13/4/13

Denuncia del salafismo político



Siempre que hablamos de los problemas políticos que afectan a la Comunidad Musulmana solemos culpar a Occidente, a los EE.UU., a los sionistas o cualquiera otro de los símbolos del sistema imperial de esta situación, y es cierto, todos ellos son culpables del actual estado de la Comunidad Islámica, ¿pero son los únicos culpables?, yo creo que no.
Si miramos la historia reciente de nuestra Comunidad y somos sinceros, debemos admitir que también parte de esa Comunidad es culpable de esta situación. No me estoy refiriendo a esos gobiernos títeres ya conocidos por casi todos, sino a gente más de base, a simples ciudadanos musulmanes, o mejor dicho, a la ideología que estos profesan, al accionar político de esta ideología.
Me estoy refiriendo al salafismo político. No quiero hablar aquí de cuestiones de aquida entre otras cosas porque como dice Allah (SWT) en el Corán: La ikraha fii addin «No cabe coacción en el Din» Corán 2:256
A diferencia del fiq, en la creencia no cabe imitación ciega. La creencia de cada uno es cuestión de su corazón, de su reflexión, de su razonamiento. De lo que yo quiero hablar, como he dicho antes, es de la realidad política de esa ideología y de su estrecha connivencia con los enemigos del Islam.
Como sabéis, por un lado los orígenes del conocido como “movimiento sálafi” se remontan a la segunda mitad del siglo XIX, a figuras como Yamal al-Din al Afgani y Muhammad Abduh. Aquel movimiento pretendía liberar, reformar y unificar el mundo islámico fundamentándose en la recuperación de su antiguo esplendor, al tiempo que adaptándose a la realidad de la vida contemporánea. Quería ser un movimiento de renovación y modernización, predicando un discurso humanista basado en la libertad humana -contra la doctrina de la predestinación absoluta- y dando cabida a la especulación racional, pretendiendo en cierto modo reformular ideas del kálam mu’tazili, frente al anquilosamiento en el que, consideraban, había caído el Islam oficial.
Por otra parte debemos considerar otro movimiento surgido también a comienzos del siglo XIX, encabezado por Muhammad ibn ‘Abd al-Wahhab Kirguiz, ferviente seguidor de Ibn Taymiyya. Este movimiento que también se autodenomina sálafi y al que generalmente se conoce como wahabismo, comenzó a tomar auge en la península arábiga tras su alianza con la familia As-Saud. A diferencia del anterior, lo que hace es profundizar en ideas literalistas, inmovilitas y primarias, especialmente procedentes del kálam hanábila.
Ambos movimientos sálafis coinciden en considerar que el Islam existente en su tiempo había sido corrompido y que la solución había que buscarla -de una manera un tanto ambigua- en unas falsamente idealizadas primeras generaciones del Islam, en lo que ellos llaman Sálaf as-Salih.
El devenir político de ambas ramas ha sido muy diferente. Mientras la primera desembocó en la creación de organizaciones del tipo de los Hermanos Musulmanes, la segunda fue durante mucho tiempo simplemente el sistema religioso que daba cobertura a las aspiraciones políticas de los Saud, y una vez conseguidas estas, el aparato ideológico de dominación del régimen.
Esta familia consiguió apoderarse definitivamente del Hiyaz y del Nayd en los primeros años ’20 gracias a su alianza con el Imperio Británico, autoproclamándose Abdul Aziz Ibn Abdurrahman As-Saud como rey en 1925.
A partir del año 1938 en el que se descubrieron los yacimientos petrolíferos en lo que hoy se conoce como Arabia Saudí, la expansión de las ideas salafo-wahabis a lo largo del mundo sunni se hizo cada vez más evidente gracias a los inmensos ingresos provenientes de esta nueva riqueza, a tal grado que estas ideas, rechazadas radicalmente desde un principio por los seguidores del sunnismo tradicional, fueron contaminando éste hasta el punto que sus propios seguidores son incapaces de reconocer y saber separar unas ideas de otras.
Sin embargo la activación política a gran escala de esta ideología no se comenzó a ver hasta los primeros años 80, cuando se la quiso utilizar como vacuna preventiva contra cualquier mala influencia que pudiera proceder de la Revolución Islámica recientemente triunfante en Irán, gracias a la red de agentes instruidos en los centros wahabis de Arabia, instalados al frente de mezquitas y centros islámicos de todo el mundo, al tiempo que se presentaba entonces, en lo político, a figuras y grupos de esta tendencia como grandes paladines de la lucha islámica, entonces centrada en la lucha contra la ocupación soviética de Afganistán, como símbolo de que también el mundo sunni era capaz de hacer cosas políticamente por el Islam.
Pero no ha sido hasta después de lo ocurrido en las Torres Gemelas que esta ideología no ha mostrado su cara más criminal y mercenaria. Cuando el sistema imperial, tras la caída de la Unión Soviética decidió cambiar a esta como enemigo diabólico justificante, por el Islam, y cuando decidió poner en marcha un nuevo orden, para el que previamente debían asegurarse la totalidad de los recursos energéticos hoy existentes en tierras musulmanas, utilizó a estos salafistas políticos convertidos ya en meros agentes de ese sistema para ayudar en este propósito, en dos frentes.
El primero para ayudar a crear un ola de islamofobia en la sociedad mundial, con la que endulzar ante esta toda acción diplomática o militar que el sistema imperial quiera emprender en aras de la consecución de su objetivo. Así se creó una marca como Al-Qaeda y toda una colección de submarcas, con las que reivindicar innumerables acciones terroristas de amplia repercusión mediática, que han servido para justificar toda una campaña bélica, mediática y legislativa que bajo la excusa de “lucha contra el terror”, ha servido para facilitar la penetración militar de los EE.UU. y sus cómplices en casi todas las tierras de Oriente Medio.
El segundo frente es simplemente el del mamporrerismo, el de actuar como fuerzas de choque indígenas cuando los EE.UU. meten la pata, o cuando se pretende acabar desde dentro con una futura presa. Así lo pudimos ver en Iraq cuando los EE.UU. se dieron cuenta del error que para sus intereses había representado acabar con el régimen de Sadam, y el riesgo cierto que corrían de que, después de hacer una guerra, el país acabara en manos de sus mayores enemigos, los musulmanes shi’as, lo que para ellos es lo mismo que decir Irán. A partir de ese momento Iraq se llenó de salafistas políticos, ya conocidos como yihadistas, y a base de asesinatos y matanzas, su única ideología real, su único modus opreandi, consiguieron crear una absoluta división interna en la sociedad irquí, inexistente hasta el momento, que ha llevado al país a la práctica desintegración y a su anulación como Estado posible seguramente hasta dentro de muchas generaciones.
La verborrea de estos mercenarios salafistas está plagada de palabrería antioccidental, pero curiosamente sus obras van siempre en el sentido que más beneficia a ese mismo Occidente, y sus víctimas suelen ser precisamente musulmanes, no agentes de ese Occidente al que ellos tan fielmente sirven.
Estos salafistas mercenarios se han especializado en crear la división interna dentro de las sociedades musulmanas, precisamente en una época en la que estás más requieren de unidad para poder hacer frente a las múltiples amenazas de los enemigos del Islam.
Lo mismo que se consiguió en Iraq se pretendió en Líbano para intentar acabar con la Resistencia Islámica y dar seguridad al ente sionista de Israel, pero alhamdulillah allí fueron eliminados antes de que pudieran inocular su veneno. Otro tanto ocurrió en Palestina, en Gaza, donde han intentado ser introducidos para acabar con Hamas y dónde afortunadamente también han sido mantenidos a raya hasta el momento. Por cierto, ¿alguien conoce alguna acción de esta gente, tan amigos de aplicar a otros detonador, gatillo y cuchillo rápido, contra la ocupación sionista?, yo desde luego no, pero sí recuerdo hace pocos meses que asesinaron en Gaza a un periodista italiano, colaborador precisamente de la Resistencia Palestina, seguramente es que era un infiel.
Una vuelta de tuerca más en el colaboracionismo del salafismo político con los poderes del sistema imperial la podemos ver en esto que se ha dado en llamar “Primavera Árabe”. Por un lado, en los recientes acontecimientos de Libia, han actuado directamente como aliados de la OTAN. Es curioso como al igual que la verborrea sálafi está repleta de palabrería antioocidental al tiempo que son fieles servidores de los intereses occidentales, la verborrea occidental está plagada de palabrería anti-yihadista, palabrería que no han dudado en modificar en este caso para llamar a los que hasta hace pocos meses calificaban de terroristas, como luchadores por la libertad.
Estos mismos “luchadores por la libertad”, otrora terroristas alqaedianos, son los que han sido enviados a Siria, un verdadero trofeo para Occidente, para intentar reproducir lo practicado en las maniobras libias. Estos “luchadores por la libertad”, de la mano de esos otros representantes del humanismo mundial, las monarquías del Golfo y con toda la cobertura mediática occidental, ya han dejado en Siria su tarjeta de visita a base de terror y muerte, empleándose a fondo para intentar desintegrar y enfrentar a la sociedad siria como lo consiguieron con la iraquí, y entregarle al sionismo en bandeja de plata la parte del antiguo Sahms que aún no domina y abrirle las puertas al sistema imperial de un camino directo hacia Irán.
Otra vertiente de la actividad del salafismo político en esta invernal primavera, la podemos ver en Túnez y Egipto, donde gracias a la financiación saudí han alcanzado grandes cuotas de poder en las recientes elecciones, suficientes para mediatizar la acción de los grupos políticos musulmanes tradicionales. Es curioso que la financiación saudí en estos países ha correspondido tanto a estos grupos fanáticos como a grupos seculares y antiislámicos, todo fuera por que los grupos políticos musulmanes tradicionales no consiguieran una capacidad de gobierno autónomo que en su acción pudiera servir de ejemplo para otras sociedades. Un gobierno a la sombra del salafismo político, es un gobierno fallido, es un gobierno que lejos de aspirar a la liberación política nacional está condenado a convertirse en un esbirro más de los intereses americano-sionistas, como lo estamos viendo estos días en esa pantomima de Liga Árabe.
No es de extrañar que entre las primeras declaraciones del líder del movimiento político sálafi egipcio tras la elecciones, estuvieran por un lado la declaración de Arabia Saudí como su ejemplo de estado islámico, y una llamada a la dirección de Hamas para que trasladara la sede de su Oficina Política de Damasco a El Cairo y para que cesaran inmediatamente sus relaciones con Irán.
Pero no hay que equivocarse, el que el sistema imperial esté detrás de esos grupos no quiere decir que no sean gente que se autodenomina musulmana los ejecutores de esa política. Que no sean los cerebros, no les exime de la responsabilidad de sus crímenes.
Esa ideología que con apariencia de pureza e integridad intenta captar lo mejor de la juventud musulmana, por desgracia en gran medida víctima de la ignorancia y la pobreza y por tanto presa fácil, y la lleva a una batalla nihilista que no tiene mas fin que la destrucción por la destrucción, no debe ser justificada en medida alguna por el resto de los musulmanes, antes al contrario, debe ser rechazada y perseguida especialmente por aquellos dentro de cuyo seno se nutre, es decir, debe ser rechazada y perseguida en primer lugar por todos aquellos que se consideran seguidores del sunnismo tradicional, si es que no quieren que, como ya se aparenta, la imagen del Islam sunnni, y el propio Islam sunni, sea fagocitado definitivamente por este monstruo de ojos inyectados en sangre.

Mikail Alvarez Ruiz
http://www.ribatal-andalus.org/

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