20/5/12

El narco como la alternativa que no es

Por Víctor Martín Gómez-Rebelión
Nos guste o no reconocerlo, hoy en día no hay ningún movimiento social que haya conseguido lo que ha conseguido el narcotráfico: suplantar al Estado con un éxito y expansión incomparables.
Los territorios autónomos zapatistas ahí están, efectivamente, pero su alcance en México y su calado en el tejido social nacional se aleja mucho del que ha logrado el mundo de la droga.

En este sentido, podría decirse que el narcotráfico ha llegado (y va a llegar más aún) donde muchas luchas sociales lo intentaron durante años, tanto si se quiere ver como la toma del poder político o como la creación de otros poderes paraestatales. El narco da unas oportunidades que el Sistema no ofrece. Paga unos sueldos que el Sistema no paga. Escucha a unos ciudadanos que el Estado no escucha. Genera unos adeptos fieles que el Sistema ahora tarda en crear. Posee una legitimidad popular que el Estado hoy en día no posee. Asiste donde el Estado ha dejado de hacerlo. Y sigue creciendo en los, posiblemente, peores momentos para el Estado tal y como lo conocemos. Ahora bien, esta idea tiene trampa y en esa trampa se define la alternativa que podría ser el narco pero que finalmente no es. Su posible concepción antisistémica no es tal.

Y no lo es por los siguientes motivos. En primer lugar, el narcotráfico reproduce las mismas lógicas capitalistas basadas en la acumulación de capital y en una relación en torno al trabajo de propietarios y productores estando ambos papeles bien diferenciados. El trabajador no goza ni de los mismos derechos ni de los mismos beneficios que el dueño del negocio, el cual vive gracias al trabajador. Dicho trabajador no actúa en beneficio de la comunidad, sino que lo hace por el enriquecimiento del líder, el cual, por cierto, en algunos lugares ya cobra impuestos propios. A esto hay que añadir que la base fundamental (no la única, aunque así esté establecido en el imaginario social mundial) de su economía es la droga, el principal motor duerme mentes que existe hoy en día.

Por otra parte, dentro del negocio se establecen las mismas relaciones de poder estatales. Existe una jerarquía definida, una relación dominado-dominador y otra relación entre protector asistencialista y protegido. En esas relaciones de poder, el narco efectivamente ha recuperado la cercanía entre ciudadano y líder; cercanía perdida en el Estado-Nación que vive dirigido por una clase política alejada por completo de las realidades de la población (sus niveles de vida y su corrupción son inigualables). Que haya acercado de nuevo ambas realidades no significa ni mucho menos que la diferencia entre las mismas sea mínima; sigue siendo descomunal (la riqueza del narco no es equiparable a la de sus subordinados) pero sí ha habido cercanía en cuanto a demanda de servicios y asistencia de los mismos. Igualmente, al ser en muchas ocasiones el narco un padre de familia corriente, existe incluso cierta camaradería y familiaridad entre el líder y sus súbditos. De ahí la cotidianeidad del asunto. En este sentido, el narco toma el relevo de un asistencialismo educativo, sanitario, alimenticio o incluso económico para con los suyos en puntos donde el Estado no llega.

Además, como ocurre en el Estado, el cuerpo político del narco se compone por una serie de funcionarios elegidos, poseedores del monopolio de la violencia y bien diferenciados del resto de personas. Su poder, desde luego, no es equiparable al de la población de a pie que paga impuestos y obedece las narcoreglas. Volvemos otra vez al paralelismo con el Estado: el narco como un Sistema incluyente al mismo tiempo que excluyente por naturaleza. Siguiendo con esta idea, el sentido de comunidad es diferente pero con las mismas raíces que llevaron a la creación del Estado-Nación. Es decir, existen enemigos externos y las comunidades se diferencian bien, lo que lleva a la competencia y el odio al ajeno, al foráneo. Ese enemigo fortalece y define el sentido de comunidad y seguridad dentro de cada sociedad.

Al mismo tiempo, se reproducen las mismas formas de violencia, coerción, coacción y uso de la fuerza que en el Estado. Es más, en este punto, la arbitrariedad del jefe es mayor incluso que en el caso estatal. La ley no la escriben las partes, sino que es escrita y juzgada por el dominante. Su castigo, por cierto, también es mayor, además de ser en algunos casos más sanguinario y brutal.

En resumen, el narcotráfico ha creado un poder político al margen del Estado y ha conseguido en muchos sentidos la popularidad y legitimidad de sus ciudadanos, algo que en el Estado-Nación está en discusión en nuestros días. Está creando una cultura (y aquí entran los valores, las expectativas, la concepción de poder y violencia, el sentido de familia, protección y propiedad, etc.) en las nuevas generaciones que tardará años en ser erradicada si es que se consigue erradicar. Va a ser el primer actor político que consiga derrocar a un Estado y suplante su poder y funciones. Porque lo va a hacer; lo está haciendo. No obstante, ese poder político no deja de ser paralelo (y cuando decimos paralelos decimos simétrico y semejante) en tanto reproduce las mismas lógicas que el mismo Estado. Así, se puede determinar que el narco no es una alternativa revolucionaria, de hecho no es ni siquiera una alternativa a secas; es más de lo mismo. Reformular, reformar, deconstruir o incluso destruir al Estado pueden ser vías para cambiar el mundo. Lo que es seguro es que el narco no es el camino.