22/7/12

Gobierno mundial como el camino hacia la nueva sociedad

Por Geidar Dzhemal

Todas las discusiones sobre el “Nuevo orden mundial” que tuvieron lugar en el discurso social mundial desde los años 30 del siglo XX y hasta los neoconservadores de Bush no fueron en realidad más que las discusiones sobre la nueva formación político-social que viene a sustituir tanto al capitalismo como al socialismo.
El socialismo se veía a sí mismo como la salida a la fase final del progreso histórico, pero está claro que esta ambición era ignorada tanto en el Reich, como en los Estados Unidos del modelo 9/11. El socialismo en definitiva no representaba una rotura radical con la historia mundial anterior. Para esta rotura le faltaba lo principal: no superaba el criterio liberal de la “buena vida” – el libre consumo de los bienes materiales.



Claro que en el socialismo estaba presente la corriente religiosa ascética del anticonsumismo, la visión mística de la revolución desde abajo, pero esta visión no superaba los marcos del cosmismo, estaba determinada por el horizonte del titanismo, arraigado en la capa arcaica de la actitud ante el mundo. Este cosmismo titánico dentro del conjunto del fenómeno socialista era marginal con respecto a la línea general materialista.



Sin embargo el discurso sobre el “Nuevo orden mundial” necesariamente presupone una reorientación cardinal y la colocación como piedra de toque de aquello que la corriente intelectual dominante de los siglos XIX y XX consideraba como algo periférico y desechable, más concretamente se trata de la “metafísica”.



La metafísica vuelve hoy al primer plano de los sobreentendidos políticos, al espacio de la “Gran sociología”. Vuelve de manera renovada, después de que los yacimientos de la herencia intelectual común de la humanidad fueron desmontados y limpiados por la deconstrucción posmodernista. Hoy de nuevo resulta que todo lo que ocurre en el mundo no ocurre en el nombre de lo que hay en este mundo…



Es característico que los economistas y politólogos actuales evitan utilizar el término “formación político-social”. Está relacionado con la visión marxista providencialista de la historia, que para los “clásicos” se dividía en cinco “formaciones”, como los tonos de la música china. Primitiva, esclavista, feudal, capitalista, y, por último, aquella misma, “la nuestra”…



Hoy el concepto de “formación” ha sido sustituido por la expresión más políticamente correcta de “régimen tecnológico”. Los actuales dueños del discurso no se dan prisa por enseñar sus cartas. Prefieren evitar las insinuaciones acerca de la teleología escatológica del tiempo. Las formaciones llevan al final de la historia, pero puede haber multitud de regímenes tecnológicos.



Del mismo modo la vieja economía política fue sustituida por economics que promueven y enseñan en todos los centros de formación del management. Todo ello se puede definir como los “subterfugios del período de transición”. Su objetivo es no ahuyentar a la presa, es decir a la obediente a las leyes humanidad que puebla las junglas de la megapolis mundial.



Claro que también la división marxista en las cinco formaciones era mitológica y metodológicamente defectuosa. En el “providencialismo cosmista” marxista pese al monismo filosófico subrayado con insistencia y la referencia a la dichosa infraestructura en forma de la eterna “necesidad de comer y de vestirse”, sin embargo, estaba ausente la idea de la verdadera unidad de la humanidad en el tiempo. Esta unidad no se puede entender pensando que el esclavo en la antigua Roma y el proletario del Birmingam tienen las mismas necesidades biológicas. En realidad la unidad histórica de la humanidad como sujeto colectivo desde el momento de su aparición y hasta el final escatológico consiste en que es la portadora de un mismo problema, independientemente de las circunstancias del tiempo y del lugar y de las peripecias de la trama histórica.



El eterno problema de la humanidad que atraviesa a toda la historia es el problema de la absoluta oposición y despiadada lucha entre los dos polos metafísicos: el ser y la conciencia. Precisamente esta oposición conforma el secreto de un fenómeno como el tiempo.



La duración en su sentido físico no forma el tiempo por sí misma. La duración no posee un carácter irreversible, todos los elementos barajados en el proceso de la duración física pueden cambiarse de posición, si no poseen el significado que convierte su sucesión en irreversible. En otras palabras, existe un abismo entre la duración que se refiere a los objetos y el tiempo, que representa un argumento en su dinámica que va de un principio a un final. Señalamos aquí la diferencia absoluta que existe entre un proceso químico o cualquier otro proceso natural y, por ejemplo, la acción que se desarrolla en el escenario de un teatro; acción en la que es imposible cambiar los elementos de lugar y que presupone un punto de partida y un final. Pero el patrón del argumento, que forma el tiempo a diferencia de la simple duración, es la vida humana, que tiene comienzo y final. La cuestión no es que con la muerte el hombre desaparece; también los animales y los objetos inanimados desaparecen. El asunto está en que en cada segundo (con cada contracción del músculo del corazón) de la vida del hombre, él es el espejo de su inevitable final, percibe la muerte como el criterio de su unicidad y la base de su testimonio individual sobre el ser. Justamente “la vida hacia la muerte” es lo que convierte la duración en el tiempo. A su vez, el meta-argumento colectivo que se refiere al conjunto de la humanidad convierte el tiempo en historia.



La conciencia de la muerte en cada momento de la vida forma el “aquí y ahora” de la conciencia que está testimoniando. En realidad esa es la conciencia como tal, porque todo lo demás – conocimientos, sensaciones, impresiones, emociones – son las objetivaciones del Yo real, que se hacen posibles gracias a esta presencia permanente de la muerte en cada instante vivido.



El tiempo vital puede ser gastado de dos maneras. O el hombre de alguna manera participa en el gigantesco y complejo mecanismo del socium, o se convierte en monje en el desierto, escupe al techo o se sale del juego social de cualquier otra manera. Si el hombre es un miembro de la sociedad, su tiempo vital es alienado y convertido en capital. Puede ser un desempleado o un bandido. En ambos casos su existencia crea innumerables nuevas relaciones sociales, proporciona el trabajo a los empleados de las oficinas de empleo o policías, de una u otra manera se transforma en el producto interior bruto. Todo lo que nos rodea desde el ídolo tribal traído desde África, hasta el trozo de cerámica de unas excavaciones arqueológicas es el tiempo materializado de las generaciones pasadas, transformado en el capital vivo que actúa continuamente.



Capital (y capitalismo) han existido siempre, porque desde el momento de la aparición de la sociedad ha existido la alienación del tiempo, que era convertido en “el ser en conserva”. El fenómeno del hombre universal no es más que el reflejo del puro ser en el espejo de nuestro mundo. Es de lo que justamente hablan los pensadores tradicionales cuando reflexionan sobre el microcosmos y macrocosmos, la “imagen y semejanza”, las analogías entre lo de arriba y lo de abajo. Pero en cualquier reflejo hay que separar el aspecto de la autenticidad del de la ilusión. El reflejo reproduce el original, pero no lo es. El ser que fuera de nosotros es “eterno”, reflejado en la imagen de la humanidad, se convierte en el “ser en el tiempo”.



Sociedad es una gigantesca máquina que extrae la esencia de lo auténtico del factor humano para devolverlo al ser universal objetivo. Se puede decir que la sociedad es el permanente cobrador de impuestos suprahistórico que cobra a cada nacido el impuesto en el interés del dueño metafísico, con respecto al cual todos los faraones y césares no son más que actores que interpretan su papel.



El defecto del marxismo revolucionario consistía exactamente en eso: en la ausencia de la dimensión metafísica, por lo que el concepto de la alienación se convertía en extremadamente banal, reducido en esencia a una representación perfectamente liberal sobre el contenido de la personalidad humana en su relación con el medio. El marxismo tampoco podía, sin traicionarse a sí mismo, plantear la cuestión del conflicto entre el ser y la conciencia como el contenido central de la economía política.



El problema del capital es la desproporción entre su precio en forma alienada y el precio del tiempo vital que aún no se ha convertido en el “ser en conserva” dejado por las generaciones precedentes. Pongamos un ejemplo. Faraón como el “capitalista” de su época disponía del tiempo vital de sus súbditos. Traducido al dinero de ahora apenas costaba nada. Faraón transformaba este tiempo en los canales de riego, palacios y pirámides. Desde el comienzo de la temporada turística en Egipto, inaugurada por Napoleón en 1799, y hasta el día de hoy los turistas, que habían venido para ver las pirámides, dejaron más dinero de lo que costaba todo el tiempo vital de los antiguos egipcios, gastado en su construcción.



A medida de la creciente movilización del factor humano dentro de la dinámica del así llamado “progreso” esta desproporción no hace más que aumentar. Hoy el valor del tiempo vital de la absoluta mayoría de los habitantes de nuestro planeta es extremadamente pequeño comparado con el conjunto del capital planetario, cuyo precio se revaloriza continuamente a la alza. Esa desproporción es mucho más importante que la falta de paridad entre la cantidad del dinero que circula por el mundo y el precio total de todo lo que puede ser comprado (aunque ambos desajustes están relacionados). Sencillamente hablando, los siete mil millones de humanos que viven sobre la tierra, “valen” X, al tiempo que el capital conjunto, en el que entran las acciones de todas las compañías, y los cuadros del Louvre, y multitud de interminables relaciones sociales… vale 7 X. Estos siete mil millones de habitantes según su precio se distribuyen de una manera muy desigual. Mil millones de ellos realmente “valen” X o casi, mientras que el precio de los restantes seis mil millones se acerca al cero. Sin embargo, el mantenimiento de la vida de todos los siete mil millones supera con creces los beneficios del capital conjunto. En otras palabras, la humanidad actual no cubre los gastos de su manutención. En teoría se podría pensar en llevar a los restantes seis mil millones al nivel de los primeros mil millones, a la manera de cómo los bolchevique convirtieron a los 150 millones de la población arcaica analfabeta en una de las sociedades más avanzadas de la época industrial. Pero para realizar semejante hazaña hace falta gastar muchos más medios de los recursos financieros que existen en el mundo al día de hoy. Para convertir el continente africano en Manhattan hoy ya no quedan aquellas damas de la corte a las que poder quitar los diamantes. Solo hay una solución: quitar radicalmente a la economía global la responsabilidad por la existencia de esas seis mil millones de personas que sobran.



¡Es para lo que se necesita el gobierno mundial! Mientras existan las soberanías nacionales que son sujetos de derecho internacional y miembros de la ONU, toda la tensión conflictiva, acumulada en la humanidad, se manifestará en los enfrentamientos entre esos sujetos, los estados nacionales.



Hoy se está creando otro nivel de conflicto: la burocracia internacional contra las soberanías nacionales. Es una fase intermedia, transitoria. La conversión de la burocracia internacional en el gobierno mundial de pleno derecho significará la posibilidad de pasar de los conflictos horizontales de red al conflicto global en la vertical, cuando los de arriba podrán declarar la guerra directamente a los de abajo a nivel mundial, y no solamente a los talibanes, o al dictador Saddam o al torpe Asad. El conflicto entre los de arriba y los de abajo, liberado del deformador prisma de los estados nacionales dará la posibilidad de crear la nueva sociedad libre de las desproporciones cuantitativas, en la que se realizará la forma ideal de la esclavitud, basada en la obligación psicológica. Esa esclavitud, apoyada por las últimas tecnologías informáticas y nuevas fuentes de energía, será según los planes de los estrategas del gobierno mundial el salto a la Edad de Oro, donde ninguna crisis podrá afectar a la multitud de futuras generaciones. En este caso la élite tradicionalista confía en resolver definitivamente la eterna oposición entre el ser y la conciencia (que crea todas las crisis en última instancia) a favor del ser.



Traducción directa del ruso de Arturo Marián Llanos
17 de julio de 2012, revista Odnako.org #23 (132)