12/2/13

Revisionismo histórico y política nacional


Apuntes sobre la necesidad de revisar la historia desde la perspectiva de los sectores populares latinoamericanos.


Cuaderno Nº 11 del Centro de Estudios Hernández Arregui (CEHA)



Por Juan Godoy *

“(La oligarquía) renueva en el presente las calumnias con que esa población nativa es presentada por una historia oficial escrita por uno de los suyos: Bartolomé Mitre. Este odio al pueblo –que Sarmiento contribuyó a difundir- se cuida de citar a otros testigos de la época. Argentinos que no renegaron de esas masas criollas plasmadoras de la nacionalidad”
(Hernández Arregui, J.J. (2004). La Formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Continente, página 51.

“No hay política nacional sin historia revisada, porque el cipayo y el vende patria son consecuencias lógicas y hasta prestigiosas en una historia que ha condenado la política nacional y glorificado la sumisión al extranjero”
Jauretche, Arturo. (2008). Política nacional y revisionismo histórico. Buenos Aires: Corregidor, página 84.


La política de la historia. La falsificación.


            En el presente pretendemos dar cuenta de la importancia de revisar la historia más allá de la mera idea de la existencia de otra/s historia/s disonante/s con la de los vencedores. Así, indagaremos en la necesidad de revisar el pasado nacional en relación a la sustentación de una política nacional, indispensable para avanzar en un proyecto de nación. Asimismo establecer, desde el pensamiento nacional, la perspectiva desde la cual debe analizarse nuestra historia, y la estrecha vinculación del análisis con las ideas políticas de quien lo realiza.

            La pregunta por el pasado nacional, surge en el presente, de allí se dirige inexorablemente hacia el pasado, pero al mismo tiempo lo hace hacia el futuro, como horizonte utópico de realización y se plasma en un proyecto concreto. La memoria así, como dadora de identidad, en una lucha constante contra la desintegración.[1] Quien se pregunta por el pasado, al menos desde el pensamiento nacional (y en algunas otras corrientes también), no está interesado en el pasado por el pasado mismo, como un nimio “juego intelectual” sino que busca puntales donde asentarse, desde donde construir su identidad para avanzar en un proyecto político. Indagar en las vivencias, ideas, anhelos, sueños, etc., del pueblo, Una memoria que posibilite la reconstrucción del tejido social. Argumentamos entonces que para poder pensar el presente y el futuro, se hace necesario el conocimiento de nuestra historia, pues en los hechos presentes se encuentran entrelazados los pasados y lo que será, lo futuro. Los fantasmas del pasado habitan en nosotros, y nuestras ideas se plasman en el porvenir.

            El relato histórico es uno de los elementos en los que se asienta la superestructura cultural de colonización pedagógica, que se revela fundamental en los países semi-coloniales, o naciones inconclusas donde si bien se obtuvo la independencia formal, la situación dista de ser de pleno desenvolvimiento de las fuerzas nacionales, por las ataduras a factores externos que no permiten que esto suceda[2].

            Consideramos aquí que en el análisis de la historia no hay asepsia u objetividad, sino que hay un entrecruzamiento con intereses políticos. Así en la pregunta por la historia se ponen en juego dos operaciones básicas, a saber: la heurística, la acumulación y el ordenamiento de los datos históricos; y la hermenéutica, la interpretación de esa información. De esta forma damos cuenta de que fruto de este proceder en el abordaje de la historia, han surgido diferentes corrientes historiográficas de acuerdo a la perspectiva ideológica desde la cual abordan la información histórica, y al proyecto político que pretenden sustentar[3]. Resaltamos aquí que la heurística, también aparece teñida por la ideología, por la perspectiva desde la cual se recortan los datos, las citas, etc.

            De esto se desprende la existencia de una política de la historia, en la cual se ha construido un relato de forma sistematizada, que no puede ser meramente casual, de esta forma, “no es pues un problema de historiografía, sino de política: lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia, en que ésta es solo un instrumento de planes más vastos (la superestructura cultural de colonización pedagógica, al mismo tiempo difunde doctrinas económicas, sociales, etc.) destinados precisamente a impedir que la historia, la historia verdadera, contribuya a la formación de una conciencia histórica nacional que es la base necesaria de toda política de la Nación. Así, pues, de la necesidad de un pensamiento político nacional ha surgido la necesidad del revisionismo histórico”[4].

            A partir de esta conceptualización, avancemos en nuestro planteo, y veamos cómo para pensar una política nacional es condición necesaria hacer revisionismo histórico. Pues la falsificación de la historia ha buscado que no tengamos las herramientas, las aptitudes para concebir y pensar una política nacional. Esta historia, la historia liberal, oficial, es falsa en tanto pretende arrojarse la totalidad del relato histórico, pretende ser La Historia Única y Verdadera, no sería falsa si estableciera que solo es un relato parcial acerca del pasado, la cual es complementada con la prensa y la enseñanza,  para perpetuar la deformación histórica[5]. Llamamos la atención aquí, sobre la rigurosidad de la construcción del relato histórico, la cual no es muy tenida en cuenta por la historia liberal (innumerables ejemplos se podrían citar de las tergiversaciones, ocultamientos, etc. de esta corriente historiográfica). Además ponemos en consideración qué temas considera relevante esta perspectiva, dado que “nuestra historia oficial no tiene espacio para incluir los grandes temas definidores, como ser: la preservación de las esencias tradicionales que forman el subsuelo de la nacionalidad, los valores vernáculos que se oponen a las teorías foráneas, los ritmos vitales que se rebelan contra las puras ideologías, las concepciones políticas que chocan buscando definir al hombre y su circunstancia, la guerra implacable de la oligarquía contra el pueblo, la imposible conciliación entre la soberanía y la colonia y, sobre todo, el correcto esclarecimiento de quiénes son los bárbaros y quiénes los civilizadores”[6]

De esta forma cobra importancia el revisionismo histórico, pues “a la historia oficial de la oligarquía hay que oponerle la revisión revolucionaria que desvista el contenido clasista de esa fábula canonizada de nuestro pasado”.[7] Con esto último, queremos poner de relevancia que en la tarea de revisar nuestra historia para una política nacional, no se trata de desvestir a unos santos para vestir otros. No puede tratarse de una visión maniquea, ni de buenos y de malos. Sino que de lo que se trata es de dar cuenta del enfrentamiento de los diferentes sectores sociales, y concebir a los personajes histórico-político, con sus luces y sombras, abordándolos como representantes de algún/os sectores de la realidad social que les toca.

            La re-interpretación de nuestros procesos históricos no fue para los iniciadores de dicha tarea, ni es hoy sencillo, dado que “domina en nuestro país la falsa idea de una historia dogmática y absoluta, cuyas conclusiones deben acatarse como cosa juzgada (…) el espíritu dominante en los medios pedagógicos y políticos se resigna apenas a captar las rectificaciones de detalle que impone la crítica documental muy activa entre nosotros. Pero se resiste denodadamente a todo lo que signifique un esfuerzo de originalidad interpretativa, y especialmente, a todo lo que sea introducir una nueva valoración de los personajes que actuaron (…) aquí se ejercita un verdadero terrorismo de la ciencia oficial, por medio de la prensa, la universidad y la enseñanza media”[8].

La política del pasado. La aparición de diferentes corrientes historiográficas

            De ahí que, dada la política de la historia que venimos desarrollando, han aparecido diferentes corrientes historiográficas que reseñaremos muy brevemente, basándonos en la caracterizaciones que realiza Norberto Galasso[9].

Así como tuvimos una historia oficial, también tuvimos voces disonantes a esta interpretación que no conformaron una corriente historiográfica, como David Peña en su reivindicación de Quiroga (la primera), Adolfo Saldías, con su historia de la confederación argentina, dando una interpretación disonante de la historia oficial que se había ensañado con la figura de Rosas.

Tuvimos un revisionismo de fuerte ligazón al rosismo donde podemos ver, por un lado, en sus comienzos hacia la década del ’30, uno de tendencia nacionalista oligárquica, en el cual encontramos a personajes como Carlos Ibarguen, Irazusta, Manuel Gálvez, etc. Y por otro lado, uno popular, ligado al peronismo, donde encontramos a José María Rosa, Fermín Chávez, Rodolfo Ortega Peña, Luis Duhalde entre sus exponentes más lúcidos. Podríamos considerar, asimismo, la aparición de los muchachos de FORJA, y sus aportes en el campo historiográfico, sobre todo los de Scalabrini Ortíz en relación al imperialismo británico, y los trabajos de Arturo Jauretche, Homero Manzi, etc. Muchos forjistas van a realizar importantes trabajos de tendencia revisionista tanto al momento de ser parte de FORJA (1935-1945), como luego de su desintegración para sumarse al peronismo naciente.

 Otra corriente que ha aparecido en los últimos años es la historia social, con una fuerte impronta de la escuela de los anales francesa, con un análisis que involucra la sociología, la economía, distintas disciplinas. Éstos hacen su ingreso al campo historiográfico argentino, una vez derrocado el peronismo, por medio del golpe de estado de septiembre del ’55, ingresando en la Universidad de Buenos Aires (UBA) como interventor José Luis Romero (de ahí las flores de Romero que hablara Jauretche), y en la del Litoral Tulio Halperín Dongui. Esta corriente aparece como la historia liberal “refinada”. Esta corriente historiográfica domina hoy la Academia en nuestro país.

Tuvimos además una corriente liberal de izquierda o mitro-marxista, con exponentes como Juan B. Justo, José Ingenieros, Aníbal Ponce, Alfredo Palacios, Álvaro Yunque, Juan José Real, etc. que mediante una fraseología marxista, interpretan la historia en forma consecuente con la creada  por la oligarquía argentina. En algunos de estos casos, donde en la historia liberal se diga civilización dirán progreso, donde se diga barbarie, atraso y/o feudalismo, o bien la barbarie es todo lo autóctono, la cultura nacional, Latinoamérica, etc., y la civilización es lo extranjero, lo foráneo, lo europeo o norteamericano.

Por último consignamos, otra escuela historiográfica que tuvo su desarrollo fuerte en los años 60’s, a saber la de izquierda nacional o federal-provinciana, que encontró a Jorge Abelardo Ramos, como principal divulgador. Donde también aparece Frente Obrero (los cuadernos de Indoamérica), Enrique Rivera, Perelman, Alfredo Terzaga, y hoy tiene como máximo exponente a Norberto Galasso. Ésta busca analizar a partir del marxismo, tamizándolo con la propia realidad, la historia argentina, como un proceso en el que se enfrentan diferentes sectores sociales, estableciendo su mirada a partir de las masas populares enfrentadas a la oligarquía, desde un punto de vista latinoamericano, o de la Patria Grande.

             Como vemos, sería difícil que si la historia fuera unívoca, objetiva, pudieran surgir diferentes corrientes historiográficas, algunas tan disímiles. Los hechos son los mismos, las interpretaciones de los mismos diferentes, de acuerdo a la perspectiva desde la que se aborden los mismos. Podemos ver así, la interrelación entre historia y política, o más bien entre relato histórico y construcción de un proyecto político, Hernández Arregui va a decir al respecto, y en relación a la izquierda liberal, que consignamos, específicamente que “hay una relación directa entre la interpretación de la historia nacional y la acción práctica de un partido político. Es ya notable que la historia de la Argentina sustentada por el comunismo sea sin variantes la misma que ha puesto en circulación la oligarquía liberal”.[10]

            En la historiografía argentina en particular se produjo un hecho que resaltamos aquí. Bartolomé Mitre, como sabemos, fundador de la historia oficial o liberal, desde tres libros fundamentalmente, la historia de San Martín y la emancipación sudamericana, la historia de Belgrano y la independencia argentina, y la Galería de Celebridades Argentinas. Atilio García Mellid sostiene en relación a ello que “una de las formas de ocultamiento de la verdad histórica de la que abusan nuestro liberales, es la de escribir historia. Tenemos cientos de textos, de manuales y de tratados de historia, todos cortados sobre los mismos moldes académicos, que son escarnio y prevaricación de la Academia (…) y una gran síntesis: o civilización o barbarie”[11]

Procuramos establecer que Bartolomé Mitre (continuada su obra por otros) realiza un doble movimiento (consciente o no) funda el relato histórico liberal, de acuerdo a sus conveniencias políticas (por citar un ejemplo, la revolución de mayo como separatista de España, y pro-británica), para el establecimiento de su proyecto político de tender las bases de la Argentina semi-colonial; al mismo tiempo que con la aniquilación de la población nativa, del gaucho, del criollo, de la montonera, del interior provinciano, y la posterior inmigración no va a permitir el surgimiento de una fuerte tradición oral que confrontara con la visión de la oligarquía porteña ligada al puerto de Buenos Aires, de cara al Atlántico y espaldas al interior provinciano[12]. Al respecto Jauretche refiere que: “nos encontramos en presencia de una brusca sustitución de una sociedad por otra. Se corta la continuidad social (…) con el aluvión inmigratorio, provoca bruscos desplazamientos que alteran el asiento de las familias y su misma constitución, provocan el nomadismo y los traslados frecuentes de un medio a otro y se alteran las jerarquías tradicionales (…) quedan así cegados los conductos naturales de la transmisión oral (no obstante) la tradición oral solamente subsistió firme en aquellas provincias del interior que recibieron con menos fuerza el impacto de la nueva economía”[13].

            De este contexto de doble eliminación: primero física, con el avasallamiento del interior; y luego simbólica, con la eliminación o deformación en el campo historiográfico, es donde van a hacer mella la inmigración y la posibilidad de las izquierdas abstractas, de construir un relato similar al de la oligarquía porteña, produciéndose así (entre uno de sus motivos) el desencuentro entre estos partidos, tendencias y las masas populares. Esta tendencia basa su relato en intereses ajenos a los sectores populares de nuestro país, basa su relato y su acción en esquemas importados, vinculados a Europa, acríticamente. Hay que tener en cuenta también en relación a esto los medios de difusión (las dificultades para ello y/o el ocultamiento de los mismos) de los relatos históricos construidos por ejemplo, por los historiadores de las provincias, o bien por los payadores, músicos, etc. Vemos por ejemplo, en nuestra historia, el aflorar de zambas, chamamés, y demás ritmos con letras disonantes de la historiografía liberal.

            Profundizando en esta línea, Sarmiento le otorgó con el Facundo, y específicamente con la dicotomía civilización y barbarie, a los sectores dominantes (y sus satélites de los sectores medios) un esquema de análisis de la historia argentina, y el historiador cordobés Alfredo Terzaga, argumenta que “no solo consiguió el general Mitre hacer contra la montonera una cumplida guerra de policía (según consejo del propio Sarmiento), sino que también incrustó el concepto en la conciencia histórica de varias generaciones, esclavas todas entre civilización y barbarie”[14].

La historia del presente. Relaciones entre el relato histórico y la cultura nacional

            Hay en la revisión del pasado para la implementación de una línea política nacional, una complementación de la cuestión social con respecto a la cuestión nacional. Entre las cuestiones atinentes a reivindicaciones sociales, políticas, culturales, etc.; y las relativas al libre desenvolvimiento de la nación, a la independencia plena, al desarrollo de las fuerzas productivas, las reivindicaciones relativas a ello. No puede haber revisión de la historia en sentido transformador en la Argentina que no tenga en cuenta la estrecha relación entre estos dos aspectos. Podríamos considerar que la izquierda liberal se ha perdido en el camino de la cuestión social sin tener en cuenta la nacional; y el nacionalismo oligárquico ha realizado el camino contrario. De ahí que Hernández Arregui en La Formación de la Conciencia Nacional, sostenga que “esta es la crítica -inspirada en un profundo amor al país y fe en el destino de la humanidad- contra la izquierda argentina sin conciencia nacional y el nacionalismo de derecha, con conciencia nacional y sin amor al pueblo”[15].

            Queremos considerar en este apartado la relación entre el revisionismo histórico para una política nacional y las tradiciones culturales, la cultura nacional. Antes de comenzar a tratar la relación, diremos brevemente que consideramos a la cultura como un conjunto de bienes materiales y simbólicos que constituyen la identidad de un grupo social, y se organizan como valores colectivos que se trasmiten por la lengua, y se expresan en forma de conciencia a partir de la acción del individuo o grupo, en tanto esto la cultura aparece como una categoría eminentemente política, estrechamente relacionada a ésta, por medio de la cual los individuos intervienen en una relación de poder, actúan y se expresan políticamente[16].

Ahora sí, ingresando en la relación entre la revisión de nuestro pasado y la cultura nacional, coincidimos con Ernesto Palacio quien sostiene que “no hay patria sin historia, que es la conciencia del propio ser. No hay nacionalidad sin una idea, siquiera aproximada y confusa, sobre su vocación y su destino”.[17]

            En la revisión de nuestra historia en relación al pensamiento nacional, se debe reconstruir el lazo social, el tejido social que ha sido debilitado a  fuerza de matanzas, omisiones y tergiversaciones. Pues hay en nuestro país, una cuestión nacional a resolver. Tomando el análisis de Hernández Arregui, tenemos que a lo largo de nuestra historia se han enfrentado dos tendencias en relación a la identidad nacional: una como identidad del pueblo argentino y latinoamericano, y otra, la de las clases dominantes, la oligarquía ligada a las potencias imperiales, la cual tiene los medios para esparcir por todo el tejido social su visión acerca de nuestro pasado nacional, de nuestras luchas, del lugar a ocupar por nuestro país en el mundo, del modelo de país, etc. El imperialismo actúa como disolvente de las culturas autóctonas. Desde esto se puede entender como desde la oligarquía porteña se ha elevado a la categoría de próceres y patriotas a personajes que actúan o actuaron a favor del enemigo extranjero, del imperialismo; y que se tilde con duras calificaciones a los que se opusieron, resistieron la penetración extranjera, y buscaron una patria más justa, José María Rosa, argumenta al respecto que “nuestra historia, es duro decirlo, no parece escrita por manos argentinas”[18].

            Asimismo destacamos al respecto que con la disolución del imperio español, y la aparición fuerte de lo francés e inglés en la cultura argentina, las clases dominantes se distancias cada vez más de los sectores populares aferrados al suelo, a la cultura nacional. Estos sectores populares son los conformadores de la cultura nacional, popular. Argumentamos que el reconocimiento de la herencia cultural, no es encerrarse en un sarcófago, sino fertilizar la actividad constante del pueblo. De esta forma, una educación que pretenda transformar la realidad social, debe estar enraizada en las tradiciones del pueblo. Debe negar las que justifican el anterior régimen de dominación, la anterior estructura social.[19]

            Es en el rescate mismo de las tradiciones populares donde se encuentra un acto de resistencia a la penetración cultural extranjera, al mismo tiempo que un rasgo de desarrollo como comunidad autónoma, un puntal para basar la construcción colectiva, más allá de modelos o modas foráneas. No se trata aquí de negar los aportes que pudieran venir desde el extranjero, sino de incorporarlos según las necesidades del país, “(…) lo que hace que una ideología sea foránea, extraña, exótica, antinacional no es su origen sino su correspondencia con la realidad nacional y sus necesidades”[20]. No una importación acrítica de modelos realizados, pensados para otros tiempos, y/u otras realidades. No ver la realidad a través de libros europeos, o a través de las miradas de los extranjeros sobre nuestra propia realidad, vale como ejemplo la idealización de los relatos de viajeros como detentores de la verdad histórica, pensar en términos europeos es un error, ya que “solo una filosofía independiente de Europa puede interrogar y traducir la realidad nacional en gestación”[21]. Son las potencias imperiales que se valen de la superestructura cultural para reforzar la conciencia falsa y desarmar las fuerzas defensivas, el conocimiento de la propia historia, de modo de contribuir en el camino a la liberación de las ataduras coloniales.

No se trata aquí de volver al orden colonial, como pudieron concebirlo los primeros revisionistas de principios del ’30, sino más bien de mirar hacia el futuro, en tender lazos comunicantes entre las formaciones nacionales latinoamericanas, surgidas luego por la balcanización, inmediatamente posterior a nuestros procesos emancipatorios.

            Debemos resaltar que cuando nos referimos a política nacional no estamos pensando exclusivamente o en términos de la nación Argentina, en la patria chica, sino que en realidad nos referimos a “una idea de Patria Grande, de finalidades trascendentes y de empresa colectiva hacia un ideal nacional, no hacia formas circunstanciales (…) en definitiva, tener una política nacional, o negarnos a nosotros mismo en una situación de dependencia económica social y cultural. Comprenderlo es imposible sin el conocimiento verdadero de la historia. Su conocimiento, es decir, su revisión, se hace imprescindible para reanudar aquellos hilos y darle al pensamiento nacional el sentido de la Patria Grande al que va aparejada la posibilidad de ser efectivamente una nación”[22]

                        Es la oligarquía y su superestructura cultural de colonización pedagógica la que nos ha enseñado a pensar con muletas, a decir de Hernández Arregui, pues no enseñó que al liberarnos del yugo español entrábamos en la plena vía libre, que con nuestra bandera, el himno, los diferentes símbolos patrios, etc. éramos una nación plenamente independiente y justamente eso es lo que no somos. La revisión de la historia no como un mero partido de ajedrez, sino más bien para intervenir en el presente, la relectura se hace con pasión, se reavivan las pasiones del pasado, al servicio de las del presente[23].

            La re-lectura no puede pretender la asepsia, como lo ha querido hacer la historiografía liberal, y su continuadora la historia social (algunos otros también pretenden esta postura), sino que debe tomar partido, dejar en claro cuál es la posición desde la cual aborda los hechos históricos. Sin dejar, por ello, de “emplear una auténtica crítica histórica para lograr la fiel reconstrucción del pasado y valorar los hechos históricos de acuerdo a la mejor conveniencia nacional. Es decir, no hacerlo desde abstracciones corrientes: humanidad, civilización, progreso, etc., sino de acuerdo a la mejor conveniencia de la Argentina como Nación y de los argentinos como integrantes de una Nación”[24].

            No hay en la construcción del relato histórico pensando en una política nacional, regocijo intelectual. Por eso, argumentamos que el revisionismo histórico que venimos considerando apunta, o debe dirigirse a la movilización colectiva, a movilizar las pasiones, a darnos sugestiones para la acción, en palabras de Ernesto Palacio: “la historia ha de ser viviente, estimulante, ejemplificadora, o no servirá para nada”.[25]



* Licenciado y Profesor en Sociología. Universidad de Buenos Aires (UBA)

[1] Dri,  Rubén.  Identidad,  Memoria  y  Utopía.  Estado,  Legitimación  y  Sentido. Publicado  por  la  Secretaría Académica  de  la  Facultad  de Ciencias  Sociales  de  la Universidad de Buenos Aires, sin mención de año.
[2] Ramos, Jorge Abelardo. (1961). Crisis y resurrección de la literatura argentina. Buenos Aires: Coyoacán.
[3] Galasso, Norberto. (2011). Historia Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner. Tomo I. Buenos Aires: Colihue.
[4] Jauretche, Arturo. (2008). Política nacional y revisionismo histórico. Buenos Aires: Corregidor, página 16
[5] Ibídem
[6] García Mellid, Atilio. (1957). Proceso al liberalismo argentino. Buenos Aires: Theoría, página 10.
[7] Hernández Arregui, Juan José. (2004b). Nacionalismo y liberación. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente), página 15.
[8] Palacio, Ernesto. (1960). La historia falsificada. Buenos Aires: Peña Lillo, página 15.
[9] Galasso, Norberto. (2011). Op. Cit.
[10] Hernández Arregui, Juan José. (2004). La formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente), página 98.
[11] García Mellid, Atilio. (1957). Op. Cit., página 10.
[12] No nos referimos aquí a la conocida polémica que tuviera Mitre con Vicente Fidel López, en relación al método para construir la historia. La historia documentada de Mitre, contra la historia oral de Vicente Fidel López. Tanto una, como la otra son parte de la tradición historiográfica liberal, basta recordar la misiva del Padre de la Historia a Vicente Fidel López donde le dice “ambos hemos tenido las mismas repulsiones contra los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente”. Carta de B. Mitre a V. F. López, reproducida en Galasso, Norberto (2011). Op. Cit., página  16. Sino más bien, nos referimos a la posibilidad de un relato del interior provinciano, de las poblaciones que quedaron fuera, o fueron desfiguradas en el relato mitrista, oficial, liberal.
[13] Jauretche, Arturo. (2008). Op. Cit., página 26.
[14] Terzaga, Alfredo. (1976). Roca. De soldado federal a Presidente de la República. Tomo I. Buenos Aires: Peña Lillo, páginas 142-143.
[15] Hernández Arregui, Juan José. (2004). Op. Cit., página 22.
[16] Recalde, Aritz. (agosto 2010). Apuntes para una sociología de la cultura. Cuaderno del CEHA Nº 7. Buenos Aires. Disponible en http://hernandezarregui.blogspot.com/
[17] Palacio, Ernesto. (1960). Op. Cit., página 14.
[18] Rosa, José María. (1967). Estudios revisionistas. Buenos Aires: Sudestada, página 37.
[19] Hernández Arregui, Juan José. (1973). ¿Qué es el ser nacional?. Buenos Aires: Plus Ultra.
[20] Cooke, John William. (2011). Peronismo y revolución.  El peronismo y el golpe de estado. Informe a las bases. En Obras Completas. Tomo V. Buenos Aires: Colihue, página 155.
[21] Hernández Arregui, Juan José. (2004). Op. Cit., páginas 301-302.
[22] Jauretche, Arturo. (2008). Op. Cit., páginas 90 y 91.
[23] Hernández Arregui, Juan José. (2004b). Op. Cit.
[24] Rosa, José María. (1967). Op. Cit., página 38.
[25] Palacio, Ernesto. (1960). Op. Cit., página 15.


Bibliografía citada

Cooke, John William. (2011). Peronismo y revolución.  El peronismo y el golpe de estado. Informe a las bases. En Obras Completas. Tomo V. Buenos Aires: Colihue
Dri,  Rubén.  Identidad,  Memoria  y  Utopía.  Estado,  Legitimación  y  Sentido. Publicado  por  la  Secretaría Académica  de  la  Facultad  de Ciencias  Sociales  de  la Universidad de Buenos Aires, sin mención de año.

Galasso, Norberto. (2011). Historia Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner. Tomo I. Buenos Aires: Colihue.

García Mellid, Atilio. (1957). Proceso al liberalismo argentino. Buenos Aires: Theoría
Hernández Arregui, Juan José. (1973). ¿Qué es el ser nacional?. Buenos Aires: Plus Ultra.

Hernández Arregui, Juan José. (2004). La formación de la conciencia nacional. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente),

Hernández Arregui, Juan José. (2004b). Nacionalismo y liberación. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente),

Jauretche, Arturo. (2008). Política nacional y revisionismo histórico. Buenos Aires: Corregidor

Palacio, Ernesto. (1960). La historia falsificada. Buenos Aires: Peña Lillo
Ramos, Jorge Abelardo. (1961). Crisis y resurrección de la literatura argentina. Buenos Aires: Coyoacán.

Recalde, Aritz. (agosto 2010). Apuntes para una sociología de la cultura. Cuaderno del CEHA Nº 7. Buenos Aires. Disponible en http://hernandezarregui.blogspot.com/

Rosa, José María. (1967). Estudios revisionistas. Buenos Aires: Sudestada

http://sociologiayliberacion.blogspot.com.ar/2012/10/revisionismo-historico-y-politica.html

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