17/1/13

Los enemigos de Irán radicados en la web


Discriminación electrónica.-Por Kourosh Ziabari


Rebelión

Traducido para Rebelión por Ricardo García Pérez


Las inhumanas sanciones contra Irán impuestas por Estados Unidos y sus aliados europeos no conocen fronteras. Aun con el coste de millares de vidas humanas de enfermos iraníes que padecen diversos tipos de cáncer, talasemia, hemofilia, VIH/SIDA, trastornos mentales y otras enfermedades, Occidente ha prohibido exportar a Irán medicamentos y equipamientos médicos salvadores, lo que está deteriorando la vida de los pacientes que no pueden encontrar las medicinas necesarias para sobrevivir. Las empresas que hacen negocios con Irán serán penalizadas de inmediato por el gobierno estadounidense, y hasta el momento no se ha formulado ninguna exención para garantizar que los ciudadanos iraníes de a pie tendrán acceso al menos a comestibles, medicamentos y otros bienes de carácter humanitario.
La reciente oleada de sanciones también se ha dirigido contra los medios de comunicación iraníes, pues varios proveedores de servicios de satélite de Asia, Europa, América Latina y Norteamérica han desconectado a las cadenas de televisión iraní negando a millones de espectadores de todo el mundo la oportunidad de encontrar la perspectiva iraní alternativa sobre los acontecimientos mundiales.

Sin embargo, las sanciones han llegado a ser tan amplias y generalizadas que han privado incluso a los ciudadanos iraníes de la posibilidad de disfrutar de las últimas producciones de la tecnología. Casi todos los ordenadores portátiles y dispositivos informáticos disponibles en el mercado de tecnología de Irán están fabricados en China y son definitivamente de peor calidad si se los compara con sus equivalentes de fabricación europea y estadounidense.

Contrariamente a sus afirmaciones de que se preocupan por el bienestar y la felicidad del «pueblo» iraní y de que solo tienen problema con el «gobierno» iraní, los gobiernos occidentales han prohibido a los usuarios iraníes los servicios más elementales y necesarios de Internet aduciendo falso pretextos, lo que demuestra que aplican un doble rasero con un criterio hipócrita.

Los usuarios iraníes de la red no se pueden descargar el navegador de Internet Google Chrome, ni tampoco el software de mensajería instantánea de Google Chrome, la plataforma Picasa para compartir imágenes y la aplicación de exploración Google Earth. Aunque los locos de la informática iraníes conocen trucos para sortear estas limitaciones, para la mayoría de usuarios de ordenadores iraníes no es fácil acceder a estos servicios.

Curiosamente, Google levantó las restricciones a principios de 2011 cuando los adversarios del presidente Ahmadinejad tomaron las calles y convocaron manifestaciones. Google anunció que suavizaría las restricciones para permitir que los manifestantes se comunicaran con mayor facilidad y organizaran concentraciones y manifestaciones masivas. «Google Earth tiene muchas capas de activismo. Cualquiera puede crear una capa para mostrar exactamente qué está sucediendo en Irán», afirmó Scott Rubin, director de políticas públicas de Google.

Rubin también afirmó que tener acceso a Google Chrome sería útil también para los manifestantes: «en un país con antecedentes de vigilancia gubernamental es útil disponer de un navegador que no se puede intervenir fácilmente».

De manera que está claro que hasta cuando el gigante estadounidense de Internet hacía alguna concesión, no se proponía servir a los intereses del pueblo iraní en general, sino únicamente contribuir a desgastar al gobierno y fortalecer a la oposición.

Pero las limitaciones impuestas por Estados Unidos a los usuarios de Internet iraníes no son nuevas, ni carecen de precedentes. El 19 de agosto de 1997, el presidente Clinton firmó la orden ejecutiva 13059, por la que se establecían restricciones duras a los usuarios de Internet iraníes y a las empresas informáticas en lo referente a la utilización de software, hardware y otros recursos tecnológicos de origen estadounidense.

Según esta orden, quedaba prohibida «la exportación, re-exportación, venta o suministro, directos o indirectos, desde Estados Unidos o por cualquier ciudadano estadounidense, con independencia de dónde resida, de cualquier tipo de bienes, tecnología o servicios a Irán o al Gobierno de Irán, incluida la exportación, re-exportación, venta o suministro de cualquier tipo de bien, tecnología o servicios a un ciudadano de un tercer país».

Según el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, en Irán solo se pueden descargar legalmente un puñado de aplicaciones informáticas corrientes, entre las que se encuentran lectores de documentos como Acrobat Reader, plug-in como Flashplayer o Shockwave, y «aplicaciones gratuitas para móviles vinculadas a la comunicación personal».

En abril de 2003 se informaba de que, en lo que representaba una decisión tomada por motivos de discriminación racial y de sesgo político, Monster.com, el popular portal de profesional y de búsqueda de empleo en Internet, había suprimido los currículos y los perfiles de usuario de una serie de países censurados por el Departamento de Estado estadounidense, entre los que se encontraban Irán, Siria, Sudán, Myanmar, Cuba, Libia y Corea del Norte.

En un reportaje fechado el 21 de marzo de 2012, Declan McCullagh, corresponsal político de CNet, escribía que Google también había restringido el acceso de los usuarios iraníes a Android Market, conocido como Google Play.

Collin Anderson, un investigador independiente de Dakota del Norte, ha enumerado una serie de productos tecnológicos de origen estadounidense a los que no pueden acceder los usuarios iraníes. Entre ellos se encuentran la tienda de aplicaciones iOS de Apple, el antivirus de McAfee, Java y MySQL de Oracle, Adobe Acrobat Reader, DropBox, Real Player, Google AdWords y Google Android Market; la lista no acaba aquí.

Pero las injustas medidas adoptadas por el gobierno estadounidense tal como se han ordenado al sector de Internet, de las tecnologías de la información y otros proveedores de servicios relacionados con la tecnología han pasado de castaño oscuro y ahora adoptan la forma de discriminación racial. En junio de 2012 se informó de que una tienda Apple de Alpharetta, en Georgia, se negó a vender un iPhone y un iPad a una cliente de habla iraní recurriendo a la excusa de que podía enviar al menos uno de esos aparatos a sus amigos de Irán.

Cuando Sara Sabet, una estudiante de 19 años de la Universidad de Georgia, acudió con un amigo suyo a una tienda Apple situada en un centro comercial para adquirir un par de dispositivos electrónicos, el vendedor la pilló hablando en un idioma extranjero. El empleado le preguntó qué idioma hablaba, de dónde era y para dónde eran los aparatos que buscaba. Ella respondió que era de Irán y que los quería para enviárselos a un amigo a Irán. Fue entonces cuando el empleado de Apple replicó diciendo: «Entonces no puedo venderle esto. Nuestros países tienen malas relaciones». Sabet dijo que salió de la tienda y volvió a casa llorando por todo el camino.

En una declaración de condena hecha pública, el Consejo de Relaciones Islámico-Estadounidenses calificó de discriminatorio el trato recibido por la estudiante iraní. «Apple debe revisar su política para garantizar que los clientes no sufren trato discriminatorio por su religión, etnia o país de origen», afirmó Nihad Awad, Director Ejecutivo Nacional de esta institución. «Si la conducta de estos empleados de Apple es reflejo de la política de la empresa, se debe modificar esa política y volver a formar a todos los empleados».

En conjunto, así es cómo trata a los iraníes un gobierno que siempre se ha ocupado de cacarear su preocupación y su angustia por preservar los derechos humanos en todo el mundo. Quizá los iraníes estén pagando el precio por la independencia de su país y por negarse a someterse a la dominación hegemónica de Estados Unidos. Estas sanciones, que afectan directamente a la vida cotidiana de ciudadanos corrientes, muestran el extremo hasta el que el gobierno estadounidense puede llegar a ser brutal y despiadado para privar a un país de sus derechos más básicos y elementales. ¿Puede entender alguien realmente lo que hace el Tío Sam?

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