25/6/12

Venezuela: Musulmanes de Maracaibo




Mirando hacia La Meca, 32 grados Norte hacia el Lago de Maracaibo, de rodillas entre la avenida La Limpia y la calle principal del barrio Primero de Mayo, Nouhad le reza a su Dios.

Está descalzo, con ropa inmaculada, cara y manos recién lavadas tres veces. Enjugó sus pies hasta los tobillos con agua fresca que baja de la Guajira por el acueducto municipal. Ha seguido con sumisión el ritual del wudú o la ablución, que otorga el estado de pureza necesario para hacer contacto directo con Aláh.

Lo separan tres mil seiscientos kilómetros de distancia del origen de su fe, la tierra del profeta Muhammad, en Arabia Saudita. Cinco veces al día debe elevar alabanzas a Aláh, recitar en árabe versículos del Corán, hacer las súplicas y vivir plenamente bajo la fe del Islam.



La ritualidad se cumple desde hace más de 1.400 años de la misma forma en todo el mundo. Las oraciones son realizadas en el amanecer, al medio día, la media tarde, durante el ocaso y la noche. “El musulmán puede realizar la oración en casi todo lugar, lo importantes es que ese lugar esté limpio”.
Hijo de emigrantes sirios, Nouhad nació en Maracaibo y se graduó de economista en La Universidad del Zulia como uno más en una ciudad habitada mayoritariamente por católicos y cristianos evangélicos, que poco o nada saben de los principios de la religión islámica, cuyos cantos se elevan discretos en la mezquita de El Rauda (el jardín) abierta durante el Ramadam de 1992 por la fundación islámica Said El Hanafi.


En Maracaibo ha pasado casi imperceptible que existe un templo islámico activo a unos 900 metros de dos iglesias cristianas emblemáticas, la católica Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá y la evangélica La Cruz.
Está abierto durante todo el año, no solo para celebrar las cinco oraciones fijadas en el Corán, sino para ofrecer clases de religión, bodas, oficios de difuntos y recibimiento a peregrinos musulmanes de cualquier región del mundo.

Allí asisten, en promedio, 200 musulmanes, en especial los viernes, considerado ‘el señor de los días’ pues según las escrituras, varios acontecimientos tuvieron lugar en viernes: La creación de Adán, su entrada al Paraíso y también su expulsión. “Las oraciones llevadas a cabo en congregación, tienen una recompensa 27 veces más grande que las hechas individualmente”, dice el Corán.

El viernes es un día para el encuentro de la comunidad musulmana y la primera responsabilidad de asistir a la mezquita recae en los hombres. Las mujeres no están obligadas, pero cuando quieren asistir, deben ubicarse en una zona reservada, separadas de los hombres. También deben cumplir con el lavado ritual y cubrir sus cabezas con un velo o ‘hijab’.
El acceso de las mujeres se hace por un pasaje de escaleras que termina en una puerta de madera. Un papel escrito en español advierte: “Queridas y respetadas hermanas, el uso del hijab (velo) islámico es “obligatorio” dentro y fuera de la mezquita y no debemos olvidar nuestros derechos hacia la casa de Alah, tales como: No hablar ni reírse con un tono alto, no hablar del Dunia, no comer en la sala de oración, procure que los niños no ensucien la alfombra donde oramos, enderezar las filas, mostrar respeto, ayuda y motivar a nuestras hermanas, velar por el buen funcionamiento de las instalaciones”.


El Dunia, según la fe islámica, es la vida mundana. “Su poderoso e innegable influjo, corta alas y entretiene todo el tiempo, dispersando las energías y destruyendo todo lo bueno. El Dunia exige dedicación absoluta, y la mayoría de los seres humanos se la concede. Es el origen de toda ambición y de toda desesperación”.

La mezquita de Al Rauda es todavía un edificio en construcción, con sus columnas, puertas y ventanales de estilo morisco en cemento vivo. Desde la calle emerge su cúpula blanca de estilo arábigo, que aún sin el revestimiento de cerámicas, mármoles o esmaltados de Damasco, parece un espejismo al calor del mediodía. Falta construir el emblemático minarete, una torre sobre la que descansará la Media Luna Árabe, símbolo del Islam. "¡Bendito sea Aquél que puso en el cielo constelaciones y puso una lámpara y una luna que da luz!” . Corán, 25:61.


La comunidad musulmana en Maracaibo y San Francisco podría constar de más de mil fieles. En toda Venezuela, según estimaciones de la Asociación islámica, hay entre 200 mil y 500 mil creyentes.
Las primeras oleadas llegaron al país durante las primeras décadas del siglo XX, con la Primera Guerra Mundial. Luego, en distintos momentos, y por razones económicas, políticas y culturales tomaron rumbo hacia América.

Los musulmanes que viven en Maracaibo son en su mayoría de origen sirio, libanés y palestino.


A la oración del viernes asisten algunos abuelos, aquellos que llegaron en barco, sus hijos nacidos en Venezuela, sus nietos, sus bisnietos, las esposas venezolanas convertidas al islam, nuevas migraciones palestinas procedentes de Maicao y Barranquilla (Colombia) y los nacidos en Maracaibo que, sin tener familia extranjera, se convirtieron al Islam.
Los registros del Sheik Mustafá El Kashab, Imán del templo, precisa cincuenta en los últimos tres años, una de ellas es Aisha, quien llega de su trabajo a la oración meridiana del viernes.


Sube al área de la mezquita reservada a las mujeres, lleva velo (hiyab) y cuando entró al oratorio, se colocó una túnica que le cubrió todo el cuerpo. Su nombre de pila es Fenyi Soto, tiene 18 años y es la única musulmana en una familia cristiana evangélica, la única en el sector San Ramón del barrio Virgen de Guadalupe, en San Francisco y también la única en el Colegio Gran Mariscal de Ayacucho, donde estudia administración. Su vida ha cambiado y ella se confiesa feliz, con una sonrisa luminosa.

El pasado Día de las Madres eligió usar el velo de forma permanente luego de su conversión al Islam a comienzos de este año. “Todos en casa se quedaron sorprendidos y estuvieron mucho tiempo dudando, con temor a lo desconocido. Soy la menor, tengo una hermana de 20 años que ya está casada. Ese día quedó en ‘shock’ cuando me vio el hiyab. Mi papá me miraba y decía que me veía bonita. Mi mamá también, todos entendieron que estoy adorando al mismo Dios”.

En casa de Aisha, la Biblia y el Corán cohabitan en paz. En la calle la confunden con una monja, le piden la bendición, le apartan un puesto en el autobús, y le preguntan de qué país viene. Pero nació en Maracaibo y, aunque disfruta su fe, confiesa que varios de sus amigos se han alejado.


Ahora usa el nombre de la esposa predilecta del profeta Muhammad, una de las trece esposas que reseña la historia. “Llegué a la religión a través de YouTube. Vi cómo celebraban las oraciones y algunos videos que explicaban los principios del Islam. No me sentía bien en mi anterior religión, no entendía por qué algunos hermanos acudían a fiestas, a ferias, a actividades en las que no se adoraba al Dios único. Luego empecé a leer muchísimo, a entender lo que estaba descubriendo y me comuniqué con la Asociación Islámica a través de un chat. Luego conocí a las hermanas que me acompañaron por primera vez a la mezquita de Maracaibo”.


Aláh es Dios, el de los católicos, el de los judíos, el Creador, pero la doctrina que rige su fe posee variaciones históricas, filosóficas, rituales y étnicas. Los musulmanes, como Aisha y Nouhad, creen en la existencia de los ángeles, que el mensaje de Alah fue transmitido a los hombres a través de profetas como Jesús, un ser humano extraordinario que sanó enfermos, levantó de la muerte a Lázaro, proclamó el bien y murió crucificado. Fue hijo de María, virgen inmaculada, venerada y digna de cariño ancestral. Es la única mujer que el Corán cita con nombre propio. “María, Dios te ha escogido, te ha purificado y te ha exaltado sobre todas las mujeres de la creación”.


Pero para el Islam, Jesús anunció que vendría un nuevo mensajero, y ese mensajero llegó hace 1.400 años: Muhammad (Mahoma como se le conoce erróneamente) quien portó “la Palabra final de Dios: El Sagrado Corán”.
No existe un ritual especial para la conversión de un ‘no musulman’ a musulmán, porque dependerá de un dictamen interno, del corazón.


Cuando Aisha se sintió preparada aprendió a recitar en árabe el primer pilar del Islam, que es el testimonio de fe: "La ilaha illa Allah, Muhammad dun rasúlu Allah", que significa: "No existe Dios verdadero sino Alah y Muhammad es el mensajero de Dios”.
Islam es Sumisión a la voluntad de Dios. “Quien reconoce conscientemente a Dios y establece un convenio basado en la sumisión y el amor dirigido únicamente a Él es llamado muslim (musulmán), explica la Asociación Islámica de Venezuela.


La puerta de acceso de las mujeres a la mezquita abandona el espejismo de la calle. La sala de oración o el Haram, se muestra en su rigor milenario. De la cúpula bajan tenues líneas hasta los tragaluces iluminados con el sol de las 12:40.
No hay sillas, ni bancas. Los dos niveles de la mezquita lucen alfombras de color verde con rayas horizontales de color beige, porque de esta forma todos los creyentes pueden alinearse y mantener una distancia entre sí cuando realicen la oración (salat).

Frente a ellos está la ‘quibla’, la pared ubicada en dirección hacia la Meca, y en el centro, el mihrab, un podio diseñado como una la evocación al profeta Muhammad. Allí se imparte el mensaje.
La oración o el ‘salat’, es el segundo de los cinco pilares fundamentales del Islam. Luego el ayuno o Ramadam, que se cumple durante un mes según el calendario lunar y en condiciones ya escritas, para limpiar el cuerpo y el espíritu. Este año comenzará el 20 de julio y terminará el 19 de agosto.


El cuarto pilar es el ‘zákat’ que equivale a aportar el 2,5% de los recursos disponibles del creyente para ayudar a una persona que lo necesite, y por último la peregrinación mayor a la Meca, que debe cumplirse al menos una vez en la vida.
La obediencia a estos pilares es estricta. “Cumplid con la oración, porque la oración preserva de la obscenidad y de lo ilícito; y el recuerdo de Dios es mejor que cualquier cosa, porque Dios sabe lo que hacéis”.


El interior del templo posee pocos ornamentos en yeso y estuco y sus paredes blancas se disponen en forma octogonal. A la derecha de la entrada hay un estante con libros e inscripciones del Corán en árabe. Un grupo de peregrinos pakistaníes, que ha cruzado océanos y continentes para llegar a América en labor religiosa, aguardaba la ceremonia con sus vestimentas tribales.



El sheik o imán, es quien dirige la oración en árabe. Mustafa El Kashab cumple con esta misión en Maracaibo, designado por el Ministerio de Religión de Egipto, un Estado musulmán, a cargo de más de 60 mil mezquitas solo en su país. En esa institución rectora del Islam se seleccionan a miles de imanes que llegan a América y España luego de una rigurosa evaluación de sus credenciales. El Imán vive en un área privada de la mezquita.

Las mujeres se ubican en el segundo nivel del templo. Miran la ceremonia desde esa especie de palco, a través de ventanas decoradas con arabescos de madera. No está permitido el contacto físico entre hombres y mujeres.
Para los musulmanes, esta separación no tiene una intención discriminatoria, y en numerosos textos insisten en citar lo que el profeta Muhammad enseñó sobre el tema: “Las mujeres son iguales a los hombres, los mejores entre los dos son los más piadosos”.

Para Nouhad, se trata de una norma en el que la mujer no estará expuesta a riesgo de irrespeto, o a que se sienta incómoda, dado que las oraciones colectivas se realizan hombro con hombro, deben arrodillarse y tocar el piso con la frente en señal de sumisión a Alah, movimientos que son obligatorios y se les llama rakah.
La mayoría de los musulmanes en Maracaibo no usa barba, viste jeans, camisas y zapatos deportivos. Las mujeres pueden usar o no el velo de forma permanente, pero sí es obligado en la mezquita.
Para ellos, además de las obligaciones religiosas establecidas en el Corán, existen otras de índole histórico que pasan a la vida cotidiana.


No comen cerdo, con la mano derecha deben saludar, comer; también levantarse con el pie derecho.
La izquierda se reserva a la higiene personal, a la limpieza, como por ejemplo deben entrar al baño con el pie izquierdo y salir con el derecho, lo que no es un fetiche sino un apego a la tradición escrita en el ‘sunna’ , libro que cuenta el modo en que el Profeta vivía y cómo él instaba a vivir.

Ese libro lo estudian todos, y el imán con más dedicación dado que también el ‘sunna’ forma parte de las fuentes del derecho musulmán. Él es el regente de la oración, usa la misma vestimenta que lleva en su natal Egipto y siguiendo la tradición canta en árabe el Corán:
Dios es el más grande/ Doy testimonio que no hay más Dios que Aláh/ Muhammad es el profeta de Aláh/ Venid a la oración/ Venid al éxito/ No hay más Dios que Aláh/
El sermón, expresado con vehemencia en por el Imán, toca la importancia de la educación hacia los hijos, del aprendizaje del Corán y sus valores. Como el imán se dirige a los fieles en idioma árabe, los peregrinos pakistaníes son asistidos, y reciben la traducción del árabe al inglés. Todos rezan. Nouhad alaba a Aláh, Aisha también.


La ceremonia se cumple en 15 minutos, luego los fieles que no se habían visto se saludan mientras apuran el paso a la puerta, se colocan los zapatos y regresan a sus trabajos, a la universidad, a la casa, sin que el resto de la ciudad lo haya notado. 

Nouhad regresa a su negocio familiar, un comercio de muebles. Aisha se va de prisa a su trabajo en una tienda de artículos para bebé ubicada el centro de Maracaibo. Baja la escalera y sale a la avenida 18 de Primero de Mayo. Se pierde entre la gente que mira su ‘hiyab’ e imagina que llegó de un país lejano a buscar a su Dios.