25/6/12

Occidente y el Islam ​



Por el Sheij Abdul Karim Paz
Como ya hemos señalado, Occidente está en crisis en cuanto a los objetivos últimos y estratégicos que se plantea como modo de vida para los seres humanos. Ha desarrollado poderosos instrumentos para dominar a la naturaleza, comunicarse, viajar, pero no tiene claro a dónde va y de dónde viene, cuál es el sentido de la vida.

Dijimos antes que los saberes encargados de plantearse y responder a estos temas son la filosofía y la religión y que ambas están en crisis en Occidente y han perdido el rumbo y la fuerza necesaria. Mientras tanto, los avances tecnológicos no se detienen, pero fuera de un programa de vida adecuado y el control del timón en manos de gente con sabiduría y con la fuerza necesaria para gobernar a los ambiciosos, pueden volverse contra el ser humano y destruir a su medio ambiente o contaminarlo irremediablemente, de hecho lo están haciendo.

El Islam, en su expansión medieval, supo transferir los conocimientos científicos y técnicos a Europa, pero no pudo transferir el marco religioso, filosófico, espiritual y ético que había hecho posible esos avances científicos que deslumbraron a los europeos de entonces y que había rescatado a los árabes del desierto, del atraso y la ignorancia para convertirlos en menos de cien años en portaestandartes de la más brillante civilización de la historia humana.

Un gran pionero, el francés Roger Garaudy (1913-2012), después de profesar el Catolicismo con la amistad del Abeé Pierre, se hizo comunista y llegó a presidir el partido comunista francés, del cual fue expulsado en 1968 tras criticar la invasión soviética a Checoslovaquia. Luego se hizo musulmán en 1982, conmovido por la fuerza de la fe de un pelotón de fusilamiento argelino, que movidos por su fe islámica, se opusieron a obedecer la orden de disparo de un oficial francés. Se dedicó a estudiar el Islam para luego adoptarlo como religión. Entre otras cosas, sostuvo que “el Cristo de Pablo no es el Cristo de la Biblia” (Wikipedia), y dejó una gran obra, que en muchos sentidos, es una guía para acercar a Occidente al Islam. Su sincera amistad con el Abate Pierre se nunca se interrumpió. Falleció en estos días, que en paz descanse. Vaya la siguiente cita como homenaje a este gran hombre y genuino pensador: En su libro, “Promesas del Islam” nos dice: “Desde hace siglos Occidente pretende definirse con la doble herencia greco-romana y judeocristiana”. No solamente ambas civilizaciones no pueden concebirse sin la influencia oriental que las hizo posibles, sino que además, Occidente “hace hace trece siglos que ha negado su tercera herencia, la arábiga- islámica, que hubiera podido, y todavía puede, no solo reconciliarle con las demás sabidurías del mundo, sino ayudarle a tomar conciencia de las dimensiones divinas y humanas de las que se auto-mutiló al desarrollar unilateralmente su voluntad de poderío sobre la naturaleza y los hombres”. Y agrega: “El primer renacimiento de Occidente se esbozó en la España musulmana cuatro siglos antes que en Italia. Pudo haber sido un renacimiento universal” (Universal en el sentido que integrase la dimensión espiritual y divina del ser humano, no como el renacimiento italiano que la dejó de lado).

Las espadas cruzadas rebanaron los frutos científicos (tal como hoy sus bombas pretenden arrebatarles el petróleo), despojándolos de su sentido trascendente y ético que el Islam les daba y Europa se lanzó a un renacimiento humanista desprovisto de religión. Poco a poco el mundo se convirtió en una gran máquina sin Dios, sin sacralidad, sin espíritu, y por lo tanto, poco a poco sin sensibilidad moral. El saber se rebajó a cientificismo que no se pregunta, como lo hacía la filosofía y lo respondía la religión, por el para qué último, sino solamente por el qué y el cómo con sentido utilitario.

Muchos pensadores europeos veían a la Iglesia como un obstáculo para el desarrollo del libre pensamiento y el avance de las investigaciones científicas. Enfrentados con el Islam afuera y con la Iglesia en su propia casa, los europeos optaron por desproveer a los avances científicos que aprendían de los musulmanes de toda relación con la religión, lo sagrado y lo trascendente. No pensaron en sustituir a la religiosidad representada por la Iglesia o reformarla con respecto a sus errores o desvíos. Europa se dio a sí misma una nueva religión, la llamada humanista, sin lazos con el más allá, sin la revelación, sin los profetas, sin Jesús y sin Muhammad o Mahoma (la paz sea con ellos). De ahí en más, quedaba encerrada en su inmanencia terrenal y en el marco de su limitada razón que se creyó poderosa y autosuficiente. No pasaron muchos años hasta que la nueva diosa razón también sería cuestionada y puesta en duda a su vez, para luego ser condenada sin más. El humanismo ahora se quedaba sin cabeza racional metafísica, sin deísmo, ya no necesitaba a Dios, con su avance científico tecnológico lo lograría todo. Feuerbach, el filósofo alemán (1804-1872), decía que con la humanización de Dios que se había operado en el Cristianismo, los seres humanos habían dado un gran paso en el reconocimiento de que el verdadero Dios no era en realidad un ser trascendente, sino que era el mismo ser humano, que en un proceso histórico tomaba conciencia de sí mismo. Su idea fue la precursora de pensadores posteriores como Marx, Freud, Nietzsche y muchos otros que pretendieron sepultar a Dios. La nueva religión era la ciencia empírica que este superhombre producía. Esta nueva ilusión y certeza secular también, pronto se desmoronaría y daría lugar a una confusión relativista donde nada es estable y todo capricho humano es válido por sí mismo, sin importar si está de acuerdo con la naturaleza y la realidad profunda o no. Ya no quedaron en pie revelación ni razón alguna para juzgar qué está bien y qué no. “Ya no hay camino, se hace camino al andar”, como decía el poeta Machado y nos gustaba escuchar de Serrat antes de conocer nosotros al Islam y antes de la última gira de Serrat por las tierras ocupadas de Palestina.

Por supuesto, este ser humano, destronado de su pedestal de regente de Dios, y sin poder confiar en su razón más allá de lo que su experiencia sensible le corroborase, no tardaría mucho en degradarse más y pasar a ser considerado un mero animal, ya sea un lobo según Hobbes (1588-1679), o un mono evolucionado, según Darwin (1809-1882). La desazón y el desconcierto fueron aún mayores ante el escenario tenebroso de las guerras mundiales. Después de sesenta y siete años, nuevamente se produce otra sacudida bajo la forma de una crisis económica, pero, al contrario de lo que dijera Clinton cuando pronunció aquella frase de que “¡Es la economía, estúpido!”, nosotros decimos: no es la economía, es la civilización humanista que se sigue desmoronando irremediablemente.

Justo en estos momentos que Europa experimenta signos claros de su crisis terminal, vemos resurgir una vez más a ese mundo allende el Mediterráneo, que la supo deslumbrar en su momento y de donde tomó los conocimientos que creyó suficientes para un nuevo impulso vital de su propia civilización. El mundo del Islam, efectivamente, ha comenzado hace unas decenas de años a reincorporarse, a despertarse, a quitarse el yugo de las cadenas coloniales occidentales y a pararse sobre sus pies, pero con una gran y notoria diferencia con respecto a su anterior momento de poderío medieval, cuando deslumbraba a los sabios de Europa en Al Ándalus o en Sicilia. Ahora, a la cabeza de este despertar islámico se halla la República Islámica de Irán, que ha levantado la bandera de aquello que hizo grande a los musulmanes en el Medioevo. La guía islámica del profeta Muhammad y sus verdaderos sucesores, los Imames de su Familia Purificada (Ahlul Bait, la paz sea con todos ellos). La bandera de quienes han dado al Islam su grandeza científica, espiritual, ética, cultural, que los Omeyas usurparon y no fueron capaces de mantener. La gran energía de ese movimiento profético que supo extraer a los árabes del desierto, de la profundidad del abismo de la ignorancia, y en el curso de solo cien años supo convertirlos en la expresión más avanzada de las civilizaciones humanas, se fue opacando en la misma medida que los Omeyas tomaron el califato islámico por la fuerza de manos de los nietos del profeta y persiguieron a los verdaderos líderes del movimiento islámico, los Imames de la familia del profeta Muhammad, la bendición y la paz sean con ellos, llegando a cometer la más sangrienta e inhumana matanza de familiares y seguidores del Profeta en Karbalá, donde martirizaran al nieto de Muhammad (Mahoma), el Imam Husein y a setenta de sus familiares y compañeros tras días de cortarles el agua en pleno desierto a él y a las mujeres y niños que le acompañaban.

El sexto Imam, o líder, el Imam Yafar As Sadiq, la paz sea con él, creó en los años 750 dC., en la ciudad de Medina, la primera universidad con más de cuatro mil alumnos en todas las ciencias religiosas, filosóficas, matemáticas, experimentales, convencionales, que antecedió a las europeas de Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y España en más de trescientos años (La Universidad de Oxford recién se crearía en 1096). Tal era la ventaja del mundo islámico sobre la Europa de entonces. Este avance científico cultural que promovían los Imames como el Imam Al Baqir, el quinto Imam o guía de la Casa Profética y el sexto Imam, el Imam As Sadiq, la paz sea con ambos, despertó los celos de los abasidas, la dinastía que sucedió a los Omeyas en el control del gobierno islámico proclamando defender los derechos de la Familia del Profeta que, luego, a su vez, también ellos traicionaron. Por ello, y para opacar la gran revolución cultural que había tenido lugar en Medina, crearon la Casa de la Sabiduría en Bagdad y promovieron mediante generosas inversiones públicas las traducciones e investigaciones en todas las ramas científicas e invitaron a sabios de todas las regiones a reunirse en este gran centro de promoción del saber. Esta medida, sin bien tomada con fines políticos para disminuir la influencia de los Imames, fue positiva en parte, para la humanidad que se vio beneficiada con la extraordinaria producción de conocimientos, sea de Medina o sea de Bagdad, que cautivaron al mundo en general y a Europa en particular, que supo aprovechar parcialmente ese legado del saber, por la falta de visión y nobleza para no desproveerlo de su envoltorio islámico que era su razón de ser.

Esta vez, el despertar islámico posee más fuerza que en el Medioevo y los pueblos de Occidente no están, como en la Edad Media sometidos totalmente a reyes y señores, y es cuestión de tiempo que Europa vuelva a mirar hacia el sur islámico en búsqueda de ayuda para su crisis actual. El universo cósmico y humano es demasiado perfecto para dejarlo librado a la estrecha mente humana sin más. El Islam no niega el poder de la razón del hombre pero no la desvincula de la revelación y de la purificación mística, proveedoras de la certeza necesaria para movilizar al mundo hacia la unidad, la justicia, la armonía y la sensatez de un uso adecuado de los recursos planetarios.

Es verdad que la Iglesia cristiana cometió abusos repudiables y ella misma no hubiera pedido perdón si esos abusos no hubieran existido en la historia (independientemente de si logra satisfacer con ese mero pedido a quienes fueron víctimas de esos errores y crímenes). Pero, sin duda también, los intelectuales de Europa se extralimitaron cuando negaron de raíz todas las bendiciones que el Cristianismo realmente posee y todas las bondades del Islam del cual extrajeron el saber en su dimensión mundanal.

El humanismo europeo desembocó en el capitalismo y en el comunismo como ideologías de una común cosmovisión que ha entronado al ser humano en el lugar tradicional que ocupaba Dios.

El comunismo cayó estrepitosamente con la caída del Muro de Berlín y el Socialismo del siglo XXI ya ha incorporado a la religión revolucionaria de Jesús, sin comulgar con la cúpula de la Iglesia cuando ésta se muestra aliada del capitalismo y reacia a una mayor justicia social, distribución del capital, del producto del trabajo y de la propiedad. No solo el Socialismo del siglo XXI que lidera el Comandante Chávez ha incorporado a la religión revolucionaria o de liberación, como también lo ha hecho el Sandinista Daniel Ortega en Nicaragua, quien se ha hecho cristiano, sino que además se han sabido aliar con el país que encabeza el proceso de recuperación de los ideales de la religión profética en el mundo islámico resurgente, Irán, para espanto de Estados Unidos e Israel, que en un intento desesperado alimentan el llamado terrorismo islámico de Al Qaeda para deformar ante la opinión pública mundial, el imparable despertar del mundo islámico.

El humanismo nos ha legado la injusticia del sistema capitalista y su poder concentrado en lo económico, cultural, político, policial y militar que oprime al hombre al colocar en el supremo altar al dinero y al enriquecimiento mundanal de unos pocos a expensas de la mayoría, como si el ser humano fuese realmente un animal selvático donde el más fuerte aplasta al más chico. La solución a estos problemas mundanales es ante todo, espiritual como condición de posibilidad de poder establecer un mundo más justo, incluso en términos meramente materiales. Por otra parte, en el marco de aquel mismo humanismo, las luchas reivindicativas de muchos de los derechos de los que se ha privado al pueblo, no van mucho más allá de reclamos terrenales muy importantes, pero no suficientes para la felicidad última que necesita el ser humano y para poder calmar su necesidad vital de lo infinito y absoluto, única forma de liberación real.

El aspecto religioso revolucionario al que alude el Socialismo del siglo XXI, todavía no se ha manifestado con la fuerza que lo hiciera en los años sesenta y setenta con el Concilio Vaticano Segundo y el movimiento de liberación y reivindicación de la opción por los pobres que denunciaba a la estructura del capitalismo como una estructura de pecado y contraria a las enseñanzas de Jesús. Por supuesto, también la máxima marxista según la cual la religión era el opio de los pueblos, fue abandonada como un dogma no científico de Marx. Efectivamente, el marxismo, en su condena a la religión, solo tenía ojos para ver los abusos cometidos en nombre de ésta por parte de los explotadores, pero no para ver la esencia misma de la religión no manipulada por los poderes opresores cuando en manos de sus legítimos representantes, los profetas, supo luchar a favor de los pueblos y levantar a estos contra la opresión de los Faraones, Césares o las aristocracias tribales de la Meca. Ese dogma anti religioso ya se está abandonando entre muchos de aquellos que siguen al socialismo en América Latina e incluso Fidel Castro no niega el rol de la religión revolucionaria.

Como dijera Leonardo Boff, “los musulmanes están en la primera línea de la lucha anti imperialista”, y esto abre una nueva oportunidad histórica para que los pueblos de Occidente, que son actualmente mucho más sujetos activos en la construcción social a diferencia del Medioevo, sepan apretar la mano solidaria que el mundo islámico vuelve a tender generosamente, tal como lo están haciendo las grandes naciones del Alba con Irán.

No hay lucha de religiones más que en la mente de los señores de la guerra que explotan las diferencias para llevar agua a su molino, el del dominio imperialista. No nos dejemos engañar, musulmanes y cristianos están llamados por el mismo Dios a hacer justicia en el mundo y como bien dijo Jesús, la paz sea con él, todo lo demás les será dado por añadidura.