26/7/12

Un nuevo aniversario de la muerte de Evita

por Norberto Galasso

El recorrido de la vida de Evita permite comprender las razones por las cuales, a sesenta años de su desaparición física, su mención provoca aún el entusiasmo de todos aquellos que bregan por un mundo mejor y asimismo, continúa generando el odio de las minorías reaccionarias.
Es decir, ella ha trascendido y sigue vigente porque es uno de los símbolos más contundentes del protagonismo popular en aquel pasado de hondas transformaciones. Su nombre se asocia de inmediato al avance de los derechos de la mujer especialmente en la lucha por el voto femenino, a su representación de los trabajadores en el gran frente nacional, a su indignación ante la injusticia, a su preocupación por los desamparados, a su fidelidad con su origen popular, a su proclamación de que la raza de los privilegiados debe desaparecer. Su mención se relaciona con los barrios de viviendas populares, con los grandes policlínicos, con la preocupación por una niñez alegre y sana, con su postulación de una sociedad sin clases explotadoras y donde hombres y mujeres vivan dignamente, en plena solidaridad e igualdad.

No teorizó ella sobre estos temas, sino que entregó alma y vida para concretarlos. Ante tantos seudorevolucionarios conocedores de todos los textos clásicos leídos en lengua extranjera, ella se ocupó de asumir las tareas concretas -sólo eso, nada menos que eso- identificando siempre con claridad donde estaba el enemigo que intentaba cerrar el camino al progreso nacional y social. Lo hizo con pasión, incluso con fanatismo, en una entrega total, hasta sus últimas fuerzas, en la convicción de que esa era su misión y que su ejemplo elevaría la conciencia revolucionaria de hombres y mujeres de su pueblo, que la recordarían –dijo- “mientras subsistiera alguna injusticia” y lo hizo con la certeza –como también lo dijo- de que ellos “recogerían su nombre y lo llevarían como bandera a la victoria”.

Por eso ha trascendido más allá de su muerte. Por eso ha reaparecido en cuentos como “Esa mujer” de Rodolfo Walsh uno de los mejores de la literatura argentina, por la misma razón ha resurgido en la plástica (aún con estéticas diferentes como en Ricardo Carpani o Daniel Santoro) y en notables poemas como en Osvaldo Lamborghini (“Eva Perón en la hoguera”). Por la misma razón su retrato ha cobijado nuevas manifestaciones populares y su recuerdo alimenta los mejores sueños, aún en aquellos que no la conocieron.

Algunos, la mantienen viva en los retratos de las villas, en los últimos rincones del país, otros encuentran en su imagen el fuego para continuar enarbolando proyectos de profunda transformación social. No es casualidad que hoy aparezca su rostro en el edificio del ministerio de Salud y Desarrollo Social, mirando, desde un lado, severamente, a los barrios donde viven los privilegiados y desde el otro, incitando al protagonismo de los trabajadores arengando hacia el sur.

No quiso ser “la Primera Dama” como tantas otras que pasaron al olvido. Prefirió que el pueblo la recordase simplemente como “la compañera Evita”. Y como tal continúa todavía en la lucha contra las desigualdades y las injusticias.