25/6/12

Egipto: Un triunfo revolucionario

Los Hermanos Musulmanes han ganado las elecciones. Es ahora cuando llega la hora de la verdad, de poner en práctica el modelo de sociedad, con el que llevan soñando más de medio siglo. La Junta Militar no les dejará las manos libres para hacer y deshacer a su antojo.
Pero por primera vez tienen poder ejecutivo y un cierto margen de maniobra para tratar de mejorar la vida de los millones de egipcios empobrecidos y abandonados a su suerte durante la era de Hosni Mubarak.

En su primer discurso tras conocerse su victoria, Mohamed Morsi, el nuevo presidente, prometió gobernar para todos los egipcios, 10% de cristianos egipcios incluidos. Fue una intervención muy conciliadora con la que quiso ahuyentar los temores de muchos egipcios que piensan que los islamistas les llevarán poco menos que de vuelta a la edad media. “Seré el presidente de todos los egipcios”, dijo.

Su alocución estuvo también plagada de referencias a Alá y al Corán y a ratos pareció más una sermón religioso que un discurso presidencial. Porque una cosa es que el nuevo presidente se comprometa a respetar a los que no comparten su islamismo y otra, que tenga intención de renunciar a su ideario. Dotar al país de una nueva identidad bajo el lema “el islam es la solución” es su misión. Crear “una nueva civilización” en Egipto; una que se inspire en los principios del islam, es la hercúlea tarea que tiene por delante este ingeniero educado en California.

Su proyecto de país tiene un nombre. Se llama Renacer y abarca todo lo abarcable: sociedad civil, Estado y sector privado. Se trata de un ambicioso compendio de ideas inspiradas en el Corán y traducidas en políticas concretas. En Nasser City, a las afueras de El Cairo se encuentra el cuartel general de Renacer. Allí, Gehad el Haddad, miembro del consejo directivo y portavoz de la Hermandad, explica qué modelo de país tienen en la cabeza.

En perfecto inglés y tableta en mano asegura que “la idea es partir de cero. Crear una nueva civilización”. Explica que en 1997 empezaron a esbozar Renacer. Lanzaron proyectos piloto montando ONG y empresas que cumplieran los preceptos islámicos —nada de vender tabaco o alcohol entre muchas otras prohibiciones—. Se trataba de destilar los textos del Corán; de aplicar los principios generales del islam a la sociedad egipcia. Desarrollo urbanístico, política fiscal, financiera… todo quedaría impregnado de los preceptos islámicos. Para ello, formaron comités mixtos en los que los sabios religiosos trabajaron codo con codo con economistas o ingenieros


La Hermandad contaba ya con mucha infraestructura. Desde su creación, en 1928, los Hermanos habían tejido una inmensa red de servicios sociales. Aunque eran un grupo ilegal, operaban a través de ONG y empresarios. La represión de los tiempos de Mubarak hacía la vista gorda, porque la Hermandad prestaba a la población la atención que el Estado no ofrecía. Los Hermanos engordaban mientras hacían el trabajo al régimen. Su existencia resultaba además crucial para un régimen que justificaba su existencia ante financiadores como EEUU zarandeando el espantajo del peligro islamista. La cofradía cifra ahora en 15.000 las ONG repartidas por el país con las que trabajan.

El régimen confiscaba, por ejemplo, aquellas empresas que destacaban por su éxito, lo que obligó a la Hermandad a centrar su estrategia en muchos negocios, pero pequeños y discretos, lo que a su vez fortaleció el planteamiento de trabajo en red con el que ya operaban. Luego vino la revolución y la caída de Mubarak. Los Hermanos se encontraron en primera línea política. Las miradas se volvieron hacia ellos. Todo el mundo quería saber qué tenían que ofrecer. Ellos comprendieron que ahora se trataba de rentabilizar políticamente esa red.

¿Pero qué papel va a tener en la práctica la religión en todo esto? Amr Darrag, secretario general del partido en Giza lo explica en su lujoso despacho, en el que compatibiliza su liderazgo político con su profesión de ingeniero. “La mayoría de los egipcios son religiosos, pero hay que ir paso a paso. Tiene que ser un proceso gradual”, dice sin ofrecer más detalles. Michael Hanna, experto de la estadounidense Century Foundation explica que nadie sabe a estas alturas si el discurso moderado de Morsi refleja sus planes de futuro. Pero cree que la Hermandad “conocen bien los límites de los cambios que los egipcios están dispuestos a tolerar”.

Darrag explica que en los últimos meses, él y otros miembros de los Hermanos han visitado y han recibido delegaciones de infinidad de países entre ellos Brasil, Turquía, o España. Se han fijado en sus modelos económicos, en la relación entre religión y Estado, en las transiciones políticas. De España, dice, han aprendido que hay que lidiar con el Ejército de manera gradual.

Las relaciones con el Ejército son en estos momentos el principal foco de tensión. La Junta Militar se ha comprometido a ceder el poder a los civiles antes del uno de julio, pero a la vez ha consolidado su poder a golpe de decretazo. “El Ejército lleva décadas controlando el país. Son un imperio económico y no están sujetos a las leyes. No podemos ser demasiado revolucionarios, hay que ser pragmáticos”, dice Darrag.

El pragmatismo es una de las principales virtudes que se le atribuyen a una Hermandad, que ha demostrado ser capaz de navegar en todas las aguas y de aliarse con el diablo siempre que ha hecho falta. Esa flexibilidad es para sus detractores una simple falta de principios. Piensan que son capaces de venderse a cualquier precio para alcanzar sus objetivos políticos. Por eso, por mucho que los islamistas se empeñen ahora en tomar Tahrir y enfundarse el manto revolucionario, son muchos los que desconfían de las palabras de Morsi, quien ha prometido que seguirá adelante con la revolución. Para sus detractores, los Hermanos son parte del sistema, casi tanto como el Ejército.

Nuevo o antiguo régimen, lo cierto es que los Hermanos miran ahora hacia adelante, hacia un futuro que quieren moldear según sus creencias. Renacer echará a andar en cuestión de días. La cofradía es consciente de que Morsi asume el poder maniatado por los militares, pero aseguran que nadie conseguirán minar su tesón. “Nosotros nunca dejamos de trabajar, nunca nos damos por vencidos”, sentencia Darrag.


Morsi, un gran desconocido aupado por la consigna “el islam es la solución”





Mohamed Morsi era el segundón, pero ha acabado siendo el primer presidente elegido libremente de la historia de Egipto. Llegó a la carrera presidencial de rebote, solo después de que descalificaran al verdadero hombre fuerte de los Hermanos Musulmanes, Jairat Shater, lo que le ha costado en Egipto el apodo de “la rueda de repuesto”. Morsi se encontró de repente en primera línea, embarcado en una aventura política descomunal. Para la mayoría de los egipcios es simplemente un gran desconocido.

Dicen los que le conocen que no tiene carisma ninguno. Por televisión transmite una imagen de rigidez muy poco atractiva. Pero da igual, porque aquí lo que cuenta es la organización y no el individuo. No ha ganado Morsi, han ganado los Hermanos Musulmanes, la organización islamista fundada en 1928, que aspira a refundar y “civilizar” Egipto con su programa –Renacer- en la mano. Llevar a la práctica el eslogan de la Hermandad, “el islam es la solución”, es el cometido de Morsi. Como explicaba recientemente una analista en El Cairo, si la Hermandad hubiera elegido a Bugs Bunny como candidato, probablemente también triunfaría.

Su escaso tirón sembró incluso de dudas sobre el paso de Morsi a la segunda vuelta de las presidenciales celebradas hace una semana. Pero pasó, disipando cualquier duda acerca de la fortaleza de la Hermandad.

Morsi es un hombre del aparato. Un ingeniero metalúrgico que ha escalado en la Hermandad a buen paso. Dicen sus compañeros de la Hermandad que ha llegado hasta aquí gracias a sus dotes negociadoras. Dicen que es el hombre junco. Muy flexible y capaz de cambiar de posición si hace falta.

Nacido en 1951 en la provincia de Sharquía, en el Delta del Nilo, Morsi ha pasado parte de su vida en Estados Unidos, donde nacieron dos de sus hijos. Allí se doctoró en la Universidad de Southern california y trabajó como profesor. Como muchos otros mandos de la Hermandad, volvió a Egipto con una excelente formación, decidido a participar en el futuro de su país. Aquí trabajó en la universidad de Zigizag, sin descuidar la militancia con la cofradía. Su carrera académica y su escalada en la Hermandad corrieron en paralelo, como también sucede con otros dirigentes de la cofradía, algunos de ellos grandes triunfadores en el sector privado.

En el año 2000, en tiempos del dictador Hosni Mubarak, cuando los Hermanos vivían en la semiclandestinidad y no podían participar como formación política en los comicios, fue elegido Parlamentario independiente. Fue también portavoz de la Hermandad. Y en 2011, cuando al revolución de la plaza Tahrir logró tumbar al eterno dictador, se convirtió en el presidente del partido de la Justicia y la Libertad, el brazo político de la Hermandad.

Los analistas le consideran un moderado entre los conservadores, pero en ningún caso un reformista. Representa el ala semidura en una organización de limitada democracia interna. Durante la campaña no se ha cansado de repetir que gobernará para todos los egipcios, no solo para los islamistas. Su discurso sin embargo no ha convencido a los sectores más laicos y mucho menos a los ocho millones de cristianos de Egipto. En un alarde de apertura, en los últimos días se ha esforzado por hacer frente común con los grupos revolucionarios y en su partido dicen que piensa incluir en su Gobierno figuras independientes, ajenas a la Hermandad. Pero a la vez que mira para un lado, hace guiños al contrario y promete a los salafistas, la línea ultraconservadora del islamismo, que no se olvidará de ellos.

Sus supuestas dotes negociadoras van a resultarle tremendamente útiles en su nuevo trabajo. No solo va a tener que convencer a la legión de detractores que acumula y que piensan que con él se abre una etapa de oscurantismo en Egipto. Sobre todo va a tener que luchar contra el ansia de poder de los militares que se resisten a ceder el poder al raiselegido en libertad. Como escribía ayer un periódico egipcio, el nuevo presidente nace corto de poder, pero sobrado de gloria.



Un triunfo revolucionario


¿Qué significa que Mohamed Morsi sea el nuevo presidente de Egipto? Que el mundo árabe de verdad ha cambiado. Se puede no compartir el ideario islamista, criticar el historial de los Hermanos Musulmanes, desconfiar de sus líderes e incluso lamentar la gran popularidad de la agrupación. Podemos desear una revolución distinta, pero que Morsi sea el nuevo presidente egipcio es en sí mismo revolucionario.

Revolucionario para Egipto, revolucionario para el mundo árabe en general y revolucionario para los propios Hermanos Musulmanes. Gestionar tanta revolución no será fácil. Los Hermanos Musulmanes van a tener que resetear una trayectoria política de más de 80 años. Desde su fundación, han vivido en el claroscuro, tanto en tiempos revolucionarios (acompañaron a Nasser en 1952) como contrarrevolucionarios (fueron aliados de Sadat en los años setenta). La relación que mantuvieron con el régimen de Mubarak fue sobremanera ambigua. De complicidad en la reislamización de la superficie social, con mezquitas abarrotadas y morigeración en el vestir. De oclusión y represión en términos de participación política. Hoy la historia la van a escribir directamente ellos. Lo que hagan es una incógnita, y merece, cuando menos, el beneficio de la duda. Lo que no se les puede negar es su legitimidad democrática. La que nunca antes tuvo ningún presidente egipcio, por muy popular que fuera.

Esta victoria es un triunfo revolucionario también para las primaveras árabes. Con Túnez se inició el camino hacia el cambio posible, pero era preciso el empuje egipcio. Y no solo por el peso histórico, geopolítico o demográfico del país, sino sobre todo por el peso simbólico de Tahrir. Con esta plaza respira entrecortadamente el mundo árabe. Lo que une a toda una generación de árabes indignados es su rabia. Tienen menos de 40 años y no han conocido más que despotismo político y depredación económica. Tienen muy poco y reclaman lo mínimo: dignidad y justicia. Pero es demasiado para la colección de autócratas garantes de la estabilidad regional. La demanda de cambio democrático y pacífico está, hoy por hoy, por encima de ideologías islamistas o secularistas, y en ello viene residiendo su potencial revolucionario.

El nuevo tiempo egipcio tendrá que despejar muchas incógnitas. No es la menos importante la relación entre Hermanos Musulmanes y militares. Lo sucedido en este último año no da para mucho optimismo. Los hermanos en la presidencia y la Junta Militar haciendo de Parlamento es una entente peligrosa: nada peor que un mutuo contento. Es de prever que la presión de la calle acabe por forzar el cambio verdadero, todavía embrionario. Muchos egipcios han votado por Shafiq, por la continuidad; unos pocos más lo han hecho por Morsi, por el cambio; y la gran mayoría no ha votado. Hay que confiar en la capacidad del pueblo egipcio para encontrar la salida del laberinto regimencialista, del que también tienen que salir los Hermanos Musulmanes. En ello va a consistir la siguiente etapa de la revolución.

Luz Gómez García es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid; en la actualidad es visiting scholar en la Universidad de Columbia en Nueva York.