18/6/12

El Watunakuy y la preocupación por el futuro de las semillas


por Vicky Peláez
Controlando el petróleo, se controla a los países. Controlando la alimentación, se controla a toda la población  (Henri Kissinger, 1970)

Los primeros rayos de sol fueron recibidos por  el sonido de los “pututos” (caracolas) en la explanada del templo de Wiracocha  donde  los comuneros habían depositado las semillas de papas, maíz, quinua, quiwicha y  otros productos para que las deidades andinas las bendigan.
Los altomisayoc  o sacerdotes andinos,  llegados desde diferentes puntos de los Andes  dirigían la ceremonia del Watunakuy  el encuentro sagrado ancestral inca  que se realizapara honrar al ánima de la diversidad de las semillas que permiten la vida en la Pacha Mama o Madre Tierra.
© Vicky Peláez
¡Intillay Taitallay!  Kusikuywanmi, Napaykuykiky, K’anchayniykiki, Samikuspayky”,  (¡Sol mío! Padre mío, te saludamos con alegría, bendícenos con tu resplandor), cantaba la multitud.
Las semillas colocadas en los coloridos mantos, estaban adornadas con flores y guirnaldas, igualmente les habían colocado los q’intus de hojas de coca, la trilogía ancestral presente en toda ceremonia religiosa andina. Mientras, los sacerdotes, al igual que sus ancestros incas, recibían al sol  descalzos pese  a lo helado del amanecer.
El Watunakuy  se lleva a efecto cada primero y segundo de junio en la comunidad de Queromarca y  el Centro ceremonial  del templo Inca Wiracocha en Racchi, situadas en Cusco, Perú. Este año formaban parte de la ceremonia quechuas llegados desde Salta, Argentina, también estaban comuneros y sacerdotes bolivianos. Igualmente  gente venida de la selva y de la región central del Perú. Los sacerdotes de Salta estuvieron a cargo de la ceremonia de ofrendas al río Vilcanota, que forma parte del Watunakuy.
La preocupación de los sacerdotes andinos estaba centrada en la preservación de las semillas, la contaminación de la Madre Tierra y sus efectos climáticos,  de extrema sequía o lluvias torrenciales. Las mujeres, hombres y niños escuchaban con devoción las recomendaciones de preservar sus costumbres ancestrales, su idioma y el respeto a la naturaleza.
Esta ceremonia  del Watunacuy  que refleja el cúmulo histórico de la sabiduría, la cultura y las  tradiciones andinas, que perciben los bosques, desiertos, cerros, ríos, océanos, animales, insectos, plantas  como la base natural de la existencia de la vida y de toda la humanidad, deja a los participantes llenos de  energía y en conexión con la naturaleza.  Sin embargo, de súbito uno se encuentra con la realidad  y no se puede dejar de reflexionar en la situación en que está sumergida la mayoría de la población mundial en su lucha diaria para sobrevivir. Sabemos que actualmente hay suficiente tierra cultivable y semillas para poder alimentar algo de 15 mil millones de seres humanos pero no  podemos  proveer la comida ni  a los 7 mil millones que poblamos  nuestro planeta.
© Vicky Peláez
Mientras los altomisayoc andinos invocan a sus deidades para cuidar sus semillas, los científicos advierten de un grave déficit de alimentos  para dentro de 10 años a causa del calentamiento global y de otro lado, el encarecimiento de los productos de alimentación debido a la especulación bursátil ha empujado, solamente en el año 2011,  a 44 millones de personas a lo más bajo del umbral de la extrema pobreza. De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), unas 860 millones de personas, es decir el 13 por ciento de toda la población mundial, padece  hambre crónica que lleva diariamente a la muerte a más de 24,000 personas bajo la mirada indiferente de los gobernantes y la sociedad civil.
Parece que los avances tecnológicos de los que diariamente nos enteramos y nos maravillamos o asustamos, están orientados más al futuro, a la conquista de otros planetas o  simplemente al enriquecimiento sin límites de las transnacionales a través de la guerra o el dominio de los recursos naturales de las naciones de África, Asia y América Latina, mientras que la sobrevivencia de los seres humanos dejó de ser la tarea colectiva, sino individual en el actual mundo globalizado.  Llegamos a tal extremo que hasta las semillas, que son el pasado, el presente y el futuro de la humanidad se convirtieron en un objeto de especulación en la bolsa internacional de valores igual como nuestra Pacha Mama que recibe con ternura  las semillas y las convierte en plantas bajo el cuidado del hombre, siguiendo el eterno proceso biológico de la vida.
Precisamente este proceso también está en la mira de los globalizadores quienes durante el gobierno de Ronald Reagan comenzaron  la transformación de la Agricultura en la Agroindustria que implicaba también el control sobre las semillas. Por supuesto, el Agroindustria estaba en completa armonía y colaboración con las corporaciones petroleras que la abastecían de fertilizantes químicas y pesticidas.  Los “iluminados” de los años 1980 proclamaban a los cuatro vientos que podrán controlar el mundo a través del hambre. Los que obedecen recibirán la alimentación y los rebeldes se quedarán con nada. La estrategia de la “Revolución Verde” de la Fundación Rockefeller fue transformada en aquellos años en la “Revolución Genética” introduciendo el uso de las semillas genéticamente modificadas y patentadas (OGM) que fueron presentadas a los países en desarrollo como “Semillas de la Esperanza”.
El control de las semillas OGM se ha concentrado en las cuatro multinacionales: Monsanto, DuPont, Syngenta, Bayer Crop Science y  Dow Chemical que ya están manejando el 35 por ciento de la venta de semillas que a su vez son producto base del 50 por ciento de alimentos en el mundo. Actualmente estas semillas modificadas se cultivan en más de 123 millones de hectáreas esparcidas en 23 países del mundo, entre ellos Argentina, Brasil, Chile, Honduras, México, Paraguay y el Perú. El 85 por ciento de los cultivos modificados se cosechan en los EE.UU., Argentina y Canadá, mientras que el 85 por ciento de las semillas OGM son propiedad de la Monsanto.
© Vicky Peláez
Todo este proceso del dominio de las masas a través del control de semillas fue descrito por el economista y periodista F.William Endhal en su libro “Seeds of Destruction. The Hidden Agenda of GMO”. Argentina fue el primer país en América Latina que se convirtió primero, en el laboratorio de las semillas de soja modificadas y finalmente en un productor monocultivo,  deshaciéndose de la tradicional práctica de rotación de cultivos. Según los cálculos de algunos  especialistas argentinos, la práctica de monocultivo destruirá la tierra en 50 años.
Pero este problema no le interesa a la Monsanto ni a ninguna de sus otras tres hermanas transnacionales. Será problema argentino, como lo mismo fue el problema de los países asiáticos que permitieron experimentar con el arroz OGM que llevó a la destrucción la diversidad biológica de 140,000 variedades de gran resistencia.
Las ambiciones de las cuatro hermanas agroindustriales ya están proyectándose más allá del uso de la tecnología “Terminator” en las semillas modificadas que una vez cosechadas producen nuevas semillas completamente estériles y obligando a los productores a comprar las semillas todos los años. Lo que quieren ahora es tomar bajo su control todas las semillas y plantas existentes. Actualmente en el mundo existen más de 1,400 Bancos de Semillas y Plantas y es lógico que cada país deba crear condiciones adecuadas pensando en las futuras generaciones para preservar sus tesoros naturales – plantas y semillas tradicionales.
Para comprender la verdadera dimensión del deber humano con el patrimonio natural del país, habría que acordarnos de los científicos del Banco de Semillas y Plantas Pavlovsk en Leningrado creado en 1926 por el agrónomo soviético Nicolay Vavilov. Durante el cerco de Leningrado en la Segunda Guerra Mundial, el Banco cayó en las manos alemanas, pero antes de su llegada una gran parte de la colección de tubérculos fue trasladada por los científicos a una localidad oculta dentro de la ciudad. Doce de estos científicos soviéticos murieron de hambre mientras protegían la colección comestible de tubérculos y de semillas del Banco de Plantas. Lo paradójico ocurrió 50 años después en el 2011 cuando la estación Experimental y su Banco perdió en un juicio  con una constructora privada 19,2 hectáreas de su terreno, quedándo a  merced de un futuro incierto y frente a la indiferencia del gobierno y el pueblo ruso.
Los grandes y poderosos que están tratando de implantar su Orden Mundial tienen otra mentalidad que los gobiernos que están enfocados en cómo producir el dinero y como ser aceptados y legalizados por los amos del mundo. Presentada con bombos y platillos la Bóveda Global de Semillas de Svalbard situada cerca de Longyearbyen en el archipiélago noruego Svalbard en el Océano Ártico, podría ser también parte del proyecto global del control de semillas. Llamada popularmente “Bóveda del Fin del Mundo”, tiene la capacidad para dos mil millones de semillas conservadas a 18 grados bajo cero. Su propósito es preservar la herencia genética de plantas en caso de destrucción de los cultivos mundiales a causa de catástrofes naturales, o humanas, plagas, el cambio climático o guerra nuclear.
En términos generales esta idea de preservar es lógica y necesaria. El problema reside en quién está financiando la “Bóveda del Fin del Mundo”. He aquí donde nos encontramos con las sorpresas. El financiamiento proviene inicialmente de la Fundación Rockefeller, la misma que lanzó  la “Revolución Verde”, tristemente conocida también en América Latina, y posteriormente autora de la “Revolución Genética”. La siguen la  Monsanto, la Syngenta, la Pioneer, La DuPont, es decir todos los interesados y creadores de las semillas genéticamente modificadas.
Después sigue la fundación Bill Gates que dio junto con Rockefeller la tarea de difundir las semillas OGM en África a Kofi Annan. Por supuesto que también está involucrado el gobierno de Noruega, la ONU y algunas otras organizaciones internacionales.
Entonces en estas condiciones quién puede garantizar que 1,500 semillas de variedades de papa peruana que el Parque de la Papa en Cusco está mandando por medio de la empresa Global Crop Diversity Trust, que administra la colección, no caerán finalmente en las manos de la Monsanto. Dijo el iniciador de este envío, el agrónomo cusqueño Alejandro Argumedo que “las papas peruanas están en peligro, bajo la amenaza de cambio climático. El envío de las semillas al norte garantiza la preservación de la diversidad de nuestras papas”.
Como cambian los tiempos. Hace un siglo, un “Gringo Amigo” Hiram Bingham saqueó Machu Picchu y llevó sus tesoros al norte para “preservarlos mejor”. Ahora nosotros mismos mandamos  voluntariamente nuestros tesoros naturales al norte para “garantizar su preservación”. ¿Y cuándo nosotros seremos dueños y guardianes de nuestros tesoros?

 ¡Intillay Taytallay, protégenos!