28/10/12

Secuestrada y abandonada


Por Enrique Lacolla
El sistema global no perdona a Argentina sus arrebatos de independencia. Pero esto no es importante, lo grave es que nuestro país no los continúa con la coherencia y persistencia que son necesarias.



Argentina está herida en su orgullo. O en los restos que subsisten de él. El episodio que tiene como centro a la fragata Libertad, nave escuela de nuestra Armada, secuestrada en Ghana por el accionar de los fondos buitre, se articula sobre dos ejes. Uno más desagradable que el otro, pues el primero es siniestro y el segundo es patético.

Es imposible no expresar la repulsa que el hecho suscita. El accionar de los fondos buitre y la indefensión en que el país se encuentra frente a sus asechanzas, es vinculable a la ofensiva imperial que ha sufrido la Argentina como represalia contra sus válidas maniobras para pagar solo una parte de la ilegítima deuda externa que la agobiaba. Pero también es el resultado de que el país se ha convertido en un paria para el sistema de dominación global. Es decir, para los organismos financieros internacionales y la maraña de organizaciones que los sustentan.

Esto en sí mismo no es malo; al contrario, uno diría incluso que es bueno. Lo malo reside en que este hecho no siempre es el resultado de conductas asumidas conscientemente, sino consecuencia del ir y venir de políticas sin eje, concebidas por razones coyunturales, no asumidas con verdadero compromiso y a menudo afligidas de la inconsistencia y la inconsciencia que se derivan de la ignorancia acerca de cuáles son las reales relaciones de poder en el mundo, de cuál es el campo en el que el país debería alinearse y, sobre todo, de cuáles son las instancias prácticas que hay que asumir para que esa estrategia pueda llevarse a cabo.

El episodio del puerto de Tema es un caso de delincuencia jurídica, montado por los bufetes de abogados que integran la telaraña capitaneada por Paul Singer, un individuo especializado en la adquisición de valores en default para especular con ellos. Los compra por cifras irrisorias y los vende tiempo después, cuando el país afectado por la crisis se ha recuperado y se encuentra en capacidad de rescatarlos, por montos muy superiores a los que pagó el comprador en el momento de adquirirlos. Es uno de los grandes contribuyentes de la campaña de Mitt Romney, el candidato republicano a las próximas elecciones presidenciales de Estados Unidos. Este pirata de la jurisprudencia fomenta la propaganda antiargentina en todas las ocasiones que le resultan propicias, incluida la reciente visita de la presidenta argentina a Harvard.

Ahora bien, Singer no está solo. La prensa internacional –esto es, la red mediática que responde a los intereses del capitalismo globalizado- se ha encargado durante años de desprestigiar a nuestro país, logrando sugestionar a mucha opinión extranjera, para deleite de la cipayería local. El diario El País, de España, es un ejemplo de manual de este tipo de operaciones. Mezclando la altivez con la mentira, se ha dedicado a escarnecer los gobiernos Kirchner y a los argentinos en general. Convengamos en que el estilo de comportamiento de muchos connacionales en el exterior da un buen margen para el sarcasmo, pero no son los rasgos un poco faranduleros del turismo clasemediero del “déme dos” o las ofensivas púas de los gratuitos “chistes de gallegos“ lo que subleva a los medios iberos y los indigna, sino los pecados insanables que este país ha cometido para con el ordenamiento económico y político global. Al que la misma España y otros países del primer mundo se han sentido tan orgullosamente ligados y que hoy les está pasando las cuentas de una crisis que sólo cede ante la de 1929.

Ofensas imperdonables

Argentina ha incurrido en delitos de lesa majestad que le han valido el ostracismo. La recuperación de Malvinas en 1982 y la guerra que libró allí contra la OTAN, más la ocurrencia de reaccionar dos décadas más tarde contra las brutales políticas de ajuste y saqueo a que era sometida por el FMI y todo lo que este representa, levantaron una polvareda de escándalo en los países “serios”, que se inquietaron ante la “indisciplina” y “la falta de responsabilidad” de los argentinos, que les quitaba “credibilidad”. La aplicación de prácticas heterodoxas en la economía de parte de los gobiernos Kirchner vino a contrariar el credo neoliberal. Para colmo, esta insubordinación sucedía al escándalo que supuso la emergencia del populismo chavista en Venezuela, y preanunciaba una inversión del curso económico en América latina. Algo se empezaba a mover, había gentes que comenzaban a reaccionar contra la prédica del discurso del mercado y se insinuaba una reacción popular que, si todavía no se ha concretado a gran escala a nivel de gobierno salvo en el caso venezolano, representa la apertura de un espacio de autonomía latinoamericano respecto al diktat del neoliberalismo y un peligro para el ejercicio de la coerción psicológica y económica que este pone en práctica.

En sintonía con la opinión mediática preponderante en el extranjero, la prédica de los oligopolios de prensa locales enhebra la misma prédica, afín a los intereses de un establishment. Este no concibe en otra relación con el exterior que no sea la de la sumisión, con la lógica consecuencia de la dependencia del conjunto de la sociedad del capital extranjero. Este dato es agravado por el hecho de que una parte importante de la opinión pública ha sido impregnada por ese discurso y no encuentra muchas opciones para esclarecerlo en razón de la naturaleza mezquina del debate político, en especial de parte de la oposición, que se afana por poner todo bajo una luz desfavorable al Ejecutivo, en vez de plantear con honestidad los problemas de fondo de nuestra sociedad. Entre los que se cuentan las raíces de la dependencia y, si se quiere trasladar el debate a la actualidad, el carácter regresivo de la política fiscal y el sesgo pro patronal que ha adquirido la legislación del trabajo, que de pronto viene a contrariar la importante trayectoria que había realizado este gobierno en materia de progreso social.

Bofetadas y cachetazos

La incorrección argentina respecto de las normas internacionales juzgadas de buen gusto por los intereses imperialistas no es de hoy. Hablando de tiempos recientes, el caso de la guerra de Malvinas constituyó una bofetada al orden mundial. Que la empresa haya sido asumida por un régimen detestable, que ella probablemente haya sido inducida por los mismos agentes que lo habían usado para encuadrar al país en la horma neoliberal que se estaba instalando en el mundo entero; y que la misma junta militar que había propiciado la aventura se asustara luego de ella y tratase de evadir el brete, no anula el hecho de que Argentina peleó una guerra desigual contra el sistema dominante y que hubo momentos en que incluso pudo ganar la partida.
Esto representó una ofensa imperdonable para el imperio, que a partir de ahí se reconfirmó en su deseo de sacarse de encima a la junta y reemplazarla por un régimen constitucional que recuperase las formas de la democracia. Al mismo tiempo Washington decidió recortar o destruir las potencialidades militares del país, con el desmantelamiento del Plan Cóndor y abolir, si la ocasión se daba, el programa nuclear de la nación.

Una nueva etapa

Las décadas neoliberales fueron de una profunda y casi irreparable decadencia nacional. Por suerte las jornadas de diciembre de 2001 abrieron el paso a una etapa diferente. Pero el período que estamos viviendo ahora se encuentra afligido por muchos de los traumas y las asperezas que dejara la etapa anterior, la más trágica que le tocara vivir a la Argentina moderna. Estas rémoras impiden articular una construcción política que evalúe al país como un todo y lo vea en su proyección de futuro. Las declaraciones enfáticas en pro de la soberanía no valen de mucho si no van acompañadas por medidas prácticas que las respalden y les brinden consistencia y verosimilitud.

Es poco creíble la apelación al derecho internacional si no va acompañada por una decisión de sustentarla con una capacidad defensiva que abarque tanto a las coordenadas políticas como a las militares. Es decir, a las opciones diplomáticas y a las geopolíticas que las ordenan. Argentina ha descuidado sus Fuerzas Armadas durante más de una década y las ha dejado casi sin capacidad operativa. Esto contrasta con la actitud de Brasil, Chile y Venezuela, que se ocupan activamente de reforzar sus opciones de seguridad. Pues no vivimos en un mundo pacífico, precisamente. Brasil dedica a sus fuerzas armadas el 2 % de su producto bruto interno y Chile el 3,5, mientras que Argentina les consagra un escuálido 0,9 por ciento. La mitad de los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina están a punto de perder la certificación de su aptitud para volar a causa de la falta de horas en el aire. ¿A título de qué puede el país declamar la necesidad de recabar el apoyo de Suramérica si no está en condiciones de asumir sus deberes en el más delicado de los campos, el de la capacidad de sustentar esa política unificadora con su propia disposición a contribuir a la defensa común? Es evidente que el caso de la fragata Libertad debería ser asumido colectivamente por la UNASUR, pero el peso de un reclamo continental se ve menguado por la escasa o nula aptitud en que se encuentra el país directamente afectado para atender a sus propias obligaciones.

La confusión que reina en las mentes de la progresía setentista que vive obsesionada por mantener a las FF.AA. en condiciones que las incapaciten para un eventual golpe de Estado, ha hecho que las políticas militares se traten a la bartola. En el caso de la fragata Libertad es inconcebible que no se hayan previsto las consecuencias que podía tener una visita de la nave escuela a un país perteneciente a la Comunidad Británica de Naciones. Las responsabilidades por la ruta poco afortunada que se dio al barco no están establecidas con claridad. Se tiene la sensación que la Armada y la Cancillería intentan tirarse el muerto la una a la otra, aunque el ministro de Defensa finalmente decidió asumir la culpa, tal vez bajo presión. La pregunta subsiste: ¿quién dio la orden, en definitiva?

Hay otro dato inquietante. ¿Por qué, cuando el juez ghaneano emitió la sentencia de embargar la nave, el capitán no procedió a abandonar de inmediato el puerto y no se dio a la mar hasta llegar a aguas internacionales? Según trascendidos, las fuerzas navales del país africano habrían deslizado a los oficiales argentinos que no interferirían en su partida. En vez de esto se prefirió esperar las órdenes de Buenos Aires, que, por las razones que fueren, decidió no forzar la situación. “Podrán quedarse con la fragata, pero con la dignidad de los argentinos no se va a quedar ningún fondo buitre”, según la desafortunada frase de Cristina Fernández. Quizá fue también la imposibilidad de contar con una nave de combate en condiciones de acompañar al buque escuela, una vez que este hubiera abandonado el puerto, lo que determinó ese desairado bien que provisorio desenlace.

De gestos huecos y palabras vacías está empedrado el camino de la renuncia.

EnriqueLacolla.com

Notas

El programa de desarrollo misilístico, al que no se debe confundir con la “Operación Cóndor”, de funesta memoria, una conspiración de las dictaduras militares del Cono Sur para imponer la “Doctrina de la Seguridad Nacional” forjada por el Pentágono e inyectada en la Escuela de las Américas a los oficiales que allí se formaron.

“Habrá menos operaciones militares”, La Nación del 20/10/12.

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