15/6/12

PRESENCIA ÁRABE EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA

PRESENCIA ÁRABE EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA: 
TESIS DEL OLVIDO DENTRO DE LA HISTORIA [1]


Por Sergio Macías[2]


Dentro de la historia que se nos enseña en Latinoamérica, se ignora por completo la presencia árabe en España; lo que ella ha significado durante tantos siglos de permanencia.
De manera que muy poco sabemos de cierto pasado de la España árabe, como si se tratara de ocultar; aunque a todas luces es espléndido, ya que su legado aún perdura en nuestro lenguaje, como ha dicho el poeta, escritor y dramaturgo Antonio Gala en el prólogo a la Antología de relatos marroquíes [3] , publicada en Granada en 1985: “A centenares, las más sonoras palabras de nuestro idioma son árabes”. La misma influencia observamos en lo que clásicamente se ha denominado las Bellas Artes, así como en la arquitectura y ciertas tradiciones. Es como si este pasado se nos haya ocultado por un olvido, que yo lo estimo intencionado, porque no es posible que a tantos profesores de historia no se les ocurra hacer referencia a los alumnos de lo que ha sido en España palanca de la historia y la cultura.
Es interesante lo que nos dice la investigadora Luce López-Baralt en su libro Huellas del Islam en la literatura española (de Juan Ruiz a Juan Goytisolo) [4] : “Muchos libros griegos, como los de Galeno, se salvan para Occidente sólo gracias a la traducción árabe. La Retórica y la Poética de Aristóteles y los Diálogos de Platón son lecturas comunes para estos intelectuales privilegiados: a través de Avicena y de Averroes sabemos que el aristotelismo y el neoplatonismo pasan a Europa (verbigracia, a Santo Tomás) e influyen en ella. Esta admirable labor de traducción, que dura generaciones enteras, será, como señala acertadamente José Muñoz Sendino, el ejemplo que siga en España Alfonso X ‘el Sabio’, tan ‘oriental’ en este sentido. Mientras Al-Rashid y Al-Ma´amün de Bagdad estudiaban la filosofía griega y persa y la hacían traducir, su contemporáneo en Occidente, Carlomagno, se esforzaba por aprender a escribir su nombre. Este detalle elocuente nos habla de los distintos grados de civilización que habían alcanzado Occidente y Oriente por aquellos siglos.”
De todo ese espíritu intelectual y refinado se beneficiará el Occidente, porque como dice la misma autora: “Cuando la literatura castellana comenzaba a dar sus primeros balbuceos, la árabe se encontraba en pleno apogeo. El rey taifa Al-Mu´tamid de Sevilla (1040-1095), que recordamos como aliado militar de Rodrigo Díaz en el Mío Cid, llena de luces el Guadalquivir al establecer certámenes poéticos y musicales en barcas que surcaban el río con teas encendidas.”
Es decir, que lo mínimamente mencionado, y sin entrar en la filosofía, astronomía, matemáticas, medicina, etc., no se narra ni se enseña en los colegios, simplemente se olvida, para hacer resaltar exclusivamente lo español, como si lo uno pudiera separarse de lo otro.
Octavio Paz, Premio Miguel de Cervantes 1981, en su obra Tiempo nublado[5] , expresa: “Los españoles y los portugueses estuvieron dominados durante siglos por el Islam. Pero hablar de dominación es engañoso; el esplendor de la civilización hispano-árabe todavía nos sorprende y esos siglos de luchas fueron también de coexistencia íntima. Hasta el siglo XVI convivieron en la península ibérica musulmanes, judíos y cristianos. Es imposible comprender la historia de España y de Portugal, así como el carácter en verdad único de su cultura, si se olvida esta circunstancia. La fusión entre lo religioso y lo político, por ejemplo, o la noción de cruzada, aparecen el las actitudes hispánicas con una coloración más intensa y viva que en los otros pueblos europeos. No es exagerado ver en estos rasgos las huellas del Islam y de su visión del mundo y de la historia.”
No obstante ese olvido, la presencia árabe es un hecho palpable en el Nuevo Mundo, desde el momento mismo en que Cristóbal Colón recluta soldados y marineros para descubrir las tierras de Oriente. Por de pronto, será el morisco Rodrigo de Triana quien dará la alegría al resto de la tripulación, al gritar: “¡Tierra a la vista!”. Por fin, después de tan penoso y diezmado viaje, creyeron haber llegado a tierras donde se hablaba el árabe, y será para tal efecto el judío arabizado Luis de Torres quien se acercará por orden del descubridor a los habitantes que los reciben, para servir como traductor. Ya sabemos que los esfuerzos de Luis de Torres de nada sirvieron, ya que se encontraban ante los indígenas cubanos. He aquí que dentro de la tropa que reclutó Colón viajaban hombres que directa o indirectamente tenían influencia árabe, pues en muchos de ellos corría la sangre mora.
Esta de más referirnos al enorme predominio árabe en la región de Al-Andalus, porque de todos es bastante conocido; pero sí señalar que dentro del número de españoles que llegaron a conquistar aquellas lejanas tierras iba una apreciable cantidad de andaluces, cuyas costumbres, algunas muy parecidas a las de los árabes, las dejaron reflejadas en el nuevo continente.
Luego está la gran afluencia de inmigrantes árabes que llegan como consecuencia de los conflictos bélicos en sus regiones, especialmente a partir de la Primera Guerra Mundial[6] . Así tenemos a palestinos, libaneses y sirios, como muy bien lo explica el poeta e historiador Diómedes Núñez Polanco en un artículo aparecido en la revista Tigris de Madrid, en diciembre de 1985: “Para el año 1931, época en que publicó su libro Los pueblos hispanoamericanos: su presente y su porvenir , Estéfano habla de 400.000 inmigrantes árabes, pero en los 50 años que han transcurrido desde entonces, la cifra ha debido de duplicarse, y eso sin tomar en cuenta sus descendientes que se han regado como pólvora en todo el continente.”
Este autor cita al escritor y ex-presidente Juan Bosch, que se refiere a los árabes en un artículo de la revista Bohemia, correspondiente al 21 de diciembre de 1947 en La Habana, Cuba, con respecto a los sucesos ocurridos hacia 1890 en la República Dominicana, donde “señala la presencia de sirios en nuestro país, lo cual comprueba que la llegada al Caribe de los árabes se produjo antes del año mencionado”. Por aquellos años empezaban a visitar los puertos pequeños y poblados del Caribe buhomeros sirios. Iban de casa en casa vendiendo cintas, telas, cadenas y baratijas; llegaban en goletas o a lomo de caballo, siempre rodeados de un sinnúmero de bultos y baúles, y se hacían acompañar por uno o dos muchachos del lugar en cuyos hombros amontonaban el equipaje, que abrían ostentosamente para mostrar sus mercancías. En la República Dominicana les llamaban “turcos”, como les llaman todavía a los naturales de los países árabes.
Aunque el olvido histórico ha sido injusto, el destino ha querido que los árabes hayan conquistado un espacio en Latinoamérica que, como vemos en los autores mencionados, no se puede obviar. De manera que la presencia árabe en Iberoamérica está más bien relacionada físicamente, como personas que están ahí, en medio del acontecer sociológico, pero sin que se les estudie culturalmente. La historia que se nos enseña es parte de la Reconquista, y con autores que se han fijado y siguen otros modelos culturales[7] , salvo muy pocos como en la actualidad el notable escritor Juan Goytisolo.
Desde cierto momento hay que hablar de una enorme presencia árabe en el continente, que por su propio peso se deja traslucir en la literatura. No deseo que encuentren exageradas mis palabras, pero ya esta situación la observamos hace muchos años. Hay una cita del escritor dominicano Diomedes Núñez, que no hace sino estampar en su artículo lo siguiente: “Hay un pasaje en la historia dominicana relacionada con los árabes que pinta con una claridad asombrosa los efectos de su presencia en los pueblos del Caribe. 17 comerciantes de San Pedro de Macorís enviaron el 9 de julio de 1896 al Congreso Nacional la siguiente carta: ‘Nuestros campos están llenos de casas de comercio..., todo lo cual nos perjudica notablemente, y este perjuicio se aumenta en máximo grado con una invasión árabe en pueblo y campo de puerta en puerta que, dadas sus operaciones comerciales, han abarcado todo el negocio y nos han ido arrollando hasta convertirse nuestro comercio en un cementerio desolado y triste’”. El asunto habría que analizarse más profundamente, ya que esa era una etapa de duros conflictos económicos y políticos surgidos a causa de la independencia. Cabe señalar que el gobierno no dio curso a la demanda de estos comerciantes contra los árabes; por el contrario, toma la defensa, puesto que el presidente de aquel entonces, Ulises Hereaux, deja estampada en una carta su opinión, manifestando que los árabes no hacen daño a nadie, ni a nadie persiguen. Frente a los intereses económicos locales de marginar a los árabes, hay una respuesta solidaria, humana, y una comprensión al sentido de integración.
La presencia árabe en Latinoamérica se revela principalmente en el comercio menor. Así lo expresan varios autores, entre ellos el ya citado Juan Bosch, de la República Dominicana; los chilenos Eduardo Barrios y José Santos González Vera; el colombiano y premio Nobel de literatura, Gabriel García Márquez [8]   y el brasileño Jorge Amado.
Podemos hablar entonces de un concepto de recuperación del pasado, que lo intentaremos visualizar a través de estos destacados autores. En ellos notaremos que:
1.- Existe una recuperación artificial. Esto lo observamos, por ejemplo, en el poeta y escritor nicaragüense Rubén Darío, cabeza principal del modernismo; en el mexicano Octavio Paz, el argentino Jorge Luis Borges, y en otros.


2.- Existe una recuperación vivencial, por ejemplo, en los ya nombrados Gabriel García Márquez y Jorge Amado.
En el primer caso, esta recuperación artificial se presenta a la manera del famoso pintor Picasso y la escultura africana, que evidentemente fue más una cuestión de moda y curiosidad intelectual, pero no vivencial. Por esta misma curiosidad, Rubén Darío adorna sus versos con la mitología y las leyendas de Oriente, entrando en una intensa atmósfera árabe. Y de manera aún más intelectualizada esta presencia se hace palpable en Jorge Luis Borges, con narraciones históricas, mitológicas y metafísicas [9] . Tampoco existe espontaneidad para referirse a lo árabe en Octavio Paz. Es una inspiración basada en el estudio. Es, por tanto, todo un proceso que objetiviza ese pensar para llegar a englobar dentro de su prosa ese gran espacio mágico que es lo árabe.
No olvidemos lo que nos dice Paz, en su obra El ogro filantrópico[10] : “los siglos de lucha contra el Islam habían permeado la conciencia religiosa de los españoles. La noción de cruzada y de guerra santa es cristiana, pero también profundamente musulmana.” Claro que para llegar a tal conclusión es necesario la investigación, el análisis social, político y religioso. Estemos de acuerdo o no, éste es el único método por el que podremos apreciar el aspecto árabe en Latinoamérica, aunque yo mismo discrepe de algunas afirmaciones del escritor y ensayista mexicano, porque la noción de guerra santa que llevaron los árabes a España significó en Al-Andalus el respeto de la religión católica, tal como lo señalan varios historiadores, como por ejemplo Pedro Voltes [11] , que encuentra incluso una razón para esa tolerancia: “El poder árabe instauró una suerte de impuesto progresivo sobre la riqueza, de modo tal que los débiles e inútiles quedaban liberados de él, lo que –sobra el comentario– reviste al nuevo régimen de un aura sobremanera simpática. Además, no obligaron a nadie a adoptar la religión mahometana, si bien este matiz no venía, al parecer, de un prurito tolerante, sino porque los infieles pagaban un tributo”. En cambio, en la conquista de América, la cruzada religiosa cristiana elimina todo aquello que se considere profano, produciendo un perjuicio cultural de incalculables proporciones. En todo caso, las referencias de Octavio Paz son interesantes y generalmente válidas cuando estudiamos nuestra identidad.
Así, ese caudillismo, que nos parece muy propio, tiene para Paz raíces más profundas: “La imagen del caudillo no es mexicana únicamente, sino española e hispanoamericana. Tal vez es de origen árabe. El mundo islámico se ha caracterizado por su incapacidad para crear sistemas estables de gobierno, es decir, no ha instituido una legitimidad suprapersonal”. Vemos en este poeta, escritor y entusiasta ensayista, una preocupación por ciertas formas de vida del nuevo continente. Para ello escarba en el contexto de la sociedad. Octavio Paz necesita saber qué es lo que nos llegó de otras culturas, y en esta búsqueda de identidad manifiesta que: “La revolución política en América Latina –me refiero a la Independencia y a las luchas entre liberales y conservadores que ensangrentaron nuestro siglo XIX– no es sino una manifestación, otras más, del patrimonialismo hispano-árabe”. Observando el panorama de Latinoamérica, Paz expresa reiteradamente que: “En toda la América Latina, con la excepción de Chile y de Uruguay, la idea popular de jefe cristaliza en la imagen, alternativamente radiante o sombría, del caudillo, una idea hispano-árabe”.
Diferente es el tratamiento que da Gabriel García Márquez y Jorge Amado a la presencia árabe en ese continente. También otro es el género literario, pero en todo caso las novelas pertinentes plantean lo que llamamos la recuperación vivencial. Es el árabe un personaje más de la realidad latinoamericana, de ese cóctel de razas. La mitología abarca desde las raíces indígenas hasta lo africano-árabe, como lo demuestra el profesor de literatura hispanoamericana de la Universidad de Orán, Ahmed Abi Ayad, en su trabajo titulado El tema negroide en la poesía de Luis Palés Matos: “Se destaca, pues, hasta hoy, cierta similitud entre el baile negro argelino y el antillano, que parece evidente; sin embargo, lo que extrañaría más, es que a pesar de los siglos y de la distancia, los negros antillanos siguen sus mismos ritmos, bailes y música”. En su observación y análisis de ambas realidades el profesor argelino encuentra una presencia que ha fluido desde antiguas ciudades argelinas hasta Latinoamérica.
En Crónica de una muerte anunciada y en Gabriela, clavo y canela, estamos ante un género de ficción, pero cuyos temas se basan en la experiencia, pues nadie se ha inventado la realidad árabe en ese continente, cuya presencia se da fundamentalmente en el comercio al por menor de los pueblos latinoamericanos. Ello es auténtico, y precisamente en las novelas anteriormente nombradas se establece de manera incontestable, así como en la tan famosa Cien años de soledad [12] . Por ejemplo, en esta obra el argumento se desarrolla en la aldea de Macondo, a cuyo lugar “llegaron los primeros árabes de pantuflas y argollas en las orejas, cambiando collares de vidrio por guacamayas”.
El extraordinario escritor latinoamericano refleja en esta trascendental obra la equivocación popular de confundir, o mejor dicho, de darle simplemente el nombre de “turcos” a los árabes. Esto también aparece en otros autores, pero veamos dos citas al respecto en Cien años de soledad: “La calle de los Turcos era otra vez la de antes, la de los tiempos en que los árabes de pantuflas y argollas en las orejas que recorrían el mundo cambiando guacamayas por chucherías, hallaron en Macondo un buen recodo para descansar de su milenaria condición de gente trashumante.” En otra parte expresa: “La antigua Calle de los Turcos era entonces un rincón de abandono, donde los últimos árabes se dejaban llevar hacia la muerte por la costumbre milenaria de sentarse en la puerta, aunque hacía muchos años que habían vendido la última yarda de diagonal, y en las vitrinas sombrías sólo quedaban los maniquíes decapitados”.
Esta situación se presenta de manera similar en el libro Gabriela, clavo y canela, de Jorge Amado. A continuación transcribo la siguiente cita: “Era común que Nacib fuera llamado árabe, y hasta turco, pero es necesario dejar establecido y fuera de cualquier duda su condición de brasileño, nato, no naturalizado. Había nacido en Siria, desembarcando en Ilhéus a los cuatro años, y había llegado hasta Bahía en un barco francés. En aquella época [...] todos andaban en busca de un mejor porvenir, y en medio de esa masa humana llena de esperanza y a veces de desesperación, iban los árabes”.
Dejo aquí las citas para manifestar que, en cuanto a una visión sociopolítica o sociolaboral, la imagen del árabe que aparece entre el pueblo latinoamericano es mejor que la del llamado “gringo”. Por de pronto, hay menos discriminación, aún cuando se mantenga en varios casos la explotación, de acuerdo al sistema capitalista implantado en estos países. Podemos afirmar que el árabe se ha integrado más rápidamente. Por ejemplo, el personaje principal de Crónica de una muerte anunciada es un ser integrado.
Podemos decir que hasta este momento hemos visto a los personajes árabes en un contexto rural y provinciano, y no a nivel nacional. Nos queda por hablar del árabe triunfador, hecho que ya comienza a vislumbrarse en Latinoamérica en los diferentes aspectos de la vida social, como es el caso de algunos árabes que han llegado a ser ministros de Estado [13] o, como en la revolución cubana, el llamado Comandante Tomás, un descendiente de árabes libaneses que dejó su vida por la causa revolucionaria. También es el caso del ámbito profesional, donde muchos árabes se destacan en la investigación, profesionales totalmente insertados en la vida científica y culturas de esos pueblos.
La otra pregunta que podemos hacernos es por qué los árabes aparecen ahora en la literatura, y no antes. Primero, porque dejaron de ser una minoría marginal. Se han integrado, algunos dentro de grupos de poder, adquiriendo automáticamente una categoría y una importancia central, sea económica o política, y eso se revierte en la literatura. Segundo, digamos que existía una deuda literaria con aquellos árabes que se perdieron en medio del flujo histórico y que ahora recuperan su memoria a través de la literatura, como es el caso de Nasar, el personaje de Crónica de una muerte anunciada, o el de los vendedores árabes de baratijas.
También es conveniente decir que esta literatura no esta restringida ni limitada al país latinoamericano donde se ha escrito, ni tampoco a toda Latinoamérica. Alcanza a todo el mundo. Nuestros principales escritores como Rubén Darío, Borjes, García Márquez, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mahfud Massis, Luis Fayad, etc, valoran y proyectan la presencia árabe que han recogido en sus propios países, como parte importante de la realidad latinoamericana y de su acontecer sociológico y cultural.


NOTAS.-

[1] Extracto del artículo publicado en la revista Al-Andalus nº 75, agosto de 2001. Trabajo leído por el autor en el seminario sobre “Presencia árabe en Latinoamérica”, organizado por la Universidad de Verano Marroquí-Iberoamericana “Al-Mu´tamid Ibnu Abad”, en Asilah (Marruecos), el 14 de agosto de 1986.

[2] Sergio Macías Brevis nació en 1938 en el sur de Chile. Cursó estudios de derecho en la Pontificia Universidad Católica. Ha vivido en México, en Alemania, donde se especializó en literatura latinoamericana e impartió clases durante cinco años en el Instituto de Lenguas Extranjeras de la Universidad Wilhem Pieck, en Rostock, y luego se radicó en España.  Ha dado recitales y conferencias en las principales instituciones y universidades españolas. También en diferentes países. Participa en congresos de escritores y en jornadas sobre hispanismo árabe. (Nota de la Redacción).

[3] Antología de relatos marroquíes en lengua española , Ediciones A. Ubago, Granada, 1985. (Nota de la Redacción).

[4] Luce López Baralt, Huellas del Islam en la literatura española , Ediciones Hiperión, Madrid, 1985.

[5] Octavio Paz, Tiempo nublado , Editorial Seix Barral, Barcelona, 1986.

[6] Como ejemplo de este tipo de inmigración árabe hacia Latinoamérica, véase, por ejemplo, Mª Cruz Burdiel de las Heras, La emigración libanesa en Costa Rica , Editorial Cantarabia, Madrid, 1991. (Nota de la Redacción).

[7] Para conocer la idea de Reconquista y el modelo cultural impuesto acerca del Islam y los árabes, véase Abdelatif Oufkir, “ Al-Andalus y el Islam en el subconsciente colectivo español ”, en revista Alif Nûn nº 49, mayo de 2007. (Nota de la Redacción).

[8] Véase mi artículo “Expresiones árabes en las obras árabes de Gabriel García Márquez”, en revista Tigris, julio de 1984, Madrid

[9] La obra de Borges se aproxima al mundo árabe e islámico a través de un exotismo poco disimulado, alternándolo a veces con el desprecio más directo. Por ejemplo, en su poema Ronda pueden observarse ambas actitudes. La primera –exotismo: “un cóncavo silencio de patios, / un ocio del jazmín / y un tenue rumor de agua, que conjuraba / memorias de desiertos”. Y la segunda –desprecio: “El Islam, que fue espadas / que desolaron el poniente y la aurora / y estrépito de ejércitos en la tierra / y una revelación y una disciplina / y la aniquilación de los ídolos / y la conversión de todas las cosas / en un terrible Dios, que está solo”. (Nota de la Redacción)


Revista Alif Nun