16/9/12

Cacerolas

Por Enrique Lacolla
La frivolidad y la inconsistencia de los reclamos del cacerolazo no debe disimularnos la existencia de una ancha franja de población que no sabe lo que quiere y que por lo tanto puede ser manipulada a discreción por el sistema oligárquico-imperialista.

En la noche del pasado jueves cantidades considerables de gente, perteneciente a lo que podría llamarse clase media acomodada, salió a protestar contra el gobierno. Las manifestaciones tuvieron bastante entidad en Buenos Aires y en Córdoba, y asimismo en algunos otros centros urbanos del interior. Las reivindicaciones de los “protestantes” fueron de una escualidez y una estulticia manifiestas. No es que se desee menospreciar al público que concurrió a esa convocatoria fogoneada desde los medios monopólicos y hecha circular por Facebook, pero los reclamos enarbolados por los manifestantes, cuando se dignaban hacerlo y no se limitaban a vocear insultos contra la Presidenta, eran de una puerilidad extrema. Reivindicar la libertad de expresión, clamar contra la “Diktadura”, gimotear en torno a la prohibición de comprar dólares y protestar por la falta de seguridad son caballitos de batalla del establishment comunicacional, que se autodestruyen a poco que se reflexione sobre ellos. ¿Acaso sus desaforadas expresiones de rechazo al gobierno son censuradas? ¿No es libre la prensa monopólica de verter ríos de información tergiversada o mentirosa y a veces hasta procaz, día tras día en periódicos, radios y canales de televisión? ¿No contaron los manifestantes con la custodia de los efectivos policiales que arreglaron su libre circulación por las calles de las ciudades? ¿No son muy inferiores los índices de delincuencia en las metrópolis argentinas respecto de los que se registran en otras ciudades latinoamericanas?

Esos gritos y esos cacerolazos son exteriorizaciones de una rabia ciega y tonta. Pues si en los casos de las empresas monopólicas de prensa que alientan este tipo de expresiones resultan del temor ante la inminente entrada en vigencia de la ley de medios que permitiría airear la atmósfera, viciada por el discurso único neoliberal que el país padece desde hace décadas, en el de la gente del común que se dedica a golpear cacerolas su actitud equivale a escupir al cielo. De haber seguido el país en manos de los que lo vaciaron y torcieron tan absurdamente su rumbo entre 1976 y 2001, esa clase media privilegiada no dispondría de los posibles de los que hoy goza y se vería sometida a un ajuste similar al que castiga en este momento a los países de la UE. Sin hablar de que en estos momentos la inseguridad que tanto temen alcanzaría niveles récord.

No vamos a asumir una actitud de defensa acrítica del gobierno. Hemos puntualizado muchas veces los aspectos que falta asumir para hacer que la experiencia iniciada en 2003 no naufrague miserablemente. Tenemos todavía la economía más extranjerizada de América latina y la renuencia del Ejecutivo a asumir una real profundización del “modelo” es un factor negativo y peligroso que pende sobre el futuro. Pero cuando vemos a los caceroleros vocear un odio y una bronca que trasudan resentimiento de clase y de raza, no hay duda acerca del lado del que se ha de estar. Esto es, al lado de un Ejecutivo que ha paliado la pobreza extrema, que ha controlado la pauta cambiaria, que ha renacionalizado las AFJP, que ha recuperado YPF y Aerolíneas y que tiene una política exterior en general irreprochable y muy volcada hacia la integración latinoamericana.

El problema es que el propio gobierno es el que debe hacer las cuentas con lo que ha hecho, con lo que le falta por hacer y con la capacidad de resistencia que debe tener para no terminar siendo víctima de una propaganda mentirosa y turbia, pero que cuela su mensaje en los sectores intelectualmente más débiles y más manejables de esta sociedad.

El regreso de Frankenstein y el error de Cristina

Se está configurando un frente opositor que querría ser destituyente si tuviese la fuerza suficiente para organizarse como tal, cosa que no ocurre. En él se vinculan los monopolios de prensa, el sector empresario transnacionalizado, con el añadido de la Rural; y políticos conservadores de diversa laya, muy interesados en ser diligentes servidores de los poderes de la economía global. Macri, De la Sota, el arco opositor en general y los desprendimientos del Frente para la Victoria se agitan en procura de una oportunidad.

Aquí empieza a medirse el error monumental de Cristina cuando decidió romper con el sector sindical liderado por Hugo Moyano. Se ha quedado sin una fuerza capaz de tener presencia en la calle, y que fuera también capaz de articularse como un actor social provisto del peso suficiente para dar vuelta las cosas en las urnas.

El gobierno no negoció lo que podía haber negociado con Moyano. Pero lo peor es que esto ha redundado en un desastre a dos puntas. Pues lejos de empujar al líder camionero a tomar el relevo con una asunción realista de sus posibilidades y a realizar un esfuerzo por interpretar el papel de la clase trabajadora como punta de lanza de la transformación del país, lo ha lanzado a encerrarse en la reivindicación sólo gremial y a juntarse con lo más negro del espectro opositor. No es codeándose con Macri, el Momo Venegas o Miguel del Sel que va a recuperar presencia. Moyano se está encerrando precisamente al querer abrir el juego hacia fuerzas que lo desprecian, lo temen y pretenden usarlo. Su conducta linda ya con el despropósito. Podrá aducir que no le han dejado otro camino, pero no es cierto; su falta de disposición a hablar sobre los problemas estratégicos que aquejan al país y en los cuales todos estamos directamente involucrados, es su responsabilidad, y equivale también a un renuncio que deja huérfana de protagonismo a la clase obrera.

Las manifestaciones del jueves no son, en sí mismas, otra cosa que un episodio, una efervescencia pasajera que no debería ser importante. Esas gentes son la espuma de la sociedad, no tienen peso orgánico. Pero, confrontadas a la inacción de gobierno se convierten en un factor a tomar en cuenta, pues detrás de ellas actúa el establishment que vive en connubio con el imperialismo. Se constata un debilitamiento de la presencia estatal. La Presidenta dilata las cosas esperando que se resuelvan por sí solas. Ella también se encierra en un discurso en el que se escucha sólo a sí misma. Mientras tanto el intendente de Buenos Aires la desafía deliberadamente, el gobernador De la Sota dispone aumentos en el combustible que exceden sus atribuciones constitucionales y el fantasma de la rebelión de las provincias-emiratos petroleras amenaza con sabotear el principio de unidad de la Nación y el de la centralidad que deben tener sus políticas en materia de recursos estratégicos.

¿Qué es la “sintonía fina”?

La Presidenta usó en su campaña el leit motiv: “Hay que profundizar el modelo”. Pero no bien ganó las elecciones puso en circulación otro môt d’ordre, un tanto enigmático: “Llegó la hora de hacer sintonía fina”. Después de lo ocurrido en los meses que precedieron y sucedieron al acto electoral el sentido de esa expresión se ha clarificado bastante y no en la dirección que desearíamos. La procuración de un modelo desarrollista fundado en el acuerdo con una burguesía a la que se califica de nacional, es en buena medida una ilusión que es difícil que resista la prueba de las tensiones que resultarían de la puesta en marcha de un plan de reformas estructurales. Y entonces otra vez tendríamos a los sectores de clase media desnacionalizada saliendo a hacer barullo en las calles y a incentivar su propia histeria, que por cierto alcanzaría niveles de paranoia si las débiles agrupaciones juveniles que ha organizado el gobierno quisieran contrapesarlas.

El kirchnerismo tampoco ha logrado (o se ha preocupado de elaborar) una política militar que se gane a las fuerzas armadas incorporándolas a un proyecto nacional que las incluya. Resabios del pasado, rémoras psicológicas o incapacidad para formular la síntesis conceptual que se requiere para comprender el papel que las FF.AA. cumplen en las sociedades no plenamente integradas todavía, las han dejado a su libre albedrío mental. Ojala que desde su propia situación puedan elaborar una síntesis patriótica de su historia, que evalúe el contradictorio papel que jugaron en el pasado y las preserve de las tentaciones aventureras en el futuro.

Cubrir la brecha

El alboroto suscitado esta semana va a crecer, probablemente, en los meses venideros, a medida que se aproxime la fecha de la entrada en vigencia de la ley de medios. La persistente presencia de la Presidenta en las pantallas de la televisión, que tanto exaspera a sus opositores, deviene en gran parte de la necesidad de cubrir esa brecha, que va a ser explotada al máximo por la corporación mediática. Pero esa persistencia presidencial, expediente necesario en las actuales circunstancias, debería ser meditada y ponderada con una prestación más equilibrada de la misma. Un mayor concisión, una menor disposición a efectuar digresiones marginales, que consienten explayar el dominio de la tribuna pero que a la postre se hacen molestas, deberían ser tomadas en cuenta por la mandataria. No está Cristina en el parlamento, está ejerciendo el rol de primera autoridad del país, e irse por las ramas en alocuciones que tocan temas centrales no le sienta bien. Quizá el lucimiento que le da el hablar improvisando debería ser reemplazado por la sobriedad del discurso escrito, que lleva al centro del asunto sin demoras y consiente su exposición puntual y categórica.

Pero esto es también, me temo, una digresión. Lo que queremos señalar en esta nota es que las manifestaciones del pasado jueves, por vacuo que sea su contenido, expresan el hormigueo del descontento de sectores inorgánicos que no saben lo que quieren –salvo, por supuesto, el linchamiento moral de la Presidente-, pero que pueden llegar a brindar un halo popular a las maquinaciones del sistema, experto en manipulaciones.

Quizá la única forma de salir al cruce de la tormenta que se está formando sea la organización, fuera del aparato oficial, de una organización que recoja los datos progresivos que ha aportado el kirchnerismo y los empuje a un estadio más alto. Marchar juntos, pero no mezclados (viejo tópico marxista) sería una forma de fortalecer un programa nacional. Sería más fácil si desde el gobierno se asumieran como propios los mecanismos para realizar el cambio, pero si eso no ocurre hay que conformar una fuerza nueva que sea capaz de recoger la herencia del pasado y de transformarla con miras a al futuro. Hay una esperanza de que esto no sea tan urgente todavía, y esta surge del hecho de que Cristina Fernández y su círculo han sido capaces, cuando se han visto acorralados, de operar políticas reactivas que dan pábulo a la esperanza de que se decidan a asumir el papel que les compete. Pero siempre, al poco tiempo de tomadas, esas actitudes tienden a diluirse con arreglos o con declaraciones que les quitan filo. Esperemos que la próxima vez no ocurra así y mientras tanto preparémonos a cubrir esta otra brecha, la que va desde el país que fenece al país que está por nacer.