20/1/13

Problemas que la crisis nos impide ver



“Hay quienes sugieren que, dada la desaceleración económica, debemos relegar la lucha contra el calentamiento planetario. Al contrario, reequipar la economía mundial para luchar contra el cambio climático contribuiría a restablecer la demanda agregada y el crecimiento”, sostiene Stiglitz.


También hay una crisis mundial de desigualdad, señala. “De hecho, el aumento de la desigualdad es una de las razones de la actual desaceleración económica”. La Gran Recesión está eclipsando problemas de largo plazo de la economía mundial, como el calentamiento, el cambio tecnológico o la desigualdad.

Por JOSEPH E. STIGLITZ -PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA 2001


Bajo la sombra de la crisis del euro y del “abismo fiscal” en EE.UU., es fácil pasar por alto los problemas de largo plazo de la economía mundial. Pero mientras nos centramos en las preocupaciones inmediatas esos problemas se siguen agravando y no por mirar para otro lado dejarán de afectarnos.

El problema más grave es el calentamiento planetario. Si bien la desaceleración de la economía mundial ha debilitado también el incremento de las emisiones de carbono, se trata sólo de un respiro. Y estamos muy retrasados: como la reacción ante el cambio climático es tan lenta, lograr el objetivo de que la temperatura mundial no suba más de dos grados requerirá más adelante reducciones pronunciadas de las emisiones.

Algunos sugieren que, dada la desaceleración económica, debemos relegar la lucha contra el calentamiento. Todo lo contrario: reequipar la economía mundial para luchar contra el cambio climático contribuiría a restablecer la demanda agregada y el crecimiento.

Al mismo tiempo, el ritmo de cambio tecnológico y mundialización requiere rápidos cambios estructurales tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados. Dichos cambios pueden ser traumáticos y con frecuencia los mercados no reaccionan bien.

Así como la Gran Depresión se debió en parte a las dificultades para pasar de una economía agraria y rural a otra urbana e industrial, así también los problemas actuales se deben en parte a la necesidad de pasar de la manufactura a los servicios. Se necesita crear nuevas empresas, pero los mercados financieros modernos son mejores para la especulación que para proveer fondos para nuevas empresas, en particular pequeñas y medianas.

Además, para hacer la transición hacen falta inversiones en capital humano que por lo general las personas no pueden costear. Entre los servicios que las personas necesitan figuran la salud y la educación, sectores en los que el Estado desempeña de forma natural un papel importante (dadas las imperfecciones inherentes a los mercados en esos sectores).

Antes de la crisis de 2008, se hablaba mucho de los desequilibrios mundiales y de la necesidad de que países con superávits comerciales, como Alemania y China, aumentaran su consumo. Eso sigue pendiente; de hecho, uno de los factores de la crisis del euro es que Alemania no haya abordado su crónico superávit exterior. El superávit de China como porcentaje del PBI bajó, pero todavía las implicaciones de largo plazo no se notan.

El déficit comercial total de los Estados Unidos no desaparecerá sin un aumento del ahorro interno y un cambio más esencial en los acuerdos monetarios mundiales. El primero exacerbaría la desaceleración del país y no es probable que se dé ninguno de esos dos cambios. Cuando China aumente su consumo, no necesariamente comprará más productos de EE.UU. En realidad, es más probable que aumente el consumo de productos que no son objeto de comercio –como salud y educación–, lo que originará perturbaciones profundas en la cadena mundial de abastecimiento, en especial en los países que han estado suministrando los insumos a los exportadores industriales de China.

Por último, hay una crisis mundial de desigualdad.

No es sólo que los grupos de mayores ingresos se estén llevando una parte mayor de la torta económica, sino también que los del medio no están participando del crecimiento económico, y que en muchos países la pobreza está aumentando. En los EE.UU. se ha demostrado que la igualdad de oportunidades era un mito.

Aunque la Gran Recesión ha exacerbado esas tendencias, ya eran manifiestas antes. De hecho, yo (y otros) hemos sostenido que el aumento de la desigualdad es una de las razones de la desaceleración económica y es en parte una consecuencia de los profundos cambios estructurales que está experimentando la economía mundial.

Un sistema político y económico que no reparte beneficios a la mayoría de los ciudadanos no es sostenible en el largo plazo. Con el tiempo, la fe en la democracia y la economía de mercado se erosionarán y se pondrá en tela de juicio la legitimidad de las instituciones y los acuerdos vigentes.

La buena noticia es la de que en los tres últimos decenios se ha reducido en gran medida el desfase entre países avanzados y países en ascenso. No obstante, cientos de millones de personas siguen sumidas en la pobreza y se han logrado sólo pequeños avances en la reducción del desfase entre los países menos desarrollados y el resto.

A este respecto, los acuerdos comerciales injustos –incluida la persistencia de subvenciones agrícolas injustificables, que deprimen los precios de los que dependen los ingresos de muchos países pobres– han desempeñado un papel. Los países desarrollados no han hecho realidad la promesa que formularon en Doha en noviembre de 2001 de crear un régimen comercial pro desarrollo o la que formularon en la cumbre del G-8 de Gleneagles en 2005 de ayudar mucho más a los países más pobres.

Por sí solo, el mercado no resolverá ninguno de esos problemas. El del calentamiento planetario es un problema de “bienes públicos”. Para hacer las transiciones estructurales que el mundo necesita, es necesario que los gobiernos desempeñen un papel más activo, en un momento en que las exigencias de recortes van en aumento en Europa y los EE.UU.

Mientras luchamos con las crisis actuales, debemos preguntarnos si no estaremos reaccionando de modos que exacerban nuestros problemas de largo plazo.

La vía señalada por los halcones del déficit y los defensores de la austeridad a un tiempo debilita la economía actual y socava las perspectivas futuras. Lo irónico es que, al ser una demanda agregada insuficiente la principal causa de la debilidad mundial actual, hay una opción substitutiva: invertir en nuestro futuro, en formas que nos ayuden a abordar simultáneamente los problemas del calentamiento planetario, la desigualdad y la pobreza mundiales y la necesidad de cambio estructural.

http://www.ieco.clarin.com/economia/Problemas-crisis-impide-ver_0_850715142.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario