9/3/13

Los enredos y conjuras del cónclave


Bernardo Barranco V.


El cónclave que dará inicio el próximo martes 12 de marzo será uno de los más tensos en la historia moderna de la Iglesia católica. Las fuertes presiones internas y externas a que están sometidos los cardenales electores marcan un ejercicio inédito. En lo interno, el Vaticano está infestado de luchas palaciegas de poder clerical desmedido y, en lo externo, la Iglesia enfrenta escándalos y una notoria pérdida de credibilidad y autoridad moral. Las lecturas de los candidatos, gestos y temas abordados en las congregaciones generales apuntan a una lectura más política que espiritual en la elección del nuevo pontífice. El mundo está pendiente en Roma con más de cinco mil reporteros de 60 países que han enviado corresponsales especiales, equipo y estructura para realizar amplias coberturas de un evento que interesa al mundo. No hay duelo ni orfandad pues el Papa renunciante sigue vivo y aunque el propio Benedicto XVI no quiera, sigue teniendo un peso significativo en el ánimo de los purpurados votantes, especialmente de aquellos que fueron creados cardenales por él. Por cierto, son la mayoría del colegio elector.

Una de las características particulares del cónclave 2013, es que los cardenales en su mayoría son conservadores. Fueron ordenados en un amplio arco de tiempo pontifical Wojtyla-Ratzinger de 35 años, en el que se ha construido un perfil ortodoxo de clones religiosos con pequeñas variaciones de forma más que de fondo. El progresismo católico estará ausente en el cónclave por primera vez desde los tiempos que precedieron al Concilio, sin embargo, su presencia se hace notar con implacables y certeras críticas en medios sobre el colapso eclesial empujado por el conservadurismo que ha imperado en los dos recientes pontificados, el llamado invierno eclesial, que está llevando a un colosal derrumbe no de la fe de la feligresía católica sino fruto de la crisis de la estructura institucional de la Iglesia.

Otro signo de este cónclave es la ausencia de candidatos fuertes para la sucesión pontifical. Al principio se mencionaba reiteradamente a siete supuestos candidatos, ahora se habla de 25. O la Iglesia carece de figuras y liderazgos nítidos o existen fuertes forcejeos por imponer o favorecer alguna facción. Estos jaloneos puede ser la punta del iceberg, pues se pretende que la Iglesia consense con el candidato un proyecto frente al cúmulo de desafíos y exigencias que indica el corte de caja, es decir, una bancarrota moral de la Iglesia. Las disputas curiales están encarnadas en Ángelo Sodano, cardenal decano que, por edad, no participará en el cónclave, y Tarciso Bertone, el camarlengo, hombre de confianza y operador del Papa emérito. La disputa curial romana contamina la nutrida presencia de 28 cardenales italianos, quienes al parecer quieren recuperar el trono de Pedro y han encontrado en Ángelo Scola, arzobispo de Milán, su delfín. Pero falta ver a los llamados por la prensa italiana un tanto de manera despectiva los extranjeros. Es decir, los cardenales no italianos ni curiales, que son la mayoría del colegio cardenalicio.

Los cardenales extranjeros que más se han hecho notar son las provenientes de Estados Unidos y de Alemania. Han sido inquisitivos en clarificar los entretelones del Vatilieaks y sometieron casi a interrogatorio al cardenal opusdeista Julian Herranz sobre el resultado de sus investigaciones que, según filtraciones de La Repubblica, se habría documentado la corrupción homosexual de redes políticas de chantaje y lavado de dinero en el IOR, banco del Vaticano. Los estadunidenses presentan dos fuertes candidatos, con experiencia en el manejo y administración de las tormentas mediáticas a las que ha sido sometida la Iglesia en aquel país por los abusos sexuales de pederastas clericales. Uno de ellos es el arzobispo de Boston, el cardenal Sean O’Malley: si bien reconstruyó el desastre heredado del cardenal Bernard Law preside el comité Pro-Vida del episcopado. Muy probablemente los estadunidenses sea un contrapeso efectivo frente a los italianos.

El lobbie ha sido intenso pero discreto. Finalmente el cónclave, con variantes, es un proceso electoral. Con una historia milenaria y una simbología diferente. Pero también existe la guerra sucia como fue desplegar pendones en las calles de Roma aledañas a la Plaza de San Pedro, solicitando el voto por el cardenal ghanés Peter Turkson, como si los romanos votaran. Fue una campaña de desprestigio con la mala intención de estropear las aspiraciones de considerar un candidato africano. Del lado latinoamericano, con la excepción de Odilo Scherer, arzobispo de Sao Pablo, la mayoría de los cardenales de nuestra región son ultraconservadores o no reúnen los requisitos básicos para afrontar la delicada misión de conducir la Iglesia. Percibo una fuerte inclinación latinoamericana hacia la vieja guardia curial. No fue casualidad por ejemplo en México la visita de Prigione, protector de Maciel, paisano y aliado incondicional de Ángelo Sodano. Leonardo Sandri, otro papable, más que un cardenal latinoamericano es una apuesta de Sodano y forma parte de la curia romana más viciada.

En la historia moderna de los cónclaves, por lo menos del siglo XX para acá, ninguno se ha extendido más allá de los cuatro días. Salvo que los electores se entrampen, en una semana habrá un nuevo jerarca en la Iglesia. Las negociaciones no sólo contemplan al futuro pontífice sino a la cartera de algunos cardenales que harán equipo con el próximo Papa. Los 115 cardenales entran al cónclave con diferentes facciones: político/diplomáticos, bertonianos, ratzingerianos, italianos, extranjeros, los americanos, los focolares, ambrosianos, etcétera. Muestra la diversidad y amplio abanico conservador que domina la Iglesia en la actualidad. Toda combinación es posible, todo acuerdo es viable y toda alianza es deseable para facilitar un amplio consenso para que un papa pueda sacar a la Iglesia de la zona de desastre en que se encuentra.

La Jornada

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