta 1967 la inversión gubernamental directa en la industria fue más alta que la del sector privado.
De hecho, una de las metas de la reforma fue transferir las industrias públicas livianas al sector privado, para canalizar las rentas de los terratenientes de la venta de sus tierras hacia el sector industrial. Además el estado alentó a la inversión privada de muchas maneras, tales como proveyendo de potenciales inversores con préstamos especiales a través del establecimiento de bancos especializados, exenciones impositivas, protección de la competencia extranjera, ofrecimiento de emprendimientos conjuntos, etc. Como resultado de estas políticas, gradualmente la parte del sector privado sobrepasó la del sector público. Sin embargo, el sector privado apoyado por el estado permaneció dependiente del estado. Además del sector privado, el Sha también alentó a la banca extranjera a participar de la capitalización del país. Los partidarios del Sha afirmaban que el propósito de dicha política era, entre otras cosas, transferir tecnología y capacidad de administración a Irán (Halliday, 1979, 147- 157). Este esquema, más que consolidar el capitalismo en Irán, debilitó la producción precapitalista y la manufactura autóctona y condujo al país hacia una creciente dependencia del sistema capitalista mundial.
Junto con la consolidación de las relaciones de posesión capitalista en la producción, la usura y la concentración de capital por cualquier medio, legal o ilegal, dominó tanto a la fábrica como al mercado. La producción e intercambio de todos los ítems, incluyendo algunas producciones no islámicas como bebidas alcohólicas, se volvieron fuentes de ingresos y empresas legales que hirieron los sentimientos públicos. El modo capitalista de intercambio, incluyendo la banca basada en los intereses, la especulación con las tierras, la monopolización, etc., se volvieron medios legales de posesión de propiedad a pesar de estar prohibidas islámicamente. Además, la corrupción se esparció al punto que todas las formas de actividades ilegales para acumular capital fueron seguidas por varios sectores de la población, desde la corte hasta la gente común (Graham, 1979, 152- 165).
Para controlar esta destructiva usura, el aumento de la desigualdad y la corrupción, luego en su reinado, cuando la revolución en contra del régimen ya había comenzado, el Sha introdujo el 19º principio de su revolución: la lucha contra la corrupción. Pero para entonces la corrupción a todos los niveles, incluyendo la familia real, se había vuelto tan difundida que no pudo controlarla más (Pahlavi, 1980, 124- 127).
2. Relaciones de producción:
En vísperas de la revolución, alrededor de 36 millones de iraníes vivían en aldeas. Casi un 10% de esta población rural eran empleadores permanentes u ocasionales de trabajadores asalariados; el 10% estaba autoempleado y el restante 70- 80% era autoempleado y trabajador asalariado o era trabajador asalariado. La mayoría de las tierras cultivables, que estaban en posesión de latifundistas, eran trabajadas por trabajadores asalariados. En resumen, las relaciones capitalistas de producción se convirtieron en predominantes en el Irán rural. Este fue el propósito principal de la reforma agraria. Halliday nota que:
La reforma fue primero, una reforma deliberadamente designada para distribuir la tierra de manera desigual a los granjeros más ricos y para excluir al menos a la mitad de la población rural de su alcance; y en segundo lugar, fue una que utilizó la preexistente estructura capitalista de la aldea como la base de su política; mientras existía un grado de diferenciación capitalista previa a la reforma, una burguesía rural y un proletariado rural están siendo creados deliberadamente y más rápidamente por ella, aunque utilizando y transformando el viejo sistema de aldeas. (Ibíd., 117).
En resumen, se puede decir que el sistema de producción agricultor en el campo iraní fue transformado en un sistema capitalista. Halliday, escribiendo en vísperas de la revolución, sostiene que “las características capitalistas deben sobrevivir con seguridad: los viejos métodos de labranza, antiguas actitudes, y antiguos patrones de posesión no desaparecen de una vez. Pero las relaciones predominantes son un bien de consumo y la estructura social de la aldea se transforma ahora en capitalista. Este es el principal logro de la reforma” (Ibíd., 118).
Aparentemente, el principal objetivo del régimen era industrializar el país, y le dio baja prioridad al desarrollo agricultor. Se creía que, a causa de las barreras naturales, Irán no se podía transformar en un país agricultor de manera alguna; por lo que la inversión en la agricultura debía ser limitada. La agricultura tradicional de Irán era mirada despectivamente como un signo de atraso que debía ser transformada en un negocio a mayor escala. Como resultado, los pequeños y medianos tenedores de tierras no fueron provistos con servicios suficientes para aumentar sus incentivos para la producción. Sin embargo, las unidades de agricultura a gran escala como las corporaciones granjeras tuvieron resultados desastrosos (Katouzian, Ibíd., 304- 310).
Como consecuencia de estas erróneas políticas agrícolas, a pesar de la parcial mecanización y “modernización” de la agricultura, la producción general declinó y el país se volvió dependiente de la importación de alimentos (Aresvik, 1976, 105- 122). Katouzian informa que a lo largo del período 1963- 1978 “el promedio de la tasa anual de crecimiento del resultado agrícola fue probablemente del 2, 5% y con seguridad menor al 3%; por lo tanto, incluso asumiendo la última tasa de crecimiento, el promedio anual de la tasa de crecimiento de la productividad agrícola fue de 0” (Katouzian, Ibíd., 304). La producción de la tierra fue también 0 o negativa en ese período (Ibíd., 305).
En consecuencia, Irán, que fue autosuficiente y hasta alrededor de 1968 tuvo un balance de comercio agrícola positivo (más exportaciones que importaciones), fue reducido a un balance negativo de comercio y tuvo que importar grandes volúmenes de alimentos, incluyendo arroz, trigo, huevos, manteca, carne, frutas, etc., desde otros países, especialmente los EEUU (Baldwin, 1976).
Para resumir, el desarrollo de las relaciones de producción capitalistas en el sector agrícola a través de una reforma agraria no desarrolló ni mejoró el sector agrícola iraní, y prácticamente demostró ser muy dañina para el desarrollo general de la agricultura del país (Looney, 1982, 42).
En cuanto a lo que a la industria concernía, en 1942 el país tenía sólo 483 talleres industriales urbanos. En 1962, justo antes de la “Revolución Blanca” del Sha, el número de estos talleres era de 850. El ritmo de industrialización aumentó por las reformas del Sha, por lo que diez años después, el número de fábricas industriales y talleres trepó a 190.095 con un tamaño promedio de 4, 4 trabajadores. Mientras que dentro de las décadas comprendidas entre 1942 y 1962 los talleres aumentaron el 1.664%, dentro de la década 1962- 1972 se aumentaron el 2.130%, lo que refleja en veloz ritmo de la industrialización (Statistical Expressions, 1976, 123- 140). En general, en la década de 1965- 1975, la industria creció a una tasa promedio del 15% anual (Halliday, 1979, 148).
Katouzian afirma que no existían estrategias abarcadoras para la industrialización. Lo que ocurría era a menudo el resultado de seudo-modernos caprichos fortuitos y aspiraciones que emergieron y se acumularon al compás del crecimiento y la expansión de las rentas petroleras (Ibíd., 277). Se puede decir que, luego de 1949, el proceso de industrialización se volvió más sistemático con la introducción de los planes de desarrollo quinquenales y de siete años.
El involucramiento directo del gobierno en la industrialización, por inversión en infraestructura, minería, industria pesada, instituciones comerciales y financieras, etc., crearon una burguesía administrativa o burocrática o elite que dirigió el sector público y manejó grandes sumas del erario público. Los gastos públicos se expandieron del 17% del PBI en 1974; una gran parte de este gasto fue invertido en la infraestructura económica y social iraní (Looney, 1982, 105- 107).
La falta de una burguesía independiente y auto-motivada para iniciar el desarrollo industrial, llevó al gobierno no sólo a verse directamente involucrado en el desarrollo económico sino también a crear una burguesía dependiente en el sector “privado” al proveerlo con un considerable apoyo financiero y social. Distintos sectores de esta burguesía, trabajando codo a codo con el capital extranjero también se volvieron dependientes del capital extranjero. Esta dependencia dual de la moderna burguesía iraní del estado y el capital extranjero la paralizó y la puso en franca oposición con los intereses de la burguesía nacional, las fuerzas islámicas, nacionales e izquierdistas.
El rol de la inversión extranjera en Irán necesita una atención aparte para comprender la orientación anticapitalista y antioccidental de la Revolución islámica, especialmente entre las clases tradicionales. Luego de la restauración del Sha en 1953, el capital extranjero de varios sectores, especialmente de los EEUU, halló nuevos campos para la inversión en Irán. En 1955 el Centro para la Atracción y Promoción de la Inversión Extranjera (CAPFI por sus siglas en inglés) fue establecido para alentar al capital extranjero con exenciones y garantías especiales dadas para invertir en áreas donde se carecía de conocimientos técnicos iraníes.
Desde comienzos a finales de la década de 1960, la inversión extranjera en la fabricación ascendió de 2 millones a 20 millones de dólares anuales (Halliday, 1979, 153- 155). En las siguientes décadas esta cifra se triplicó. Es notable que al final del período del Sha, existían alrededor de 500 firmas de EEUU con alrededor de 700 millones de inversión directa (Mahdi, 1980, 15).
Siguiendo la emergencia de la burguesía dependiente y el debilitamiento de la clase terrateniente, se desarrolló una clase trabajadora y la estructura de la fuerza laboral de Irán cambió. Desde 1966 a 1977, el tamaño de la fuerza laboral agrícola permaneció casi constante, mientras que se triplicó el número de empleados en las fábricas y la construcción. Estas cifras claramente indican la tendencia estructural del país hacia la “industrialización”. El número de los trabajadores asalariados en la agricultura se habían incrementado a causa de la comercialización de este sector y la insuficiencia de tierras entre el campesinado (Halliday, 1979, 173- 186).
De esta forma, se puede observar que el desarrollo del capitalismo dependiente creó cambios estructurales importantes en la economía de Irán. Debilitó a la clase tradicional de grandes terratenientes junto con el campesinado y creó trabajadores agrícolas y una burguesía agrícola; también creó una burguesía industrial, comercial y financiera con su propia clase trabajadora industrial y debilitó a la tradicional burguesía nativa.
A lo largo de este período, la industria petrolera proveyó de la principal fuente de recursos para el programa de industrialización del Sha. Antes de la nacionalización en 1952, la producción de petróleo estaba extrayendo 31 millones de toneladas anuales, con una renta directa de 16 millones de libras anuales. Luego de la nacionalización, hasta 1960, el ingreso petrolero de Irán no fue muy alto. Después de la fundación de la OPEP (Organización de los Países Exportadores de Petróleo) las rentas nacionales petroleras aumentaron gradualmente. Desde entonces, las rentas han jugado un rol esencial en la estructura económica y desarrollo del país.
El volumen del plan de desarrollo fue financiado por las rentas de petróleo. Por ejemplo, el 80% del plan de desarrollo de 1973- 1977 fue soportado por las rentas petroleras. El ingreso de Irán, proveniente del petróleo trepó de $593 millones en 1966 a $1093 millones en 1970, y a 22000 millones en 1974 y permaneció alrededor de esa cifra hasta la revolución. De esta forma, desde 1963 hasta el fin de este período, las rentas petroleras jugaron un importante rol en los diferentes sectores económicos. En 1977, el petróleo sumó el 77% de las rentas gubernamentales y el 87% de las ganancias del intercambio extranjero. También debido al aumento en el ingreso petrolero, el PBI per cápita aumentó de $450 en 1971 a $2400 en 1978 (Razavi y Vakil, 70- 75).
La dependencia del petróleo fue hasta tal punto que desde 1963 hasta1978 el petróleo fue la espina dorsal de las exportaciones del país. En 1963, 77%, en 1972 el 85%, y en 1978 el 98% de las exportaciones de Irán estaban compuestas por petróleo (Katouzian, 1981, 325). De hecho la gran dependencia del petróleo limitó las posibilidades del desarrollo económico de Irán al profundizar las desigualdades sociales y al crear una estructura económica desequilibrada. Además, el petróleo solo tuvo muy poco impacto para el desarrollo en la economía, ya que había muy poca vinculación con el resto de la economía. Empleaba a muy poca fuerza laboral y adquiría su tecnología del exterior. Al estado sólo proveía de dinero, que era para ser gastado en el consumo más que en la inversión (Looney, 1982, 90- 114).
La productividad de otros sectores industriales no se desarrolló tan rápido como la industria petrolera. A pesar de las empresas de substitución de la importación y exportación tales como la fábrica de tractores en Tabriz, plantas de ensamblajes electrónicos, industrias automotrices, etc., crecieron a una tasa promedio del 15% anual en la década 1965- 75, el resultado estuvo por debajo de las expectativas. Tales industrias no contribuyeron a las exportaciones del país o a ganar intercambio extranjero tal como fue esperado. El valor total de las exportaciones de todos los bienes industriales y agrícolas no fue superior al 2% del valor total de las exportaciones del país; 98% lo constituyó el petróleo (Halliday, 1979, 148- 149).
Claramente, la política de industrialización del Sha no alcanzó sus objetivos, pero estableció las relaciones capitalistas de producción en Irán y convirtió al país en una economía capitalista dependiente. Entre los mayores problemas que minaron la política del régimen fueron la dependencia del petróleo, la industrialización intensiva del capital basada en la tecnología extranjera, la carencia de suficiente infraestructura, la inadecuada mano de obra especializada y semiespecializada, el aumento de la demanda interna a través de la promoción del consumismo y el alto nivel de inflación (para detalles ver Panahi, 1987).
3. Distribución del Ingreso y la Riqueza:
Los recursos económicos y la riqueza de una sociedad son distribuidos entre los ciudadanos de acuerdo a las relaciones de posesión y las relaciones de producción prevalecientes en la sociedad. La forma en que estos recursos son distribuidos afecta el bienestar económico del pueblo. En una sociedad capitalista, por ejemplo, la riqueza es distribuida de forma desigual entre los participantes del proceso de producción. Como los capitalistas controlan los medios de producción, la fuerza laboral, los procesos de producción y el producto, se llevan de la parte del león de la riqueza de la sociedad.
En las sociedades capitalistas dependientes, generalmente la riqueza es distribuida más desigualmente que en los países capitalistas desarrollados. Este es especialmente el caso de los países dependientes exportadores de petróleo; ya que la mayoría del dinero del petróleo es canalizado a través del gobierno a la clase capitalista dependiente. Irán no era una excepción a este respecto. Ya hemos visto que incluso la política de reforma agraria del Sha no estaba diseñada para igualar la distribución de la tierra en Irán. Por el contrario, “fue deliberadamente diseñada para distribuir la tierra de manera desigual para los granjeros ricos y para excluir al menos a la mitad de la población rural de su alcance” (Halliday, 1979, 117). En realidad, no alcanzó ni al 50% de la población en total.
La gran desigualdad en la distribución condujo a la grave desigualdad en los ingresos y el consumo de la población rural. En 1972, el 1,2% de los granjeros, poseyendo más de 50 hectáreas de tierra, tenían un ingreso promedio de $1000; mientras que el 47% de ellos, poseyendo menos de 3 hectáreas de tierra, ganaban, en promedio, $70 (Halliday, 1979, 131). Además, la medición aproximada de los costos del hogar demuestran que la parte por encima del 20% de la población rural, a comienzos de los ‘70s era de alrededor del 44%, mientras que por debajo del 20% era alrededor de 6,5% (Jacqs, 1976, 279).
En áreas urbanas, la desigualdad en la distribución de la propiedad era aún mayor. Una porción mayor de la propiedad del país era poseída por un puñado de cortesanos o personas relacionadas con la corte, incluyendo el mismo Sha, que poseía varias fábricas, corporaciones, bancos, hoteles, etc., además del 1% convenido de cada principal empresa comercial e industrial. Su riqueza sólo era superada en Oriente Medio por la Casa de Saud en Arabia Saudita y la de Al- Sabah de Kuwait (Graham, 1979, 152- 165).
En 1974, de acuerdo a Halliday, 45 familias controlaban el 85% de las firmas con un ingreso de 10 millones de riales. Estas personas eran ex terratenientes, que habían invertido sus rentas por las ventas de las tierras en firmas industriales, o empleados públicos que habían amasado fortunas a través del ahorro y la corrupción o eran acaudalados comerciantes de bazares (Halliday, 1979, 151- 152).
Nuevamente, a causa de que la propiedad legítima y las medidas de distribución de los ingresos no estaban disponibles, las medidas de los costos del hogar pueden demostrar algo del alcance de la desigualdad. En 1959- 60 la porción por debajo del 40% de los hogares urbanos en costos era el 13, 90%, mientras que el 20% por encima era del 51,79, produciendo un coeficiente Gini de .4552. En 1974/ 75, estos valores cambiaron de 10, 91 al 51, 26, igualando al coeficiente Gini de .5216. Eso indica que la brecha de la clase naciente y la desigualdad dentro de este período, que hizo de Irán una de las sociedades con más desigualdades del mundo (Pesaran y Ghavary, 1978, 237).
A pesar de que el PBI per cápita se elevó rápidamente, no se volcó para elevar los estándares de vida de las masas. Como nota Baran: “cuando un aumento en el producto agregado nacional de una país subdesarrollado tuvo lugar, la distribución existente del ingreso evita que este incremento eleve los estándares de vida del grueso de la masa de la población” (Baran, 1970, 226). Es significativo que, de acuerdo a estudios de la Organización Internacional de Trabajo, las áreas urbanas mostraron un mayor grado de desigualdad que las áreas rurales (Looney, 1982, 248).
Probablemente una de las razones para la gran desigualdad urbana fue la disparidad de salarios e ingresos. A pesar de que los salarios aumentaron a comienzos de los ‘70s, su aumento fue desigual. En 1972, mientras el decil más bajo ganaba 3,23% de los salarios, el decil más alto ganaba el 28, 52%. Esto refleja la existencia de una “aristocracia laboral.” Pesaran informa que los salarios en Irán eran más desigualmente distribuidos que en la mayoría de los demás países. De hecho, una comparación de las estadísticas revela que la desigualdad de los salarios en Irán era como la de Brasil, Méjico e India, que se hallaban entre los más injustos del mundo (Pesaran y Ghavary, 1978, 238- 240).
Nótese que estas estadísticas se centran sólo en los salarios más que en los ingresos, lo que podría ser mucho más desigual. De acuerdo a los estudios realizados por la Organización de Planeamiento y Presupuesto en 1975, se informó en Kayhan Airmail, el 23 de noviembre de 1983, que el 20% de la población recibía el 56,2% del ingreso de la nación. La porción del siguiente 40% era del 32% y que el 40% más bajo era sólo del 11,7%. Esto demuestra la extrema desigualdad que existía en la distribución en Irán en vísperas de la revolución.
La disparidad urbana- rural también estaba aumentando velozmente. Mientras que la tasa de consumo urbana- rural era del 3,13 en 1960, creció al 3,06 en 1972 (Looney, 1982, 25). Vakil, hablando acerca de los problemas macroeconómicos básicos de Irán, consideró que la proporción era proclive a deteriorarse mucho más. “Las estimaciones preliminares de la proporción de la brecha, asumiendo la continuación de las tendencias básicas y la no introducción de políticas diseñadas para mitigar la brecha urbana- rural, sugieren valores picos en las áreas del 8, 0 al 12, 0 antes de que comience el equilibrio comience a ser restaurado.” Hace hincapié en que “mientras no se puede tener mayor confianza en los valores absolutos predichos de la proporción de la brecha, se puede, no obstante, concluir con bastante seguridad que la brecha urbana- rural empeorará antes de mejorar” (Jacqs, 1976, 91).
En cuanto a por qué la disparidad urbana- rural se estaba deteriorando, se puede mencionar el descuido del sector agrícola y los oficios rurales y el descenso en la productividad agrícola en relación a los sectores no agrícolas. La política de industrialización de gobierno asignaron la mayoría de los fondos de desarrollo a los capitales urbanos basados en los servicios industriales intensivos y la construcción de infraestructura, con poco vuelco al sector rural. Por ende, el patrón de industrialización en Irán fue fuertemente influenciado en contra del sector rural. Esto dañó, en definitiva, no sólo al sector rural, sino también a toda la economía, ya que según argumenta Lipton, un sector agrícola desarrollado es normalmente necesario para el desarrollo exitoso de otros sectores (Lipton, 1976, 13- 43).
Una de las consecuencias de la grotesca desigualdad de la riqueza y los ingresos es la indigencia y la pobreza de las masas. Ya que la “pobreza” es un concepto tanto biológico como sociopolítico, su definición difiere de un país a otro, y para cada país se establecen distintos criterios. En 1971, el Banco Mundial definió a los hogares pobres en Irán como aquellos en los que 1971 se gastaron efectivamente menos de $800 por año. Con esta definición“un importante hallazgo fue que más de la mitad de los hogares en Irán en ese momento eran pobres, con hogares pobres muchos más numerosos en las áreas rurales que en las áreas urbanas. Como es de esperarse, los hogares pobres también eran caracterizados por estar dirigidos por trabajadores agrícolas autoempleados y aquellos que vivían en áreas menos favorecidas naturalmente del país. Los pobres urbanos, por otro lado, eran generalmente obreros de la construcción o tenían trabajos irregulares en otros sectores de manufacturación con bajos salarios” (Looney, 1982, 248).
Otro estudio fue realizado por Azimi, utilizando un índice del requerimiento mínimo de calorías necesarias para el bienestar en Irán, en 1972- 3. Éste indicaba que en 1972- 3 el consumo de calorías de 13,5 millones de 31 millones de personas era menor que el mínimo requerido; 6 millones de ellos estaba severamente desnutridos y 1 millón de ellos estaban peligrosamente desnutridos, muchos de los cuales vivían en áreas rurales (Katouzian, 1981, 269- 272).
Ambos estudios revelan que alrededor de la mitad de la población en Irán durante principios de los ‘70s estaban viviendo por debajo de la línea de la pobreza. Esto muestra la gravedad de la situación por un lado, y el grado de esfuerzo y de medidas igualadoras necesarias para mejorar estos problemas socioeconómicos por el otro. Además, el creciente nivel de salarios, ingresos, riquezas y desigualdad urbana- rural condujo a una severa insatisfacción masiva con las políticas del régimen.
La disparidad urbana- rural no era sólo en los ingresos, gastos, inversión de capital y costos de gobierno, sino también en otras esferas socioeconómicas tales como la tasa de analfabetismo, educación, servicios de salud, etc. En 1972, de acuerdo a exagerados números oficiales, el 37% de la población estaba alfabetizado. Sin embargo, la tasa de alfabetización era del 58% para las áreas urbanas en contraste con el 20% de las áreas rurales.
Las diferencias de alfabetización entre los sexos también eran importantes. En las áreas rurales el 68% de los hombres estaba alfabetizado como opuesto al 48% de las mujeres. En las áreas rurales estas tasas eran de 32% para los hombres y el 8% para las mujeres. La desigualdad en la alfabetización entre las áreas urbana- rural se aumentaban a medida que se elevaban los niveles de educación (Statistical Expressions, 1976, 37).
Las importantes desigualdades en las tasas de alfabetización ayudan en algún punto a sumar en los bajos ingresos en las áreas rurales, los bajos niveles de concienciación sociopolítica, la baja representación rural en los cuerpos burocráticos y de formación de políticas y las repetidas formulaciones de las políticas influidas por lo urbano por la elite orientada a lo urbano.
Los servicios de salud también eran insuficientes y distribuidos desigualmente. En 1979, había un médico cada 2250 personas, un odontólogo cada 15580 y una cama de hospital cada 655 iraníes. No obstante, la mayoría de estos médicos, odontólogos y hospitales estaban concentrados en Teherán. Alrededor del 46% de los médicos y el 50% de los odontólogos estaban en Teherán, el 31% de los médicos y el 28% de los odontólogos estaban en las ciudades centrales de las provincias, y el resto, i. e., alrededor del 22% de los médicos y odontólogos se hallaban en pequeñas ciudades y áreas rurales, donde vivía aproximadamente el 70/ 80% de la población (El Estudio del Cambio Económico Desde la Revolución, 1982, 257- 264, y Katouzian, 1981, 291- 292).
La condición de las ciudades se deterioró a causa del aumento de la tasa de población debido a la migración de la población rural. Esta tendencia creó asentamientos marginales y barriadas pobres alrededor de las grandes ciudades, sin los servicios necesarios como agua potable, electricidad, etc.
El alojamiento insuficiente y caro también era un problema importante en las áreas urbanas. “Entre 1967 y 1977, el porcentaje de las familias urbanas viviendo en sólo una habitación aumentó del 36 al 43%. En vísperas de la revolución, tanto como el 42% de los teheraníes tenía un alojamiento inadecuado (Abrahamian, 1980, 23). Las condiciones de alojamiento en las áreas rurales también eran muy pobres; el 90% de las casas en las aldeas eran de adobe. Más del 70% de las aldeas de irán tenían menos de 250 habitantes, sin ningún tipo de servicio especial ni facilidades como transporte, caminos, electricidad, agua potable o instalaciones médicas y educativas (Graham, 1979, 28).
Las desigualdades socioeconómicas, junto con muchos otros problemas socioeconómicos, generaron descontento y resentimiento entre los indigentes. El gobierno intentó compensar estas insatisfacciones de muchas maneras inconsistentes, tales como control de precios, subsidio de los alimentos básicos, ofrecimiento de educación gratuita, etc. Pero estas medidas fueron ineficaces para mejorar la situación de manera importante y tendían a beneficiar a los ricos más que a los pobres, añadiendo una pobreza relativa.
Además, las reformas del Sha y la introducción del capitalismo, junto con valores individualistas y materialistas, debilitaron los antiguos lazos de la familia extendida, las obligaciones comunes y mutuas hacia los pobres y otros mecanismos sociales y culturales de apoyo a los necesitados, sin reemplazarlos con nuevas instituciones. Las obligaciones islámicas, como el pago de lo debido a los pobres (zakat y khums) también fueron amenazadas debido a la occidentalización y secularización de la sociedad.
V. Conclusión
En las secciones anteriores, revisamos el antecedente islámico, cultural, político y socioeconómico de la Revolución Islámica de Irán. Observando cada área, se ve una variedad de tensiones y conflictos. En la esfera islámica, la veloz política de secularización del régimen estaba en contradicción con las fuertes creencias islámicas del pueblo iraní, y condujo a su insatisfacción con el régimen. Esto convocó a una fuerte oposición por parte de los líderes shiítas, los ulemas y las masas.
En tanto a lo concerniente al ámbito cultural, la política del Sha para la rápida occidentalización del país creó una intolerable dualidad y una brecha entre la cultura iraní de las masas y la cultura occidental de la élite no islámica iraní y los sectores occidentalizados de la población. Los nuevos valores occidentales y las normas estaban siendo practicados y propagados a través del sistema educativo y los medios masivos de comunicación por la élite a pesar de la fuerte adhesión de las masas a su tradicional cultura iraní islámica. Surgieron graves conflictos de valores en la sociedad entre la élite no islámica por un lado y las masas islámicas por otro lado.
El costo político de todo esto fue la alienación de los iraníes del régimen y la gradual erosión de la legitimidad del régimen. Además, el creciente despotismo del Sha llevó a una gradual eliminación de toda forma y canal de participación política y oposición. Esto obligó a la oposición a alejarse del régimen y los llevó a la lucha política y armada. La creciente opresión política del régimen redujo más aún su nivel de respeto y creo una severa crisis de legitimidad. Las políticas del Sha destruyeron casi todos los puentes entre él y su pueblo.
Finalmente, sus veloces programas de modernización socioeconómicos no lograron sus objetivos y destruyeron la industria social y económica tradicional del país y crearon muchos conflictos y tensiones, tales como el conflicto entre las antiguas instituciones y las importadas desde occidente. Romper el sistema económico tradicional sin hallar un reemplazo adecuado y sin el suficiente apoyo de los sectores desplazados de la población, crearon una masiva alienación social y económica, dislocación y atasco en la producción. Las crecientes desigualdades del ingreso y riqueza junto con las crecientes expectativas, condujeron a mayores carencias relativas y se agregaron a la insatisfacción popular y a la oposición.
Viendo las condiciones antes descritas desde el punto de las distintas teorías de la revolución, se puede concluir que el Sha y las políticas del régimen acerca de los asuntos islámicos, culturales, políticos, sociales y económicos crearon una situación revolucionaria en Irán. Con la existencia de grupos opositores viables y bajo adecuadas condiciones, tal situación pudo (y lo hizo) conducir a los movimientos revolucionarios
[1] N. de la T: El orden alfabético mencionado por el autor es conservado en esta traducción a los fines de no alterar la clasificación de las consignas en las distintas categorías y subcategorías.
[2] Ver Bibliography of the Published Books About the Islamic Revolution in the World (1356- 1376), reunido por Mortaza’ee y Amirkhani, editado por Alhoda International Pub. Co. 1998. En este libro 1179 libros, escritos en 13 idiomas extranjeros hasta 1997, han sido documentados. También en The List of English Articles Published About the Islamic Revolution (1357- 1377), recopilados por Fatemeh Amirkhani, 1443 artículos en inglés acerca de la Revolución Islámica son listados.
[1] El primer reino poderoso que integró Persia fue el de la dinastía Aqueménida, 559 AC- 330 AC. Luego de un breve período de dominación persa por parte de Alejandro de Macedonia y sus sucesores (330- 250 AC), los arsácidas (250 AC- 224 DC), y luego los reyes sasánidas gobernaron el país hasta que los musulmanes conquistaron Irán en 651 e introdujeron el Islam y gobernaron el país por alrededor de dos siglos bajo los califatos omeya y abasí. Irán comenzó a obtener su independencia al establecer dinastías locales semiautónomas incluyendo a los tahiridas (821- 873), safáridas (861- 900) alavidas (864- 928), que gradualmente socavaron el gobierno árabe en Irán. Estas dinastías, seguidas por otras, tales como los samánidas (900- 999), gazanávidas (998- 1041) y los selyúcidas (1040- 1157), gobernaron Irán hasta la invasión de los mogoles que dominaron y destruyeron el país por más de un siglo.
El caos político y la desintegración de Irán continuó hasta que obtuvo su unidad y fortaleza con el establecimiento de los safávidas (1510- 1722), que terminó con la invasión afgana (1722- 1735), seguida por el gobierno del Khan Karim Zand, hasta 1779. En la década de 1770, la dinastía jayarí fue establecida y gobernó Irán hasta 1925, cuando los Pahlavis llegaron al poder a través de un golpe de Khan Reza respaldado por los británicos.
[1] Muchos han considerado la pregunta de por qué el feudalismo iraní, que comenzó en Irán mucho antes que en Occidente, duró tanto tiempo sin transformarse en capitalismo. Muchas respuestas son dadas a esta pregunta. Entre ellas se pueden mencionar: 1) Las continuas invasiones extranjeras, especialmente los mogoles, interrumpían el proceso natural de desarrollo del feudalismo iraní hacia el capitalismo. 2) Los comerciantes y el feudalismo formaron una coalición de clase dominante en la que los feudales eran hegemónicos. De esta forma, a pesar de que las actividades mercantiles y manufactureras se desarrollaron mucho antes el Irán que en Occidente, la clase feudal dominó y explotó a los manufactureros y a los campesinos. 3) Los regímenes despóticos que gobernaban el país evitaron las iniciativas y las innovaciones del sector privado, especialmente en los dos últimos siglos cuando Occidente estaba surgiendo. 4) Y finalmente, el advenimiento del colonialismo en el S XVI, la rivalidad de los imperialistas británicos y rusos para dominar Irán durante los S XIX y XX, evitando o derrotando los esfuerzos serios para las reformas. Estas cuatro respuestas, de acuerdo a algunos, pueden explicar el estancamiento o subdesarrollo del país cuando Occidente avanzaba rápidamente.
Extracto del libro “Una Introducción a La Revolución Islámica de Irán y Sus Consignas”

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