28/4/12

Palestina: Paz, partición y paridad

Por Ilan Pappe
La historia muestra que Israel es un país colonialista y los palestinos un pueblo en lucha contra esa colonización. Volver a llamar a las cosas por su nombre es la única forma de colaborar en la reconciliación.
En Givat Ram, la colina de Ram, que se levanta en la parte occidental de la ciudad de Jerusalén, han construido la sede de varios ministerios, la Knesset, algunas secciones de la Universidad Hebrea y el Banco de Israel. En el verano de 1963, un grupo muy poco convencional de estudiantes se matriculó en un curso, también muy poco convencional preparado por el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Hebrea. Dicho curso, patrocinado por el CoGS (Chief of the General Saff), tenía como objetivo principal adiestrar al Ejercito en el control de Cisjordania cuando —llegado el momento— se ocupara militarmente. El plan —cuyo nombre en clave era Shaham— dividía a Cisjordania en ocho distritos con el fin de facilitar la aplicación sobre ellos de una normativa estrictamente militar. Detrás de este plan se hallaban los miembros de la sección legal del Ejército, algunos profesores de la Universidad Hebrea y unos cuantos oficiales del Ministerio del Interior. En mayo de 1967 el mencionado plan se puso en marcha permitiendo que los respectivos gobernadores militares de cada uno de estos ocho distritos pasaran a ser lo que el coronel Elimech Avner no tuvo reparos en calificar como “monarcas absolutos” pues, desde el principio, no dudaron en aplicar las regulaciones de la normativa militar enteramente a su gusto. Por cierto, muchas de estas regulaciones habían sido introducidas durante el mandato británico y —en aquella época— habían sido calificadas como “nazis” por los propios líderes sionistas. Una de ellas, la 110, permitía a los gobernadores detener y llevar a comisaría a cualquier ciudadano palestino que el gobernador considerara molesto, o la 111, que permitía un arresto administrativo que como tal arresto podía prolongarse durante un periodo ilimitado sin necesidad de dar explicación alguna o ni siquiera juicio. Claro que cuando lo había tampoco les servía de mucho pues los jueces eran todos militares y no disponían de formación legal. Por otra parte, los tribunales estaban formados por uno, dos o tres jueces y, este último, tenía la potestad de condenar a muerte o de aplicar la cadena perpetua. Resumiendo: lo que las sucesivas generaciones de gobernadores israelíes pusieron en marcha gracias a estas regulaciones fue la mayor prisión conocida hasta entonces en todo el mundo, una prisión que encerraba a más de un millón y medio de personas —hoy casi cuatro— que intentaban sobrevivir dentro de sus muros.

Esta inhumana decisión de condenar de por vida a tantos seres humanos fue tomada por el Gobierno israelí número 13 en pleno y representa el máximo consenso logrado nunca entre todos sus componentes: desde los socialistas del MAPAM a los revisionistas de Menájem Beguin o las distintas facciones de los laboristas sionistas: lo que toda esta gente decidió entre junio y agosto de 1967 se convirtió en la piedra angular del devenir histórico de Israel y no se tambalearía ni con la primera ni con la segunda Intifada, el proceso de Oslo o la Cumbre de Camp David en 2000. Y debido a que la decisión tomada entonces refleja perfectamente la visión sionista del presente y del pasado de Palestina como la de un Estado exclusivamente judío, la única forma en que podríamos desafiarla es cuestionando la validez de la ideología sionista. Esta ideología defiende sobre todo dos principios esenciales: el esfuerzo de controlar al máximo la Palestina histórica y el de reducir —también al máximo— la población palestina. O dicho de otra forma: se trata de conseguir el máximo de tierra con el mínimo de gente (palestina).


En el año 1948 se consiguieron —casi— los dos objetivos. Esta victoria fue el resultado de una serie de circunstancias históricas y —cómo no— de una victoria en toda regla sobre las muy mal pertrechadas tropas palestinas. Como resultado de esta victoria, la mitad de la población palestina tuvo que salir huyendo, la mitad de sus ciudades y aldeas quedaron destruidas y el 80% de la Palestina histórica fue ocupada por el Estado Judío de Israel. Testigos de ese drama: la comunidad internacional, los representantes de la Cruz Roja, de la prensa occidental y el personal de las Naciones Unidas. Pero Occidente no parecía tener demasiado interés en saber lo que estaba pasando: sus élites políticas decidieron ignorar los informes en el mismo momento en que la comunidad internacional empezaba a considerar la colonización como una práctica inaceptable propia de tiempos pasados.

No en el caso de Palestina: el mensaje transmitido por nuestro muy civilizado Occidente fue claro: la desposesión de los palestinos y la práctica ocupación de la totalidad de su territorio era no solo legítima, sino también aceptable. En cuanto a Israel, casi la mitad de los ministros presentes en las reuniones previas y posteriores a la guerra de 1967 eran veteranos de la limpieza étnica practicada en Palestina en 1948, antes de la creación del Estado de Israel. Algunos incluso formaban parte del pequeño comité que tomó la decisión de expulsar a casi un millón de palestinos, destrozar sus ciudades y pueblos e impedir por todos los medios su regreso. Otros, incluso, habían sido los generales u oficiales de la maquinaria militar que llevó a cabo estos crímenes…; todos ellos pensaron que en 1967 volverían a tener carta blanca, que podrían volver a aplicar la misma limpieza étnica que tan buenos resultados les había dado en 1948, pero…

No pudo ser debido, sobre todo, a dos buenas razones. La primera se refería a la tierra, ya que, según la Ley Internacional, Cisjordania y la franja de Gaza eran territorios ocupados; la segunda, a la población: si no conseguían expulsar a todos los palestinos tampoco aceptarían su integración.


Estas dos “buenas razones” llevadas al terreno de la práctica dieron lugar a una realidad inhumana: la invención de un tipo nuevo de prisión o panóptico que —según la descripción realizada por el filósofo Jeremy Benthan— se trataría de una prisión diseñada para permitir que los guardias vieran a los prisioneros pero los prisioneros nunca los vieran a ellos. Es decir: en 1967 la decisión tomada por el Estado sionista de Israel fue la de encarcelar de por vida a los habitantes de Cisjordania y de la franja de Gaza en algo parecido a un panóptico, una enorme prisión al aire libre impuesta sobre la población en su conjunto y no sobre unos supuestos culpables. Esta prisión al aire libre permitía desde luego cierta libertad de movimientos siempre —eso sí— bajo el control directo e indirecto de Israel que, a partir de entonces y —como había hecho siempre Occidente— puso a funcionar su especial lavadora de palabras con la ayuda de los medios de comunicación y de la universidad intentando convencer al mundo entero de que una prisión al aire libre era no solo una gran idea sino también la mejor solución del conflicto.

Los héroes, o más bien los villanos de esta historia, fueron todos aquellos israelíes que perfeccionaron los detalles de esta maquiavélica treta, pero también aquellos que a lo largo de estos años la pusieron en práctica abusando, humillando y destruyendo las vidas y los derechos de todo un pueblo y que fueron y siguen siendo esclavos de una burocracia diabólica: como guardianes de esta enorme prisión la historia los hará responsables de abusar, deshumanizar y destruir los derechos y las vidas de los palestinos. Desde esta perspectiva el llamado Proceso de Paz, iniciado en 1970 y finalizado en 1993 con los acuerdos de Oslo, sería otra de las tantas falsedades puestas en funcionamiento por los interesados. Y son falsedades porque están basadas en la asunción de que todo lo que se ve es susceptible de dividirse, desde la tierra y el agua a la culpa o la historia.

Ha llegado pues el momento de adoptar un nuevo lenguaje y decir las cosas como son: Israel es en realidad un país colonialista y los palestinos un pueblo en lucha contra esa colonización. Revindicar esa descolonización es ahora mucho más relevante y urgente que eso que han dado en llamar “proceso de paz” y reconquistar el lenguaje y volver a llamar a las cosas por su nombre la única forma de colaborar con la reconciliación en beneficio de árabes e israelíes.

Ilan Pappe es profesor del Instituto de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Exeter, director del Centro Europeo de Estudios Palestinos y codirector del Centro de Estudios Etno-Políticos (Exeter).
Traducción de Pilar Salamanca-El Pais

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