22/7/12

La evolución de la crisis en Siria

La guerra secreta –militar y cibernética- está siendo operada contra Siria a una escala que supera al caso de Libia, mientras Rusia y China libran una batalla de retaguardia en la ONU para impedir que la situación se desmadre.
Por Enrique Lacolla
La evolución de la crisis en Siria –o, mejor dicho, de la presión extranjera contra Siria- se ha agravado muchísimo en las últimas horas. El público, intoxicado con los mensajes derramados desde los grandes monopolios de la comunicación, que demonizan al gobierno de ese país y privilegian de manera absoluta la información proveniente de fuentes rebeldes, que es decir como de la OTAN, no termina de advertir la gravedad de los factores que se están jugando. Hay tendida una cortina de humo que oculta los elementos que realmente actúan en ese escenario. La opinión, sin embargo, si no fuera tan desmemoriada o tan trabajada por el discurso único de las grandes agencias informativas, podría discernirlos de inmediato, a poco que recordase lo sucedido el año pasado en Libia o, tres décadas atrás, en Nicaragua.

Estamos ante una puesta en escena que finge la existencia de un estado de conmoción interior cuando en realidad lo que sucede es que se asiste a la infiltración de elementos mercenarios dirigidos a incentivar las contradicciones intestinas de la sociedad siria, a desestabilizarla y a operar en una escala cada vez mayor contra el ejército, las instituciones y las personas físicas de los miembros de su gobierno. El que este tenga defectos y cometa crímenes es un dato secundario, pues todos los gobiernos de la región arrastran delitos semejantes y aun más, mucho más, los de las potencias mandantes de la coalición occidental interesada en remover a Hafez Al Assad.

El miércoles se produjo un hecho espectacular. Un atentado terrorista dio muerte a la cúpula de las autoridades militares sirias. Una gran explosión acabó con la vida del ministro de Defensa sirio, del ministro adjunto, del adjunto militar de la vicepresidencia de la república y del jefe de la Seguridad Nacional. El golpe se descargó contra la sede de este organismo. Cómo hicieron los “insurgentes” para acceder a un lugar tan defendido es un misterio, así como su capacidad para disponer de una información tan puntual en materia de asistencia de altos cargos a una reunión. Es imposible descartar la sospecha de que la bomba provino no de un terrorista suicida, sino de alguno de los “drones”, aviones sin piloto, con los que la CIA infesta el cielo en misiones de bombardeo –“asesinatos selectivos”, que le dicen-, y espionaje, y a los que opera desde distancia segura, sea en sus cuarteles de Langley o en cualquiera de las bases que tiene desperdigadas en todo el mundo.

Al mismo tiempo que se producía el atentado se generalizaban los combates en algunos barrios de la capital, Damasco. Las cadenas occidentales tiraron algunas imágenes al aire mostrando a “combatientes de la libertad” que se movilizaban alrededor de una esquina disparando RPG y Kalashnikov en un clima de confusión y muchos gritos. Conviene no olvidar imágenes semejantes que se decía se captaban en Libia y que en realidad eran tomadas en escenarios montados ex profeso en algún emirato árabe, o las de otros combatientes por la libertad libios que se afanaban en disparar contra el vacío en el desierto, durante las primeras jornadas de la ofensiva político-mediático-militar que acabó con Gaddafi. De cualquier manera se batalla o se ha batallado en Damasco, donde el ejército parece haber vencido las bolsas de resistencia rebeldes, pero donde estos pueden volver a operar sostenidos por una infiltración constante desde la frontera y por una operación mediática de dimensiones excepcionales.

Las operaciones militares contra Siria son serias, se seguirán produciendo y van a incrementar su alcance en los próximos días, semanas o meses, acompañadas de una guerra mediática de gran envergadura. Hay un goteo permanente de elementos fundamentalistas entrenados en Arabia saudita desde la frontera con Turquía y sobre todo de Irak y Jordania, respaldados por grupos de operaciones especiales conformados por “soldados de fortuna” al estilo de los prohijados por Blackwater. En un punto de la frontera iraquí alrededor de veinte soldados sirios fueron ejecutados en frío, según los guardias iraquíes que “custodiaban” el límite. Es evidente que esos grupos han llegado a la capital y que le están robando el suelo bajo los pies al presidente Assad.

Frente a ellos y a la acción orquestada desde occidente, que incluye la suspensión de la señal televisiva del gobierno desde los satélites ArabSat y NilSat, al régimen sirio le quedan dos cartas importantes en la mano. Una es el apoyo de Hizballah, el grupo guerrillero asentado en el Líbano, cuya conexión con Irán es evidente; y otra, la más importante, el respaldo de Rusia y China, que han vetado ya tres veces en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas otras tantas resoluciones propuestas por Gran Bretaña y sostenidas por Estados Unidos y sus aliados europeos, dirigidas a hacer jurídicamente posible la intervención militar contra Siria.

Esta tesitura quizá esté indicando que se pronuncia la remontada de la parábola descendente iniciada por Moscú con la primera guerra del Golfo, en 1990-91. Por entonces, envuelta en la crisis intestina que devenía de la implosión del régimen soviético, Rusia no fue capaz de mover un dedo para oponerse a la revisión norteamericana del orden implantado por la guerra fría. Esa decadencia se pronunció de manera sensacional en la década que siguió y aun después, cuando Boris Yeltsin “menemizó” a su país y emergieron una oligarquía y una burguesía de corte mafioso que se dedicaron a sus negocios mientras las fronteras se achicaban, Rusia perdía prestigio y credibilidad en los asuntos internacionales y los geoestrategas norteamericanos, inspirados por Zbygniew Brzezinski, planificaban ya su desaparición cómo factor de peso en la palestra global. Esta línea acción no concluyó ni siquiera cuando Vladimir Putin llegó al poder e invirtió el curso de las cosas, potenciando a su país al actualizarlo militarmente; y al devolverlo a un escenario global como uno de los referentes del mundo multipolar. Para ello ha estrechado los lazos con China y ha hecho pesar el poderío energético ruso como factor de cambio en sus relaciones con los países de su Hinterland e incluso con los de la Europa occidental.

La OTAN, empero, bajo la conducción de Estados Unidos, lejos de morigerarse acentuó su presencia en los países del ex glacis soviético, comenzó la instalación de bases misilísticas en Polonia y la República Checa, y avanzó en el Cáucaso al incentivar la peculiaridad musulmana en los territorios regidos por Moscú, fogoneando las ambiciones territoriales de Georgia, que se lanzó a una aventura militar contra Osetia del Sur. Esto provocó una fulminante réplica rusa que pareció dar a entender que “hasta aquí hemos llegado”.

El caso sirio será una referencia para medir esta capacidad de reacción. La desestabilización de esa sociedad y la liquidación del gobierno de Al Assad implicarían a Irán a muy breve plazo. ¿Hasta adónde puede Rusia quedarse cruzada de brazos mientras la totalidad del medio oriente bascula hacia el platillo occidental de la balanza? Su base naval en Tartus, única base rusa en el extranjero y que da a Moscú una posición sobre el Mediterráneo, no podría durar mucho en las condiciones de una Siria fracturada y sometida a la regresión fundamentalista.

Dicho sea de paso, Estados Unidos aduce combatir esta, lo cual no le impide fomentarla y hasta inventarla en todos los lugares donde puede resultar funcional a sus intereses. Libia, Afganistán en su momento, ahora Siria… Quién sabe, si la operación siria da resultado, podríamos ver a corto plazo reimplantada la ley de la Sharia en uno de los países hasta aquí más evolucionados del medio oriente. Esto podría llegar a inquietar a Israel, que sin embargo ha acompañado la conjura de la OTAN en la esperanza quizá de que esta la ayude a escalar la presión contra Irán, su bestia negra en la región.

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