9/8/12

El riesgo de jugar a las escondidas con la Historia



Por Enrique Lacolla
A veces los juegos malabares con los personajes del pasado disimulan el temor de pasar de lo simbólico a lo concreto en el tiempo presente.

En una nota aparecida el 8/12/10 en esta misma columna ( Defenestrar a Roca, una moda peligrosa) nos explayamos sobre la figura del jefe de la Campaña del Desierto y salvador de la unidad nacional gracias a la supresión de la revuelta porteña de 1880. No vamos a volver sobre esos temas. Dirigimos en todo caso al lector interesado al artículo de referencia. Pero sí hemos de hacer hincapié en el hecho de que el temor que poníamos de manifiesto en esa ocasión -el del riesgo que suponía abolir, desfigurar o minimizar la proyección de ese personaje-, hoy está se está expresando en hechos que implican su concreción. La eliminación de la efigie de Roca de los billetes de cien pesos es uno de ellos.

No debería hacer falta que aclaremos que la presencia de Eva Perón en el billete no es cosa que nos moleste. Todo lo contrario. Pero como para no pocos cultores del verticalismo perinde ac cadaver una puntualización crítica acerca del modo en que se tomó la medida puede equivaler a un acto de traición, señalemos que la presencia de Evita en un billete de alta nominación es una reparación histórica y una manera de elevar a una de las figuras más importantes y señeras de la historia contemporánea argentina al grado de reconocimiento que se merece.

Ahora bien, una cosa no quita la otra. Exaltar a Eva Perón –de fugaz, trágica e intensísima trayectoria en un período clave de nuestro siglo XX- no debería implicar un oscurecimiento o un hipócrita mutis por el foro de un político y militar que se encontró entre los que más pesaron en la historia argentina y en cuyas manos estuvo la resolución, positiva, de los dos problemas clave que determinaban la suerte de nuestro país en el momento de su organización definitiva: la consolidación de sus fronteras y el corte del nudo gordiano que implicaba una Buenos Aires que había aplastado al país interior y aspiraba a seguir administrando las rentas del Puerto aun al precio de escindirse bajo la forma de una provincia-nación. La nacionalización de Buenos Aires convirtiéndola en Capital Federal llegó un poco tarde, pues la burguesía comercial portuaria y la clase terrateniente ya habían determinado, durante el ciclo de las guerras civiles, la configuración del país como una entidad basada exclusivamente en el comercio externo y, como lógico colofón, la dependencia del imperialismo británico; pero es un hecho que la resolución de Roca de acabar con la insurgencia de Tejedor terminó con la interminable discordia y puso las cosas en su lugar en la medida en que ello aun era posible. Así como también fue su visión geoestratégica la que llenó los contornos del país, impidiendo que la Patagonia fuese chilena o quizá británica, y la que frenó, con la ocupación del Chaco, las aspiraciones brasileñas a derramarse sobre esa porción del territorio nacional. Sin hablar del importante papel que le cupo en la modernización del Estado y en la difusión de la educación pública. Su posterior transigencia con la oligarquía fue fruto de las circunstancias: el país estaba hecho y Roca maniobró con astucia para seguir manteniendo al Partido Autonomista como fuerza dominante en la política nacional; pero el desdibujamiento de su rol nacional no excluyó la simpatía hacia Hipólito Yrigoyen, quien se la retribuyó no montándole ningún golpe durante su segunda presidencia. Esto demuestra que la vertiente federal de la política de Roca era reconocida por el exponente del despertar de las nuevas masas argentinas, modificadas por la inmigración.

Es curioso que a Roca se lo borre de la nomenclatura dineraria, mientras que Bartolomé Mitre, fautor de la construcción contra natura de la Argentina y uno de los máximos responsables del genocidio paraguayo en la guerra de la Triple Alianza, siga campando por sus fueros en los billetes de dos pesos.

Pero los bizantinismos nominativos y la pinacoteca de los billetes no tendrían mayor importancia si no fuera porque ellos reflejan problemas psicológicos y sociales no resueltos, que bullen en el fondo de la realidad argentina. Somos todos hijos de una misma historia y será difícil que podamos sacudir su peso de nuestras espaldas –“el peso de las generaciones muertas gravita sobre las generaciones vivas”, decía Carlos Marx-, si no la comprendemos en su compleja factura y aceptamos que hemos sido conformados por ella.

La cuestión no pasa por ser mitristas o roquistas, rosistas o urquicistas, sarmientinos o alberdianos, porteños o provincianos; pasa por entender que esas son categorías que no tienen un estricto correlato en el presente porque las circunstancias han cambiado; pero que, sin embargo, los problemas culturales y estratégicos a los que expresaron están aquí todavía. La cosa no es demoler estatuas para poner otras nuevas, sino pasa más bien por olvidarse de las estatuas y pensar en los seres vivos ahí fijados: en su forma de reaccionar ante las cosas y en los desafíos que el país que resultó de su accionar debe encarar hoy en día. El elogio o el denuesto que se profieren en torno a esos personajes no suelen ser sino expedientes tras los cuales justificamos el aferramiento a una distopía reaccionaria o a la retórica de emprendimientos que no asumimos. Y también puede ser un recurso para exteriorizar rencores que no se vinculan tanto al eco que despiertan en nosotros los odios de épocas pasadas, sino a problemas operantes en la actualidad.

En el apartamiento, en sordina, de Roca del panteón de los héroes, se pueden rastrear rencores que tienen que ver con el resentimiento setentista contra los militares (y tal vez también contra Perón) de parte de una pequeño burguesía progresista en tren de nacionalización, que se ilusiona pensando que el cristinismo es una fase superadora del peronismo. Y también está presente la manipulación subliminal que operan el imperialismo y sus proyecciones (ONG, etc.) sobre la conciencia de ese mismo sector social, reduciendo la historia a fórmulas simplistas que convierten todo en oposiciones maniqueas e imposibilitan actuar sobre una realidad vaciada de contenidos. La demonización de Roca por lo que se aduce fue el genocidio de la población indígena, conviene a los intereses que apuntan a fomentar los particularismos y los divisionismos en esta hora en que, por primera vez desde la Independencia, se esboza una Iberoamérica unida.

No hace falta ser un psicólogo ni un sociólogo para percibir los peligros que alientan en esta situación. El antiautoritarismo abstracto suele ser la tapadera de un arrogante sentimiento de superioridad intelectual y en este sentido resta antes que suma y confunde más que aclarar. Por otra parte, la circunscripción de los problemas de la actualidad política a una contienda intestina entre los integrantes del (¿extinto?) Frente para la Victoria, arriesga dejar de lado los problemas reales del país, algunos de los cuales subyacen al enfrentamiento entre el Ejecutivo y la rama más combativa del movimiento obrero. Por políticamente confundido que pueda estar Hugo Moyano –y lo está muchísimo- y por muy torpe, por momentos absurda e incompleta sea la forma en que se exprese, su postura y la de quienes lo acompañan pone de manifiesto que el sector obrero del movimiento nacional no se reconoce del todo en las políticas emprendidas por el gobierno o que al menos no se conforma con los límites que parecen habérseles marcado. Pretende mantener enhiestas algunas banderas que, aunque no pretendan la instauración del socialismo ni de nada que se le parezca, apuntan a dar una expresión algo más vigorosa a eso que se ha dado en llamar populismo y que no es sino una forma latinoamericana del bonapartismo. El Ejecutivo, en cambio, aparece enancado en una visión que privilegia la relación con la burguesía empresarial para operar, con el apoyo de esta y el anhelado consenso de Estados Unidos, el despegue que la Argentina necesita, pero cuyas características todavía nadie en el poder se ha ocupado hasta ahora de enunciar. Se dirá que es este un “trabajo en progreso” y que se irá cumpliendo a medida que se completen las etapas. Pero no estaría nada mal disponer de una hoja de ruta que nos brinde una certeza firme respecto de adónde nos estamos dirigiendo.

Este es el fondo de la cuestión, sólo que complicado por el miedo al que dirán si las contradicciones que nos habitan se explayan sinceramente.

Eufemismos

En este escenario nadie llama a las cosas por su nombre. Se habla de la “Corpo” para significar a Clarín y a sus socios, pero no se habla de la corporación empresaria. La CGT de Moyano discute sobre las asignaciones familiares y el impuesto a las ganancias, pero no dice nada de las reformas de fondo que son necesarias para modificar a la Argentina y fundar una efectiva justicia social. En este escenario los tiros suelen ser por elevación. Ningunear a Roca puede dar rédito ante la opinión “progre”, pero también desfigurar la naturaleza de los verdaderos problemas que informaron a nuestra historia y, en consecuencia, apartarnos de la consideración de las cuestiones que de veras importan. ¿Y no será asimismo una manera de darle el esquinazo a Perón, fundador y organizador del movimiento que lleva su nombre y que encabezó al que hasta ahora ha sido el proyecto reformador más profundo que se intentó en el país? La abundancia de los homenajes a Evita contrasta con la inexistencia o la exigüidad de tributos similares al inventor del instrumento político del que ella formó parte…

La relación entre los representantes del ala radical del movimiento peronista en los 70 con el por entonces ya viejo líder, fue tormentosa, por no decir espantosa. Los primeros querían una revolución socialista, el segundo no tenía la menor intención de llevarla a cabo, eligiendo mantenerse en el cuadro de una reforma nacional burguesa, potenciada por el carácter plebeyo de su movimiento y por su propio instinto y su orientación estratégica de cara a América latina. Convengamos que Perón tenía razón, porque era evidente que ni las relaciones de fuerza en el país de aquel entonces ni el humor social de los argentinos daban espacio para una experiencia en el sentido de la propiciada por Montoneros y las otras organizaciones armadas.

Los supervivientes de aquel extremismo setentista están hoy en el poder y parecen incapaces de escapar al condicionamiento psicológico de aquellos años. Paradójicamente, sus concepciones en materia de orientación económica e ideológica, en cambio, parecen haberse moderado muchísimo. En cuanto a la derecha peronista (esa amalgama siniestra de las tres A y de los servicios de inteligencia de las FF.AA) es inexistente. Los eventuales candidatos a sucederla se expresan en formas que, dentro de la general pobreza del panorama político argentino, son inofensivas, por mucho que lo que digan trasunte un rencor subyacente.

No se debería elegir el tema de las efigies de próceres para dirimir oblicuamente los problemas de diván que aquejan a nuestra intelligentsia. Mucho más sano sería poner, negro sobre blanco, los argumentos que se tienen en uno u otro sentido. ¿Queremos una nación que no le tenga miedo a la grandeza, o nos ocupamos de gerenciar el poder mientras practicamos una módica reforma? ¿Comprendemos que a la historia no se la hace con garantismo y generalidades de buena voluntad, sino con una audacia y una energía ponderadas por el sentido de la realidad? ¿Buscamos un camino o marcamos el paso en un mismo lugar?

A los cambios de fondo no se los realiza con la gráfica de los billetes ni demoliendo estatuas para poner otras nuevas. Se los cumple apelando a reformas que no dejen dudas acerca del camino que se ha elegido. Mientras tanto las estatuas y los retratos se pueden quedar donde están. Añadiéndoles otros nuevos, en todo caso, para satisfacer a la justicia histórica o para realizar una reparación moral. Pues, ¿por qué una iconografía debe suplantar a otra cuando ambas son parte de un mismo proceso viviente? Ya llegará la hora en que la presencia de esos personajes se decante por sí misma, cuando hayamos resuelto nuestro problema identitario. En cualquier caso, yo rogaría que, en ese momento, a nadie se le ocurra remover la estatua del general Alvear de la Plaza Francia. Es una magnífica escultura de Bourdelle.