7/6/12

Luz y sombra en el presente argentino

Por Enrique Lacolla-Perspectiva
Una serie de iniciativas de naturaleza muy positiva tomada por el gobierno nacional contrasta con el “revival” de la intransigencia ruralista y sistémica. Pero el panorama es más complejo que el de un enfrentamiento maniqueo.


Por estos días Argentina ostenta una variopinta muestra de sus defectos y virtudes: de sus carencias y de sus aspiraciones a configurarse como algo mejor. Convengamos en que, aunque la conciencia de un destino nacional y latinoamericano se difunde cada día más en el pueblo, la resolución de los estamentos políticos que deberían encarnarla no termina de cuajar y que esa indefinición o irresolución respecto de las medidas o al menos las actitudes y la propaganda que son necesarias para lograr metas más altas, conspira contra la consecución de estas y permite que sigan manifestándose las expresiones más reaccionarias del viejo país. Expresiones que, lamentablemente, no son mera retórica sino que esconden un poder obstruccionista muy grande y un reaccionarismo capaz de arribar a los peores extremos. Si hoy no los toca es porque ya lo ha hecho muchas veces en el pasado y el porque el recuerdo de la catástrofe generada en el período 1976-2002 sigue generando repulsa u horror en la mayor parte de la sociedad.

Entre las luces que exhibe el panorama nacional en estos días es obligatorio mencionar la recuperación al menos parcial de la capacidad energética del país a través de la renacionalización del 51 por ciento de las acciones de YPF; la resolución de tomar todas las acciones legales correspondientes contra las compañías británicas que exploran u explotan los recursos petroleros en el área de influencia de Malvinas; la discreta –pero contundente y no menos oportuna- bofetada aplicada al gobernador del Chaco, Jorge Capitanich, obligándolo a bajarse de la decisión de autorizar una base del Comando Sur de Estados Unidos en su provincia, y la resolución presidencial de promover post mortem al grado de general de la Nación a Felipe Varela, el soldado federal y legendario montonero que protagonizó la última insurrección contra el mitrismo.


Este decreto presidencial es bastante más que una medida simbólica, porque supone la reivindicación de una visión de la historia argentina durante mucho tiempo exiliada del ámbito académico, aunque hace tiempo ya que ha calado en la conciencia del pueblo. Felipe Varela es la antinomia del mitrismo; esto es, de la concepción oligárquica de una Argentina centrada en Buenos Aires y su puerto y volcada al exterior. El hecho de que la última rebelión del caudillo catamarqueño haya sido inspirada por el rechazo que la infame guerra del Paraguay provocaba en el grueso de la opinión argentina (incluyendo a parte de la de Buenos Aires), es demostrativo del valor del gesto presidencial: a través de Varela se resignifica el sentido de nuestra historia, se termina con la petrificación del mito de la civilización y la barbarie (de esta última Varela fue condenado a convertirse en paradigma) y se redescubre la vocación latinoamericana de un pueblo al que hubo que acosar y combatir sin tregua durante décadas hasta imponerle el corsé de semicolonia de Gran Bretaña.

En este sentido Felipe Varela es una figura liminar: en él se concentra la rebelión del interior contra la injusticia de un ordenamiento socioeconómico que lo exterminaba, y se expresa la conexión con el sentido de la Patria Grande iberoamericana a través de su rebelión contra el mayor crimen perpetrado por las oligarquías portuarias actuando como punta de lanza del imperio británico. Su acto estuvo lejos de ser una operación simbólica contra esa “fatalidad necesaria” que habría implicado el mitrismo, según cree José Pablo Feinmann, quien atribuye esa opinión a Marx en el curso de una imaginaria discusión que este mantiene con el caudillo norteño.(1) Esa montonera era, por el contrario, la postrera y desesperada afirmación de una Argentina que buscaba nacer y a la que la “burguesía compradora” del Puerto exterminaba sin compasión. Era la expresión de una economía precapitalista que pugnaba por ser capitalista, y cuyo programa no podría nunca haber sido el de Mitre, como fabula Feinmann imaginando a Varela en el fuerte de Buenos Aires reeditando con acento provinciano las salvajadas de don Bartolo. Era el paso previo a la conformación de una burguesía capitalista, clara contraparte y contradicción del capitalismo oligárquico y parasitario que se encarnó en los comerciantes del puerto y en los ganaderos de la pampa húmeda. Que Varela librase la batalla en disparidad de condiciones no invalida el intento, que bien hubiera podido tener otro destino si diferente hubiera sido el talante de otros exponentes del partido federal que se perdieron la grandeza. Como don Justo José de Urquiza.

Acciones de recuperación de la soberanía y actitudes reivindicativas del tipo de la que rescatan a Felipe Varela y a la Vuelta de Obligado, por ejemplo, hacen del actual gobierno, a pesar de sus contradicciones, un referente de la causa nacional.

Del otro lado, del lado de las sombras que se yerguen frente a la vereda soleada, estas semanas también han sido propicias para la exhibición de los rasgos negativos, cuando no siniestros, del conjunto de factores expresivos del viejo país que se resiste a morir y que posee todavía una importante capacidad de fuego. Capacidad tanto más significativa en la medida en que el gobierno, que debería aprovechar la oportunidad para poner al sector definitivamente en vereda, no se decide a hacerlo. Este es un paso esencial: no darlo implica dejar al otro su capacidad de hacer daño y también perder la oportunidad de reorientar parte de las abusivas rentas que percibe dirigiéndolas con un sentido más colectivo.

El “campo”, es decir el sector de propietarios rurales grandes y medianos que se beneficia de los fabulosos réditos que da la renta agraria diferenciada que es característica de la pampa húmeda, sigue negándose a pagar impuestos. Esto es, a pagar impuestos proporcionales a su riqueza. Impuestos que sean algo más que una tributación simbólica y estén de alguna manera acordes con la formidable acumulación dineraria que han realizado en estos años, de la cual poco es lo que han invertido en emprendimientos productivos dentro del país que se aparten del espacio de las actividades que les son de su propia competencia. Se trata de uno de los sectores más beneficiados de la actividad económica nacional y se resiste sin embargo a pagar la proporción de lo que pagan los contribuyentes que disfrutan de beneficios muchísimo más bajos que los que el sector rural percibe.

Salvador Treber expone con la claridad que lo caracteriza este posicionamiento que distorsiona la realidad en que vivimos. “El rechazo a pagar impuestos y la exacerbación del sector frente a los cambios son una tradición rural más”, dice Treber. “Los abusos y presiones del sector están presentes desde los albores de la Argentina… Tienen agentes en toda la economía que movilizan fuerzas que a uno ni se le ocurre que puedan estar en combinación… El impuesto inmobiliario rural perdió relevancia en la recaudación de las distintas jurisdicciones porque hay un atraso en la valuación fiscal de la tierra… Así, si hay un proceso inflacionario o hay una revalorización de los campos y no se actualizan los valores fiscales, el monto del impuesto que recaudan las provincias disminuye. Hoy en Córdoba representa el 3,5 por ciento del total y algo muy parecido sucede en Santa Fe y Buenos Aires. El valor de los cambios que introdujo Scioli es actualizar la valuación fiscal para que las valuaciones representen (apenas…) el 50 por ciento de su valor de mercado, no el 100 por ciento".(2)

Esta moderada reestructuración del valor fiscal fue repudiada por la Sociedad Rural y otras organizaciones del sector, que pretendieron irrumpir incluso en la legislatura de La Plata para patotear a los representantes que apoyasen la iniciativa. Desde entonces no han dejado de menudear las amenazas de volver a los cortes de ruta, en un intento de reeditar el lock out patronal del 2008.

De la dirigencia

Esto nos replantea el gran tema de la historia argentina: ¿tenemos o no tenemos una clase dirigente, esto es, una clase dotada del sentido de una misión? Por misión no se entiende aquí una aspiración mesiánica ni un sentido heroico de la historia. Se alude a algo más modesto pero quizá más importante: la noción del compromiso hacia el conglomerado social que se tiene la oportunidad de dirigir. Este rasgo ha faltado casi siempre. Desde luego, ni la oligarquía ni los representantes de la “burguesía compradora” iban a plantearse esa meta: sus aspiraciones estaban acotadas y referidas a su propio interés, en aras del cual nunca hesitaron en aliarse al socio exterior y en volverse contra su propio pueblo. Pero en los sectores que de alguna manera los enfrentaron tampoco ha habido ocasión de detectar una voluntad intransigente para acabar con su supremacía. Lo que decíamos más arriba sobre el fracaso de Urquiza en encarnar el interés no ya local o personal sino colectivo, está de alguna manera presente como un hilo gris a lo largo de la historia argentina. Rosas se embarcó rumbo a Inglaterra después de oponer una resistencia simbólica en Caseros, Urquiza abandonó el campo de batalla de Pavón y resignó una victoria que parecía segura, asegurándose en cambio una vida regalada en su feudo entrerriano; Yrigoyen renunció cuando tenía al ejército a su favor, Perón arrojó la toalla cuando contaba con los medios para sofocar el alzamiento del 55… Esta secuela de abandonos repercutió de forma catastrófica en las posibilidades de poner de pie al país. Pavón abrió el camino a los degolladores de Sandes y Paunero y al exterminio de la resistencia del interior; la caída de Yrigoyen fue el preludio necesario de la Década Infame, y la victoria de la contrarrevolución de septiembre de 1955 fue el punto de partida de un período caótico que culminó en los desastres de las tres últimas décadas del pasado siglo, que arrasaron con casi todo lo que se había construido contrariando al modelo agroexportador dependiente en el cual había sido configurado el país.

De parte de los gobiernos kircheneristas ha habido una progresión de actos dirigidos en principio a ir enmendando las irregularidades dejó esa situación. Se consiguió mucho. Se reforzó el asistencialismo social y se atacaron problemas de importancia, como el tema de las AFJP, de Aerolíneas y de YPF. Sigue faltando sin embargo el plan estructural que proyecte al país hacia un futuro donde la pobreza extrema esté abolida y haya pleno empleo. Hay medidas tomadas bajo la presión de las circunstancias, pero suelen ser inorgánicas y que tienen un sesgo oportunista que es percibido por la opinión pública. En el tema de la ley 125 sobre las retenciones agrarias no hay duda de que el gobierno tenía razón, pero manejó el asunto con una torpeza comunicacional espantosa y retrocedió (trabado tal vez por su pésimo antecedente de sostener los cortes de ruta en ocasión de la disparatada pueblada ecolátrica contra Botnia) ante el inconstitucional e inaceptable bloqueo de los centros urbanos practicado por los ruralistas. Y ahora es imposible disociar la justa presión impositiva sobre el campo a los remezones de la crisis mundial. Parecería entonces que la búsqueda de una justísima reacomodación progresiva de los impuestos está precipitada por una necesidad perentoria más que por una voluntad programática. De existir esta, se hubieran aprovechado los momentos de expansión que vivió el país para actuar en ese sentido, en vez de golpear justo en el momento en que produce una relativa retracción de la economía, lo cual exaspera a los opositores y sobre todo les brinda una inmejorable ocasión para echar leña al fuego…

A veces se tiene la sensación de que al Ejecutivo le falta la noción del “timing”, de la aptitud para moverse con el ritmo, la velocidad y las pausas que hacen falta para conseguir una actuación adecuada a los fines que se persiguen. Pero a veces uno teme también que estos desajustes no sean sólo el fruto de la improvisación sino una característica que prolonga, de parte de un estrato dirigente de color nacional y popular, una renuencia a actuar sobre los intereses creados que tiene su origen no tanto en la ignorancia como en el temor de afrontar una ruptura con esos sectores que ponga la discusión en un plano en el cual se hará preciso tomar decisiones irrevocables, que pueden tocar a intereses demasiado próximos.

Si la expansión de la crisis global golpea con más fuerza en nuestras puertas estos no van a ser temas de discusión académica, sino que afectarán al presente y al futuro de la nación. Se debe tomar en cuenta asimismo que ya no estamos solos, que la batalla contra el modelo dependiente no pasa únicamente por nosotros sino por un meridiano latinoamericano que debe progresar hacia la unidad o romperse por el oleaje que suscita una situación mundial cada día más crítica. Y creemos por fin que “el optimismo de la voluntad”, espoleado por una necesidad imperiosa de supervivencia, terminará poniendo las cosas en el rumbo que siempre deberían haber tenido.

Notas

1) José Pablo Feinmann: La filosofía y el barro de la historia, Planeta 2008, página 968 y siguientes.

2) Reportaje de Tomás Lukin a Salvador Treber aparecido en Página 12 del 20.06.12.