4/1/13

Ibn Arabi: El mago sufi


Por C. Chevallier

En ocasiones, las experiencias místicas y la propia vida transcurren tan de la mano que es difícil diferenciar dónde acaba una y empieza la otra.



Éste es el caso del maestro sufí del siglo XII Ibn Arabí, quien supo que había sido “elegido” mediante un sueño, mantuvo misteriosos “encuentros” con el anterior Qutb de la espiritualidad islámica, protagonizó fenómenos de bilocación y predijo antes de morir el hallazgo de un fabuloso tesoro. Un auténtico “mago” sufí cuyo legado intelectual -más de 400 obras- es aún más prodigioso que su azarosa vida.

La figura de Ibn Arabí supera las fronteras geográficas e históricas, culturales o religiosas, y se extiende a todo aquel que quiera y pueda comprender que “Dios no oculta nada al humano que comprenda que es Uno con Dios”.Términos como biografía ocultista o vida esotérica de Ibn Arabí carecen de sentido si seguimos esta frase del gran maestro andalusí, para quien la gnosis de Dios no era sino el conocimiento de sí mismo porque “no se puede UNIR lo que por naturaleza siempre ha sido UNO”, refiriéndose al hombre y a Dios.

Los fenómenos paranormales que rodean la vida de Ibn Arabí desde su proceso iniciático en la Escuela del Sufismo Colectivo de Al-Andalus son relatados por él mismo con la misma naturalidad que describe los detalles de la vida de un ermitaño de la serranía de Ronda o la de un asceta del desierto, sin más exclamación que la alabanza a la grandeza de la Unidad.

||EL ESPÍRITU DE AL-ANDALUS||

Muhammad ibn Alí ibn Muhammad ibn Al-Arabí Al-Hatimí nació el 7 de agosto de 1165 en Murcia, en el seno de una familia ilustre, tanto por su cultura (mantenía amistad con grandes intelectuales como el filósofo cordobés Averroes) como por su religiosidad (algunos de sus tíos fueron sufíes). El sufismo y los debates averroístas fomentaron en Ibn Arabí niño un espíritu tolerante como el que caracterizó a Al-Andalus hasta el siglo XII y que se vio truncado durante la infancia del futuro “jeque de los sufíes” por la invasión almohade y posterior ocupación de Murcia por las huestes de este movimiento integrista religioso-militar procedentes del Magreb.Entonces, la familia Al-Arabí se trasladó a Sevilla (1173), donde el pequeño Muhammad estudió Gramática, Literatura, Teología y Filosofía con los mejores maestros de su época. Fue desposado en su adolescencia con una joven sevillana, Maryan bint Muhammad ibn Abdun, quien favoreció a su marido en sus inclinaciones hacia la vía del sufismo.

Desde Sevilla los viajes a Córdoba eran frecuentes y así relata Ibn Arabí su fugaz pero trascendental encuentro con quien fuera uno de los mayores filósofos del Medioevo junto a Santo Tomás de Aquino:

“Pasé una jornada en Córdoba, en casa de Abú al-Walid ibn Rushd (Averroes), quien anteriormente había expresado su deseo de conocerme personalmente. Al parecer, le habían hablado de ciertas revelaciones por mí recibidas durante mi retiro espiritual, lo que despertó su curiosidad y extrañeza. Así, mi padre, que era amigo suyo, me llevó con el pretexto de que debía solucionar unos asuntos en Córdoba. En aquella época yo era todavía un joven imberbe. Al entrar en su casa, el filósofo se levantó para acogerme con grandes signos de amistad y afecto y me besó. Después me dijo: ‘¿Sí?’, y yo le respondí: ‘Sí’. Mostró alegría al ver que le comprendí. Al observar el motivo de su júbilo, le dije: ‘No’. Entonces Ibn Rushd se sorprendió, palideció y diríase que dudaba de sí mismo. Seguidamente me hizo la siguiente pregunta: ‘¿Qué respuesta has encontrado a las cuestiones de la Revelación y de la gracia divina?, ¿coincide tu respuesta con la que se nos da en el pensamiento especulativo?’. Y yo le contesté: ‘Sí-No’, ‘Y entre el Sí y el No los espíritus vuelan más allá de la materia y las cabezas se separan de los cuerpos’. Al escuchar esto, Ibn Rushd palideció e incluso tembló y escuché sus labios murmurar: ‘No hay más fuerza y poder que la que viene de Dios’. Luego había comprendido”.

 Ibn Arabí (neoplatónico) no volvería a encontrarse con Averroes (aristotélico) hasta la muerte de este último, en Marrakech (1198) donde casualmente estaba el jeque del misticismo sufí y pudo relatar con respeto y admiración las honras fúnebres del maestro del protorracionalismo filosófico universal:

“Su ataúd fue trasladado al cementerio colgado del costado de una bestia que tenía al otro lado de la montura los libros del maestro. Eran tantos los volúmenes de su biblioteca que hacía un contrapeso perfecto y fueron enterrados con él”. 

Muchos estudiosos de Ibn Arabí han considerado estas proclamas de admiración por los adversarios ideológicos o religiosos como una prueba de que el gran maestro del sufismo había superado los límites marcados por la religión islámica. Nada más lejos de la realidad. De lo que no cabe duda es que Ibn Arabí fue un musulmán piadoso, pero al mismo tiempo un destacado exponente de la cultura andalusí, que como hemos dicho, se caracterizó, al menos hasta la llegada de los almohades, por la tolerancia, el respeto mutuo y las polémicas amistosas entre distintas corrientes de pensamiento.

||LA INFLUENCIA “PARANORMAL”||

Así lo narra el propio Ibn Arabí en su colección de biografías de sufís de Al-Andalus, donde empieza destacando la religiosidad de cada uno de ellos y en especial la de aquellos que fueron sus guías espirituales, como su primera maestra, Shams de Marchena, a quien conoció cuando tenía 80 años:

 “Ella vivía en Marchena de los Olivares, donde yo iba con frecuencia a visitarla. Entre los hombres espirituales, nunca he conocido a nadie que tuviera semejante dominio de su alma. Sus prácticas y sus revelaciones eran realmente notables. (…) Ocultaba su estado espiritual, pero sucedió que me confió en secreto un aspecto, pues a veces tenía revelaciones respecto a mí y sentí mucha alegría”.

Probablemente fue de Shams de quien Ibn Arabí aprendió (o mejor decir “descubrió”) el poder de “expresar los pensamientos de los demás” (telepatía), así como los dones de la clarividencia y la premonición.Hay discípulos de Ibn Arabí que relatan fenómenos de desdoblamiento del maestro en casa de Shams, quien ofrece siete tazas de té a siete Ibn Arabí que van llegando uno a uno a la invitación de la sufí de Marchena mientras el resto de condiscípulos del maestro murciano participan perplejos en el refrigerio.

Otra de las grandes mujeres del sufismo que actuaron como iniciadoras de Ibn Arabí en la vía fue Fátima de Córdoba:

“Cuando la conocí, ya tenía 90 años y se alimentaba de restos de alimentos (…). Aunque tan vieja y comía tan poco, me daba vergüenza mirarla a la cara, pues la tenía rosada y fresca” (en Al-Andalus, al contrario que en otros países islámicos de la época, era normal que las mujeres anduvieran con el rostro descubierto).

Fátima fue quien designó con toda claridad las cualidades de Ibn Arabí, como él mismo relata en la biografía de su maestra:

Los otros vienen a verme con una parte de ellos mismos, dejando en sus casas la otra parte, mientras que mi hijo Ibn Arabí es un consuelo para mí, él es la frescura de mis ojos, porque cuando viene a verme, viene todo entero; cuando se levanta, se levanta toda su persona y cuando se sienta, se sienta con toda su persona. No deja nada de sí mismo, en otra parte. De esta forma es como conviene estar en la Vía”.

De ella también dijo Ibn Arabí que vivía acompañada por djinns creyentes. Es decir, por genios o elementales de la Naturaleza que habían reconocido el mensaje coránico y que se ofrecían para servirla, pero ella los rechazaba y prefería seguir en la pobreza.

||SUEÑOS QUE SE CUMPLEN||

Pero el maestro más grande y admirado por Ibn Arabí fue el sevillano Abu Jafar Al-Uryani:

 “Aunque este hombre del campo era iletrado y no sabía ni escribir ni contar, bastaba con escuchar sus enseñanzas sobre la doctrina de la Unidad para apreciar su nivel espiritual. Dominaba los pensamientos con su energía espiritual y podía superar obstáculos de la existencia con las palabras. Se le veía invocar en estado de pureza ritual, vuelto hacia la quibla y casi siempre en ayunas”.

Al-Uryani fue quien hizo a Ibn Arabí la mayor revelación al afirmar que se convertiría en el eje espiritual de su época, el Qutb del Mundo Islámico. Así lo describe un escriba de Al-Uryani (pues él era analfabeto) en una carta dirigida a Ibn Arabí cuando éste vivía en el Magreb:

 “He soñado que todos los hombres espirituales estaban unidos en círculo y había personas en el centro. Uno de ellos era Abul-Hassan Ibn Siban. No pude ver la cara del otro. Entonces oí una voz que decía que el otro hombre que estaba en el centro era un andalusí y que uno de esos hombres podría ser el Qutb de nuestro tiempo. Se cantó un verso del Corán y ambos se postraron y una voz dijo: el primero que levante la cabeza será el Qutb. El andalusí la levantó primero. Hice una pregunta sin letras ni palabras a la voz. La voz me contestó echándome el aliento. Su aliento traía las respuestas a todas mis preguntas. Tanto yo como todos los santos caímos en éxtasis con ese aliento. Me fijé en la cara del andalusí que estaba en el centro del círculo y eras tú, oh Muhammad Ibn Al-Arabí”.

Hasta aquella época (finales del siglo XII) el Qutb de la espiritualidad islámica había sido el magrebí Al-Jadir, con quien Ibn Arabí celebraría místicos encuentros en los que, según los relatos autobiográficos, se aprecian fenómenos que hoy llamaríamos de bilocación, levitación o telepatía.

|PROFECÍAS ACERTADAS||

En la primera década del siglo XIII Ibn Arabí ya había alcanzado la fama de Qutb que sus maestros le habían pronosticado. En aquellos años viajó mucho por el Magreb, Egipto, Arabia, Siria, Irak, Anatolia y Al-Andalus. En Al-Andalus visitó con frecuencia Granada y Almería, donde se practicaba el sufismo colectivo y la retirada física al desierto. Quizá fue en uno de esos retiros en contacto con las escuelas-oasis almerienses donde se inspiró el místico murciano para escribir Viaje al Señor del Poder, su obra cumbre que puede considerarse también un manual de canalización, en términos contemporáneos. En ella Ibn Arabí explica cómo evitar visiones y alucinaciones, presencias de entidades no deseadas y cómo alcanzar finalmente la Unidad.Sus frecuentes visitas a Almería y su amistad con los maestros de Pechina, Baza y de la propia capital almeriense serían de gran ayuda para los sufíes del otro lado del Mediterráneo, pues hay biógrafos de Ibn Arabí que le consideran cofundador del movimiento derviche en Anatolia.

Lo cierto es que Ibn Arabí viajó hasta Konya, la actual capital del sufismo turco-iranio, y que allí trabó contacto con los fundadores de las cofradías motoras del monacato derviche, que guardaban bastante similitud con el sufismo colectivo practicado en Al-Andalus por aquella época. De hecho, Viaje al Señor del Poder fue editada por primera vez (1204) en Konya. Tras la peregrinación a la Meca (1201), a Ibn Arabí se le atribuyen innumerables bilocaciones, premoniciones y otros prodigios, aunque el mayor de todos no sea de índole paranormal sino intelectiva, pues se le reconocen más de 400 obras, entre tratados, manuales y discursos.

Algunos de sus biógrafos dicen que murió víctima de las torturas por oponerse a los excesos de la alta sociedad de Damasco, una ciudad enriquecida por el dinero fácil del negocio de las caravanas. Ibn Arabí subió al monte Qasiyun, a las afueras de la capital siria, y dirigiéndose a la multitud les dijo:

 “¡Oh, hombres de Damasco! El dios que adoráis está bajo mis pies”.

 Entonces la gente se abalanzó sobre él. Le encarcelaron por blasfemo y sólo la intervención de alfaquíes amigos suyos le salvó de la muerte, pero no de un martirio prolongado que le llevó a la tumba poco después (1240). Fue enterrado en el monte Qasiyun de la discordia. La alta sociedad de Damasco le odiaba tanto que destruyó su tumba. Sin embargo, Ibn Arabí había pronunciado una misteriosa profecía a este respecto. “Cuando las letras Sin (“s”) y Shin (“sh”) se junten, se descubrirá la tumba de Muhyddin”, dijo. Cuando el noveno sultán otomano, Selim II, conquistó Damasco en 1516 alguien le recordó esta profecía y la interpretó como que el día que Selim (nombre que empieza por “s”) se encuentre con Damasco (que en árabe se dice Shams, y empieza por “sh”) se encontrará la tumba del gran Ibn Arabí. Y entonces el sultán turco organizó una expedición de arqueólogos y teólogos que buscaron el enterramiento hasta que lo hallaron. Sin embargo, siguieron excavando bajo los restos de Ibn Arabí y encontraron un tesoro de monedas de oro que reveló lo que quiso decir en vida cuando sentenció: “El dios que adoráis está bajo mis pies”. Selim II destinó aquel tesoro a pagar la construcción de un santuario y una mezquita en el lugar de la tumba, y ambas, todavía hoy día, pueden visitarse en el enclave de Salihiyya, en la moderna Damasco.

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