18/4/12

YPF vuelve al seno de la Nación

Por Enrique Lacolla

La Presidente ha dado un paso importantísimo y necesario al renacionalizar a YPF. Deja abierta también, con esta medida, la posibilidad de profundizar un modelo de desarrollo que aun requiere ser conceptualizado en materia estratégica.
 

La decisión presidencial de renacionalizar YPF adquiriendo las acciones de Repsol y asumiendo el control del 51 por ciento de su paquete accionario es, junto a la nacionalización de las AFJP, la más trascendente de las decisiones tomadas durante los gobiernos kirchneristas. Era hora. Durante las últimas semanas debimos soportar las insolencias de la prensa monopólica española –asistida por su equivalente argentina- y las amenazas y el chantaje del gobierno del Partido Popular y ahora también de la Unión Europea, ante la posibilidad que nuestro país asumiera el ejercicio de sus derechos y pusiera coto al saqueo y a la inoperancia deliberada de la transnacional española. Durante años se verificó el giro de cuantiosas remesas de divisas al exterior, derivadas de la explotación del subsuelo argentino, sin contrapartidas de ningún orden en lo referido a la reinversión de utilidades en el incremento de la exploración y producción de nuestros hidrocarburos. Si a esto se suma el previo vaciamiento de Aerolíneas Argentinas –oportunamente recuperada para el país un año atrás- y el desmantelamiento de su flota, se hace evidente que los insultos de la prensa y los aires de matamoros asumidos por los gobernantes de Madrid sólo deberían tener lugar y efecto en el ámbito de la península, en un intento de seducir con argumentos preñados de demagogia imperial, a los millones de españoles sacudidos por la crisis.

Por desdicha hay medios argentinos que en los últimos tiempos han abandonado todo pudor y se han puesto al servicio tanto de los intereses españoles en materia petrolera como de los intereses británicos en lo referido al tema Malvinas. No hay razón para sorprenderse, sin embargo; las miserabilidades del sistema dependiente en el que han proliferado y del cual se han nutrido tornan lógicas esas actitudes. Aunque no por ello las hagan menos repugnantes.

Profundizar, este es el camino. La presidente acaba de descubrir, nos parece, que la “sintonía fina” no es suficiente en el país y que hay que recurrir a los expedientes drásticos para seguir adelante. Por fortuna el kirchnerismo, cualesquiera sean sus limitaciones y errores, ha reaccionado en forma adecuada cuando se ha visto apremiado por las circunstancias. En ocasión del rechazo a la ley a las retenciones a la soja o de las elecciones legislativa del 28 de junio de 2009, que parecieron tañer a muerto para el gobierno, los Kirchner se retemplaron en la adversidad y doblaron la apuesta. En España, donde ya estaban especulando con un posible pliegue del gobierno argentino ante las amenazas de represalias, se han sentido sacudidos en lo más hondo. El gobierno nacional ha procedido por etapas, promoviendo la desvalorización de las acciones de YPF en la Bolsa de Nueva York a través de la presión acumulada (cosa que permitirá readquirirlas a un precio mucho menor al que tenían hace un tiempo) y elaborando un proyecto de ley sin fisuras. La declaración de interés público nacional de los recursos energéticos, la expropiación de activos a ser tasados por el Estado argentino, el pacto de sindicación del voto provincial con el del Estado Nacional, la disposición que exige que cualquier futura transferencia de acciones deba ser aprobada por las dos terceras partes de los votos en el Congreso Nacional y la inmediata intervención de la empresa, conforman un mecanismo operativo rápido y abarcador, que podrá ser diligenciado en las Cámaras sin muchos trámites.

Hemos de prepararnos, desde luego, a la avalancha de reclamos provenientes de España y de la Unión Europea. La Argentina se suele distinguir por actos de soberanía que molestan doblemente a los empresarios de la globalización porque de pronto provienen de un país que en general, debido a la naturaleza transaccional o servil de sus estamentos dirigentes, da la impresión de que puede ser corrido con la vaina. El furor que suele impregnar a los dueños del poder sistémico al ver restringidos sus privilegios, se complica con la decepción y la esperanza de que, alardeando con alharaca, obligarán a este país a ponerse de rodillas. Algo de esta dialéctica hubo en la agresión británica en Malvinas, y se ha de convenir que hasta cierto punto dio resultado. Pero ello sólo porque la dictadura militar estaba dividida dentro de sí misma y porque era propensa a traicionar la causa que había enarbolado debido a que temía que el respaldo popular que la empujaba la llevara mucho más lejos de lo previsto. No es este el caso hoy.

La decisión argentina es un acto soberano, que ha de repercutir de manera favorable en nuestra economía y que concitará el apoyo de todos los países de la región, cosa que debe importarnos mucho más que el G 20 y las Cumbres de las Américas, institución, esta última, que decididamente ya ha vivido, como lo demostró el deplorable espectáculo de la Cumbre de Cartagena, incapaz de consensuar un documento pues había una nación que no estaba dispuesta a ceder un ápice en sus pretensiones. La actitud de Estados Unidos -y de Canadá en su estela- oponiéndose a la presencia de Cuba en la asamblea y rechazando cualquier posibilidad de levantar el embargo contra la isla, más la exclusión del asunto Malvinas del temario (hasta el punto de que el archipiélago no figuró siquiera en el mapa hemisférico que adornó la conferencia) demuestra que la utilidad de esa convención es cero y que tan solo sirve para poner de manifiesto la desconexión entre un bloque dominante que se desentiende de otro bloque que intenta coordinar sus esfuerzos y agruparse para crecer.

Es mejor así. No se pueden esperar favores de alguien cuyos intereses van en sentido contrario a los propios. En el caso de haberlos, serán favores envenenados.

Con una crisis mundial amenazante, la Argentina no podía seguir dándose el lujo de regalar sus reservas energéticas o de abandonarlas a la incuria de una empresa expresiva en nuestro país de las fórmulas del capitalismo salvaje. Es de desear que la iniciativa asumida con YPF, como las antes adoptadas respecto a las AFJP y a Aerolíneas, se hagan extensivas a los otros sectores estratégicos y a los puntos sensibles de la rentabilidad fiscal. El diagrama de un plan de desarrollo estratégico, la recuperación de los ferrocarriles, la puesta en orden de la minería y sus dividendos reorientándolos hacia el país, y la progresividad impositiva, son tareas pendientes indispensables para revertir para siempre el modelo de exacción económica que nos dejaron las prácticas neoliberales. Se ha esperado demasiado, pero siempre se está a tiempo. Para esto, sin embargo, será necesario que el gobierno se temple y busque o consolide los apoyos activos y sobre todo más consistentes que puede recibir del campo popular. Un proyecto nacional no se mantiene sólo con el sostén de una progresía gaseosa o de un empresariado huidizo. Requiere la presencia del trabajo organizado en la CGT y también, por qué no, de unas fuerzas armadas fortalecidas por el concepto de su valor, educadas en el respeto a la democracia y abiertas a la sugestión de su misión regional y continental.

La recuperación de YPF es un paso esencial y de gran magnitud en este camino. Sólo queda desearle a la presidente persistencia y coherencia en este rumbo, en la certidumbre de que en él hallará los apoyos más sinceros, desinteresados y resueltos que puede encontrar.

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