10/7/12

Argentina: Las tensiones por la distribución del ingreso


Por Rubén Garrido, Sociólogo-CONAPLA

Independientemente de cómo se lo enuncie desde discursos y prácticas en Argentina se está discutiendo la distribución del ingreso, cómo repartir lo producido y sus beneficios.


Siempre el ingreso se distribuye y por lo tanto siempre hay opiniones sobre la forma que adquiere esa distribución, sus beneficiarios y los perjudicados y temas circundantes.


El estar discutiendo es distinto a cuando se emiten opiniones. La discusión implica que más de un sector con intereses particulares (no en el sentido de pequeños sino en el de propios) se siente con el derecho y la fuerza de plantear que esa distribución debe adquirir uno u otro sentido.


Discutir la distribución es discutir qué parte de lo producido y sus beneficios corresponderá al salario entendido tanto como masa de dinero y como masa de población que estando solo en condiciones de intercambiar fuerza de trabajo por una retribución logra hacerlo) y cuánto al capital, ya sea en su forma productiva o rentística.


Pero las fuerzas del capital y el trabajo no se enfrentan solas sino que lo hacen mediadas por los gobiernos y sus políticas.


Esas políticas afectan la distribución mediante el establecimiento de impuestos y otras formas de reasignación de recursos (como retenciones, promociones arancelarias, costos diferenciales de moneda extranjera y varios mecanismos más) y además mediante el establecimiento de políticas que retornan parte de la recaudación impositiva en prestacions diversas.


Muchas de estas prestaciones tienen un efecto directo sobre el salario e indirecto sobre el capital. Por ejemplo, los subsidios al transporte benefician de manera directa a los empresarios dedicados a la actividad y a los usuarios (en un 95% población asalariada) que hace uso de los mismos. Pero también de manera indirecta al conjunto de los empleadores, reduciendo los costos de reproducción de la fuerza de trabajo (el dinero que necesitan los empleados para vivir y les permite regresar a cumplir con sus labores, descanados y alimentados y criar a la generación futura de empleados, quienes los reemplazarán dentro de unos años). Esa reducción de costos los beneficia en una reducción de remuneraciones.


Obviamente los subsidios entregados como remuneración directa a parte de población (como la asignación universal por hijos) también intervienen como un subsidio al capital, en algunos casos desembozado (no faltan quienes contratan personal en negro a mitad de costo “para permitir que no pierdan la posibilidad de seguir cobrando la asignación”) y en otros muy ocultos: el porcentaje de ahorro de lo cobrado en ese concepto no debe alcanzar al 5%. Quiere decir que el 95% de esa masa de dinero se transforma en consumo, en ventas de productos y servicios, o sea, como mecanismo que permite realizar la producción y por lo tanto que el capital cumpla su ciclo.









Toda esta larga introducción al tema tiene como objetivo establecer qué entiendo que está implicado cuando digo que se está discutiendo la distribución: la parte que se lleva el capital como ganancia o renta (muchas veces, aunque afecte a una ínfima proporción de población, disfrazada como retribución de mano de obra, pensando en salarios de directores y altos cargos ejecutivos), lo que se lleva la masa de trabajadores (de muy distintas calidades y jerarquías), lo que se apropia el Estado mediante impuestos, tasas y otros mecanismos y la parte que de ello regresa en forma directa (subsidios) e indirecta (ejecución de políticas sociales en salud, educación, créditos para vivienda, etc.), más la parte que va directamente a las arcas del gran capital mediante pago de deuda


Entonces, decíamos que la posibilidad de discusión (muy diferente a una escaramuza puntual) tiene que ver con que más de un actor se siente con la fortaleza (al menos moral) de cuestionar la forma en que la distribución se viene dando.


En ese momento la escaramuza trasborda los límites de la empresa o de la rama de actividad y se dirige al único lado donde se tratan las cuestiones generales, aquellas que regulan y afectan al conjunto, las políticas de gobierno.


Esta discusión sobre el reparto de los ingresos y beneficios tiene muy larga data en el país y adquiere mayor fuerza y presencia cuanto mejores condiciones de vida tiene la parte más débil. Como bien se advertía en un artículo de La Nación hace un par de años, había una preocupación creciente por el aumento de la tasa de empleo ya que a mayor empleo mayor fortaleza en las negociaciones de la parte asalariada.


En el papel que juega el Estado como mediador en el reparto de los ingresos, desde hace un tiempo ya bastante extenso, paralelo al dominio que asume el capital financiero en la economía desde mediados de los ’70, éste se ha venido desempeñando decididamente en contra del sector asalariado (en el sentido amplio al que nos referimos en el comienzo).


Recorte en políticas sociales, gran quita de recursos destinados a salud y educación, además de la configuración de una política tributaria profundamente regresiva, en la que pierde peso el pago proporcional a la riqueza. En una nota de Página 12, (“Contrato Social”, 30 de Junio de 2012) Alfredo Zaiat describe varias inequidades tributarias: “…Un IVA de altísima alícuota sin excepciones o sin una tasa reducida para los pobres, en alimentos básicos y vestimenta, como es usual en los países avanzados. No están gravadas las ganancias de capital que obtienen las personas físicas, un privilegio fiscal que constituye uno de los aspectos más regresivos del sistema impositivo. Tampoco está alcanzada la renta financiera, entre otras inequidades”.


Reforzando lo que decía sobre la mediación estatal en la distribución de los ingresos:
“…Desde este punto de vista y en lo que más importa aquí, desde mediados del siglo XX hasta ahora, la estructura tributaria argentina ha avanzado muy poco en materia de reformas tendientes a mejorar la distribución del ingreso. Por el contrario, gran parte de las medidas adoptadas tuvieron efectos regresivos, esto es, los impuestos generan desigualdad…
“…Valgan sólo un par de ilustraciones del fenómeno. La primera concierne al impuesto a las ganancias, uno de los tributos que se consideran progresivos por excelencia. La mayor parte de lo que se percibe por este concepto es abonado entre nosotros por las sociedades comerciales y no por las personas físicas. Aunque el lector no tenga por qué saberlo, se trata de una diferencia crucial, al punto de que expertos como Gómez Sabaini o Cetrángolo opinan que, en estas condiciones, el impuesto tiende a ser regresivo y no progresivo.
“…¿Por qué? Porque dado el alto grado de concentración económica que existe en el país, abundan las ramas dominadas por muy pocas empresas, que actúan como formadoras de precios. De resultas de ello, toda vez que pueden les trasladan el tributo a sus compradores a través del precio que les fijan a los bienes y servicios que proveen. Esto es, que lo terminan pagando los consumidores finales, como usted o como yo.
“…Desde un punto de vista redistributivo, el problema es doble. En primer lugar, en lo que hace al volumen global de los aportes por ganancias (sociedades y personas físicas) medido como porcentaje del PBI, la media de los países avanzados es casi tres veces superior a la nuestra, aunque esta haya aumentado en los últimos años al 5,5%. Y, a la vez, la propia composición del tributo restringe considerablemente sus alcances progresivos. A lo cual se suma el gravísimo problema de la evasión, que se estima en mucho más del 50%. Si se le añade la elusión fiscal, la conclusión es que una parte sustancial de este impuesto simplemente no se recauda.
“…Es claro que quienes no pueden escapar de él son los trabajadores en blanco pues se les deduce de su salario. Y este es el otro meollo de la cuestión: un 80% de lo recaudado por ganancias personales proviene de los salarios y sólo el 20% restante corresponde a otras fuentes. ¿Cuál es la causa de esta disparidad? Las numerosas exenciones que benefician a las rentas del capital que poseen los individuos, tales como las que se generan por la compraventa de acciones, por los dividendos, por las transacciones financieras, por los intereses de los títulos públicos, etc.” (José Nun, “Acerca de la desigualdad y los impuestos”, Voces Nro 14, publicación del Grupo Fénix)
(http://www.vocesenelfenix.com/content/acerca-de-la-desigualdad-y-los-impuestos)


En un artículo del 23 de Junio en Página 12 de Alfredo Zaiat (“Los ricos y sus riquezas”), hablando sobre los efectos de la crisis en EE.UU. y la percepción que de ellas se traslada a la sociedad de que todos pierden, daba cuenta de que ello no era así y describía situaciones fácilmente trasladables a las últimas crisis en el país: ”El auxilio a la banca ha venido acompañado de recortes en el gasto social, en eliminación de derechos laborales para abaratar los despidos y en poda de salarios. Esa protección a banqueros se complementa con la política de no tocar privilegios de los ricos, no subir impuestos a los grandes patrimonios y sí al consumo, y cuidando de no afectar el funcionamiento de los paraísos fiscales, refugios donde ricos y ultra ricos resguardan sus riquezas”.







En ese contexto de profundización de inequidades y continuas postergaciones de reversión del proceso aparece un ciclo inverso con lo que se llama el kirchnerismo, con políticas de impulso del consumo y el empleo, o sea, con la consecuencia del fortalecimiento del sector asalariado.


Las políticas de activación del empleo, la promoción del consumo, la mejora redistributiva (a la recuperación del salario debemos sumarle la asignación universal por hijo, el reajuste en jubilaciones, los subsidios en servicios), fueron mejorando las condiciones en las que el conjunto de la masa de trabajadores (logren o no incorporarse al mercado del empleo y ya en una relación salarial o “en negro”) se encuentra. Y con esa recuperación material, es lógico, emerge su rearme moral: sentirse con el derecho a ser partícipes en la fijación de políticas y lineamientos de acción. Es algo en donde la parte empresaria y los bancos siempre se sienten con derecho.


Si bien en los últimos años se ha revertido en parte esa tendencia en la distribución del ingreso en nuestro país siempre es bueno recordar que el piso desde el cual se parte debe ser el más inequitativo al menos desde 1945.


Por eso sobre una misma situación, algunos ven que no se hace nada, otros que se avanza muy lentamente, otros que vamos camino a la implementación de un socialismo o de un peligroso populismo estatizante y, algunos, tratan de desagradecidos a quienes reclaman apurar la marcha.


Al menos desde el 40 hasta el 70 el movimiento obrero había desplegado su estrategia con una pelea en dos frentes: contra el capital por mejorar sus condiciones de vida y al interior de la alianza que lo albergaba mayoritariamente (el peronismo) para convertirse en fuerza dirigente.


Los fuertes cambios en la estructura del mercado laboral que se producen con la etapa del dominio del capital financiero, con la dispersión geográfica de procesos productivos y la tercerización de diversas fases a su interior debilita la fortaleza del movimiento obrero en su pelea por la mejora de condiciones de vida (además de las condiciones políticas y la fuerte represión que literalmente barrió con toda una generación de cuadros dirigentes).


La crisis de los partidos políticos como parte del mismo proceso donde cada vez quedan más al arbitrio de la esfera privada territorios de la disputa estatal le suma a la debilidad en la lucha por las mejorasen sus condiciones de vida, de reproducción, el quiebre de la alianza política que la albergaba, donde ya deja de existir en tanto partido político, con cuerpos más o menos orgánicos de discusión y participación.


El “partido” queda reducido a alianzas y agrupamientos personales, sin o con las mínimas estructuras orgánicas que le den sustento.


Una fracción del movimiento obrero, aquella que fue puntal en la pelea contra el neoliberalismo se siente con derecho a solicitar posiciones en la dirección del proceso que está revirtiendo esa tendencia. No los encuentra en los inexistentes espacios de conducción orgánica de la alianza en funciones de gobierno, tampoco se sienten invitados a formar parte de sus listas electorales o si lo son, asumen que es en posiciones bastante relegadas en función de su contribución.


Cabría preguntarse aquí si fueron relegados por dirigentes de igual o mayor probidad en sus peleas contra el viejo modelo neoliberal. Y digo esto en función de todos los análisis que en las últimos días denigraron los reclamos de una fracción del movimiento obrero sacando a relucir curriculums e historias de vida, lo cual puede quedar pictórico para un artículo periodístico pero poco aporta a un análisis de posicionamientos en los enfrentamientos sociales (sería muy doloroso e igualmente inconducente, aplicar la misma metodología de análisis para la fracción en funciones de gobierno).


Sólo en el marco de toda esta contextualización debe analizarse el giro en la disputa entre la fracción “moyanista” del movimiento obrero y el gobierno.


Me corrijo, además de analizarla dentro de este marco, se lo debe hacer con suma responsabilidad sobre el destino al que se quiera contribuir en el actual proceso.


En su desarrollo, y de acuerdo a las disponibilidades de fuerza con que cuenta, varios debates y acciones han sido postergados, muchos de ajuste fino y demasiados de ajuste grueso. No es una crítica sino una realidad. Alfredo Zaiat comienza su nota del domingo 1 de Julio en Página 12, “Regresivo”, de la siguiente manera:


“Los niveles de pobreza siguen siendo significativos, la informalidad laboral alcanza a un tercio de la población y aún persisten importantes bolsones de desigualdad. El déficit habitacional es agudo, un porcentaje de la población no accede a infraestructura básica de servicios esenciales y todavía existen sustanciales brechas educativas según estratos socioeconómicos. El desempleo y el subempleo involucran al 14,5 por ciento de la población económicamente activa, el regresivo Impuesto al Valor Agregado se ubica en un elevado 21 por ciento y las jubilaciones mínimas son insuficientes”.
Contribuir a la ruptura de las alianzas que hoy fortalecen el proceso redistributivo sólo ayuda a su debilitamiento.







No hablo aquí de los grupos económicos e intereses financieros (e inclusive otros principalmente opuestos desde perspectivas ideológicas o desde políticas puntuales) que desde hace ya un tiempo suficientemente extenso bregan por la discontinuidad de este proyecto y, por lo tanto, de las alianzas donde se apoya y cobra sustento.


El problema en estos momentos se ha instalado al interior de la alianza que impulsa el proceso redistributivo y en este proceso de ruptura no es conducente buscar responsabilidades en un solo lado: la fracción moyanista tiene una gran responsabilidad en esto e importantes sectores dentro de la alianza en el gobierno y los discursos de las diversas organizaciones que le brindan apoyo y sustento contribuyen en igual sentido.


Deben cambiarse los discursos de agitación, aquellos que sólo se preocupan en la consigna sin la explicación y explicitación de la propuesta superadora. De esta manera si bien se consigue sumar voluntades, luego veremos que en las mismas el único punto de coincidencia es la oposición. Y cuando hay oposición sin plan superador los únicos que se benefician son los partidarios de que todo quede como está. No importa si esta actitud es asumida por la fracción en el gobierno, por la fracción “moyanista” o por quien sea.


Por ejemplo, no es bueno solicitar el no cobro del impuesto a las ganancias sobre los salarios o criticar por antisolidaria esa actitud, sin hablar y explicar las terribles injusticias que se cometen (al amparo del Estado y, nos guste o no, avalado por acción u omisión por el gobierno) en la aplicación de ese impuesto o el de bienes personales, sin mencionar la terriblemente injusta estructura tributaria argentina para con los sectores más postergados.


Por eso, los aportes a este debate, deben hacerse con la responsabilidad sobre el destino al que se quiera contribuir en el actual proceso. O sea, desde mi perspectiva, apuntalando al desarrollo de un proceso donde definitivamente el pueblo trabajador se erija en conductor de su destino. Un futuro en el que las actuales condiciones de inequidad y postergación de las mayorías del país se superen por relaciones inclusivas y solidarias, por un destino para las mayorías y dirigido por ellas, con los dirigentes que se sepan dar.