9/8/12

El islam político y el “gobierno mundial”


Por Geidar Dzhemal-Islam en Mar del Plata

Muchas personas acostumbradas a que el islam político es un factor antioccidental, no logran aceptar la coexistencia e incluso colaboración entre el islam radical y la burocracia internacional, que actúan conjuntamente en algunos puntos calientes del planeta.


Recordamos que en su día los Estados Unidos apoyaron a la resistencia afgana y su ala internacional contra el así llamado contingente limitado soviético. (Allí fue, por cierto, donde se creó la marca de la dichosa “Al-Qaeda”, que no es más que la nomenclatura de los comandantes militares de formato internacional, que pueden ser movilizados para las actividades militares en determinados lugares). En general la colaboración del islam político con algunas fuerzas de Occidente, cuyo orden del día coincidía con el vector de la política islámica en curso, ni siquiera ha comenzado ayer, sino, como mínimo en el siglo XIX. Como jalones principales en el camino de esta colaboración se puede destacar la alianza temporal del Imperio Otomano con Gran Bretaña y Francia contra Rusia en las guerras de Crimea y los Balcanes (por entonces el Imperio Otomano respondía del islam político en su forma sometida al califato); en el siglo XX el ejemplo de semejante colaboración fue la alianza antibritánica del islam político y el Reich alemán: la rebelión contra la ocupación británica de Iraq del primer ministro Rashid Geilani, la colaboración con Berlín oficial del gran muftí de Jerusalén también contra los ingleses, por último, la presencia de aproximadamente medio millón de musulmanes en las filas de la Wermacht y las Waffen SS, incluidos no menos de 420 mil ciudadanos de la URSS…

Pero no es más que historia. ¿Qué está ocurriendo en los comienzos del segundo decenio del siglo XXI?

La burocracia internacional pretende convertirse en el “gobierno mundial” en un lapso de tiempo muy corto. La cuestión hoy se plantea de tal manera que en el caso del éxito todo el recurso financiero-especulativo de la economía neoliberal quedará directamente sometido a las estructuras políticas internacionales, que se liberan así de las últimas ataduras a los sujetos soberanos del derecho internacional, que en su día crearon estas mismas estructuras. En otras palabras la ONU dejará de ser la Organización de Naciones Unidas que conocemos y se convertirá en un aparato autónomo, con su propia legitimidad oficial, que estará por encima de cualquier legitimidad de un gobierno nacional (si es que quede alguno). Este aparato podrá contratar directamente a las compañías militares privadas, a las que pasarán los mejores representantes de los ejércitos nacionales que se están desmantelando, decidirá las cuestiones de guerra y paz, sin tener en cuenta el derecho al veto, que tienen los sistemas como el Consejo de Seguridad, que se están quedando anticuados a marchas forzadas.

Queda claro que para alcanzar este objetivo, que todavía ayer parecía una siniestra antiutopía, y hoy ha sido logrado por las fuerzas correspondientes en un 60 – 70%, primero debe romperse la resistencia de las soberanías nacionales, deben ser derrotados los bastiones reforzados con armas nucleares como China y Rusia – y por mucho que esto sorprenda a algunos observadores antioccidentales – también los EE.UU. en la medida en que el partido Republicano aún juega ahí algún papel.

Es evidente que las soberanías nacionales que componen el variopinto mapa político mundial no son iguales. Además de los gigantes como los países de BRIC – Rusia, China, Brasilia, India, - también existen países más pequeños, aunque influyentes a nivel regional. Entre ellos en primer lugar están Irán, hasta hace poco Egipto y, por cierto, también Israel… Además las soberanías nacionales se diferencian por los colores ideológicos de las corporaciones burocráticas que ejercen la administración en estos países. Entre las burocracias nacionales las hay que no tienen ninguna perspectiva vital fuera de su soberanía, arraigada en el sistema del derecho internacional salido de la Paz de Westfalia. Esto se refiere sobre todo a los llamados países proscritos. La lista de estos países es móvil como el fuelle del acordeón, puede alargarse y reducirse, creando la melodía de la amenaza dirigida a los estados aún no controlados y no transparentes desde el punto de vista del “gobierno mundial” en formación. También existen otras burocracias nacionales que se encuentran en estado de descomposición moral y no piensan oponerse a la voluntad de la  así llamada comunidad internacional (bajo ésta debe entenderse precisamente la burocracia internacional, que incluye no solamente los aparatos de la ONU, Unión Europea y la OTAN, sino en primer lugar las organizaciones no gubernamentales, en cuyo seno se toman las decisiones más importantes).

La experiencia libia ha demostrado (y la siria en curso lo confirma una vez más), que dentro de cada burocracia nacional, condenada a ser purgada de una u otra manera, siempre hay un montón de funcionarios de distinto rango, deseosos de abandonar su bando y pasarse al “gobierno mundial”, aunque sea en el papel de los funcionarios designados por este último para sus territorios de origen. La conversión en persona non-grata se ve como una catástrofe personal no únicamente en Rusia por un sencillo motivo: la burocracia internacional ya ahora controla los flujos financieros mundiales hasta tal punto que en el caso de oposición directa a esta burocracia se hace totalmente imposible para un funcionario asegurar su futuro personal y el de su familia. Dado que los funcionarios, como regla, son personas desprovistas de cualquier ideología, y todavía menos predispuestas a un sacrificio heroico, las burocracias nacionales que se componen de ellos son “ejércitos” políticos derrotados de antemano. Por eso por el momento los más estables de entre estos regímenes son aquellos construidos de arriba a abajo sobre las relaciones familiares de parentesco: los representantes de estas administraciones sencillamente no tienen a dónde huir.

La burocracia internacional – el “gobierno mundial” en formación – con una estrategia muy correcta se ensaña con las soberanías aisladas más odiosas con una masa político-militar relativamente pequeña, porque en el mapa político esas soberanías representan la clientela de otros patrones más grandes. Así, Siria es un cliente de Irán, y, por ejemplo, Paquistán entra en la clientela geopolítica de China. Los golpes contra los clientes dejan al desnudo a sus patronos, poniendo nerviosos y debilitando la cohesión interior de sus corporaciones burocráticas y preparando su destrucción.

En cuanto a la visión que tiene el islam político de las soberanías nacionales, es muy importante el carácter secular de las burocracias nacionales, así como la obligatoria presencia de un líder carismático (o de alguien que se posicione como tal) a la cabeza de esas corporaciones. Para el islam político, en primer lugar, es inaceptable la división del espacio islámico en segmentos nacionales administrativos, independientes entre sí y que en su política se guían por los intereses de Occidente y de las élites compradoras a su servicio. Los líderes carismáticos/dictadores a la cabeza de los regímenes seculares burocráticos que, como regla, tienen una ideología populista, representan lo que en la tradición islámica se llama tagut. Lo que significa la concentración de la idolocracia, cuya esencia es concretamente satánica. Después del fin del califato (y para muchos representantes del islam político el propio califato Otomano, por lo menos desde los principios del siglo XIX, había perdido las características del gobierno islámico) el objetivo fundamental había consistido en el derribo de todas las administraciones neocoloniales y poscoloniales, impuestas con la ayuda de Occidente en los territorios de la extensión de sharia.

De modo que en nuestros días tiene lugar la coincidencia muy importante, providencial de dos órdenes de día. La burocracia internacional que pretende suprimir todos los obstáculos para imponer su exclusiva legitimidad universal, y el islam político, que está liquidando las administraciones seculares nacionales, que a su vez, tradicionalmente odian y reprimen el islam, siguen los cursos paralelos. En el plano táctico tienen los objetivos comunes.

Irán es un caso aparte. La revolución islámica en este país ocurrió cuando la burocracia internacional aún no se había fortalecido como fuerza independiente. Al mismo tiempo el clero chiita estaba tradicionalmente relacionado con los centros del club Tradicionalista, que veían a Pehleví como un usurpador que servía a los intereses del liberalismo norteamericano republicano. Justamente el consenso dentro del club Tradicionalista había permitido a la oposición al shah trabajar con provecho en Londres y en París. En el momento de la revolución en la Casa Blanca mandaba Jimmy Carter – demócrata, que de alguna manera era el protoObama de su tiempo, su “pálido” (en todos los sentidos) predecesor. Es lo que explica la reacción estadounidense tan apática a los sucesos en Irán, así como la indiferencia con respecto a la suerte del shah huido, al que incluso impidieron acabar sus días en la tierra norteamericana (murió de cáncer en un hospital militar mexicano). En la época posterior a Carter el republicano Reagan intentó corregir la situación utilizando a su cliente Saddam, pero incluso en su estado posrevolucionario débilmente organizado Irán fue demasiado para el régimen baasista, armado por los EE.UU., Francia, URSS y alimentado con el dinero procedente de todas las monarquías petrolíferas árabes.

Irán actual representa, por un lado, un ejemplo indudable de soberanía nacional, por otro lado, la burocracia nacional de Irán no obedece a los liberales, sean esos los comunistas chinos o los republicanos de los EE.UU. Su dueño es el clero chiita que tiene peso y autoridad en los más altos niveles de los clubs del tradicionalismo. Por eso Irán representa un fenómeno extraordinariamente complejo. Se puede decir sin exagerar que hoy en día es el país más soberano en todo el globo terráqueo, en el sentido de que sus líderes sacrales no tienen un dueño terrenal. (Ni Stalin, ni Mao podían presumir de semejante nivel de emancipación política.)

Es lo que en primer lugar explica la rigidez de la postura iraní con respecto a lo que el país tiene o no el derecho de hacer. Para los líderes sacrales de la estatalidad iraní queda excluida la misma posibilidad de que la burocracia internacional pueda doblegar a la República Islámica según sus caprichos.

Por otro lado la burocracia internacional no tiene el apoyo garantizado para el enfrentamiento con Teherán por parte de sus dueños del club Tradicionalista que están detrás de los bastidores. La situación alrededor de este país, que se encuentra en el centro de Eurasia, es extremadamente ambigua gracias a esta  configuración única que impide aplicar las soluciones sencillas, unívocas.

Dado que Irán constituye la única soberanía nacional auténtica (independientemente de cómo se valore su contenido ideológico y metafísico), también pretende ponerse a la cabeza del “despertar islámico” – así es como en Teherán llaman la “primavera árabe”, - a pesar de las diferencias y contradicciones interreligiosas. Técnicamente semejante ambición de Irán sería perfectamente factible, si no fuera por el peso representado por Siria, que se ha convertido en la piedra de toque en el camino de la colaboración entre chiitas y sunitas. El apoyo al agonizante régimen de Damasco, indudablemente debilita el recurso político del Irán de hoy.

No cabe duda de que el mencionado curso paralelo del islam político y de la burocracia internacional tendrá una perspectiva relativamente corta. Cuando todos los kaddafi y saddam del mundo encuentren su, por cierto perfectamente merecido, final el islam político y el “gobierno mundial” quedarán a ambos lados de la barricada como dos enemigos principales que han sobrevivido en una dura lucha, condenados a enfrentarse en el último combate. El mundo estará liberado de las pequeñas tiranías de los carismáticos líderes nacionales, pero la mayoría de los humanos no se percatará de este bien, porque el lado populista de las dictaduras en forma de salchichón y electricidad gratuita quedará en el pasado, mientras que en su presente tan solo habrá ruinas y guerra civil. Sin embargo incluso esto será mejor que lo que trae consigo la absolutización del dominio de la burocracia internacional. Del abismo de la total falta de derechos y de la expulsión violenta de la historia los pueblos del mundo tan solo quedarán separados por la resistencia organizada de aquellas mismas fuerzas que hoy con terror tachan de radicales. Lo que significa que el islam político debe alcanzar el objetivo de la creación del “gobierno mundial alternativo”, que pueda darle la forma de un proyecto ideológico altamente organizado a la resistencia mundial.

Precisamente por eso uno de los objetivos no de la burocracia internacional, sino de sus dueños del club Tradicionalista consiste en sustituir el islam político por el “califatismo”. El proyecto de la reconstrucción del califato es una bomba que el poder de los clubs pone debajo del islam político para quitarle en perspectiva su eje organizador a la resistencia global frente al “gobierno mundial”.


Traducción directa del ruso de Arturo Marián Llanos             
24 de julio de 2012, Revista Odnako.org #24 (133)