7/1/13

2013, un año clave para el futuro del Líbano

Escribía el veterano periodista Robert Fisk en uno de sus últimos artículos que “nunca se deben hacer previsiones sobre Oriente Próximo”, dado que la realidad tiende a sorprender hasta a los más avezados observadores. Pero la tentación, en el caso del Líbano, es grande cuando agotamos el segundo año de la insurrección siria y cuando la influencia de esa guerra civil se vive como propia en el país del Cedro.

El secretario general de Hizbulá, Hassan Nasrallah, ha comenzado 2013 con un discurso en el que confirma la postura del movimiento chií – apoyo incondicional a su socio damasceno Bashar Assad- pero en el que incide en la importancia de mantener al Líbano al margen de la crisis siria.“Gracias a nuestra postura y a la postura del actual Gobierno libanés respecto a Siria el enfrentamiento en Siria no se ha extendido hasta aquí”, afirmó en un discurso pronunciado con motivo del Arbaen, una festividad religiosa chií. Nasrallah también se jactó de que, de no haber estado la coalición de la que Hizbulá forma parte en el poder, el país se hubiera contagiado muy probablemente de la violencia, algo de lo que pocos observadores dudan. Pero no es ningún mérito de la coalición del 8 de Marzo: se debe al interés de la dictadura de Damasco en mantener estables a sus escasos aliados regionales -Teherán y Beirut- para seguir en el poder y mantener una línea de suministros al margen de las sanciones internacionales ahora que la guerra civil comienza a arrinconarles en la costa siria.

La inmunidad libanesa tras 21 meses de conflicto sorprende y alivia. Como escribía el analistaMichael Young en las páginas del diario libanés Daily Star, “la señal más esperanzadora de 2012 es que los libaneses evitaron la guerra, infundiéndose de la sensación de que los acontecimientos en Siria no tienen por qué amenazar la paz civil en Líbano. En cambio, los libaneses se enfrentaron entre sí mediante proxies, con Hizbulá y los grupos suníes enviando combatientes a Siria para impedir o acelerar la caída de Bashar Assad, suponiendo que esto, de alguna manera, podría afectar su destino en casa”. Para algunos, como el propio Young, el hecho de que las facciones libanesas políticamente enfrentadas -suníes y chiíes- hayan decidido combatir en Siria para evitar la destrucción del Líbano es un consuelo; para otros, es el preludio de escenarios más siniestros que podrían tener lugar este nuevo año. Sin embargo, todo parece indicar que a Hizbulá, principal fuerza electoral tras la coalición en el Gobierno libanés, no le interesa alimentar un conflicto interno que a todas luces ganaría (su fuerza militar no tiene competencia), porque el precio implica su debilitamiento de cara a Israel y arriesgarse a un ostracismo internacional que condenaría al país del Cedro al aislamiento de Irán, Corea del Norte o la propia Siria.

Las razones por las que el dividido Líbano, con las heridas de la guerra civil aún por cicatrizar y con un potencial sectario en la sociedad -por otro lado, ejemplo de convivencia en una de esas contradicciones locales que sólo pueden ser explicadas por profesionales de la salud mental- que parece abocarlo a otro conflicto, no haya sucumbido ya a la influencia de la violencia siria es todo un misterio. La coalición opositora bloquea, en la medida que puede, los trabajos de un Gobierno ya de por sí ineficaz y se ha retirado de la mesa de diálogo nacional -una iniciativa conciliadora aunque puramente estética del presidente Michel Sleiman- hasta que el Ejecutivo dimita. El primer ministro se niega a dimitir mientras no haya un acuerdo sobre la ley electoral que debe regir sobre los comicios legislativos el próximo junio, y dada la polarización extrema de los bloques parlamentarios parece improbable que se llegue a una entente al respecto. Pero la presión de los socios occidentales, extremadamente preocupados ante la expectativa de un Líbano aún más inestable que descuide, además, sus citas democráticas, podría convencer a las dos facciones para alcanzar algún tipo de consenso si bien ,como destaca el politólogo Paul Salem,responsable del centro de análisis Carnegie en la capital libanesa, la mayoría de los diputados se sentirían felices de ver renovados sus cargos y prebendas de forma automática sin tener que someterse a las urnas.

En un informe titulado ¿Puede sobrevivir el Líbano a la crisis siria?, el citado Salem desarrolla varios escenarios de futuro para el país del Cedro a costa de la situación en el país del Sham. Además de lazos familiares y religiosos con los sirios, los libaneses (menos de cuatro millones de habitantes) acogen a 200.000 refugiados sin apenas ayuda estatal, dado que el Gobierno del 8 de Marzo no ha creado campos de refugiados y se limita a prestar una limitada asistencia mediante las ONG. El peso económico, político y moral de la crisis ha quedado en manos de una población de escasos recursos y tan polarizada como su clase política, y el precio de esa obligación podría traducirse en más sangre. La debilidad del Estado y sus instituciones -entre ellas el Ejército, incapaz de controlar las fronteras y por tanto impedir la infinidad de incidentes armados que ya han tenido lugar- agudiza el malestar de la sociedad, y en especial de la comunidad suní, históricamente contraria a Assad, que se siente vendida al enemigo por el Gobierno del que forma parte su archienemigo Hizbulá.

La política de disociación -como ha sido bautizada- del primer ministro Najib Mikati -una forma de decir que el Gobierno libanés ha mirado hacia otro lado mientras Siria se desangra para evitar que le salpique la crisis- ha impedido a corto plazo el contagio pero podría tener graves consecuencias a medio plazo, como señala Salem. “Si el número de refugiados aumenta drásticamente, o si los refugiados sirios se politizan y se arman más, su presencia podría ser tan desestabilizadora como la de los refugiados palestinos en la guerra de los años 70″, recuerda el analista. Tampoco olvida la sobresaturación de los campos de refugiados palestinos del Líbano, donde el desempleo y el extremismo religioso se combinan con una abrumadora presencia de armas, y que en estas semanas se ven obligados a acoger a los refugiados que huyen de Siria y, con ellos, a toda su frustración y su división política, constituyendo otro foco de potencial inestabilidad. El notable aumento de salafistas en el norte del país y los múltiples incidentes de seguridad -desde asesinatos a secuestros, pasando por ejecuciones, combates esporádicos y atentados- complican aún más un escenario terriblemente complejo. A ello se suma que la proverbial inmunidad libanesa a la crisis financiera internacional se resquebrajó por la huída del turismo, acongojada por la violencia del país vecino y la inestabilidad interna. Se estima que en un año el sector turístico ha perdido el 50% de sus ingresos; las exportaciones se han reducido un 20%.

La Fundación Carnegie distingue cuatro escenarios apocalípticos: la radicalización del norte libanés, mayoritariamente suní, que pese a ser la región más depauperada del país soporta el principal peso de la comunidad refugiada y cuyos habitantes se consideran humillados por Hizbulá; la palestinización de los refugiados sirios, que podrían tomar las armas en el Líbano si el Partido de Dios sigue apoyando activamente a Bashar Assad y, sobre todo, si le proporciona un corredor entre Beirut y el noreste de Siria -donde podría erigirse un eventual Estado alauí- que le haga inmune a sanciones y victorias militares de los desertores; una posible exportación de las organizaciones afines a Al Qaeda en Siria hacia el Líbano, en el caso de que caiga la dictadura, para vengarse del papel de Hizbulá, e incluso un eventual ataque de Israel contra el Líbano, aprovechando el desgaste del movimiento de Nasrallah a costa de la crisis siria. Pero también es posible que nada ocurra este 2013: las elecciones podrían tener finalmente lugar, renovando las cámaras legislativas y alumbrando a un gobierno que incluya figuras independientes para rebajar los ánimos suníes, las ayudas a los refugiados podrían aumentar y la estrategia de disociación de Siria podría seguir manteniendo el frágil equilibrio interno. Al fin y al cabo, las cicatrices de 15 años de guerra civil aún se siguen viendo en las calles y en las mentes del Líbano. Y, como dice Fisk, las previsiones políticas en esta región del mundo son tan poco fiables como las visiones en una bola de cristal.

http://www.cuartopoder.es/elfarodeoriente/2013-un-ano-clave-para-el-futuro-del-libano/3860

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