24/4/12

¿Qué ha pasado con la Primavera Árabe?

En los primeros meses de 2011, EEUU y sus aliados perdieron tres ‘amigos’ leales: Hosni Mubarak en Egipto, Ben Alí en Túnez y Saad Hariri en Líbano. Mientras que Mubarak y Alí fueron expulsados del poder por poderosos movimientos populares, Hariri fue destituido por el parlamento.


Inspiradas en estos desarrollos liberadores, las rebeliones democráticas contra gobernantes autocráticos (y sus aliados occidentales) pronto se extendieron a otros países como Bahréin, Yemen, Jordania y Arabia Saudí.

A medida que estos desarrollos revolucionarios tendieron a beneficiar políticamente al ‘eje de la resistencia’ (compuesto por Irán, Siria, Hezbolá y Hamas) en Oriente Medio, el ‘eje de la agresión’ (compuesto por EEUU e Israel) y sus estados clientes en la región organizaron una ofensiva contrarrevolucionaria.

Cogidos por sorpresa por la inicial oleada de la Primavera Árabe en Egipto y Túnez, EEUU y sus aliados contraatacaron con furia. Emplearon varias tácticas para sabotear la Primavera Árabe:

 1) instigaron falsos casos de Primavera Árabe en países que estaban/están dirigidos por regímenes insubordinados, como Irán, Siria y Libia; 
2) cooptaron movimientos democráticos en países como Egipto, Túnez y Yemen; 
3) aplastaron movimientos democráticos opuestos a regímenes ‘amigos’ en países como Bahréin, Jordania y Arabia Saudí, ‘antes de que se descontrolaran’, como sucedió en Egipto y Túnez, y
 4) utilizaron la vieja táctica de ‘divide y vencerás’, avivando los enfrentamientos sectarios entre suníes y chiíes, o entre iraníes y árabes.


Instigar falsas ‘primaveras árabes’, o golpes de estado posmodernos


Poco después de ser cogidos por sorpresa por los levantamientos de Egipto y Túnez, las fuerzas contrarrevolucionarias dirigidas por EEUU intentaron controlar los daños. Una estrategia importante en la prosecución de ese objetivo ha sido fomentar la guerra civil y el cambio de régimen en países ‘no amigos’, y luego presentarlos como parte de la Primavera Árabe.

El esquema funciona así: se arma y entrena a grupos de la oposición dentro del país ‘no amigo’, se instiga una rebelión violenta con la ayuda de fuerzas mercenarias encubiertas con el pretexto de luchar por la democracia, y cuando las fuerzas del gobierno tratan de sofocar la insurrección armada, se les acusa de violaciones de los derechos humanos. Así se inicia abiertamente la campaña por el cambio de régimen, en nombre de la ‘responsabilidad de proteger’ los derechos humanos.

Como eslabón más débil de la cadena de gobiernos condenados a ser derribados, el régimen de Gadafi se convirtió en el primer objetivo. Ahora sabemos que, a diferencia de las manifestaciones espontáneas, pacíficas y desarmadas de Egipto, Túnez y Bahréin, la rebelión en Libia fue alentada, armada y orquestada en gran medida desde el extranjero. En efecto, las evidencias muestran que los planes de cambio de régimen en Libia fueron elaborados mucho antes de que estallara abiertamente la guerra civil (1).

Es asimismo sabido que, al igual que la rebelión en Libia, la insurgencia de Siria no ha sido ni espontánea ni pacífica. Desde el principio, ha estado armada, entrenada y organizada por EEUU y sus aliados. Como en el caso de Libia, la Liga Árabe y Turquía han estado en primera línea del ataque contra Siria. Y también como en Libia, hay evidencias de preparativos para la guerra contra Siria, elaborados mucho antes de que se iniciara la actual rebelión armada, etiquetada como un caso de la Primavera Árabe (2).

El Dr. Christof Lehmann, un agudo analista de los desarrollos geopolíticos de Oriente Medio, ha acuñado el término ‘golpes de estado posmodernos’ para describir las actuales campañas de cambio de régimen en la región. El término se refiere a una combinación cuidadosamente ideada de operaciones encubiertas, intervenciones militares abiertas y tácticas de soft-power a la Gene Sharp.


"Una red de grupos de estudio, fundaciones y organizaciones similares están a menudo detrás de la desestabilización abierta de los países soberanos. Sus discursos y narraciones para consumo público son engañosos y convincentes. Con frecuencia, cooptan pensadores, medios y activistas progresistas. El resultado es, casi invariablemente, un golpe de estado posmoderno. Dependiendo de la combinación elegida y la resistencia del gobierno, las estructuras y los grupos sociales que se supone deben ser reformados, el resultado puede ser más o menos violento. Las tácticas pueden ser tan sutiles, arrastrando a organizaciones de derechos humanos y a la ONU, que son difíciles de comprender. Pero, a pesar de que sean sutiles, el mensaje enviado al gobierno de turno es siempre el mismo: ‘vete por tu cuenta o te echaremos’ (3)."

No es un secreto que el objetivo último de la política de cambio de régimen en Oriente Medio es reemplazar al gobierno iraní con un ‘régimen cliente’ similar al de la mayoría de los existentes en la región. Está por ver si esta política conseguirá derribar al gobierno sirio y lanzar un ataque militar contra Irán. Una cosa está clara: las nefastas consecuencias de una aventura militar contra Irán serían incalculables. Probablemente, desencadenaría una guerra regional, y tal vez global.


Cooptar la Primavera Árabe (en Egipto, Túnez y Yemen)

Cuando la Primavera Árabe irrumpió en Túnez, Egipto y Yemen, EEUU y sus aliados intentaron inicialmente mantener a sus gobernantes Hosni Mubarak, Ben Alí y Abdulá Saleh en el poder, en la medida de lo posible. Pero una vez que las protestas masivas y persistentes hicieron imposible la continuidad de estos leales autócratas, EEUU y sus aliados cambiaron de táctica: a regañadientes permitieron que Mubarak, Alí y Saleh abandonaran el poder, mientras intentaban preservar las estructuras socioeconómicas y los gobiernos militares que habían fomentado durante los regímenes dictatoriales.

Así, aunque perdieron tres dictadores clientes, EEUU y sus aliados consiguieron —hasta el momento— mantener a los tres estados clientes. Con la excepción de algunas elecciones formalistas que fueron ideadas para cooptar a grupos de la oposición (como los Hermanos Musulmanes en Egipto) y dar legitimidad a los gobiernos militares, no han cambiado muchas más cosas en esos países. En Egipto, por ejemplo, la junta militar respaldada por Israel y la OTAN, que ahora gobierna el país en colaboración con los Hermanos Musulmanes, se ha vuelto cada vez más represiva hacia el movimiento de reformas que dio origen a la Primavera Árabe, emulando al gobierno de Mubarak.

Las políticas económicas, militares y geopolíticas de los nuevos regímenes en estos países son decididas en consultas con EEUU y sus aliados, tal como se hacía con los tres autócratas expulsados. Los nuevos regímenes están colaborando, también, con EEUU y sus aliados para conseguir un ‘cambio de régimen’ en Siria e Irán, tal como hicieron en la guerra contra Gadafi en Libia.


Cortar de raíz las nuevas e incipientes ‘primaveras árabes’

Una tercera táctica para contener la Primavera Árabe ha sido la represión contundente de los movimientos democráticos pacíficos en países dirigidos por regímenes subordinados a EEUU, como Bahréin, Arabia Saudí, Jordania y otras monarquías del Golfo Pérsico, antes de que esos movimientos se descontrolen, como sucedió en Túnez, Egipto y Yemen. Así, en colaboración con sus patrones occidentales, el año pasado Arabia Saudí ha empleado la mano dura contra manifestantes pacíficos, no solo dentro de sus fronteras, sino también en el país vecino de Bahréin. Tras dirigir los ejércitos invasores de las monarquías del Golfo Pérsico en Bahréin la primavera pasada, las fuerzas armadas de Arabia Saudí siguen disfrutando del apoyo de las potencias occidentales para reprimir las manifestaciones democráticas pacíficas.

Aunque los regímenes saudí, catarí y de otros reinos del Golfo Pérsico han estado jugando un papel de vanguardia en el eje de la agresión, liderado por EEUU e Israel, contra regímenes ‘no amigos’, las fuerzas de la OTAN, dirigidas por el Pentágono, han estado ocupadas entre bastidores entrenando a sus fuerzas de seguridad, negociando la venta de armas a los regímenes represivos y construyendo más bases militares en sus territorios.


"Mientras las fuerzas de seguridad de toda la región aplastaban la disidencia democrática, el Pentágono ha enviado en repetidas ocasiones tropas estadounidenses para entrenar a los ejércitos aliados. En más de 40 operaciones con nombres como León Ansioso y Amistad Dos, que duraban semanas o meses, enseñaron a las fuerzas de seguridad de Oriente Medio tácticas de contrainsurgencia, recogida de información y actividades encubiertas, con el fin de derrotar a los levantamientos populares. [...] Estas operaciones conjuntas no han sido objeto de la atención de los medios y rara vez han sido mencionadas, más allá de los círculos militares. Pero constituyen el núcleo de un sistema largamente elaborado que vincula al Pentágono con los ejércitos de los regímenes represivos de Oriente Medio (4)."



Estas políticas y prácticas imperialistas muestran, una vez más, que las declaraciones de EEUU y sus aliados, en el sentido de que sus farisaicas aventuras de ‘cambio de régimen’ en el Gran Oriente Medio tienen como objetivo defender los derechos humanos y promover la democracia, son simplemente risibles.


‘Divide y vencerás’: suníes contra chiíes

Una de las tácticas para aplastar los movimientos democráticos pacíficos en los países árabes musulmanes gobernados por regímenes clientes de EEUU consiste en retratar a estos movimientos como insurgencias chiíes ‘sectarias’. Esta vieja táctica del ‘divide y vencerás’ está siendo más enérgicamente seguida en Bahréin, donde la destrucción de mezquitas chiíes es vista como una cínica maniobra del régimen para humillar a los chiíes y provocar su venganza contra los suníes, esperando, así, mostrar que el conflicto es sectario (5).

Citando a Nabil Rayab, quien se presenta como laico con parientes suníes y chiíes, el periodista Finian Cunningham escribe: El gobierno está intentando provocar tensiones sectarias divisoras para atemorizar a los suníes y alejarlos del movimiento democrático, que es presentado como un movimiento chií.

Más adelante, Cunningham escribe: La persecución de los chiíes es una táctica del régimen para desprestigiar al movimiento democrático, presentándolo como un movimiento sectario y no nacionalista. Es también una forma de debilitar el apoyo internacional al movimiento democrático, presentándolo como un problema interno del estado ante un ‘problema chií’. De esta forma, se hace aparecer al levantamiento bahreiní como algo diferente de las rebeliones democráticas que han barrido la región (5).

En resumen, la magnífica Primavera Árabe que comenzó en Túnez y Egipto en los primeros días de 2011 ha sido brutalmente reprimida, distorsionada y contenida por una contraofensiva en toda la regla, orquestada por las potencias occidentales y sus aliados en el Gran Oriente Medio, especialmente, Israel, Turquía y la Liga Árabe. Cuánto tiempo durará esta contención de las aspiraciones democráticas y liberadoras de los pueblos árabes y musulmanes es algo que nadie puede predecir. Pero una cosa está clara: el éxito de la Primavera Árabe (o de cualquier otra) en el mundo menos desarrollado y semicolonial está íntegramente entrelazado con el éxito del llamado 99 por ciento en el mundo más desarrollado e imperialista en su lucha por derrotar las políticas de austeridad del 1 por ciento, reasignando partes importantes del colosal gasto militar para gastos sociales y logrando un nivel de vida digno.

De un modo sutil e indirecto, las guerras imperialistas y las aventuras militares en el extranjero son reflejos, o prolongaciones, de las luchas domésticas por la distribución de los recursos nacionales: solo inventando nuevos (e interminables) enemigos y participando en guerras permanentes en el extranjero pueden los poderosos beneficiarios de la guerra y el militarismo repeler los ‘dividendos de la paz’ y disfrutar de sustanciales ‘dividendos de la guerra’ en casita.

En la lucha por la paz y la justicia económica, quizás el 99 por ciento global pueda seguir el ejemplo del 1 por ciento global: así como el 1 por ciento dominante coordina sus políticas de agresión militar y austeridad económica en una escala internacional, así también puede (y debe) el 99 por ciento mundial coordinar internacionalmente sus respuestas a esa brutales políticas. Solo mediante una lucha transfronteriza coordinada por la paz y la justicia económica pueden los trabajadores y sectores populares llevar la producción mundial de bienes y servicios a un punto muerto, y reestructurar el status quo para tener un mundo mejor, un mundo en el que los productos del trabajo humano y las bondades de la naturaleza puedan beneficiar a todos.

Ismael Hossein-Zadeh

Publicado originalmente en: Whatever Happened to the Arab Spring?, Counterpunch, 13-15/04/2012

Notas

(1) Michel Chossudovsky, When War Games Go Live.

(2) Véase, por ejemplo, Dr. Christof Lehmann, The Manufacturing of the War on Syria.

(3) Dr. Christof Lehmann, The National Counsel of Syria and U.S. Unconventional Warfare.

(4) Nick Turse, Did the Pentagon Help Strangle the Arab Spring?.

(5) Finian Cunningham, Bahraini Rulers Play Sectarian Card in Bid to Trump Pro-democracy Movement.

Ismael Hossein-Zadeh es profesor emérito de Economía en la Universidad de Drake, Des Moines, Iowa, Estados Unidos. Es autor de The Political Economy of U.S. Militarism (Palgrave MacMillan, 2007) y Soviet Non-capitalist Development: The Case of Nasser’s Egypt (Praeger Publishers, 1989). Ha participado en la obra colectivaHopeless: Barack Obama and the Politics of Illusion, de próxima publicación por AK Press.

Traducción: Javier Villate-Disenso

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