14/7/12

El rearme nuclear de Israel:¿Está la existencia de Israel amenazada?

¿Está la existencia de Israel amenazada?
 
Salta a la vista el verdadero motivo del Gobierno de Israel. En el conflicto con Irán, su interés no está en evitar un nuevo holocausto y tampoco en lograr la mayor seguridad posible, sino por encima de todo en seguir manteniendo su situación de poder, así como su estatus de potencia ocupante y el monopolio nuclear en la región. La élite sionista de Israel parece no haber abandonado aún su sueño ideológico de “Eretz Israel”


[Nota: "Islam en Mar del Plata" tiene diferencias con algunas ideas aquí expuestas, sin embargo consideramos un aporte importante el análisis general del artículo. Vale la pena, entonces, leer estas lineas]

Por Mohssen Massarrat-Ossietzky
(Traducido para Tlaxcala por Javier Fernández Retenaga)

Si damos crédito a los expertos y medios dominantes occidentales, la existencia de Israel se encuentra amenazada por sus vecinos y, sobre todo, por Irán, debido a lo cual los Estados occidentales, y Alemania en particular, sienten la responsabilidad de proteger a las víctimas de los crímenes nazis de un nuevo holocausto.

Mahmud Ahmadinejad, el presidente de la República Islámica, con sus manifestaciones populistas ha contribuido de forma notable a reforzar el punto de vista dominante. Al margen de las diversas intenciones, las cada vez más intensas sanciones y amenazas de guerra contra Irán se justifican en Tel Aviv, Washington, Berlín y en otras partes aduciendo que el programa nuclear iraní tiene por objeto la destrucción de Israel.

Hasta el punto de que su primer ministro, Benjamin Netanjahu, se siente moralmente justificado para amenazar cada vez más abiertamente con un ataque preventivo contra Irán, en solitario si fuera necesario.

El gobierno alemán apoya a Israel no ya en el actual conflicto, sino mucho antes de que Irán comenzara a desarrollar su programa nuclear. Según un reciente reportaje del Spiegel, Alemania participa en la financiación de las bombas atómicas israelíes desde los años 60.

El suministro de submarinos alemanes es la continuación de una política alemana con relación a Israel y Oriente Próximo que se viene practicando desde hace ya casi medio siglo. En este tema el Gobierno y la oposición van siempre de la mano. A las declaraciones de Claudia Roth, manifestando que Los Verdes se oponen a que se sigan suministrado a Israel submarinos capaces de portar misiles atómicos, el ministro de Defensa, Thomas de Maizière, replicó: “Ese tipo de exportaciones armamentísticas son una continuación de la línea marcada por los gobiernos precedentes” (FR, 11 de junio de 2012).


El rearme nuclear de Israel, con todas sus consecuencias para el agravamiento de los conflictos en Próximo y Medio Oriente, una de las zonas más inestables del mundo, ha sido impulsada de manera más o menos frívola por todos los gobiernos alemanes y –como muestra el Spiegel– pasando incluso por encima de la opinión pública y de las instituciones democráticas alemanas. Resulta preocupante que las revelaciones del Spiegel acerca del rearme de Israel por parte de Alemania apenas haya suscitado algún debate, y que por ejemplo un experto de la Fundación Ciencia y Política, en el FR del pasado 5 de junio, califique el suministro de submarinos atómicos a Israel de “moralmente legítimo”.

A la luz de los acontecimientos, la protesta de Günter Grass resulta también a posteriori más que justificada. En su poema en prosa “Lo que hay que decir”, con su tesis de que no es Irán sino Israel quien pone en peligro la paz mundial, puso en tela de juicio la legitimidad moral del apoyo alemán e internacional a Israel. A la vista de sus dramáticas consecuencias para el futuro de Próximo y Medio Oriente, para la paz mundial y para el propio Israel, ya es hora de examinar críticamente la todavía inconmovible premisa de que la existencia de Israel está amenazada. A fin de cuentas, esta afirmación sirve de fundamento para la política hacia Israel de Alemania y Occidente y, no menos importante, también para que el programa nuclear iraní se haya elevado en los últimos años a la categoría de problema mundial de primer orden.

Supongamos que Irán –como se afirma habitualmente– miente al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y a toda la opinión pública mundial y, bajo el pretexto de proveerse de energía atómica, quiere en realidad construir la bomba atómica. En tal caso, lo que a continuación habría que preguntarse es si el régimen de Teherán, en el caso de que llegara a poseer la bomba atómica, la utilizaría realmente contra Israel. Tal suposición, pregonada por los medios y políticos occidentales, pasa por alto que con la destrucción de Israel Irán tendría que asumir deliberadamente el riesgo de la muerte de millones y la destrucción de la Cúpula de la Roca –tras la Meca, el segundo santuario más importante del mundo islámico–.

La constante presunción de una amenaza pasa también sin más por alto el fundamento de la disuasión nuclear: “el primero en disparar es el segundo en morir”. Seguramente puede echársele con toda razón en cara al régimen teocrático su acoso a la oposición y los movimientos democráticos y las graves vulneraciones de los derechos humanos. Pero suponer que busca su propia aniquilación y la destrucción de la tierra sagrada musulmana excede lo imaginable por el sano entendimiento.

Asumiendo la lógica de la disuasión nuclear, un Irán dotado de armamento de este tipo podría a lo más acabar con el monopolio nuclear israelí y, al igual que durante la Guerra Fría entre el Este y el Oeste, dar paso a un “equilibrio del terror” en Próximo y Medio Oriente. De ningún modo supondría esto una amenaza para la existencia de Israel, sino más bien una seria amenaza para su monopolio nuclear y su poder en Oriente Próximo y, sobre todo, de su capacidad para actuar a su antojo en los territorios palestinos ocupados sin tener que contar con el riesgo de una fuerte reacción de los países árabes.

Incluso con vistas a la teórica posibilidad de la pérdida del monopolio nuclear mediante un “equilibrio del terror” (antes siquiera de que Irán haya construido la bomba atómica), Israel está ya en camino de añadir a las entre 200 y 300 bombas atómicas con que cuenta para un primer ataque, la capacidad para un segundo ataque, cuya pieza fundamental son los submarinos alemanes Dolphin. Según el reportaje del Spiegel antes citado, Alemania le ha suministrado hasta el momento ya tres de tales submarinos, con todo el equipamiento necesario para portar misiles nucleares.

Con los tres submarinos más de la clase Dolphin que han de entregarse antes de 2017, la armada submarina israelí podrá operar en el Golfo Pérsico, es decir, justo frente al territorio de Irán, y amenazar sus instalaciones nucleares fácilmente, desde los submarinos, con misiles de crucero armados con cabezas nucleares. Pues los nuevos submarinos están equipados con la tecnología más moderna y son capaces de operar unos 18 días seguidos bajo el agua sin necesidad de salir a la superficie. En ese tiempo los submarinos podrían recorrer el camino que va desde el Mediterráneo al Golfo Pérsico en ambos sentidos sin tener que salir a la superficie ni una sola vez. Con ello se eliminaría el talón de Aquiles logístico de la capacidad israelí para un segundo ataque.

Ami Ajalon, un experto militar israelí y antiguo director del servicio secreto interno Shin Bet califica la adquisición de estos submarinos como la decisión estratégica más importante. El propósito militar de los nuevos submarinos, que Ajalon circunscribe de manera críptica a la obtención de “profundidad estratégica”, los periodistas del Spiegel los describen correctamente como “capacidad para un segundo ataque nuclear”. Omiten señalar, sin embargo, cuál es la función estratégica de esta “capacidad para un segundo ataque” desde el mar, y no sólo eso.

Al concluir su reportaje con las declaraciones de un oficial de la Marina israelí: “no podemos olvidar el pasado, y haremos todo lo que sea necesario para evitar un nuevo holocausto”, abren la puerta a la interpretación de la entrega de submarinos alemanes como una acción legítima. En realidad, el sentido militar de los submarinos y de la “capacidad para un segundo ataque” no consiste en evitar un segundo holocausto, sino más bien en conservar el monopolio nuclear en Próximo y Medio Oriente, incluso en caso de que otro país, por ejemplo Irán, adquiera capacidad para un primer ataque. Pues de este modo las posibles bombas atómicas iraníes estarían bajo el punto de mira de la capacidad israelí para un segundo ataque, perdiendo así su poder disuasorio, ya que Israel podría inutilizarlas desde el Golfo Pérsico antes siquiera de que entrarán en acción.

Pero si Israel, a pesar de su capacidad para un primer y un segundo ataque nucleares, continuara sintiéndose amenazado, le queda la posibilidad, realista, de ingresar en la OTAN. Bajo el paraguas nuclear de EE.UU, Gran Bretaña y Francia, Israel gozaría de una seguridad que ni siquiera una de las más poderosas potencias nucleares del mundo podría hacer peligrar, cuánto menos Irán, que ni siquiera posee la bomba atómica. De hecho, hace tiempo que Israel se encuentra de facto bajo el paraguas nuclear de la OTAN. Maniobras militares conjuntas con la alianza militar occidental tienen lugar en el Mediterráneo y en otras partes. Además, Israel goza de una protección adicional ante posibles misiles de alcance medio enemigos por medio del escudo antimisiles de la OTAN que próximamente se instalará en el Mediterráneo. En definitiva, no puede haber mayor seguridad para un país que la que ya tiene Israel en la actualidad.

¿Por qué Israel, ha de insistirse ahora, se contenta con la protección informal de la alianza militar occidental y renuncia a su ingreso formal en la OTAN? Desde el punto de vista de la política de defensa, mediante su ingreso oficial ya nadie podría dudar de la seriedad del respaldo de los países occidentales a Israel. De ese modo, todo enemigo potencial de Israel quedaría expuesto a la posibilidad de un ataque devastador de la OTAN. Por lo demás, surge también la pregunta de por qué el propio Occidente no ha invitado hasta ahora a Israel a ingresar en la alianza. Si lo que a Occidente le preocupara fuera realmente la seguridad de Israel, nada más obvio que ofrecerle su ingreso en la OTAN. En vez de ello, parece ser que prefiere evocar constantemente la amenaza de Irán a su existencia. ¿Por qué? Israel y Occidente conocen muy bien la respuesta a estas preguntas y por qué quieren evitar a toda costa considerar el ingreso formal en la OTAN:

Para entrar a formar parte de la OTAN Israel tendría que renunciar sin más ni más a la ocupación de Palestina y retirarse tras sus fronteras de 1967. Además, la solicitud de ingreso de Israel chocaría con la fuerte oposición de uno de los miembros de la OTAN, Turquía, que podría hacer depender su acuerdo del cumplimiento incondicional de la resolución 242 de la ONU. Tampoco podría ese país evitar por más tiempo incorporarse al Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, poner al descubierto su arsenal de armas atómicas y quizá deshacerse de él.

Llegados a este punto, siguiendo las reglas de la lógica, salta a la vista el verdadero motivo del Gobierno de Israel. En el conflicto con Irán, su interés no está en evitar un nuevo holocausto y tampoco en lograr la mayor seguridad posible, sino por encima de todo en seguir manteniendo su situación de poder, así como su estatus de potencia ocupante y el monopolio nuclear en la región. La élite sionista de Israel parece no haber abandonado aún su sueño ideológico de “Eretz Israel”.

¿Pero por qué los Gobiernos occidentales acceden solícitos a todos los deseos de los Gobiernos de Israel, los ponen en práctica a pie juntillas y aceptan así verse arrastrados a practicar una política de doble rasero contraria al derecho internacional? El poderoso lobby internacional israelí no bastaría para explicarlo, si dejáramos a un lado el interés y la voluntad de EE.UU. y el resto de países occidentales. Mucho más realista parece suponer la coincidencia de intereses de ambas partes, Occidente e Israel, en Próximo y Medio Oriente.

Israel quiere evitar por todos los medios que Irán se convierta en una potencia nuclear para así, con su monopolio de bombas atómicas, no perder libertad de actuación en aras de sus objetivos ideológicos supremos. Y EE.UU. persigue el objetivo de imponer de nuevo sus intereses hegemónicos en una región con las mayores reservas de petróleo y gas del mundo, ya que con el derrocamiento del Sha y el fortalecimiento de la República Islámica, en camino de convertirse en una potencia regional tras la caída de Sadam Hussein, han perdido parte de su poder en la zona. El monopolio israelí de bombas atómicas es por ello un elemento fundamental para la hegemonía militar de EE.UU. en la región.

A la luz de este análisis, “la amenaza a la existencia de Israel” se revela como un espantajo creado por Tel Aviv, Washington y Berlín con gran aparato propagandístico. En consecuencia, EE.UU. y Alemania justifican pase lo que pase a la potencia ocupante y su monopolio nuclear. En tal sentido, en marzo de 2008 Angela Merkel señaló en la Knesset como razón de Estado de Alemania no la seguridad de Israel, sino precisamente su estatus de potencia ocupante y monopolio nuclear, el objetivo sionista de “Eretz Israel” en definitiva. Pero la legítima demanda de seguridad de la población israelí no se logrará por medio de la capacidad para un primer y segundo ataque nuclear y una política de seguridad en contra de los países de Próximo y Medio Oriente, sino mediante una política de seguridad construida conjuntamente con esos países. Ha llegado ya la hora de iniciar los preparativos para una Conferencia para la Cooperación y Seguridad común en Próximo y Medio Oriente a la manera de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa de 1975.