7/6/12

Mostaza israelí [sobre los judíos "ortodoxos"]

Hace unos años dos rabinos publicaron un libro titulado “The King’s Way” en el que se afirma que está justificado matar a los hijos de los no judíos si se teme que cuando crezcan puedan perseguir a los judíos. Debido a las presiones, la policía inició una investigación criminal por incitación al crimen. Esta semana el Fiscal general ha decidido no iniciar un procedimiento judicial alegando que los rabinos no hacían más que citar textos religiosos. 

Por Uri Avnery אורי אבנרי



EL RELATO es verídico. Lo conté una vez y vuelvo a hacerlo ahora.

Un amigo mío de Varsovia, que es medio judío, recomendó a un conocido periodista polaco que viajara a Israel para que lo viera con sus propios ojos.

Cuando el periodista regresó, llamó a mi amigo y casi sin aliento le dijo: ¿Sabes lo que he descubierto? ¡En Israel también hay judíos!

Se refería naturalmente a los ortodoxos, con sus trajes negros y grandes sombreros también negros, como los que permanecen grabados en la memoria de los polacos. Se los puede encontrar en cualquier tienda de recuerdos polaca, junto a otras figuras del folclore del país: el rey, el noble, el soldado, etc.

Como este extranjero advirtió de inmediato, estos judíos no se parecen en nada a los israelíes corrientes, más parecidos a los franceses, alemanes y también polacos corrientes.



LOS ORTODOXOS (llamados en hebreo “Haredim”, los “temerosos”, aquellos que temen a Dios) no forman parte del Estado israelí. No quieren formar parte de él.

La mayoría de ellos viven en guetos aislados que ocupan grandes áreas de Jerusalén, la ciudad de Bnei Brak y varios asentamientos enormes en los territorios ocupados.

Cuando pensamos en un gueto (originalmente era el nombre de un barrio de Venecia), nos viene a la mente el humillante aislamiento antaño impuesto por los gobernantes cristianos. Pero en su origen fue un aislamiento autoimpuesto. Los judíos ortodoxos querían vivir juntos, separados del resto de la población, no sólo porque eso les daba sensación de seguridad, sino también –y principalmente– a causa de su fe. Necesitaban una sinagoga a la que en sabbat pudieran llegar a pie, unos baños comunes según el rito, comida kosher y muchos otros requisitos religiosos. Los siguen necesitando en Israel y en cualquier otra parte.

Pero sobre todo tiene que evitar el contacto con los demás. En la época actual, con todas sus enormes tentaciones, es aún más necesario, mucho más que nunca. Con las calles llenas de grandes anuncios en los que aparecen mujeres desnudas, con la televisión vomitando ríos de erotismo y pornografía, con internet llena de información tentadora y páginas de contactos, los ortodoxos tienen que proteger a sus hijos y mantenerlos alejados de la pecaminosa forma de vida israelí.

Es una cuestión de pura supervivencia para una comunidad que ha existido durante 2.500 años y que hasta hace unos 250 años englobaba prácticamente a todos los judíos.


EL SIONISMO, como he señalado a menudo, fue entre otras cosas una rebelión contra el judaísmo, no menos que la de Martín Lutero contra el catolicismo.

Cuando Theodor Herzl alzó su bandera, casi todos los judíos de Europa del este vivían aún en un ambiente ortodoxo, aislado, gobernado por los rabinos. Estos rabinos, casi sin excepción, veían en el sionismo el gran enemigo, tanto como los cristianos al Anticristo.

Y no sin razón. Los sionistas eran nacionalistas, se adherían a la nueva doctrina europea según la cual los colectivos humanos se basan primordialmente en su origen étnico, el lenguaje y el territorio, no en la religión. Eso era lo opuesto a la creencia judía de que los judíos son el pueblo de Dios, unidos por la obediencia a sus mandamientos.

Como todo el mundo sabe, Dios expulsó a su Pueblo Elegido de su tierra debido a sus pecados. Algún día Dios los perdonará y enviará al Mesías, que guiará a los judíos, incluidos los muertos, de vuelta a Jerusalén. Los sionistas, con su loco deseo de hacerlo por sí mismos, no sólo estaban cometiendo un pecado mortal, sino que además se estaban rebelando contra el Todopoderoso, que prohibió expresamente a su pueblo que entrara en la Tierra Santa en masa.

Herzl y casi todos los demás Padres Fundadores sionistas eran ateos convencidos. Su actitud hacia los rabinos era condescendiente. Herzl escribió que en el futuro Estado judío los rabinos se mantendrían en sus sinagogas (y los oficiales del ejército en los cuarteles). Todos los rabinos prominentes de la época los condenaron con firmeza.

Pero Herzl y sus correligionarios tenían un problema. ¿Cómo hacer que millones de judíos ligados a la vieja religión se identificaran con el nuevo nacionalismo? Lo resolvió inventándose la ficción de que la nueva nación sionista no era más que la mera continuación del viejo “pueblo” judío bajo una nueva forma. A tal fin “robó” los símbolos de la religión judía convirtiéndolos en símbolos nacionales: el manto judío de la oración se convirtió en la bandera sionista (y ahora la israelí), la menorá judía (el candelabro de siete brazos) en el emblema del Estado, y la estrella de David en el supremo símbolo nacional. Casi todos los días festivos religiosos entraron a formar parte de la nueva historia nacional.

Esta transformación tuvo un enorme éxito. En la actualidad, prácticamente todos los israelíes “judíos” la aceptan como una verdad incuestionable. Excepto los ortodoxos.


LOS ORTODOXOS sostienen que ellos, y sólo ellos, son los auténticos judíos y los legítimos herederos de miles de años de historia.

Y tienen toda la razón.

Los Padres Fundadores manifestaron que querían crear un “nuevo judío”. En realidad crearon una nueva nación, la israelí.

David Ben-Gurion, un ferviente sionista, dijo que la Organización Sionista era el andamiaje para la construcción del Estado de Israel, y que una vez el edificio estuviera completo habría que deshacerse de ella. La pretensión de que éste es un Estado “judío” es la continuación de una ficción que pudo ser necesaria al comienzo, pero que actualmente es superflua e incluso dañina.

Esta pretensión condiciona la situación actual: los israelíes consideran a los ortodoxos parte de la comunidad judeoisraelí, mientras que ellos se comportan como un pueblo extranjero. No es sólo que no saluden a la bandera israelí (como ya se ha dicho, el manto de oración con la estrella de David) y se nieguen a celebrar el Día de la Independencia (como los ciudadanos árabes, por cierto), también se niegan a hacer el servicio militar o cualquier otro servicio nacional.

Ésta es ahora una de las principales manzanas de la discordia en Israel. Oficialmente los ortodoxos mantienen que todos sus jóvenes en edad de alistarse –unos quince mil al año– están ocupados estudiando el talmud y no pueden dejarlo ni un solo día, mucho menos por tres años, como los estudiantes normales. La semana pasada un rabino declaró que en realidad ellos prestan un mayor servicio al país que los soldados corrientes, ya que procuran al Estado la protección divina.

El Tribunal Supremo parece no dejarse impresionar por la protección divina y recientemente ha anulado una ley que exime a los ortodoxos del servicio militar, lo que ha provocado un revuelo político a la busca de alternativas. Ya está en marcha una nueva ley para sortear al tribunal.

En realidad, los ortodoxos nunca permitirán que sus hijos ingresen en el ejército debido al justificado temor de que se vean contaminados por los israelíes corrientes y empiecen a saber de clubs nocturnos, televisión y, Dios no lo quiera, hachís o, peor aún, oigan las voces de mujeres soldado cantando, lo cual es considerado una abominación por la ley religiosa judía.

La separación entre los ortodoxos y los demás –entre judíos e israelíes, por así decir– es casi completa. Los ortodoxos hablan otra lengua (el yídish, que significa “judío”), su lenguaje corporal es diferente, visten de forma diferente y su concepción del mundo es también diferente. En sus escuelas particulares aprenden materias distintas (nada de inglés, ni matemáticas, ni literatura profana, ni la historia de otros pueblos).

Los alumnos israelíes de las escuelas públicas no pueden entenderse con los alumnos de las escuelas ortodoxas porque han aprendido historias completamente diferentes. Un ejemplo extremo: hace unos años dos rabinos publicaron un libro titulado “The King’s Way” en el que se afirma que está justificado matar a los hijos de los no judíos si se teme que cuando crezcan puedan perseguir a los judíos. Varios rabinos veteranos dieron su refrendo el libro. Debido a las presiones, la policía inició una investigación criminal por incitación al crimen. Esta semana el Fiscal general ha decidido no iniciar un procedimiento judicial alegando que los rabinos no hacían más que citar textos religiosos.

Un judío ortodoxo no puede comer en casa de un israelí corriente (no es kosher, o no lo bastantekosher). Sin duda, no permitirá que su hija se case con un chico israelí “seglar”.

La diferencia más chocante es quizás la actitud hacia las mujeres. En la religión judía no hay ninguna igualdad entre los sexos. Los hombres ortodoxos ven a sus mujeres –y ellas a sí mismas– fundamentalmente como medios de (re)producción. El estatus de las mujeres ortodoxas viene determinado por el número de hijos. En algunos barrios de Jerusalén es bastante frecuente ver a una mujer embarazada de treinta y tantos años, seguida de su numerosa prole y con un recién nacido en los brazos. Familias con diez o doce hijos no son nada excepcional.


UN CONOCIDO comentarista de la televisión israelí escribió hace poco que habría que “estrujar” a los ortodoxos. En respuesta, un escritor ortodoxo descargó su cólera arremetiendo contra las personalidades “seglares” que no protestaron, señalando en particular al “incansable ideólogo Uri Avnery”. De modo que debo dejar clara mi posición.

Como israelí ateo, respecto a los ortodoxos por lo que son: una entidad diferente. También podría decirse: un pueblo diferente. Viven en Israel, pero no son verdaderamente israelíes. Para ellos el Estado israelí es como cualquier otro Estado gentil, y los israelíes como cualquier otro pueblo gentil. La única diferencia es que al disfrutar de la ciudadanía israelí pueden vivir descaradamente del Estado. Financiamos prácticamente toda su existencia: sus hijos, sus escuelas, su vida sin trabajar.

Mi propuesta para un modus vivendi sostenible es la siguiente:

Primero: una completa separación entre la religión y el Estado. Anulación de todas las leyes basadas en la religión.

Segundo: garantizar la completa autonomía de los ortodoxos. Deberían elegir sus propias instituciones representativas y gobernarse a sí mismos en todos los asuntos religiosos, culturales y educacionales. Deberían quedar eximidos del servicio militar.

Tercero: los ortodoxos deberían financiar por sí mismos sus servicios religiosos, con ayuda de sus hermanos de fe en el extranjero. Quizá podría haber un impuesto voluntario para tal fin, que el Estado transferiría a la autoridad autónoma.

Cuarto: no debería haber ningún “Gran Rabinato” ni otros rabinos nombrados por el Estado. De todos modos, éstos son rechazados e incluso despreciados por los ortodoxos. (El iracundo Yeshayahu Leibowitz, judío practicante, llamó una vez al Gran Rabino Shlomo Goren “el payaso que toca el shofar”.)

Por cierto, propondría una autonomía similar para los ciudadanos árabes, si así lo desean.


QUEDARÍA AÚN la cuestión de los “nacional-religiosos”. Éstos son los hijos de la pequeña minoría de judíos religiosos que se adhirieron a los sionistas desde el principio. Son ahora una gran comunidad. No sólo son fervientes sionistas, son ultra-ultraderechistas que lideran la creación de nuevos asentamientos y el sionismo derechista violento. No aceptan el Estado y el ejército, pero aspiran a liderarlos y han hecho progresos considerables en ese sentido.

También en los temas religiosos se están volviendo cada vez más extremistas, acercándose a los ortodoxos. Algunos israelíes usan ya la misma palabra para referirse a ambos grupos: “hardal” (que podría traducirse como “nareor”, nacional-religioso-ortodoxo). Hardal, por cierto, significa mostaza.

¿Qué hacer con esta mostaza en un plato autonómico? Déjenme pensar...


POR CIERTO, cuando en cualquier parte del mundo un extranjero le pregunta a un israelí “qué eres”, él siempre responde “soy israelí”. Nunca, nunca dirá, “soy judío”.

Excepto los ortodoxos.