6/12/12

Palestina: parto con dolor


Por José Steinsleger

Triunfo de la razón frente al atropello, el reconocimiento de Palestina como Estado observador no miembro de la ONU (29 de noviembre de 2012) fue también el del legítimo derecho a la resistencia y lucha armada de los pueblos contra el racismo, el belicismo, el expansionismo y el apartheid.


Resolución histórica y algo más que simbólica. Pues fuera de su innegable legitimidad la ONU rectificó, implícitamente, las presiones a las que fue sometida por Washington en su primera reunión extraordinaria, obligándola a violar su carta constitutiva (San Francisco, 1945) con el apoyo de 13 gobiernos lacayos de América Latina que volcaron la votación en favor de la partición de Palestina en dos estados: el uno árabe, y el otro judío (resolución 181, 29 de noviembre de 1947).

Mejor conocido es lo que vino a continuación. Unilateralmente, los sionistas declararon la independencia de Israel (14 de mayo de 1948). Y al día siguiente se lanzaron contra los países árabes, ocupando territorios palestinos, practicando la limpieza étnica y montando una insidiosa propaganda de esclarecimiento (hasbará) pensada para satanizar al árabe (o al persa) y victimizar al judío por-lo-que-nos-hicieron-los-nazis.

Nada de aquellos atropellos se hubiese podido realizar sin el apoyo de Estados Unidos, una de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Pero cuando, hacia finales del decenio de 1980, la Unión Soviética y el mundo socialista se vinieron abajo, el sueño sionista de acabar con los palestinos pisó con fuerza el acelerador.

Pues bien: esa historia de confusión deliberada, impunidades planificadas y desolación se acabó. El estatus de observador permitirá a Palestina señalar a Israel como potencia ocupante, denunciar sus crímenes de guerra, la ignominia del muro en Cisjordania y agonía de los habitantes de Gaza, y la exigencia para el retorno de millones de refugiados de la diáspora palestina.

De ahora en más, al hipermilitarizado enclave neocolonial israelí le será difícil erigirse en país agredido. Una visión que, junto a la del cínico derecho a la defensa, la perversa manipulación del sufrimiento judío en Alemania nazi, y el antisemitismo a la carta, Israel explotó con relativo éxito durante 65 años.

Palestina recibió el voto a favor de 138 países, en tanto 41 se abstuvieron, y apenas nueve se manifestaron en contra: Estados Unidos, Canadá y República Checa, líder mundial del consumo de cerveza, que duplica el de los gringos y triplica el de México, lo que ya es decir algo.

¿Y qué decir de los cuatro estados independientes de Oceanía (Islas Marshall, Micronesia, Naurú, Palau), que viven de Washington? Seguramente que el tamaño no importa cuando la suerte de los pueblos va en juego. Pues otras repúblicas igualmente minúsculas del Pacífico (Kiribati, Vanuatu y Tuvalú), más los reyes de Islas Salomón, Samoa y Tonga, fueron más dignos que Ricardo Martinelli, presidente del país emblema de las luchas anticoloniales y antimperialistas de América Latina.

La votación fue precedida por la enésima masacre aérea de Israel en la desolada y desnutrida franja de Gaza, el campo de concentración a cielo abierto más grande del mundo. Sin embargo, los israelíes recibieron lo suyo: cohetes que cayeron en Tel Aviv y Jerusalén por primera vez en muchos años, y hasta un desconocido que consiguió llegar al edificio de la embajada de Washington en Tel Aviv y apuñaló a un guardia en la pierna.

Desesperada, Hillary Clinton y el premier de Israel, Benjamin Netanyahu, se dieron cita en El Cairo y, con la mediación del gobierno egipcio, aceptaron la apertura de todos los pasos fronterizos de la sitiada Gaza, entre otras condiciones para el cese de fuego.

La verdad es que Washington empieza a cansarse de Israel y el mesianismo de los políticos sionistas que, con creces, superan sus propias doctrinas ultramontanas. Mientras, la comunidad de inteligencia estadunidense revisa documentos como el titulado Preparativos para un Oriente Medio sin Israel, y oye con atención al decrépito genocida Henry Kissinger decir que “…en diez años no habrá más Israel”.

Posiblemente, la alienación y desinformación de la sociedad israelí permitirán que Netanyahu se alce con el triunfo en las elecciones previstas para el próximo 22 de enero. Pero Ehud Barak (ministro de Defensa y arquitecto de la política de Tel Aviv frente al programa nuclear de Irán y de las grandes masacres de Gaza en 2008, más la que acaba de fracasar) renunció al cargo y dice que no se presentará a elecciones porque está cansado de la política y quiere dedicarse a su familia.

A Netanyahu sólo le queda reforzar su alianza con el canciller nazisionista Avigdor Lieberman, quien, según el analista argentino Santiago O’Donell, habría filtrado un documento a sus embajadores diciendo que Israel podría disolver la ANP y reocupar Cisjordania si la delegación palestina presentaba su pedido en la Asamblea General (Página 12, 18/11/12).


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