15/3/13

Los grandes desafíos que esperan al Papa



Van desde el problema por los escándalos sexuales, la necesidad de abrir la iglesia, el lugar de la mujer o de los divorciados, entre otros.



POR SERGIO RUBIN


El comienzo auspicioso del papado de Francisco, con sus gestos de austeridad y sencillez que tan bien cayeron, tiene su contraparte: la enorme cantidad de cuestiones que deberá afrontar, no pocas muy delicadas. Al fin de cuentas, Benedicto XVI renunció en medio de escándalos sexuales, presuntos casos de corrupción y pujas de poder con la consiguiente pérdida de autoridad moral de la Iglesia y crecientes críticas por la falta de modernización de la curia en ciertos, delicados, temas.

A todo ese panorama se suma el drenaje de fieles, la escasa práctica religiosa, la caída de vocaciones religiosas y un ambiente cultural indiferente a lo religioso, o que prefiere arrinconar la vivencia de la fe al ámbito privado, sin resonancia pública.

No toda la herencia relacionada con los problemas más acuciantes, por cierto, es necesariamente negativa. Si hay algo que se le reconoce a Benedicto XVI es haber afrontado con energía el problema relacionado con los casos de pedofilia cometidos por miembros del clero, más allá de que no podía esperarse otra cosas ante la gravedad de los hechos.

Joseph Ratzinger dejó un protocolo muy estricto ante las denuncias: suspensión en el ejercicio del ministerio sacerdotal, denuncia ante la justicia, proceso eclesiástico con expulsión del sacerdocio, atención a las víctimas. Pero es Jorge Bergoglio quien, a partir de ahora, deberá asegurar su estricto cumplimiento, terminar con eventuales bolsones de resistencia y hacer más severa la selección de los futuros sacerdotes.

Otro tema delicado -que promete darle a Bergoglio algunos dolores de cabeza- es avanzar en una reforma de una curia romana muy cuestionada por sus luchas de poder y manejos poco trasparentes. Será clave el secretario de Estado que elija (¿acaso el arzobispo de Milán, Angelo Scola, uno de los principales mencionados para suceder a Benedicto XVI?). Pero la reforma deberá ir más allá: instaurar una mayor colegialidad en la Iglesia, o sea, abrir una mayor participación en la toma de decisiones con la participación de las conferencias episcopales de cada país, en detrimento del centralismo romano. Un anhelo que quedó claro durante las exposiciones de los cardenales en los debates preparatorios para el cónclave.

El Papa Francisco sabe, además, que debe revitalizar la labor misionera de la Iglesia, acaso el tema más blandido por los cardenales. Es una cuestión de menor interés para el mundo profano, pero el principal para la Iglesia. En Europa, el catolicismo está en retirada y los grandes templos amenazan con convertirse en museos. El alejamiento de los jóvenes de la fe es alarmante.

En Latinoamérica, asimismo, las comunidades evangélicas le están quitando fieles de modo significativo. Brasil, el país con más católicos del mundo, es un caso emblemático. En cambio, puntos de África y Asia tienen realidades más halagüeñas. La pregunta es cómo enfrentará este desafío Bergoglio.

Otros temas como los métodos artificiales de control de la natalidad -censurados por la doctrina católica-, la comunión a los divorciados en nueva unión -hoy vedada- y el celibato optativo parecen asuntos que Francisco no abordará en el inicio de su pontificado. Y, mientras la posibilidad de que las mujeres accedan al sacerdocio parece muy lejana, sí crece la conciencia en la Iglesia de que la mujer debe ocupar puestos mucho más relevantes en sus estructuras. Acaso en esto habría que esperar decisiones más o menos prontas del Papa argentino.

Francisco deberá tener mucho coraje y energía en los tiempos que vienen. Las expectativas que está creando tienen el problema de que, si son tan grandes, pueden terminar resultando decepcionadas. Por lo pronto, el estilo de cercanía y sencillez de Bergoglio le permite ganar tiempo y crear un ambiente favorable a su papado. En definitiva, podrá discutirse cuánto espacio para cambios hay en la Iglesia, pero sobra para mostrar coherencia entre lo que se predica y lo que se hace. Y, se sabe, lo que convence es el ejemplo.

Clarín

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